Paseando por Suiza (2)

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Comenzábamos nuestro anterior paseo recordando que Suiza es un país singular ya desde sus mismos orígenes. Hay, sin embargo, un aspecto de ese momento que sí comparte con el común de las naciones: la necesidad de crear relatos fundacionales que doten de una cierta mística a su propio nacimiento.

En el caso que nos ocupa quien mejor representa el papel de héroe identitario es, sin duda, de Guillermo Tell, cuya imagen encabeza estas líneas. Poco importa que se trate de una mera leyenda, que además habría sido importada desde otras latitudes. Lo determinante era que su figura podía encajar a la perfección como símbolo del deseo natural por la libertad y dejar en evidencia la condición contra natura de la tiranía.  Así lo supo ver el escritor alemán Friedrich Schiller, que transformó en un relato reconocible en la actualidad un revoltillo de hechos históricos, crónicas y antiguas narraciones, y creó con su drama Guillermo Tell (1804) el mito fundacional suizo.

Hoy no nos vamos a andar por las ramas de mitos y leyendas. Al contrario: pasearemos de la mano de personajes muy reales, aunque algún espectro puede que se nos cuele por ahí. Suizos, de nación o de adopción, que se han hecho acreedores de aparecer en el Diccionario de la lengua española bien por ser su nombre origen de alguna palabra, bien por haberla inventado, bien porque aquello a lo que dedicaron sus esfuerzos ha logrado hacerse un hueco en nuestra lengua.

Y los conoceremos un poco más, no podía ser de otro modo, al compás de la ópera, la última que compuso, que Rossini dedicó al ballestero suizo que hoy nos ha servido para introducir este paseo, cuya archiconocida obertura seguro que está comenzando ya a resonar en nuestras cabezas.

calvinismo.- Jean Calvino (1509-1564) es una de las figuras señeras de la Reforma. Nacido en Francia, cuando se vio obligado a abandonar su país terminó por asentarse en Ginebra, a la que convirtió en la ciudad faro del protestantismo y donde estableció el primer modelo de las Iglesias reformadas. El propio Museo Nacional de Zúrich lo considera una de las figuras clave que han moldeado las distintas identidades de Suiza.

Según el DLE calvinismo essu doctrina y la comunidad de sus seguidores. Hasta 1984 incluía en la definición términos como «herética» y «secta», una muestra más de que el diccionario va evolucionando —aunque, todos lo sabemos, no siempre a la misma velocidad— según lo hace la propia comunidad de usuarios del idioma.

calvinista.- Se predica tanto del seguidor del calvinismo como de lo perteneciente o relativo a él. En tiempos se empleaba en castellano, y así aparece reflejado en el Diccionario de autoridades (1729), una palabra homógrafa que hacía referencia, en tono jocoso, a alguien calvo. La relación de este otro término con nuestro personaje viene de la homonimia parasitaria —la misma que relaciona a Paganini con pagador, por ejemplo—, que permitió a autores como Quevedo o Lope de Vega utilizarla en sus escritos haciendo un juego de palabras con el que tiene origen en el teólogo.

hugonote.- Seguidor de Calvino en Francia, aunque en ese país se emplea por extensión para referirse familiarmente a los protestantes en general. En un principio tenía carácter peyorativo.

Tomado del francés huguenot ‘partidario de la unión de Ginebra con Suiza’, alteración del alemán Eidgenosse ‘confederado’, influido por el nombre de Bezanson Hugues (1491-1532 o 33), jefe del partido suizo en Ginebra a principios del siglo XVI.

Otra teoría sitúa el origen de la palabra en Tours, donde, según las crónicas de entonces, la gente oía hablar de esos eyguenots sin conocer su significado, y terminaron por vincular la palabra con un tal rey Hugon o Huguet, fantasma nocturno del imaginario popular.

hugonota.- Existe también el femenino de este vocablo, aunque, como vimos que ocurría con burgomaestra, se utiliza también más la forma masculina al referirse a la mujer.

Sí se emplea en cruz hugonota, emblema protestante en Francia. Es una cruz de ocho puntas cuyos brazos están unidos por flores de lis y de la que pende una paloma, símbolo del Espíritu Santo.

Y también en el nombre de una antigua receta: los huevos a la hugonota, plato en el que estos se cocinan en caldo de cordero. Tomás de Iriarte (1750-1791) los cita en su fábula XII, titulada Los huevos.

zuingliano.- Partidario de Zuinglio o perteneciente o relativo a su doctrina.

Esta palabra nunca llegó a incorporarse al diccionario académico, aunque sí a otros, en ocasiones también en la forma zwingliano, ya desde el siglo xviii —Terreros y Pando (1788); Zerolo (1895); Pagés (1931), entre ellos—, y fue empleada por autores de la talla de Marcelino Menéndez Pelayo, que la utiliza en su Historia de los heterodoxos españoles (1880-1882).

Uno de los padres de la Reforma, la figura de Huldrych Zwingli, o Ulrico Zuinglio castellanizado (1484-1531), y el estudio de su teología, se ha visto históricamente eclipsada por las de Calvino y Lutero. De tendencia humanista y racionalista, defendía el libre albedrío; consideraba el pecado original más como una enfermedad moral que como una falta punible y, tal vez lo más destacado de su planteamiento, negaba que Cristo se encontrara en forma alguna en la eucaristía, que sería un mero acto simbólico y recordatorio.

amish.- Seguimos en el mundo de las creencias, y de la Reforma, con una palabra recién llegada al DLE: se incorporó en la última edición, la del tricentenario (2014).  Quienes ya peinen canas hace algún tiempo seguro que la asociarán enseguida a la película de Harrison Ford Único testigoTestigo protegido en Hispanoamérica— (1985).

Se aplica a quien pertenece a una comunidad protestante emparentada con los menonitas y establecida principalmente en los Estados Unidos de América, que se rige por normas estrictas y rechaza las comodidades y tecnologías modernas.

Del inglés Amish, y este del alemán amisch, derivado de Jakob Amman (1644-a. 1730), líder anabaptista suizo al que se considera fundador de este movimiento, que se caracteriza por una interpretación estricta de la doctrina del aislamiento social con el fin de evitar la «contaminación» con la sociedad y sus tentaciones.

gesneriácea.- En una de esas definiciones que nos dejan con la boca abierta a quienes somos profanos en la materia, el Diccionario de la lengua española nos dice que este adjetivo se aplica a una planta del grupo de las angiospermas dicotiledóneas, herbácea, rara vez leñosa, afín a las escrofulariáceas y orobancáceas, de las que difiere por ciertos caracteres morfológicos de sus ovarios, que vive casi siempre en países intertropicales, y en ocasiones es ornamental y muy apreciada en jardinería.

Debe su nombre a Conrad Gessner (1516-1565). Natural de Zúrich, donde también falleció víctima de la peste mientras ejercía como médico municipal, algunas fuentes aseguran que fue ahijado del mismo Zuinglio. Uno de los botánicos más destