Un paseo que invita a la escapada

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Dicen quienes entienden de esto que una de las consecuencias de la pandemia ha sido despertar en nosotros el deseo de escapar de nuestra realidad cotidiana. Fatiga pandémica han dado en llamarlo.

El confinamiento que conllevó dio a muchos la oportunidad de observar su vida, acaso por primera vez, desde una perspectiva nueva: la de no estar enganchados permanentemente a las prisas para no llegar a ninguna parte, al exceso de información sin tiempo para procesarla, a no encontrar tiempo para uno mismo, para vivir, en definitiva.

Esa mirada desde el modo en pausa ha llevado a algunos, según dicen también quienes de esto entienden, a desear dejarlo todo y emprender un tipo de vida más sencillo. En línea, tal vez, con lo que escribiera fray Luis de León en su oda a la vida retirada.

Hablábamos más arriba de un anhelo despertado, no provocado, porque escapar de la sociedad para ser feliz es una idea que ha acompañado al ser humano a lo largo de toda su evolución y sigue presente, de una manera u otra, dentro de cada uno de nosotros.

Esto es algo que conoce bien Antonio Pau, uno de esos pocos a los que se alude en la poesía antes citada y, conexión, figurante en el Madrid de Andrés Trapiello que paseamos hace algunas semanas.

Es, además, el promotor de una nueva disciplina que nos presenta en Escapología, libro donde muestra una treintena de ejemplos con los que los hombres han intentado a lo largo de la historia satisfacer esa aspiración, bien hacia el exterior, bien replegándose sobre sí mismo. 

Hoy llevaremos a cabo nuestra particular escapada interior ensimismándonos en cinco palabras de un texto que es, y así lo avisa a navegantes, una invitación en toda regla a la huida. A ser feliz en ella.

jardín.- Ya ha quedado dicho —página de Bienvenida— que nos gusta imaginar el diccionario como un jardín.

El Diccionario de la lengua española lo define en su primer sentido como un terreno donde se cultivan plantas con fines ornamentales.

Muestra asimismo otras dos acepciones: la de retrete o letrina, especialmente en los barcos, definición en la que el paseante no deja de atisbar una cierta ironía, y la de una mancha en la esmeralda que se tiene por defecto de esta.

Si consultamos el Diccionario de americanismos encontramos que se llama así también a un centro de diversión y baile, a un establecimiento donde se venden plantas y lo necesario para la jardinería, a una zona exterior en el campo de béisbol o a un establecimiento educativo para niños que aún no están en edad escolar.

Este último está también recogido en el DLE con los nombres de jardín de infancia, de infantes o infantil, calco del alemán kindergarten, que podemos encontrar en sus páginas castellanizado y escrito, por lo tanto, en letra redonda. El término fue acuñado en 1840 por el pedagogo alemán Friedrich Fröbel para su método educativo destinado a los más pequeños.

Y jardín, ¿de dónde procede? Del francés jardin, diminutivo del francés antiguo jart ‘huerto’, y este del franco *gard ‘cercado’.

Si es cierto que resulta agradable pasear por uno de ellos no lo es tanto meterse en un jardín, locución que significa complicarse la vida sin necesidad. Procede del mundillo teatral, donde se aplica al actor que improvisa tanto que termina por perderse y no saber volver al texto original. 

cábala.- Del hebreo qabbālāh ‘tradición’, término con que se designaron originalmente las escrituras posteriores a Moisés.

Inicialmente hace referencia a una serie de doctrinas místicas que, a través de enseñanzas esotéricas transmitidas por vía de iniciación, interpretan la Biblia judía con el objetivo de descubrir la vida oculta de Dios y los secretos de su relación con su creación.

En Castilla existió una importante tradición cabalística medieval que alumbró una de las obras cumbres de la cábala: el Zóhar o Libro del esplendor. Escrito a finales del siglo XIII por Moisés de León, es el único libro de la literatura rabínica posterior al Talmud que se convirtió en un texto canónico. 

Nuestra palabra fue incorporando posteriormente otros significados, más empleados hoy en día:

Conjetura o suposición, empleado generalmente en plural: hacer cábalas.

Intriga, maquinación, empleada de manera coloquial.

Cálculo supersticioso para intentar adivinar algo.

La palabra llegó con este último sentido hasta la otra orilla del español —y además con la forma kábala—, donde puede referirse a una superstición basada en el uso de algún amuleto o ritual para atraer la buena suerte; a ese mismo amuleto o ritual; y, en general, a cualquier forma de predicción o creencia supersticiosa.

En el mundo de las peleas de gallos se utiliza en plural, en Cuba, la República Dominicana y Puerto Rico, para referirse a ciertas supersticiones premonitorias de algunos galleros que apuestan basados en ciertas características del animal que consideran de buena o mala suerte.

desierto.- Derivado del latín desertus ‘desierto, abandonado, sin cultivar’, puede referirse tanto a un lugar despoblado como, más usualmente, un territorio arenoso o pedregoso, que por la falta casi total de lluvias carece de vegetación o la tiene muy escasa.

Bien podría parecer que Covarrubias pensaba en el leitmotiv de este paseo cuando escribió en su Tesoro de la lengua castellana (1611) que «allí se retiran los santos padres ermitaños y monjes y en la primitiva iglesia estaba poblado de santos».

Como adjetivo se predica de lo que está solo, despoblado, sin habitar, y del certamen, concurso o subasta que no tiene adjudicatario o vencedor.

En el lenguaje jurídico se habla de licitación desierta cuando en una adjudicación de contratos públicos ninguna de las ofertas cumple los requisitos para ser admitida; de remate desierto, en Colombia, cuando nadie hace ninguna en una subasta judicial; y de la declaración de desierto, que pone fin a la tramitación de un recurso por incumplir el recurrente algún trámite procesal.

Coloquialmente clamar o predicar en el desierto es hablar o advertir de algo sin que nadie haga caso, tratar en vano de convencer a quienes no están dispuestos a atender a razones. Son locuciones de origen bíblico, inspiradas en la figura de Juan el Bautista.

Dar voces en desierto alude al hecho de cansarse en balde, trabajar inútilmente.

Y creerse la última Coca Cola del desierto se emplea en algunos países americanos para referirse a alguien que se cree mejor o más importante que el resto.

claustro.- Del latín medieval claustrum ‘claustro de un monasterio’, ‘monasterio’, en latín ‘cerradura’, ‘lugar cerrado’, derivado de claudĕre ‘cerrar’.

Una primera acepción nos remite a la galería cubierta que cerca con arquerías o columnas el patio principal, con frecuencia cuadrangular, de una iglesia o convento.

Elemento esencialmente monástico, su desarrollo pertenece a los siglos XI y XII, cuando florece la arquitectura monasterial. Los corredores o galerías que lo componen se denominan pandas.

Con este significado el DLE recoge asimismo la forma claustra, de la que el Diccionario de Autoridades (1729) indicaba ya que era anticuada.

Se llama también claustro al estado monástico, sentido con el que se relacionan los derivados inclaustración, ingresar en una orden monástica y exclaustración y exclaustrar, permitir u ordenar a un religioso que abandone dicho estado.

Es asimismo el nombre que reciben el conjunto de profesores de un centro docente o la reunión que mantienen.

En el caso de la universidad es un órgano colegiado que interviene en su gobierno y ostenta su máxima representación. Sus miembros, los claustrales, pertenecen a todos los estamentos de la comunidad universitaria: docentes, estudiantes y personal de administración y servicios.

El sentido de claustro como cámara o cuarto se encuentra en desuso.

Y terminamos con lo que en realidad es un principio: el claustro materno, otra forma de llamar al útero.  

bosque.- Sitio poblado de árboles y matas.

Es término de origen incierto, tomado según Corominas del catalán o el occitano. Fuera cual fuese la primigenia, hay otras lenguas que han encontrado un hueco en nuestro diccionario para su propio bosque:

El griego aportó dasonomía, el estudio de la conservación, cultivo y aprovechamiento de los montes, a partir de dásos ‘bosque espeso, espesura’. O dasocracia, una parte de ella.

El latín, entre otras, soto, lugar poblado de árboles y arbustos, de saltus ‘bosque, selva’ o laurisilva, un bosque típico de Canarias y Madeira, desde lauri silva ‘bosque de laurel’.

El francés antiguo forest, hoy forêt ‘bosque’, está en el origen de deforestar.

Desde el malayo llegó el orangután, un mono antropomorfo propio de las selvas de Borneo y Sumatra, compuesto de orang ‘hombre’ y hūtan ‘bosque’.

Del afrikáans, la variedad del neerlandés que se habla en Sudáfrica, procede bosquimano o bosquimán, miembro de una tribu que habita al norte de la región del Cabo, a partir de boschjesman; literalmente ‘hombre del bosque’.

Y gracias al árabe andalusí alába, derivado del árabe clásico ābah, tenemos algaba: bosque, selva.

Para terminar, algunas acepciones más de bosque en castellano: abundancia desordenada de algo, confusión, cuestión intrincada; figuradamente, una barba, una cabellera, espesa y enmarañada; y, volviendo a América y al béisbol, en algunos países se llama también así a la zona del campo de juego conocida como jardín.

La cita de hoy

«La huida, como búsqueda de la felicidad, no puede ser nunca una trayectoria rígida. Eso iría en contra de su propia esencia felicitaría. La huida se puede interrumpir, abandonar y reorientar. La huida es esencialmente maleable». 

Antonio Pau

El reto de la semana

¿En qué edificio imaginario, que encontramos en el Diccionario de la lengua española, podríamos refugiarnos hoy para seguir proyectando sin distracciones nuevos paseos?

(La respuesta, como siempre, en la página ΄Los retos΄)

Paseando Madrid con Andrés Trapiello

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Hace unos días el paseante, que vive en uno de los extremos de la ciudad, se vio en la tesitura de tener que desplazarse al centro —«bajar a Madrid» lo llama Carmen—. Y la pereza que eso le produce desde que no tiene la obligación de hacerlo cotidianamente se apoderó de él por un instante.

Sin embargo, el engorro que en un primer momento supuso el tener que cumplir, recoger más bien, aquel encargo le permitió recuperar algo que hacía mucho tiempo que no disfrutaba: deambular por unas calles que siempre le traen recuerdos de otros tiempos y en las que nunca deja de encontrar aspectos nuevos. Así, sin prisa, fue asomándose a viejos y nuevos escaparates; comprobó que los pingüinos de la Cruz Blanca habían regresado a la calle Fernando VI; entró en una galería a contemplar fotografías para él inéditas de Chema Madoz… y así hasta rematar su paseo en una de sus librerías favoritas, de donde salió con un ejemplar de Madrid, lo último de Andrés Trapiello.

Ya en el trayecto de regreso cayó en la cuenta de que un rato antes había estado a tiro de piedra del domicilio del autor y de la conexión de este con el nombre de la librería: Cervantes y Compañía, personajes estos, el propio don Miguel y su elenco, sobre los que tanto ha escrito.

Engarces que se fueron extendiendo en los días siguientes según se adentraba en el texto, como el hecho de que la librería está en la calle del Pez, que aparece citada en el libro y que es prolongación de la de los Reyes, antiguo nombre de aquella en la que vive el propio Trapiello; la presencia, negro sobre blanco, de conocidos comunes; palabras que ya hemos visitado: mancerina, sicalipsis, zarabanda, galimatías…; y, muy especialmente, encontrar algunos nombres que nos han servido de inspiración por aquí: Valle-Inclán, Baroja, Carrère.

Si a ello unimos lo mucho que hemos disfrutado con este libro inclasificable, dos almas en un cuerpo en el que cada una nos va guiando por historias y vida de la otra, en una mezcla que refleja bien la esencia de este poblachón manchego que es la capital de España, es natural que terminara por convertirse en uno de estos paseos por el tumbaburros, como diría un mexicano.

Recorreremos hoy, pues, cinco palabras encontradas tras echarnos al coleto este Madrid cuya lectura, huelga decirlo, recomendamos a todos quienes sientan siquiera un pellizco de curiosidad por esta ciudad indescriptible. Sugerencia que hacemos con el mismo espíritu con el que cuando un amigo va a viajar a nuestro pueblo le remitimos a alguien allí —un familiar, otra de nuestras amistades— en el convencimiento de que la visita le aprovechará más y disfrutará más de ella.

P. S. Le ha hecho ilusión al paseante encontrar en estas páginas a Manuel Arroyo-Stephens, a quien en su momento dedicamos una de estas entradas con motivo de su libro Pisando ceniza. Falleció el año pasado, de triste recuerdo por tanto motivos. Descanse en paz.

arrabal.- Reciben este nombre tanto un barrio fuera del recinto de la población a que pertenece como cada uno de los sitios extremos de una población o una población anexa a otra mayor. En tiempos también se empleó, y así lo podemos leer en Lope de Vega o Tirso de Molina, en sentido figurado y jocosamente con el significado de nalgas.

Covarrubias (1611), con ese lenguaje al que de vez en cuando nos gusta retornar por aquí, lo definía así: «Es el barrio que está fuera de los muros de la ciudad pegado a ella, y los arrabales se pueblan de gente común y de bullicio, que por más libertad de sus tratos viven fuera, y en rigor de gente multiplicada que, no teniendo sitio en la ciudad, se salen a edificar fuera».

Proviene del árabe andalusí arrabá, y este del árabe clásico raba.

Existía también la forma antigua arrabalde, que ya en 1791 subrayaba el DLE que era patrimonio de los rústicos de Castilla la Vieja y Pamplona. Terminó por caer definitivamente en desuso y perdió a principios de este siglo su lugar en el diccionario. Rabal, sin embargo, con el mismo origen y significado que la palabra que nos ocupa, lo ha mantenido hasta hoy.

De arrabal deriva arrabalero, en ocasiones abreviado como rabalero, que, además de designar a alguien que habita en él, se predica de quien en su comportamiento y lenguaje da muestras de ordinariez y desvergüenza. Es insulto liviano que suele aplicarse más a las mujeres, tal vez por la suposición tradicional de que tienen una mayor finura en el trato.

Contamos también con la locución contar una cosa con linderos y arrabales, que se empleaba para referirse en tono familiar a que ese referir se hacía de manera demasiado prolija, descendiendo hasta el último detalle.

bibelot.- Figura o cualquier otro objeto pequeño y generalmente de no mucho valor que se tiene como adorno, dentro de una vitrina o encima de un mueble, por ejemplo. Gonzáles Ruano, otro de los figurantes de esta obra, los llamaba giliporcelanas.

Es término tomado del francés —idioma en el que puede emplearse también, con un matiz peyorativo, referido a un artículo de poco gusto— bibelot. Muy probablemente, según las propias fuentes galas, encuentre su origen en la raíz onomatopéyica bib-, que hace referencia a objetos menudos, y el sufijo –elot, a partir del antiguo francés beubelet, con el mismo sentido, procedente a su vez del anglonormando baubel, igualmente con idéntico significado.

En Venezuela adquiere también la acepción específica de cosa preciosa, alhaja, otra de las que recibe en la lengua del país vecino.

Tiene allí algunas más, de entre las cuales incorporaremos a este paseo una perteneciente al campo de la tipografía, que tan caro le resulta a nuestro guía de hoy: pequeños trabajos sin especial complejidad, como facturas, invitaciones, anuncios, tarjetones, prospectos, etc.

Aunque no se incorporó al DLE hasta la penúltima edición, la de 2001, podemos encontrar esta palabra ya en la obra de escritores como Unamuno, Valle-Inclán o Baroja, quien, con la mordacidad que le caracterizaba, afirmó de Juan Valera, otro de los personajes que pasan, este apenas de puntillas, por las páginas que nos ocupan: «Don Juan Valera tenía gracia y malicia, pero era un fabricante de bibelots y no quería salir de ahí». Le reprochaba que, habiendo pasado años en las cortes de Viena y San Petersburgo, se ciñera en sus narraciones a ámbitos muy locales y cuestiones de menor enjundia.

maravedí.- Moneda antigua española en uso de 1172 a 1854. A lo largo de los siglos tuvo diversos valores y fue empleada como unidad de cuenta. Cuando desapareció equivalía a 1/34 de real.

También se denominó así a un tributo que, cada siete años, pagaban al rey los aragoneses cuya hacienda valía 10 maravedís de oro, y a otro cobrado en Mallorca.

Es voz que se ha documentado de antiguo con tres plurales: el antecitado maravedís, que ha sido siempre el más empleado, maravedíes y maravedises, que la Academia desaconseja «por su apariencia vulgar».

Deriva del árabe andalusí murabií ‘relativo a los almorávides’, y este de mitqál murabií ‘dinar [de oro]’.

Fue asimismo conocida como moravedí, morabetino, morbí, moravedín, morbidil, moravidí

De ella derivó maravedinada, nombre en otros tiempos de una medida de áridos.

Con una presencia tan dilatada en la vida de nuestro país no es de extrañar que terminara incorporándose a ese saber del pueblo que es el refranero, donde encontramos ejemplos como Ahorrar para la vejez, ganar un maravedí y beber tres, que censura a los que gastan más de lo que tienen; Do el maravedí se deja hallar otro allí debes buscar, que enseña que donde hemos obtenido algún beneficio es donde resultará más fácil obtener otro, o Más vale blanca de paja que maravedí de lana, para indicar que hay cosas baratas que aprovechan más que otras de mayor precio —la blanca era otra moneda antigua que en algunas época equivalía a medio maravedí—.

corretaje.- Palabra documentada desde 1548 en nuestro idioma, adonde llegó desde el occitano antiguo corratatge, y este de corratier ‘corredor’ y -atge ‘-aje’, sufijo que en este caso designa un derecho que se paga.

El Diccionario de la lengua española nos ofrece dos significados: por una parte, es la comisión que reciben los corredores de comercio sobre las operaciones que realizan; por otra, la diligencia y trabajo que estos ponen en los ajustes y cuentas.

La edición de 1832, la primera en la que apareció, incluía la traducción latina de ambas acepciones: proxeneticum para la primera; proxenetæ opera, industria para la segunda. Esto puede resultarnos chocante teniendo en cuenta el significado de proxeneta en castellano, pero no lo es tanto si recordamos que este viene del latín proxenēta, ‘mediador, intermediario’, ‘comisionista’.

El DLE recoge también el contrato de corretaje, llamado también de comisión en derecho mercantil, que el Diccionario panhispánico del español jurídico define como aquel por el que una de las partes se obliga a indicar a otra la oportunidad de concluir un negocio jurídico con un tercero, promoviendo y facilitando su celebración, sirviéndole como intermediario a cambio de una prima.

En América encontramos una palabra homógrafa. En Cuba alude tanto a una huida desordenada de personas en distintas direcciones como a una situación de actividad intensa ante una tarea difícil, mientras que en Honduras, donde se emplea en el habla culta, es la renta que paga el que alquila tierra al dueño, generalmente en granos, en frutos o dinero. 

morgue.- La entrada correspondiente en el lexicón académico se limita a remitir a depósito de cadáveres, el lugar, generalmente provisto de refrigeración, donde se depositan los cadáveres que, por motivo de investigación científica o judicial, no pueden ser enterrados en el tiempo habitual.

Esto es así en lo que respecta a España, porque en Colombia es un anfiteatro anatómico, un sitio destinado a la disección de cadáveres con fines científicos o de investigación criminal, mientras que en Chile es como se denomina al local policial donde se depositan los cuerpos muertos de los desconocidos.

También en el español, o tal vez sea más exacto decir los españoles, de América, encontramos que en algunos países se utiliza morgue para referirse a una persona muerta.

Encuentra su origen en la palabra homógrafa francesa que significa ‘actitud, semblante altivo y despectivo’ y que deriva de morguer, forma en desuso y literaria para referirse a ‘tratar con arrogancia’, particularmente con la mirada.

Inicialmente se llamó morgue en Francia a un espacio a la entrada de la prisión donde permanecían algún tiempo los que ingresaban en ella, para que los carceleros pudieran observarles con detenimiento y así poder reconocerlos posteriormente. Para quedarse con su cara, podríamos decir coloquialmente. Como quiera que entonces no existían ni fichas policiales ni documentos de identidad también en ocasiones acudían ciudadanos para intentar establecer la identidad de los detenidos.

Con el tiempo las autoridades pensaron que este podía ser una buena forma de identificar a los fallecidos anónimos que aparecían en las calles de París o, con frecuencia, en el fondo del Sena, por lo que habilitaron una sala en el Grand Chatêlet para exhibir esos cadáveres. Y a partir de ahí hasta su significado actual.

La cita de hoy

«El secreto de Madrid es que Madrid no existe».         

Tomás Borrás

El reto de la semana

¿Con qué expresión coloquial, recogida en el Diccionario de la lengua española, podríamos, con toda lógica, despedir el paseo de hoy?

(La respuesta, como siempre, en la página ΄Los retos΄)

De paseo por la ruta emocional de Madrid

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Ocurre a menudo por aquí que al pasear por una palabra esta termine por conducirnos, por un camino no por otro, a una nueva visita a ese jardín, siempre florido y siempre por descubrir, que es el diccionario. Lo que volvió a suceder hace unas semanas cuando al asomarnos a «gafe» nos vino a la memoria un antiguo artículo de Emilio Carrère: Los gafes y sus funestas consecuencias.

Carrère. El último gran bohemio que sin embargo no lo era; el cronista oficial de la villa de Madrid; el enemigo de los automóviles que se compró uno que nunca aprendió a conducir; el poeta modernista que quiso ser astrónomo; el empleado absentista del Tribunal de Cuentas; el jugador impenitente…

Pero, por encima de todo, el fiel paseante nocturno de Madrid, la ciudad que le vio nacer en las postrimerías del siglo xix y cuyas calles recorría embozado una y otra vez hasta el amanecer. Un Madrid que iba desapareciendo progresivamente delante de él, desvaneciéndose ante su mirada, mientras la piqueta del progreso avanzaba ineluctable tras sus pasos hasta conseguir darle alcance y, por fin, superarlo.

¿Qué mejor compañía, entonces, para emprender un nuevo paseo que este escritor tan popular en su momento y hoy olvidado? Para ello contamos con una bellísima guía —o antiguía, como sugieren los editores—: su Ruta emocional de Madrid, poemario que vio la luz en 1935 y que ahora resucitan, ¿quiénes si no?, los responsables de La Felguera. Lo que nos sirve, además, para recordar el que hicimos, gracias también a ellos, por las calles siniestras con Pío Baroja.

Trasladémonos entonces ya al Madrid del primer tercio del siglo xx, envolvámonos en la capa, calémonos el chapeo, ataquemos la pipa y salgamos al encuentro de cinco palabras desperdigadas por la ciudad que, como rezaba el viejo lema, fue sobre agua edificada y cuyos muros de fuego eran.

ciprés.- Árbol conífero de la familia de las cupresáceas. De tronco recto y ramas erguidas y cortas pegadas a él, alcanza de 15 a 20 metros de altura.

También se conoce como aciprés, forma desusada, y, poéticamente, como cipariso.

Quizá del occitano cipres, y este del latín tardío cypressus —latín clásico cupressus—, cuya y se debe a la influencia del griego kypárissos.

Consagrado por los griegos a Hades, su deidad infernal, los latinos prolongaron ese simbolismo en su culto a Plutón, y dieron al árbol el sobrenombre de fúnebre. Los romanos envolvían los cadáveres con sus hojas y ramas y una de estas se colocaba en la puerta de la casa cuando había fallecido algún familiar.

En la actualidad conserva este sentido y se tiene por propio de cementerios. Su nombre se emplea como símbolo de la tristeza o del humor sombrío, como cuando se dice de alguien que «tiene cara de ciprés».

Árbol, si se me permite, de honda raigambre en la literatura en castellano a través de la historia —lo encontramos en autores tan dispares como don Juan Manuel, Tirso de Molina, Fernando de Rojas, Lope de Vega, Valle-Inclán o los hermanos Machado—, en el siglo xx dio título a obras tan conocidas como La sombra del ciprés es alargada, de Miguel Delibes, Los cipreses creen en Dios, de José María Gironella, o el poema El ciprés de Silos, de Gerardo Diego.

palurdo.- Adjetivo despectivo: tosco, rústico, grosero, ignorante, que se aplica también a lo que es propio o característico de la persona palurda. En un principio se daba este nombre a la gente del campo y de las aldeas.

En la zona de Jerez de la Frontera se sigue calificando así al cateto, a quien está poco habituado al trato urbano y en la localidad navarra de Corella se aplica a una persona indolente, perezosa.

En el Ecuador se predica, en el mundo rural, de una caballería de carga que es lerda.

Tomado del francés balourd ‘tonto’, ‘obtuso’, con la inicial cambiada, según indican Corominas y Moliner, por influjo de palabras castellanas con igual significado y la misma inicial como paleto, páparo, payo o patán.

Sobre su procedencia existen dos hipótesis: una la sitúa en lourd, con el mismo significado antiguamente, hoy ‘pesado’, al que se añade el prefijo peyorativo bes-; la segunda, en el italiano balordo ‘necio’, ‘estúpido’.

Balourd hace también referencia, en lenguaje jergal, a algo falso: documentos, cuadros, joyas… En Chile un balurdo es un fajo de papeles con apariencia de billetes de dinero, utilizado para cometer estafas; en Argentina, una situación difícil, complicada o un lío, un desorden; y en el archipiélago canario se llama así a quien es holgazán.

zahorí.- Persona a quien se atribuye la facultad de descubrir lo que está oculto, especialmente manantiales subterráneos. Antiguamente se creía que la capacidad para encontrar algo bajo tierra se veía anulada si el objeto estaba cubierto por un paño azul.

Se aplica también con sentido figurado a alguien perspicaz y escudriñador, que descubre o adivina fácilmente lo que otros sienten o piensan.

Del árabe andalusí *zuharí, y este del árabe clásico zuharī ‘geomántico’, derivado de azzuharah ‘el planeta Venus’, a cuyo influjo atribuían algunos este arte, acaso por la semejanza de procedimientos entre los astrólogos y los zahoríes.

Estos desarrollan su labor por medio de la radiestesia —también llamada rabdomancia o rabdomancía—, que el DLE define como una sensibilidad especial para captar ciertas radiaciones.

Cuando el objetivo de la búsqueda es una vena metalífera llevan en la mano un trozo del mismo metal a encontrar, llamado testigo.

Como ha ocurrido con tantas otras voces esta siguió su propio camino cuando llegó a América, donde encontramos que en Puerto Rico un zahorí, o zajorí, es un niño inquieto, hiperactivo; que un sahurín, en Honduras, es una persona que cura y adivina el futuro; que alguien con esa capacidad de adivinación recibe en México el nombre de saurín; y que sajurín hace referencia en El Salvador a un niño travieso y en Nicaragua, también en la forma zajurín, a alguien que dice saberlo todo o que adivina lo oculto.

bigardo.- Aunque la primera acepción que ofrece hoy el DLE es la de vago, en un principio se aplicaba como insulto a algunos religiosos con el significado que muestra la segunda: la de alguien vicioso y de vida licenciosa.

En 2001 el diccionario académico incorporó una tercera, sin duda la más empleada en la actualidad: forma coloquial y despectiva de referirse a una persona alta y corpulenta.

El nombre procede de begardo, seguidor en la Edad Media de ciertas doctrinas en línea con las de los gnósticos e iluminados. Corrientes de una nueva religiosidad crítica con una iglesia demasiado mundana, los beneficios eclesiásticos y la familia tradicional fueron declarados heréticos por su oposición a las reglas convencionales y a la disciplina de la jerarquía eclesiástica más que por cuestiones doctrinales. Con el tiempo, ya en el siglo xv, eran considerados más bien como parásitos sociales dada su opción por una vida de mendicidad.

Begardo encuentra su origen en el francés begard, y este en el neerlandés beggaert ‘monje mendicante’, palabra de origen incierto que podría derivar del también neerlandés *beggen ‘recitar las oraciones en tono monótono’, a partir del flamenco beggelen ‘charlar en voz alta’.

De bigardo tenemos los derivados bigardía ‘hipocresía’, ‘disimulo’, ‘fingimiento’ y bigardear, que dicho coloquialmente de una persona es andar vaga y mal entretenida.

sacramento.- En la religión católica, cada uno de los signos sensibles —palabras y acciones— instituidos por Cristo para comunicar su gracia obrando un efecto espiritual en las almas. Son los siguientes:

Bautismo.

Confirmación, también llamado crismación.

Eucaristía, comunión o sacramento del altar. Cuando se administra a enfermos que están en peligro de muerte se denomina viático.

Penitencia, confesión, reconciliación o tribunal de la penitencia.

Unción de los enfermos o extremaunción.

Orden sacerdotal o, sencillamente, orden.

Matrimonio, poéticamente connubio.

En esta misma fe el Sacramento, escrito según la Academia con mayúscula inicial, es el propio Cristo sacramentado en la hostia.

Tiene también otras acepciones poco empleadas en nuestros días: la de afirmación o negación de algo poniendo por testigo a Dios y la de algo misterioso, recóndito, de donde la locución hacer un sacramento, con el significado de hablar con misterio.

Nuestra palabra se emplea también con significados culinarios: en Argentina da nombre tanto al bocado generalmente conocido como medianoche como a un bollo rectangular recubierto con azúcar, mientras que en España se llama coloquialmente sacramentos al acompañamiento cárnico —chorizo, costilla, panceta, morcilla…— en ciertos platos de legumbres, como la fabada.

La cita de hoy

«Si es Madrid la sirena que hechiza y que envenena,

es la puerta del Sol la voz de la sirena

que llega al más remoto rinconcito español».             

Emilio Carrère

El reto de la semana

Y continuamos sin salir del mundo animal en los retos. ¿Por qué no sería extraño haber pensado en cetáceos durante nuestro paseo de hoy?

(La respuesta, como siempre, en la página ΄Los retos΄)

Paseando por la historia de España

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Ocupó el paseante algunos días del inicio de este año en leer una historia de España que recibió como obsequio de amigo invisible con ocasión de la llegada de los Reyes Magos. Un libro escrito con esa pretensión de levedad que parece que debe impregnar todo intento de divulgación hoy en día.

Un volumen que, además, se dice escrito para lectores escépticos. Cualidad, el escepticismo, que se asocia a toda persona sabia, aunque con frecuencia haya quien confunde esto con no creer en nada en vez de, como pensamos que es más apropiado, considerarse un cuestionamiento de toda verdad por el mero hecho de ser presentada como tal por la autoridad establecida.

El caso es que este regalo permitió a quien traza estos paseos volver a recordar con cariño a algunas figuras secundarias —unas mucho; otras algo menos— que siempre le atrajeron en la historia de esta piel de toro cuya supervivencia como nación sigue pareciendo un auténtico milagro a algunos: Marcial; Al-Hakam II; Kristina de Noruega; Julián Sánchez, el Charro; José Maldonado…

Pero, además de personajes históricos, esta crónica hispánica nos ofreció algunas palabras con las que pergeñar un nuevo paseo, cinco de las cuales, y algunas más homógrafas, abordamos a continuación. Paseemos, pues, por ellas y brindemos por el futuro —incierto, no lo vamos a negar— de una tierra que, a pesar de lo que predican los agoreros, tiene, estamos convencidos de ello, porvenir. ¿Acaso no ha sobrevivido hasta ahora contra todo pronóstico? 😉

falcata.- Espada de hoja curva y con estrías longitudinales usada por los antiguos iberos. El historiador Diodoro Sículo (siglo I a. C.) aseguraba que podía cortar todo lo que encontrara en su camino, pues debido a la extraordinaria calidad del hierro con que se forjaba no había escudo, casco o hueso que pudiera resistir su golpe.

El nombre procede del latín [spatha] falcāta ‘[espada] en forma de hoz’, aunque el término no aparece documentado como sustantivo en las fuentes literarias de la antigüedad.

La palabra falcata, que se incorporó al diccionario académico en fecha tan reciente como la edición de 2001, comenzó a emplearse por los especialistas en el siglo xix a raíz de su aparición en un artículo del historiador y arqueólogo Fernando Fulgosio publicado en 1872 en la revista Museo español de antigüedades.

Considerada por los estudiosos como el arma característica de los pueblos ibéricos por su forma peculiar y su generalización en comparación con otros tipos de armas, su procedencia no es segura. Diversas hipótesis plantean que podría tener origen autóctono; continental centroeuropeo; griego; o haber llegado a la península desde las costas balcánicas del Adriático.

Existe una palabra homógrafa que tuvo su lugar en el diccionario académico en el siglo XVIII. Un adjetivo sinónimo de otro, corniculata, que se aplica a la Luna desde que empieza a verse después del novilunio, hasta cerca del cuarto creciente, y después del cuarto menguante, hasta que no se puede ver por la cercanía del Sol. Se llamó así por la figura con que aparece a manera de cuernos.

motín.- Disturbios promovidos, generalmente en contra de la autoridad constituida, por gente en actitud de rebeldía.

Procede de la sustantivación del francés medieval mutin, ‘revoltoso, rebelde’, antes meute, derivado del francés antiguo muete ‘rebelión’, y este del latín mŏvĭta ‘movimiento’, participio pasado femenino de movere ‘mover’. En última instancia, de la raíz del protoindoeuropeo *meue- ‘apartar’.

En el diccionario encontramos también amotinar, que es alzar en motín; amotinamiento, la acción y efecto de amotinar; amotinador, aquel que lo provoca; amotinado, el que participa en él; o desamotinarse, dejar de participar en él, «reduciéndose a quietud y obediencia», como reza el DLE.

De ese meute que se encuentra en el origen galo de nuestro vocablo deriva también otro en nuestro idioma: muta, una forma poco usada de referirse a una jauría, el conjunto de perros que levantan la caza en una montería y, por extensión, un grupo de personas que persiguen a alguien con saña.

En nuestra querida España, tierra levantisca en la que las asonadas han sido moneda corriente a lo largo de la historia, algunos motines han logrado entrar en ella con nombre propio: el Motín de Esquilache (1766), que tuvo como excusa las medidas innovadoras de este ministro de Carlos III; el Motín de Aranjuez (1808), en contra de Manuel Godoy, secretario de estado de Carlos IV; o el Motín de La Granja (1836), pronunciamiento militar que logró la restitución de la Constitución de 1812.

parias.- Tributo que en la Edad media pagaba un soberano al de otro reino en reconocimiento de la superioridad de este.

Era pagado especialmente por reyes musulmanes a reyes cristianos de los diferentes reinos peninsulares en momentos en los que aquellos, aunque más débiles militarmente, contaban con una economía más próspera que la de su adversario. Se establecía así una especie de vasallaje. De la importancia de estos ingresos para las arcas cristianas da cuenta el hecho de que cuando Fernando I (1037-1065) dividió en su testamento el reino entre sus tres hijos —decisión que más tarde se demostraría poco acertada— cada territorio incluía como herencia las parias de diversos territorios musulmanes.

Deriva del latín tardío pariāre ‘igualar dos cosas’, ‘saldar’, ‘pagar’.

En el DLE aparece así, en forma plural. Sin embargo, como ya vimos al pasear por otro tributo medieval, la almocatracía, en el Diccionario panhispánico del español jurídico aparece con otra grafía: paria, en singular. Tras una consulta a la Real Academia Española respecto a cuál es la manera considerada correcta recibimos como respuesta que «en la documentación es mayoritario el empleo del plural, aunque se documenta a veces en singular, como en la expresión entrar/meter en paria». Expresión esta que podemos encontrar a lo largo del Poema de Mío Cid.

Curiosamente ambas formas cuentan con palabras homógrafas. Una en plural, parias, forma poco usada de denominar a la placenta, y dos en singular, paria: la primera se aplica a una persona de la India fuera del sistema de las castas o a alguien a quien se excluye por ser considerado inferior; la segunda, a una mujer natural de la isla de Paros, en el mar Egeo.

herejía.- Doctrina o sistema teológico que se opone a aquello  que la autoridad religiosa admite como intocable en su fe. También un error sostenido con pertinacia en relación con ella. Si además la herejía se sostiene igualmente con pertinacia eso es hereticar.

El Diccionario de la lengua española recoge también los significados de sentencia errónea contra los principios ciertos de una ciencia o arte; disparate, acción desacertada; palabra gravemente injuriosa contra alguien; o daño o tormento grandes infligidos injustamente a una persona o animal. Antiguamente se empleaba también con los sentidos de adhesión a las cosas fuera de razón o, familiarmente, de carestía.

Hasta la edición de 1822 aparecía en el diccionario académico en la forma heregía.

Procede de la voz hereje, que lo hace del occitano eretge, este del latín tardío haeretĭcus, y este del griego hairetikós, ‘partidista’, ‘sectario’.

El fundador de una herejía es un heresiarca. Algunos de ellos se han hecho un hueco en nuestro diccionario gracias al nombre de su doctrina o el que reciben sus seguidores: Valentín (s. II) —valentiniano—; Sabelio (s. III)—sabelianismo—; Prisciliano (s. IV) —priscilianismo—; Eutiques (s. V) —eutiquianismo, eutiquiano—; Pelagio (s. V) —pelagianismo—; Berenger (s. XI) —berengario—; o Pedro de Valdo (s. XII) —valdense—.

Por su parte, la locución coloquial parecer la estampa de la herejía se emplea para señalar que alguien es muy feo o que va vestido con muy mal gusto.

borbonear.- Intervención directa en política por parte del jefe del Estado (un monarca de la casa de Borbón), incluso saliéndose de su papel institucional, valiéndose principalmente de medios indirectos para lograr su fin. Por ello es frecuente encontrar esta palabra asociada a otras como ventajismo, manipulación, falsedad, engaño o traición.

Es voz que no aparece en los diccionarios, aunque sí está suficientemente documentada.

En ocasiones se adjudica la creación de este neologismo al general Primo de Rivera cuando se encontraba al frente del Gobierno (1923-1930), aunque hay quienes remontan su origen al reinado de Fernando VII. En lo que sí existe consenso es en considerar a Alfonso XIII como paradigma de borboneador.

El apelativo familiar, del que surge este término, tiene su origen en Bourbon-l’Archambault, localidad francesa en la región de Auvernia, cuyo nombre procedería de Borvo, dios de la mitología celta gala con poderes curativos, asociado al agua y a las fuentes termales.

Sí encontramos en el DLE dos palabras directamente relacionadas con esta dinastía:

El adjetivo borbónico, que se aplica tanto a lo perteneciente o relativo a los Borbones como a alguien que es partidario de ellos.

Y bourbon, variedad de whisky procedente del sur de los Estados Unidos. Más concretamente del condado de Bourbon, en Kentucky, nombrado así en agradecimiento a la casa real francesa por su apoyo a la causa de la independencia.

Existe también un dicho vinculado a la familia, surgido en su país de origen: «Los Borbones nunca aprenden ni nunca olvidan». Deja el paseante su interpretación a la inteligencia de quienes tienen la gentileza de asomarse por estas líneas.

La cita de hoy

«Ser español y lúcido aparejó siempre una seca soledad».

Arturo Pérez-Reverte

El reto de la semana

Volvemos a buscar un animal ¿Con cuál habría sido lógico encontrarnos en nuestro paseo de hoy según las fuentes tradicionales de la etimología hispana?

(La respuesta, como siempre, en la página ΄Los retos΄)

Un paseo discutido desde los inicios

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Recuerda el paseante que en su ya lejana infancia le sorprendió escuchar a un hombre mayor de su barrio decir que «nada le gustaba tanto como una buena discusión». Afirmación que le sorprendió sobremanera pues le tenía —amigos, vecinos y conocidos solían acudir a él en busca de consejo— por hombre sensato y sosegado.

Solo tiempo después fue capaz de comprender aquella afirmación de manera cabal. Porque en aquel entonces identificaba discutir con luchar, con pelear, como se teme que muchos aún lo hacen hoy en día, y cada vez más, en esta España crispada, independientemente de la edad que tengan. Un enfrentamiento en el que no se trata tanto de oponer el propio punto de vista frente al del otro, alegando razones y tratando, en su caso, de convencerlo como de imponer la propia opinión al oponente, negando cualquier consideración a la de este, obviando que discutir procede del latín discutĕre ‘disipar’, ‘resolver’.

Lejos estaba entonces quien estas líneas escribe de tener noticias de aquellas discusiones literarias medievales en las que dos contendientes pugnaban por demostrar quién tenía razón. Unos debates en los que el propio desarrollo de la disputa importaba más que el resultado a que se pudiera llegar y cuyo esquema procedía de una materia impartida entonces en las universidades, la dialéctica, considerada una herramienta fundamental en la búsqueda de la verdad.  

A ese espíritu y a esa interpretación de la discusión nos encomendamos para comenzar los paseos de este agitado 2021 —tercera ola de la pandemia, asalto al Capitolio en Washington, nevada histórica en Madrid y otras zonas de España…— cerrando la trilogía que hemos dedicado a términos cuyo origen no se conoce a ciencia cierta con palabras de las que el Diccionario de la lengua española califica como de etimología discutida.

Lo haremos con cinco de ellas —y una de propina— espigadas entre las varias decenas que merecen esta consideración de manera expresa en el lexicón académico, en la seguridad de que serán muchas más las que también podrían recibir esa consideración.

alirón.- Interjección, que se emplea también como sustantivo, utilizada para celebrar la victoria en una competición deportiva. Sobre su génesis existen hipótesis ciertamente dispares.

Cuando el DLE la incorporó a sus páginas, en fecha tan reciente como 2001, siguió el criterio del profesor Federico Corriente y la situó en el árabe. Hablaba del árabe andalusí ali‘lán, derivado del árabe clásico al’il‘lān ‘proclamación’. Años después el propio Corriente, que citó esta palabra en su discurso de recepción en la RAE, abundaría en esta tesis: «Voz de origen árabe con la que anunciaban las subastas y otras novedades de interés público, de donde nos viene el actualísimo futbolero, o sea ¡se anuncia!, ¡se anuncia!».

Tal vez la más extendida, aunque muy improbable, sea la que habla de las minas de hierro de Vizcaya, explotadas por empresas inglesas en el siglo xix, donde asegura la leyenda que cuando se encontraba una veta que solo contenía hierro el capataz la marcaba escribiendo all iron ‘todo hierro’. Como quiera que ello implicaba un aumento de la paga, pronto se habría asociado dicha expresión, pronunciada a la española, a lo festivo.

Hay incluso quien se ha lanzado a hacerla proceder de otra interjección, alón —del francés allons ‘vayamos’ —, hoy en desuso, con la que se animaba a mudar de lugar, de ejercicio o de asunto.

Sin embargo, la teoría que tiene más visos de verosimilitud es la que sitúa su origen en el cabaret, cuando la cupletista Teresita Zazá interpretó en 1913 en el Salón Vizcaya de Bilbao una canción que incluía la frase «al compás del ¡Alirón! / ¡Alirón! ¡Alirón! / Pom, pom, pom», a la que los clientes habrían cambiado el final por «el Athletic campeón».

lerdo.- Se dice comúnmente del animal de carga que resulta pesado y torpe en el andar y también de una persona tarda y con pocas luces para comprender o ejecutar algo.

Antiguamente se empleaba en el lenguaje de germanía con el significado de cobarde. Según dice el criminólogo español Rafael Salillas en El delincuente español: el lenguaje (1896) esto estaba motivado precisamente por la torpeza de los cobardes al andar.

Encontramos todavía una acepción más fuera del diccionario: el Vocabulario navarro (1952) de J. M Iribarren nos lleva hasta el valle de Salazar, donde se denominaba así a la resina de pino.

Covarrubias (1611) se decantaba por el griego lordós ‘con la cabeza inclinada hacia el suelo’ como origen de este vocablo y el DLE lo hizo durante mucho tiempo por el bajo latín lurdus ‘pesado, embobado’, tomado del latín lurĭdus ‘cárdeno, amarillento’, admitiendo en alguna edición influencia del griego citado. Tal vez la hipótesis más curiosa sea la sostenida por el hispanista de origen ruso Yakov Malkiel, quien proponía enlerdar, a partir del latín (g)leritare ‘dormir como un lirón’, en última instancia de glis, gliris ‘lirón’.

Como ocurre con tantas otras esta palabra adquirió nuevos significados en la otra orilla del español. En Guatemala y Honduras lerdo hace referencia, en el mundo rural, a un tipo de cultivo de ciclo largo, de desarrollo lento. En este último país es también un adjetivo que se predica, en femenino, de una tortilla de maíz que tiene pompas de aire caliente en su interior. Por su parte, la locución adverbial ni lerdo ni perezoso significa en Cuba con decisión, sin vacilar, y en el Uruguay y la Argentina se aplica a quien es astuto y no pierde oportunidad de obtener algún provecho personal.

apoyar.- Verbo que como transitivo tiene los sentidos de hacer que algo descanse sobre otra cosa; basar o fundar; favorecer, patrocinar o ayudar; confirmar, probar, sostener alguna opinión o doctrina; en equitación, bajar un caballo la cabeza, inclinando el hocico hacia el pecho o dejándolo caer hacia abajo; y en el mundo de la milicia, proteger y ayudar una fuerza a otra.

Como intransitivo significa cargar, estribar, significado en el que según Corominas se incorporó a nuestra lengua como tecnicismo arquitectónico, y también, si hablamos de un sonido, de una sílaba o de una palabra, ser articuladas con más sonoridad o intensidad o deteniéndose en ellas.

Corominas mantiene asimismo que es adaptación del italiano appoggiare, bajo el influjo del castellano poyo, proveniente a su vez del latín pŏdium ‘sostén en una pared’. Por su parte, el Diccionario histórico del español (1933) optaba por el bajo latín appodiāre, del latín ad ‘a’ y podĭum ‘poyo’.

Existe otro verbo homógrafo, con la acepción de sacar el apoyo o apoyadura de los pechos, es decir, el flujo de leche que acude a ellos al dar de mamar. En esa línea, en México, Honduras, Puerto Rico y el Uruguay se emplea, en el mundo rural, con el de lograr que le baje la leche, por segunda vez, a una vaca después de haber sido ordeñada, acercándole a la cría.

¿Y por qué sale a colación este segundo término en nuestro paseo? Pues porque el diccionario académico califica también su etimología como… discutida, a la vez que remite a la consulta del latín *podiare ‘subir’.

muérdago.- Palabra que el paseante descubrió en su infancia, como imagina que le habrá pasado a más de uno de uno de quienes comparten este paseo, gracias a las aventuras de Astérix el Galo.

Es una planta parásita que vive sobre los troncos y ramas de los árboles.

Sus frutos, unas bayas pequeñas de color blanco rosado, están desarrollados por el tiempo de Navidad, por lo que sus hojas con esas bayas se utilizan en las decoraciones propias de las fechas que acabamos de pasar. En algunos países es costumbre colgar un ramillete encima de las puertas para dar buena suerte a quienes las crucen, en especial a quienes se besen bajo él.

Desde antiguo tuvo un marcado carácter simbólico: ya los druidas celtas lo recogían en diciembre para utilizarlo en ritos de fertilidad. Simboliza la regeneración, la restauración de la familia y del hogar.

Antes de considerar que el origen de este término es discutido el diccionario académico aventuró en un principio que se podía encontrar en el latín mordēre ‘enlazar, fijar’ y posteriormente en el también latín mordĭcus ‘mordaz’.

Corominas, tras reconocer lo incierto de su procedencia aventura que puede hacerlo de un antiguo vasco *muir-tako ‘para visco, planta empleada para sacar el muérdago’, que recomienda comparar con el vasco moderno miur(a) ‘muérdago’ y el vasco mihurtu ‘granar’.

Además de recoger también la forma almuérdago, el DLE muestra otros nombres que recibe esta planta: liga, que bien podía haber aparecido en el paseo de orígenes inciertos, pendejo en Andalucía y quintral en Chile, una especie de flores rojas que sirve para teñir, del que deriva aquintralarse, cubrirse un árbol o arbusto de quintral.

gringo.- Probablemente cuando nos encontramos con esta voz la mayoría la consideremos un sinónimo coloquial de estadounidense. Sin embargo, esto no es así en sentido estricto.

Como bien señala Ricardo J. Alfaro en su Diccionario de anglicismos (1950) hay «bastante anarquía»en cuanto a la manera de entender y usar esta voz, que, por otra parte, refleja una intención más humorística que despectiva.

Así, vemos que puede predicarse de un extranjero, especialmente de habla inglesa, y en general del hablante de una lengua que no sea la española, como señala el DLE en su primera acepción, y coloquialmente de cualquier lengua extranjera o de un lenguaje ininteligible. Pero también, según el país americano en que nos situemos, de una persona rubia y de tez blanca; de los ya referidos naturales de Estados Unidos; de un inglés; de un ruso… e incluso de los españoles, así llamados por los cubanos durante la guerra.

¿Y qué decir respecto a su origen? En un principio la Academia lo hacía derivar de griego, especialmente en referencia a un lenguaje incomprensible, y Corominas señala que sería una deformación de esta palabra. Otras teorías apuntan a una guardia irlandesa en el Madrid de finales del xviii y principios del xix y, las más extendidas —principalmente para su uso en relación a los yanquis, pues con otros sentidos ya se empleaba con anterioridad—, a un regimiento de la guerra entre Estados Unidos y México de 1847.

Si volvemos al Cono Sur vemos además que en Chile la locución a lo gringo significa sin ropa interior, mientras que en Argentina aludía a la forma en que los extranjeros, especialmente italianos, realizaban las tareas del campo, con las que no estaban familiarizados. En Colombia hacerse el gringo es fingir que no se entiende una cosa, hacerse el sueco. Y en Bolivia el gringo es el nombre que recibe el número cinco en algunos juegos de azar.

El dicho de hoy

Discutir si son galgos o podencos.                            

Hacerlo sobre cuestiones secundarias, sin abordar lo que realmente importa. Cuenta una antigua fábula que dos liebres —o dos conejos, según quien la narre— a las que perseguían unos perros se entretuvieron en discutir si se trataba de galgos o de podencos, dos razas que a primera vista pueden parecerse. Tanto se enfrascaron en la porfía que cuando los perseguidores llegaron hasta ellas las pillaron descuidadas y las atraparon. Añade Tomás de Iriarte (1750-1791) como moraleja en la versión que él escribió: «Los que por cuestiones/ de poco momento/dejan lo que importa/llévense este ejemplo».

El reto de la semana

¿Con qué animal muy apreciado, aunque a veces se utilice como insulto, cuyo nombre deriva de una palabra cuyo origen es también discutido podríamos habernos encontrado en el paseo de hoy? (La respuesta, como siempre, en la página ΄Los retos΄)

Un paseo sin fuentes conocidas

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El Nilo, que alumbró una de las mayores civilizaciones conocidas, ocultó durante milenios su nacimiento a quienes pretendían encontrarlo. El descubrimiento de sus fuentes, que se convirtió en uno de los mayores retos para exploradores y viajeros desde la más remota antigüedad, no se resolvería hasta mediados del siglo xix.

La búsqueda del origen de las cosas ha sido siempre una pulsión de la humanidad. ¿De dónde venimos? es una de esas cuestiones básicas que lleva planteándose probablemente desde su mismo inicio. Sin embargo, como esta misma pregunta se encarga de demostrar, no siempre nos es dado conocer esos inicios. En unas ocasiones puede que por el momento; en otras tal vez jamás lleguemos a encontrarlos.

Eso es algo que sabemos bien aquellos a los que Carlos la Orden Tovar bautizó certeramente como «espesitos de la etimología»: al igual que hay obras literarias anónimas, son muchas, muchísimas, las palabras cuyo origen es o bien incierto, como las que abordamos en el último paseo, o bien directamente desconocido

Palabras, pues, que llegaron a nuestra lengua sin referencias conocidas, sin antecedentes, sin partida de nacimiento ni pasaporte… Desde un anonimato que, estamos seguros, envuelve también a bastantes otras de las que el diccionario no señala específicamente ese aspecto. Vocablos que, en todo caso, forman parte del acervo del español porque así lo fueron decidiendo los auténticos dueños del idioma: sus hablantes, que fueron incorporándolas o creándolas, tanto da.

Un anonimato que, sin embargo, no ha sido óbice para que a través de la historia de la propia lengua se hayan planteado sucesivamente, como podemos comprobar en el paseo de hoy, las más diversas hipótesis respecto a lugares y momentos de nacimiento, sin que al parecer ninguna de ellas llegara a adquirir la condición de fidedigna.

Nuestros pasos nos encaminan hoy hacia cinco de esos términos que, al atractivo que hemos encontrado en todos los que se han asomado por estas páginas hasta ahora, añaden el del misterio —y este siempre resulta muy sugerente— de que no sepamos desde dónde han llegado hasta nosotros.

panga.- Voz de reciente incorporación al DLE, pues no lo hizo hasta 2001. Nada se indicaba entonces sobre su origen, como tampoco en la versión en papel de 2014. Ha sido la reciente actualización en línea de noviembre de 2020 la que le ha conseguido un hueco en nuestro paseo por palabras marcadas como de origen desconocido.

En el español —o tal vez sería más propio decir los españoles— de América encontramos tres embarcaciones y un recipiente llamados así:

Un pequeño bote de fondo plano y cubierta ancha, movido a remo, vela o motor, que se emplea para pescar o transportar personas en aguas poco profundas.

Una barcaza de carga movida por motor, de fondo plano y cubierta ancha, que, siguiendo un cable como guía, sirve para transportar carga, en especial vehículos, de un lado a otro de un río, lago o laguna.

Una embarcación descubierta, ancha, de poco calado y con motor que se utiliza para la pesca y para el transporte de pasajeros.

En Honduras da nombre también a un tronco ahuecado de caoba o cedro de forma rectangular, que se usa para dar de comer al ganado o para fregar los cacharros.

Si saltamos de continente se cruza en nuestro rumbo otra posibilidad para surcar las aguas: la panga filipina, una barca bien acabada y ligera que puede navegar a remo y a vela. No llegó a conseguir el aval académico —sí otra distinta denominada panca—, pero Wenceslao Retana la recoge, como voz tagala, en su Diccionario de filipinismos (1921) y aparecía en diversos diccionarios del siglo xix, en algunos de ellos también en la forma pango.

barril.- Voz común a todos los romances de Occidente, como leemos en Corominas, de origen prerromano y de raíz desconocida.

Su acepción más común es la de recipiente generalmente cilíndrico, de madera o de metal, que sirve para conservar, tratar y transportar diferentes líquidos y géneros.

Algunos de ellos, en sentido real o figurado, «tienen apellido» en nuestra lengua:

Barril bizcochero, que servía para llevar el bizcocho —un pan sin levadura, que se cocía por segunda vez para que perdiese la humedad y durase mucho tiempo— en las embarcaciones.

Barril de tocino, que en Puerto Rico sirve para denominar a los fondos públicos asignados a los legisladores sin propósito específico.

Barril sin fondo, que en algunos países americanos hace referencia a una persona que todo lo hace en exceso; en la República Dominicana, Puerto Rico y Venezuela también a algo que cuesta o en la que se invierten grandes cantidades de dinero; y en el Uruguay a una persona capaz de beber mucho alcohol sin emborracharse.

Barril sin zuncho(s), sinónimo festivo en Chile de persona gorda.

A su vez, de una situación muy tensa y conflictiva se dice que es un barril de pólvora.

De barril derivan barrilete, que puede ser tanto un instrumento de carpintero como un cangrejo de mar, una especie de nudo marinero, un tipo de cometa, una pieza del clarinete o un aprendiz —y, si además es cósmico, en léxico futbolístico, el recientemente fallecido Diego Armando Maradona, aunque eso es ya otra historia—; barrila, una botija cántabra; embarrilar, meter y guardar algo en barriles; embarrilador, el encargado de hacerlo; barrilería, lugar donde se fabrican o conjunto de ellos — este último  llamado también barrilamen, o barrilaje en México—; y barrilero, el que los fabrica.

gafe.- Adjetivo que se predica de una persona que trae mala suerte o de aquella que impide o dificulta cualquier diversión. Como sustantivo es un sinónimo de mala suerte.

Cuando el diccionario académico lo incorporó, en 1970, con la definición de aguafiestas, de mala sombra, aseguraba que tenía el mismo origen que gafo —persona que padece gafedad, un tipo de lepra—: gafa, a la que hoy atribuye un origen incierto, pero que entonces derivaba del germánico gafa ΄gancho΄. Habría que esperar a la edición de 2001 para que su procedencia se considerara desconocida y a la de 2014 para cambiar a los significados que muestra ahora.

Otra hipótesis apunta a una ascendencia árabe, de qáfa, que alude precisamente a la mano del leproso, con sus dedos encorvados. Según esta teoría, el término habría ido adquiriendo una connotación cada vez más negativa y de hecho se llegó a pensar que incluso respirar el aire de un lugar por donde pasaba un leproso traía malas consecuencias. Poco a poco tanto gafo como gafe habrían ido resbalando hacia el terreno de la superstición.

Personaje inmune a su propio maleficio, se considera que basta incluso con mencionar su nombre para que sus efectos se hagan notar, por lo que si alguien se atreve a pronunciarlo hay que conjurar el mal tocando madera, entrecruzando los dedos índice y corazón de ambas manos o recurriendo a cualquier otro tipo de sortilegio.

En el Uruguay se emplea coloquialmente el término secante para referirse a una persona que es gafe —también a alguien molesto y fastidioso—.

De gafe obtenemos el verbo gafar, transmitir o comunicar mala suerte a alguien o algo.

becerro.- Es la cría de la vaca hasta que cumple uno o dos años. En la tauromaquia se eleva un poco la edad, pues es sinónimo de novillo, res vacuna de entre dos y tres años.

También la piel de ternero curtida para emplearse en calzados y otros usos, así como el libro —también libro becerro o libro de becerro— en el que monasterios, cabildos catedralicios, villas y otras comunidades copiaban sus privilegios y las escrituras de sus pertenencias, llamado así por encuadernarse con ella para su mejor resguardo.

Especial relevancia histórica tiene el Becerro de las behetrías, libro en el que, de orden del rey Alfonso XI y de su hijo Pedro I, se escribieron las behetrías —poblaciones en las que sus habitantes podían elegir a su señor— de las merindades de Castilla y los derechos que pertenecían en ellas a la Corona y a otros partícipes.

Según el Diccionario de autoridades (1726) se llamó así a la cría bovina como si dijésemos buey cerril.

Corominas especula en esta ocasión con un origen ibérico, probablemente de un *ibicirru derivado del hispanolatino ibex, -ĭcis ‘rebeco’, por el carácter indómito y arisco de ambos animales.

Si proseguimos por mar nuestro paseo daremos con el becerro marino, es decir, con una foca.

Y si nuestra singladura nos lleva hasta el reino vegetal, nuestro vocablo es otro nombre que recibe la planta conocida como dragón, mientras que otra planta perenne, el aro, es también conocida como pie de becerro.

Terminamos con una acepción de reminiscencias bíblicas: el becerro de oro, sinónimo de dinero o riquezas, que remite al episodio en el que Moisés baja del monte Sinaí y se encuentra a los israelitas adorando a un ídolo con esa forma hecho de ese metal.

ascua.- Trozo de una materia sólida y combustible, por ejemplo de carbón, que por la acción del fuego se pone incandescente y sin llama.

El Diccionario de autoridades (1726) recoge la cita que Covarrubias hacía a su vez del padre Guadix —que ya se asomó por estos paseos cuando nos ocupamos de la palabra bagasa—, quien decía que era voz arábiga, de ayxcua, «que vale mal amor y mala amistád, porque ninguna se puede tener con el fuego, que todo lo consúme».

El lexicón académico aseguraba en 1899 que venía del alto alemán weiss kohle ΄carbón blanco o candente΄. En las ediciones posteriores desaparece toda referencia al respecto y la mención expresa del carácter desconocido de su origen no se incorporará hasta la última.

Corominas abunda en lo desconocido del origen y descarta tanto el germánico asca ΄ceniza΄, que no explicaría la terminación de la palabra española, como el vasco ausko-a, derivado de hauts ΄ceniza΄, pues parece ser palabra meramente supuesta. Se inclina, como en el caso de barril, por una ascendencia prerromana.

Es término expresivo que puede encontrarse como interjección festiva —¡ascuas!— para manifestar extrañeza o dolor y como frase para dar  a entender que alguna cosa brilla y resplandece mucho: estar hecho un ascua de oro.

También protagoniza locuciones como arrimar alguien el ascua a su sardina, que hace referencia al hecho de aprovechar la coyuntura en propio interés, incluso obteniendo un beneficio particular de lo que debería ser común; estar en o sobre ascuas es a su vez otra forma de decir que alguien está inquieto, tenso, preocupado; y sacar el ascua con la mano del gato, o con mano ajena, se empleaba, pues está en desuso, con el sentido de utilizar a una tercera persona para ejecutar algo sin exponerse a los daños o riesgos que ello pueda conllevar.

La cita de hoy

«Sin lugar a dudas A. N. Onymous ha sido el autor más prolífico en la historia de la literatura en lengua inglesa».                                  

Peter Muckley

El reto de la semana

¿Desde qué región natural española, protagonista de algún que otro viaje literario y cuyo nombre aparece en el DLE como de origen desconocido, podríamos haber emprendido el paseo de hoy?

(La respuesta, como siempre, en la página ΄Los retos΄)

Incierto paseo

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Las locuciones a ciencia cierta o de ciencia cierta aluden a algo que lleva aparejada seguridad, ausencia de duda. Algo que hasta ahora estábamos convencidos de que podíamos aplicar a nuestra sociedad, a un modo de vida en el que creíamos que los avances, vertiginosos, de la ciencia y la tecnología nos proporcionaban una certidumbre que nos eximía de tener que cuestionarnos muchas cosas.

Sí, creíamos, porque ha bastado un virus para poner todo patas arriba. Para que todo lo que considerábamos fijo y esperable se haya desvanecido como por arte de magia, sumiéndonos en un estado de incertidumbre del que no llegamos siquiera a intuir cuándo o cómo saldremos. Una realidad que ha hecho que seamos conscientes de que no solo el futuro puede ser incierto: también el presente.

Pero si vamos un paso más allá deberemos admitir que no solo el futuro y el presente, que también el pasado puede resultar incierto en ocasiones. Bien porque nuestra memoria nos juegue la mala pasada de reinterpretarlo, bien porque no lo hayamos llegado a conocer. Y eso es algo que ocurre, como ya vimos en el paseo de orígenes inciertos, con muchas palabras que usamos habitualmente.

Pasearemos hoy por cinco de ellas que nos esperaban en los intrincados —pero siempre atractivos— caminos de la incertidumbre etimológica. Vamos allá.

zarabanda.- Junto con las acepciones de «cosa que causa ruido estrepitoso, bulla o molestia repetida» y de «lío, embrollo» el DLE muestra dos referidas a sendas danzas: una lenta, solemne, de ritmo ternario, que, desde mediados del siglo xvii, forma parte de las sonatas; la otra, popular de los siglos xvi y xvii, frecuentemente censurada por los moralistas. Esta tenía origen español y desde este idioma llegó al francés ―sarabande― y al inglés ―saraband―.

Aunque ya Covarrubias (1611) hablaba de la presencia en la antigua Roma de la çarabanda, baile «alegre y lascivo» practicado por las bailarinas conocidas como puellae gaditanae, originarias del sur de la Bética, muy sensuales y sobre las que llegó a escribir el bilbilitano Marcial, parece establecido que era una invención reciente de finales del siglo xvi.

Si incierto resulta su origen no lo es menos el de su nombre. El propio Covarrubias lo sitúa en el hebreo, en el verbo çara ‘esparcir, cerner’, ‘ventilar’, ‘andar a la redonda’. Corominas, dando como lo único seguro que este baile es oriundo de España, considera probable que la palabra se originara también ahí, con materiales puramente hispanos. Desecha, por inverosímiles, las diversas etimologías persas que se llegaron a proponer suponiendo al término transmitido a través del árabe. Por su parte, el lexicólogo Rodríguez Marín, en El Loaysa de “El celoso extremeño” (1901) aventura una deformación de zaranda ‘criba’, fundada en el meneo rítmico de esta.

Si cruzamos el charco, zarabanda hace referencia en México a una paliza; en Venezuela y el Uruguay a un estado de desorden; a una intriga en Honduras; y en este último país, además de en Guatemala y el Uruguay, a un jolgorio o baile popular.

arretín.- Voz tramada con otras cuantas del ámbito textil, su escueta definición reza que es otro nombre del filipichín.

Este, cuyo nombre a su vez tiene un origen que el DLE califica como desconocido, es un tejido de lana estampado ―y desde 1984 cuenta también con el aval académico para el significado de lechuguino, afeminado―. El Diccionario de autoridades (1732) decía que era «a modo de chamelotón», con unas labores hechas con prensa.

Si buscamos su significado vemos que se trata de un chamelote ordinario y grosero. ¿Y qué es el chamelote, se preguntarán vuestras mercedes? Pues ni más ni menos que el camelote, un tejido fuerte e impermeable, generalmente de lana. Proviene del francés antiguo camelot, variante dialectal de chamelot, y este del francés antiguo chamel ‘camello’, porque se hacía con pelos de este rumiante.

Pero volvamos a arretín. Desde 1884 el diccionario académico la hacía derivada de ratina ―con errata incluida en las ediciones a partir de 1956 que convertía a esta en retina―.

Esto se mantuvo hasta 1992, cuando se habla ya de origen incierto, indicando, eso sí, que se debe consultar la voz ratina, que es otra tela de lana, esta entrefina, delgada y con granillo, que «quizá» proceda del francés ratine, y que probablemente –esto no lo cuenta ya el DLE―, podría venir del antiguo verbo rater ‘raspar, rayar, pelar’.

Para terminar con este paseo entre paños recordemos que el arretín, o filipichín, fue también conocido en su momento como barragán estampado, otra, una más, tela impermeable, de la que en este caso sí se sabe de dónde procede el nombre: del árabe andalusí bar[ra]kán[i], que lo hace del árabe barkānī ‘tipo de paño negro indio’, y este del persa pargār o pargāl.

esperpento.- Voz reciente que no se documenta en nuestro idioma hasta 1891. De origen incierto, no podía ser de otro modo en este paseo, Corominas indica que no sabía de nadie que hubiera buscado su etimología. Lo cual no obsta para que se haya atribuido a este vocablo carácter de madrileñismo; de argentinismo; de mejicanismo de Veracruz…

A su significado primigenio, que nos habla de una persona fea, de una situación o de algo ridículo, estrafalario, el DLE añadió —en el Suplemento a la edición de 1970— el de concepción literaria creada por Ramón M. ª del Valle-Inclán, en la que se deforma la realidad acentuando sus trazos grotescos y el de obra literaria acorde con ella.

Palabra proveniente del habla informal y familiar, pasó así a designar una actitud artística donde tienen cabida obras de límites poco precisos, escurridizos, en las que se dignifica un lenguaje coloquial que incluye numerosas expresiones jergales. Los rasgos exagerados y caricaturescos que las caracterizan enlazan, sin duda, el ámbito literario con el pictórico del Bosco o de Goya. Aunque esos atributos pueden rastrearse ya en obras anteriores del autor se considera que Luces de Bohemia (1920) es la primera producción considerada específicamente un esperpento.

Fue esta la primera ocasión en la que el diccionario académico acogió en su seno a este gallego tan querido por estos paseos y al que haría nuevo hueco años después mediante el adjetivo valleinclanesco.

Como derivados existen el esperpentismo, modo de expresión artística y literaria que responde a los planteamientos del esperpento, y el adjetivo esperpéntico.

almocatracía.- Según la Academia era un impuesto o derecho que se pagaba antiguamente por los tejidos de lana fabricados y vendidos en el reino. El Diccionario panhispánico del español jurídico —donde, por cierto, la palabra aparece sin tilde: almocatracia— especifica que se trataba de Castilla.

Pertenecía a la Corona, que solía ceder su cobro a particulares como recompensa por sus servicios. Las telas se sellaban como prueba del pago, que se establecía en maravedís tanto para las piezas como para las varas.

Su origen es tan incierto como el del propio nombre. La profesora López Mora explica que son muy escasas las fuentes documentales que puedan respaldar que encontremos este término en los diccionarios. También que siempre se refieren a Jaén, pues parten del privilegio que Enrique II de Castilla concedió para dicha ciudad a Pedro Ruiz de Torres en las Cortes de Toro de 1371. Este es el que aparece citado en el Diccionario histórico de la lengua española (1933) y de él no se puede establecer a ciencia cierta el contenido del tributo, pues nada se dice en él de la lana ni de si los bienes debían ser producidos en el reino o solo vendidos en él.

Corominas dejó escrito que es inútil buscar la etimología sin que se haya averiguado antes su significado. No obstante, en diversas épocas y por diversos autores se han aventurado las árabes almocáddar ‘medida’; almoctarix ‘beneficiado’, ‘obtenido como ganancia’; *mux/qatrá, que apunta al lujo; mátrah ‘cojín, colcha, jergón’, a través del bajo latino matracium ‘colcha de lana’; o mustajlas, una serie de impuestos no canónicos sobre ciertos negocios que iban a engrosar la hacienda de los reyes andalusíes.

pelele.- Muñeco de figura humana hecho de paja o trapos como el que se solía poner en los balcones o mantear durante los carnavales.

Figurada y familiarmente se califica también así a una persona simple e inútil a quien, por su falta de voluntad, manejan los demás con facilidad.

Desde su incorporación en el Suplemento a la edición de 1947 el DLE recoge además un tercer sentido: el de traje de punto de una pieza que se pone a los niños para dormir.

Voz tardía, documentada a finales del siglo xviii, Corominas señala que parece de creación expresiva o tal vez de un cruce de lelo con otro vocablo.

En sus acepciones originarias pelele se ha hecho un hueco en el mundo de la creación artística: en su primera acepción dio nombre a un conocido cartón para tapiz pintado por Goya, obra que sirvió de inspiración para la pieza para piano homónima compuesta por Enrique Granados en 1914 y para el texto del mismo título —en español en el original francés— escrito por el dramaturgo Jean-Christophe Bailly en 2003.

En su significado metafórico lo encontramos en la farsa cómica de Carlos Arniches La tragedia del pelele (1935) o en la novela del galo Pierre Louÿs La mujer y el pelele (1898), en la que está basada a su vez la película de Luis Buñuel Ese oscuro objeto del deseo (1977).

El pelele con figura de soldado que en vez de ser manteado se ponía en el ruedo para que el toro se cebase con él era conocido como dominguillo.

La cita de hoy

«Lo único cierto es que no hay nada cierto».              

Plinio el Viejo

El reto de la semana

¿Qué podríamos tomar para reponer fuerzas tras el paseo de hoy, sabiendo que lleva dentro de su nombre, por supuesto de origen incierto, el de una bebida alcohólica con la que podríamos acompañarlo?

(La respuesta, como siempre, en la página ΄Los retos΄)

Pirateando por el diccionario

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Está claro que la literatura y el cine han contribuido decisivamente a plasmar en el imaginario colectivo una visión de la piratería en la que la rebeldía frente a la injusticia y las ansias de libertad de muchos de sus protagonistas logra enmascarar una realidad mucho menos ideal, en la que la violencia llevada a su grado máximo, la codicia o el desprecio por la vida ajena constituían rasgos distintivos.

Y, sin embargo, también en ese mundo sórdido podemos encontrar valores y principios que todos podríamos suscribir: la justicia a la hora de repartir el botín; la compensación por las mutilaciones sufridas; la forma democrática de tomar determinadas decisiones… Y, sobre todo, la lealtad a los compañeros, sabedores de que es la unión lo que hace la fuerza.

Esa misma solidaridad es la que ha sentido el paseante, en estos duros meses de pandemia, encarnada en el apoyo que le han prestado, al pairo y en la tormenta, en puerto y en la mar abierta, sus compeñeros de Piratas Unionistas, peña del club Unionistas de Salamanca.

En homenaje de gratitud a estos camaradas de tripulación navegaremos hoy bajo la Jolly Roger, el pabellón de la calavera y los huesos cruzados sobre fondo negro, por cinco palabras que encontramos en esa isla del tesoro que es para nosotros el diccionario y que son representativas de una Hermandad de la Costa que para el paseante ha quedado demostrado, gracias a ellos, que es algo más que un bonito nombre.

P. D. Compeñeros no es una errata: es la palabra que le gusta emplear al paseante para referirse a sus compañeros de peña.

pirata.- Persona que se dedica al abordaje de barcos en altamar con intención de robar. La violencia que ejercían con frecuencia en sus ataques motivó que también pasara a llamarse así a alguien cruel y despiadado.

Tiene su origen en el latín pirāta, y este en el griego peirats ΄pirata΄, ΄bandido΄, derivado de peirân ‘intentar, aventurarse’.

La evolución de los tiempos y de la sociedad, que encuentra su correspondiente reflejo en la lengua, hizo que en las últimas décadas se incorporaran al Diccionario de la lengua española primero, en los años 80 del siglo pasado, el pirata aéreo, secuestrador de aviones, y ya en 2014 el pirata informático, el que accede ilegalmente a sistemas informáticos ajenos para apropiárselos u obtener información secreta. También fueron incluidas en esta última edición las voces inglesas cracker y hacker ―así como su adaptación al español, jáquer―, con el mismo significado.

También se califica como pirata a quien copia o reproduce el trabajo ajeno, ya sean libros, discos, películas, programas informáticos, etc., sin autorización y sin respetar la propiedad intelectual, y, en general, a todo aquello que es ilegal, que carece de la debida licencia o que está falsificado. El DLE cita expresamente la edición pirata, que es aquella llevada a cabo por quien no tiene derecho a hacerla, y la radio pirata, una emisora que funciona sin licencia legal.

Además, en el lexicón académico encontramos también, circunscrito su uso a España, el pantalón pirata, que se caracteriza porque sus perneras llegan hasta la pantorrilla. Seco, Andrés y Ramos recoge asimismo la fórmula pantalón corsario.

filibustero.- Pirata de los grupos que en siglo xvii campaban por el mar de las Antillas. No se adentraban en mar abierto y atacaban barcos cerca de la costa o saqueaban poblaciones del litoral.

Del francés flibustier, y este del neerlandés vrijbuiter ‘corsario’, de vrij ‘libre’ y buiten ‘saquear’. La s se incorporó por una hipercorrección, en principio meramente gráfica, que terminó por pronunciarse a principios del siglo xviii. La l, por su parte, puede explicarse por influencia del neerlandés vlieboot —que en francés dio flibot y en castellano filibote—, ΄embarcación del Vlie΄, un tipo de carguero utilizado en la vía marítima holandesa del mismo nombre.

En el siglo xix se recuperó el término filibustero para aplicarlo a los aventureros que, sin patente ni comisión de ningún gobierno, invadían a mano armada territorios ajenos. Como el estadounidense William Walker, quien en 1856 llegó a ser investido como presidente de Nicaragua.

Más tarde fueron también tildados así quienes trabajaban por la emancipación de las entonces provincias españolas de ultramar.

Y por filibusterismo se entiende aún hoy, además de la actividad propia de los filibusteros, un tipo de obstruccionismo tendente a bloquear la actividad parlamentaria, generalmente mediante intervenciones interminables. Esta acepción fue acuñada en el Senado de los EE. UU. en el siglo xix, pero es práctica cuyo rastro puede seguirse hasta la antigua Roma, donde es tradición que Catón el Joven (95 a. C.-46 a. C.) era capaz de hablar días y días con el objetivo de frenar las leyes de Julio César.

corsario.- Aunque se emplea también como sinónimo de pirata, en puridad debería aplicarse al armador, capitán y tripulación, y por extensión a la propia nave, dedicados al corso, campaña de guerra marítima contra el comercio enemigo bajo las mismas normas que las fuerzas navales regulares, pero por su cuenta y riesgo, asumiendo los daños y perjuicios sufridos en su caso y sin recibir más recompensa que el botín obtenido al enemigo.

La autorización y comisión para dedicarse a ello era la denominada patente de corso. Al ser otorgada por un poder soberano, normalmente un Estado beligerante, implicaba su autorización, control y responsabilidad, condición que diferencia jurídicamente al corso de la piratería, aunque, evidentemente, no a ojos de sus víctimas.

En castellano recibe también el nombre de carta de marca, que dio lugar a la carta ―o patente de contramarca, dada por un soberano para que sus súbditos pudieran corsear y apresar las naves y efectos de los de otra potencia que hubiese dado cartas de marca.

Con el tiempo patente de corso pasó a significar también el derecho que alguien se arroga para decir o hacer lo que le venga en gana.

El DLE afirma que corso, voz de la que deriva corsario, procede del latín cursus ‘carrera’. Corominas aventura que quizá llegara nuesra lengua a través del catalán cors, donde ya se halla en el siglo xiii (Consulado de Mar).

Tienen también el aval académico, con la marca de desusadas, otras dos formas de nuestra palabra: cosario y cursario.

bucanero.- El DLE lo define como un pirata que en los siglos xvii y xviii se dedicaba a saquear las posesiones españolas de ultramar. Lo que no explica es que no fue así desde un principio y que en el propio nombre encontramos la explicación.

Proviene del francés boucanier, que a su vez lo hace de boucan, y este del tupí mokaém ΄parrilla de madera΄.

¿Piratas parrilleros, entonces? ¿Cómo se come eso? Echemos un vistazo a la historia. Tras la conquista de México y Perú muchos de los habitantes de la entonces conocida como La Española la abandonaron atraídos por las riquezas del continente. Dejaron allí gran número de ganado vacuno y piaras de cerdos que con el tiempo se fueron multiplicando a la vez que se asilvestraban.

Como los españoles no se establecieron nunca en la ribera noroeste de la isla no es descabellado pensar que fondearan allí buques contrabandistas en busca de víveres. La dilatada porción de costas desiertas, el buen anclaje y la abundancia de provisiones no dejarían de inducir en algunos las ganas de establecerse.

Se ganaban la vida cazando el ganado selvático para comerciar después con los barcos de paso. Curaban la carne por medio de un método aprendido de los indios caribes: cortada en largas tiras, la colocaban en una parrilla hecha de varas verdes donde se secaba a un fuego lento de leña. Los indios llamaban boucan al sitio donde ahumaban la carne. Se aplicó ese mismo nombre al aparejo que servía para secarla y el de bucanero a los propios cazadores.

Cuando por circunstancias ulteriores estos comenzaron a simultanear el comercio de carne y cueros con la piratería —buscando una vida más lucrativa que la precaria existencia que llevaban—el nombre fue perdiendo gradualmente su significación primitiva y adquirió la actual.

pechelingue.- O pichelingue, que ambas formas aparecen en el DLE.

Su escueta definición nos dice que es un pirata de mar.

A pesar de aparecer recurrentemente en documentos españoles de los siglos XVI, XVII y XVIII, y de ser empleada por literatos como Tirso de Molina o Vélez de Guevara, no llegó a arraigar en castellano.

Su origen, sobre el que no se pronuncia el diccionario académico, atrajo la curiosidad de buen número de estudiosos, lo que propició la formulación de diferentes hipótesis al respecto:

Hartzenbusch, para quien el término era despectivo y aplicable solo a extranjeros, aventuró que tal vez procediera de las palabras speech english.

El jurista y filólogo Adolfo Bonilla San Martín proponía, en 1910, el mejicano pichilinga ‘chiquita’, desde el náhuatl picilihui ‘hacerse menudo lo que era grueso΄.

Charles Edward Chapman, en su Historia de California. El periodo español (1923) ofrece una explicación pintoresca: las palabras españolas pecho y lengua, como referencia despectiva al sonido gutural del neerlandés. Algo así como que los holandeses hablaban desde el pecho y no desde la boca y la lengua.

A su vez, el hispanista holandés J. G. Geers se inclinaba, en los años treinta del siglo pasado, por un origen gitano, a partir del caló petulingre ‘herrero’.

Será en 1944 cuando Engel Sluiter, profesor en la Universidad de California, Berkeley, establezca con propiedad que nuestra palabra es producto de una corrupción progresiva, a través del francés, del nombre de Vlissingen, ciudad portuaria en los Países Bajos cuya reputación internacional como nido de corsarios hizo que llegara a ser conocida como la ‘pequeña Argel’.  

La cita de hoy

«Piratería: El comercio sin añadidos, tal y como Dios lo hizo».   

Diccionario del diablo

Ambrose Bierce

El reto de la semana

¿Con qué bebida, cuyo nombre remite al de un famoso corsario, brindaremos al término de nuestro paseo de hoy?

(La respuesta, como siempre, en la página ΄Los retos΄)

Un paseo por El infinito en un junco

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Los japoneses denominan tsundoku a esa sensación que produce tener apilados en casa libros que no se han leído y que tal vez nunca lleguen a serlo. Aunque también hay muchos de ellos que solo esperan que el poseedor encuentre el momento oportuno para hacerlo.

Esto es lo que le ocurrió recientemente al paseante, cuando tuvo por fin tiempo y calma suficientes para abordar un ejemplar cuya lectura llevaba meses postergando por, como suele decirse, causas ajenas a su voluntad en este año tan anómalo.

¿Título?: El infinito en un junco. ¿Autora?: Irene Vallejo. Y ahora llega lo más difícil de estas líneas introductorias del paseo de hoy: ¿qué decir de un libro que ha recibido todo tipo de elogios; cuyas ediciones se suceden a ritmo de vértigo; acreedor de premios aquí y allá; del que ya se ha dicho y escrito casi todo…? Creo que me limitaré a una idea: si en muchas ocasiones, tras haber leído un libro, ha tenido uno la sensación de que le habría gustado escribirlo él, tras hacer lo propio con El infinito en un junco —y confiesa aquí que nada más terminarlo comenzó a releerlo, con la impresión de haberse dejado muchas cosas en el tintero— el paseante sintió que lo que en realidad le habría gustado era «ser» este libro y que alguien le hubiera escrito así.

Pasearemos hoy por cinco palabras espigadas en unas páginas que nos recuerdan que la historia de los libros, hasta haber podido llegar al tsundoku del que hablábamos al inicio, es la de una sucesión de acontecimientos casi milagrosos: la supervivencia de algunos de ellos —apenas un 1 % del total— desde el mundo clásico hasta nuestros días; la invención del alfabeto; la de soportes como el papiro… En definitiva, no se pierdan este apasionante viaje a través de los siglos: aventuras no van a faltar.

cálamo.- El diccionario académico refleja que esta voz designa a un tipo de flauta antigua; a la parte inferior hueca del eje de las plumas de las aves, que se inserta en la piel; a una caña, en tanto que tallo de las gramíneas; a una pluma de ave o de metal para escribir —estas dos últimas acepciones en sentido poético— y, en botánica, a un tallo herbáceo cilíndrico y liso, sin nudos ni hojas.

Procede del latín calămus y para seguir su génesis nos vamos a apoyar en el latinista Emilio del Río, quien explica que la palabra se aplicaba en un principio a la caña que crece junto a los ríos. Esta se secaba, se cortaba oblicuamente y se afilaba para poder escribir con ella. Es decir, primero significó caña y después el instrumento de escritura elaborado con ella. Más tarde, cuando comenzaron a emplearse plumas de ave para este cometido ambos se identificaron hasta el punto de que, como acabamos de ver, se llama cálamo a la sección de ellas pegada al animal. Y a partir de ahí se dice que la parte de un vegetal o de un animal que tiene forma de cañón de pluma de ave es calamiforme.

Pero para escribir hacía falta además tinta, que se obtenía de un cefalópodo y que se llamó tincta calamaris, es decir, ΄tinta para el cálamo΄, lo que andando el tiempo, como ya se habrá imaginado quien esté acompañándonos en este paseo, derivó en que el animal de marras fuera conocido como calamar.

La locución adverbial latina calamo currente, literalmente ΄corriendo la pluma΄, que también encontramos en el DLE, alude al hecho de escribir algo sin reflexión previa, de improviso y con presteza.

filípica.- Palabra cuyo protagonista a buen seguro habría preferido que no hubiera llegado a formar parte de nuestro idioma. Ni de otros como el inglés —philippic—, adonde llegó a mediados del siglo xvi desde el francés —philippique—, o el italiano —filìppica—.

Da nombre a una invectiva, a una censura áspera y desabrida, acre.

Proviene del latín Philippicae [orationes] ΄[discursos] sobre Filipo΄, traducción del griego Philippikoi [logoi], con el mismo significado, en referencia a los escritos y pronunciados por el político y orador ateniense Demóstenes (384 a. C.-322 a. C.) avisando del peligro que el poder creciente de Filipo II de Macedonia, el padre de Alejandro Magno, suponía para Atenas y el resto de ciudades griegas y exhortando a sus conciudadanos a hacer frente a la amenaza.

Años después Cicerón (106 a. C.-43 a. C.), gran admirador del ateniense, llamaría también filípicas a sus discursos contra Marco Antonio.

Entre ambos oradores se produce un curioso paralelismo en nuestro diccionario, pues, como ya vimos al pasear con Comunicación para ganar, este alberga también catilinaria, un escrito o discurso vehemente dirigido contra alguien, que encuentra su origen en los que el romano dedicó su rival Catilina.

Aindamáis, si Cicerón ha dado lugar —amén de a otros como cícero y cicerone—, al término cicerón,con el sentido de persona muy elocuente, el DLE otorga exactamente esta misma definición a demóstenes.

atlas.- Del griego Átlas, a través del latín Atlas, nombre de un gigante de la mitología grecolatina condenado por Zeus a soportar sobre sus hombros la bóveda celeste por toda la eternidad.

Se trata de una colección de mapas geográficos, históricos, etc., encuadernados en forma de libro. Recibió este nombre porque en esas compilaciones solía dibujársele en la portada. Corominas indica que la difusión del término en el léxico moderno se debió al célebre conjunto cartográfico de Mercator Atlas sive Cosmographicae meditationes de fabrica mundi et fabricati figura (1595), en el que figuraba al inicio, efectivamente, nuestro héroe.

Se llama también así a una colección de láminas descriptivas de una materia que suele aparecer encuadernada, en ocasiones separada del texto principal al que acompaña.

En el campo de la anatomía atlas da nombre a la primera vértebra de las cervicales, acepción que se explica por su función: servir de soporte de la cabeza.

Para finalizar esta entrada el Diccionario de la lengua española nos habla del atlas lingüístico, que consiste en una serie de mapas que muestran las zonas geográficas en las que se emplean determinados vocablos, fonemas, etc.

El Atlas Lingüístico de la Península Ibérica fue un ambicioso proyecto concebido en los primeros años del siglo xx por Menéndez Pidal, plan malogrado por la Guerra de España (1936-1939): habría que esperar a 1962 para que se editara el único volumen publicado hasta la fecha.

sainete.- Voz que reúne diversos significados.

En el mundo del teatro hace referencia tanto a una obra, frecuentemente cómica, de ambiente y personajes populares, como a una en un solo acto, de carácter burlesco, que se representaba en el intermedio o al final de una función.

Coloquialmente se predica asimismo de una situación o acontecimiento que resultan grotescos o ridículos y en ocasiones tragicómicos.

En cetrería se denominaba así al pedazo de gordura, de tuétano o de sesos con el que el halconero regalaba al ave cuando la cobraba.

Y en el ámbito culinario sirve tanto para hablar de un bocadito de cualquier cosa, agradable y gustoso al paladar, del sabor suave y delicado de un manjar o de una salsa o condimento que se añaden a algunas comidas para que resulten más apetitosas.

Enlazando con esta última idea de mejora encontramos que sainete es también una cosa que realza la gracia o el mérito de otra, de suyo agradable, o un adorno especial en vestidos u otras cosas.

Pero no termina aquí nuestro listado, pues si nos acercamos a América comprobamos que en Cuba es una recriminación violenta, mientras que en Argentina se trata de una variedad rioplatense de la obra de teatro española.   

Tiene origen en el diminutivo de saín, grosura, sustancia crasa o mantecosa de un animal, procedente del latín vulgar *sagīnum, y este del latín clásico sagīna ΄engorde de animales΄, ΄gordura, calidad de gordo΄.

utopía.- Representación imaginaria de una sociedad humana armónica y también algo deseable que parece de difícil realización.

Del latín moderno Utopia, isla imaginaria con un sistema político, social y legal perfecto, descrita por Tomás Moro (1478-1535) en la obra del mismo nombre (1516), a partir del griego ou ‘no’, tópos ‘lugar’ y el latín -ia ‘-ia’.

De ella derivan los adjetivos utópico y utopista, así como los sustantivos utopismo, tendencia a la utopía,y el reverso de la moneda: distopía, la representación figurada de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana. Del latín moderno dystopia, formado a partir del griego dys- ‘dis-‘, en el sentido de dificultad, anomalía, y utopia ‘utopía’.

La etiqueta socialismo utópico engloba aquellas corrientes del pensamiento socialista previas a la llegada del marxismo, algunas de las cuales han dejado huella en nuestro diccionario.

Así, sansimonismo hace referencia a la doctrina de Claude-Henry de Rouvroy, conde de Saint-Simon (1760-1825) y sansimoniano a lo relativo a ella o a un partidario suyo.

Por su parte, furierismo es el sistema de organización social propuesto por Charles Fourier (1772-1837), que excluía la propiedad privada y la familia, y que agrupaba a las personas en falansterios. Falansterio, que da nombre tanto a la comunidad autónoma de producción y consumo ideada por él como al edificio en que, según su sistema, habitaba cada una de las falanges en que dividía la sociedad. Él mismo acuñó esta palabra, phalanstère en francés, a partir de phalan[ge] ΄falan[ge]΄ y [mona]stère΄[mona]sterio΄. El partidario del furierismo o lo relativo a él es conocido como furierista.

La cita de hoy

«Creo que los libros describen a las personas que los tienen entre las manos».   

Irene Vallejo

El reto de la semana

¿Qué tipo de reunión, en la que brindaríamos incluso etimológicamente por él, podríamos organizar los muchos fanes de este libro para reflexionar sobre él?

(La respuesta, como siempre, en la página ΄Los retos΄).

Un paseo por Trabalengua

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Como  escuchó decir más de una vez por su tierra —al fin y al cabo las raíces charras acaban asomando siempre por alguna costura— el paseante disfrutó este fin de semana más que cochino en charca ajena. Porque tuvo ocasión de participar de nuevo en Trabalengua, esa fiesta de la lengua y del lenguaje; o de la lengua o lenguaje, o… vaya usted a saber, que para eso doctores tiene la Iglesia lingüística y él no es más que un aficionado fervoroso a estas cosas del idioma que ha encontrado en el simposio riojano un motivo de gozo como nunca podía haber sospechado.

Un encuentro en el que, a pesar de no poder juntarnos presencialmente, el espíritu de Vicente Espinel se hizo presente desde el primer momento para inspirarnos; descubrimos palabras nuevas, como «permutoedro», y recordamos otras desheredadas, como barquinazo; aprendimos un poco de «adolescentés» y escuchamos nuevos plurales casi imperceptibles; reflexionamos sobre las palabras que ha alumbrado o recuperado la pandemia y dimos vueltas en torno a las cosas del nombre; donde fuimos conscientes de cómo el lenguaje, siendo siempre iguales las palabras, se adapta de forma dúctil según esté destinado a ser escuchado, conversado, traducido, corregido…

Un congreso, en definitiva, que se ha convertido en una declaración de amor en toda regla a nuestra lengua, en el reconocimiento de que una herramienta de comunicación puede convertirse en una pasión.

Pasearemos hoy por cinco vocablos —y, como es ya costumbre, alguno de propina— inspirados por los nombres de varias de las personas que han hecho posible la celebración de unas jornadas en las que, paradójicamente, los asistentes nos hemos quedado más de una vez sin palabras. ¡Larga vida a Trabalengua!

espuela.-  Arco de metal con una espiga que lleva en su extremo una estrella con puntas o una ruedecilla con dientes. Se ajusta al talón del calzado, y se sujeta al pie con correas, para arrear a las cabalgaduras.

Por traslación se emplea también con el sentido de estímulo, acicate, y una tercera acepción la define como la última copa que toma un bebedor antes de separarse de sus compañeros, de sus concurdáneos.

Del antiguo espuera, y este del gótico *spaúra —pronúnciese spora—. La forma espuera se mantuvo en el lexicón académico hasta la edición de 1992 a pesar de que cuando se incorporó en 1791 ya estaba marcada como anticuada.

De espuela derivan palabras como espolear —picar con ella a la caballería para que ande—; espolada o espolazo —golpe dado con ella a la caballería—; espolique —mozo que camina junto a la caballería en que va su amo, llamado también espolista o mozo de espuela—; espoleta —horquilla formada por las clavículas del ave— o espolón en sus diversos significados.

Orden de la Espuela de Oro o de la Milicia Áurea es el nombre de la que está considerada como segunda en importancia entre las órdenes ecuestres pontificias. Reservada a príncipes católicos y jefes de Estado que no lo sean, hoy se encuentra en desuso.

orden.- Ya que hablamos de orden, nos encaminaremos ahora hacia este término polisémico, descendiente semiculto del latín ordo, -ĭnis. Estas son las acepciones que recoge el Diccionario de la lengua española:

  1. Colocación de las cosas en el lugar que les corresponde.
  2. Concierto, buena disposición de las cosas entre sí.
  3. Regla o modo que se observa para hacer las cosas.
  4. Serie o sucesión de las cosas.
  5. Ámbito de materias o actividades en el que se enmarca alguien o algo.
  6. Nivel o categoría que se atribuye a alguien o algo.
  7. Relación o respecto de una cosa a otra.
  8. En determinadas épocas históricas, grupo o categoría social.
  9. En arquitectura, cierta disposición y proporción de los cuerpos principales que componen un edificio.
  10. En botánica y zoología, cada uno de los grupos taxonómicos en que se dividen las clases y que se subdividen en familias.
  11. En geometría, calificación que se da a una línea según el grado de la ecuación que la representa.
  12. En algunos análisis fonológicos, conjunto de fonemas de una lengua que poseen un rasgo fonético común.
  13. Cuerda de un instrumento musical, o grupo de dos o tres cuerdas, que representan una única nota y se tocan de una sola vez.
  14. Uno de los siete sacramentos de la Iglesia católica, que reciben los obispos, presbíteros y diáconos.
  15. Cierta categoría o coro de espíritus angélicos.
  16. Instituto religioso aprobado por el papa y cuyos individuos viven bajo las reglas establecidas por su fundador o por sus reformadores, y emiten votos solemnes.
  17. Mandato que se debe obedecer, observar y ejecutar.
  18. Cada uno de los institutos civiles o militares creados para premiar por medio de condecoraciones a las personas con méritos relevantes.
  19. En Cuba, México y la República Dominicana, relación de lo que se va a consumir en una cafetería o restaurante.
  20. Cada uno de los grados del sacramento del orden, que se van recibiendo sucesivamente y constituyen ministros de la Iglesia.
  21. Cada una de las filas de granos que forman la espiga.

ana.- Nos adentramos ahora en un tres en uno, que no han de faltarnos palabras homógrafas plantadas en el jardín del diccionario.

La primera es una antigua medida de longitud generalmente empleada para tejidos, aunque no exclusivamente. Equivalía aproximadamente a un metro. Covarrubias señalaba que era la medida que hay desde el codo a la mano.

Procede de alna, que lo hace del gótico alĭna ‘codo, medida lineal’.

De esta voz derivaban dos que ya no aparecen en el diccionario académico: anear, medir por anas, y aneaje, acción de anear.

La segunda, documentada por vez primera en 1615, es un adverbio que utilizaban los médicos en sus recetas para denotar que determinados ingredientes debían ponerse en cantidades iguales.

Del griego aná ΄cada΄, ΄cada uno, uno (o dos, o tres, etc., cada uno)΄, como nos recuerda Corominas.

La última en incorporarse al DLE —lo hizo en la edición de 1956— da nombre tanto a una antigua unidad monetaria empleada en Birmania, la India y Paquistán que equivalía a un dieciseisavo de rupia, como a la moneda que la representaba, que estaba hecha de níquel. Tiene su origen en el hindi y el urdu ānā.

cabezón.- Vamos con otra palabra con varios significados, que se forma a partir de cabeza —del latín capitia, la forma que sustituyó a caput, -ĭtis en el latín vulgar hispánico— y el sufijo –ón en su valor de aumentativo, lo que nos da como resultado una cabeza grande.

También se predica coloquialmente de quien la tiene así, del que es terco, obstinado, y de una bebida alcohólica que se sube a la cabeza.

Dos referencias ahora al mundo animal: se llama así igualmente al renacuajo, la larva de la rana, y a la cabezada, el correaje que ciñe y sujeta la cabeza de una caballería.

Si nos acercamos al ámbito de la vestimenta vemos que daba nombre —pues ahora este sentido está en desuso— a la abertura que tiene cualquier ropaje para poder sacar la cabeza y, en algunas prendas de vestir tradicionales, a la tira de tela que rodea el cuello —como la lechuguilla, uno muy grande y bien almidonado, y dispuesto por medio de moldes en forma de hojas de lechuga, usado durante los reinados de Felipe II y Felipe III, tal y como se refleja en numerosos retratos de la época—.

Por su parte, jurídicamente en el Antiguo Régimen cabezón era el padrón de contribuyentes y la escritura de obligación de la cantidad que se pagaba de contribuciones.

Fuera ya del entorno del reconocimiento de la RAE nos trasladamos hasta el norte de España para descubrir que en Cabezón de la Sal (Cantabria) se llamaba cabezón a una medida empleada en el comercio de la sal, cuyo origen —el de la medida— algunos pretenden remontar al Imperio romano.

pimienta.- Fruto, esférico y menudo, del pimentero, de sabor picante y muy aromático. Se emplea, entero o molido, como condimento.

El diccionario académico guarda silencio sobre el origen de esta palabra, por lo que recurrimos una vez más a Corominas para leer que se encuentra en el latín pĭgmĕnta, plural de pigmentum ΄colorante, color de pintura΄, que ya en esa lengua tenía además el sentido de ΄droga, ingrediente΄ y más tarde ΄condimento΄.

Fue muy apreciada en la antigüedad, cuando a sus usos culinarios se sumaba su empleo en aplicaciones medicinales. En el siglo xv hubo verdaderas batallas por dominar las rutas en las que se comercializaba esta especia que alcanzaba precios realmente muy elevados. Y es que, como nos recordaba Juan Ruiz, Arcipreste de Hita: «Es muy pequeño el grano de la buena pimienta, pero más que la nuez reconforta y calienta».

Encontramos esta voz en locuciones como comer pimienta, que es lo mismo que enojarse; ser como una pimienta, aplicada a alguien muy vivo y activo; tener mucha pimienta algo, es decir, estar muy alto su precio o la aragonesa hacer pimienta, que equivale a hacer novillos.

El Diccionario de americanismos (2010) nos dice que en Panamá se llama pimienta al pelo muy crespo, mientras que en Nicaragua decir de alguna persona que es pura pimienta es reconocerle como excelente en lo que hace.

 

La cita de hoy

«Nuestro lenguaje nos representa e identifica».          

Estrella Montolío

 

El reto de la semana

Esta vez no os vamos a pedir que averigüéis una palabra concreta. Lo que nos gustaría es que penséis en una que os atraiga de manera especial por el motivo que sea; que disfrutéis un buen rato de ella, analizándola, buscando su origen, estableciendo sus conexiones, acariciándola… Y si después os apetece compartirla a través de los comentarios a esta entrada, pues … miel sobre hojuelas lingüísticas. Gracias mil por pasear con nosotros.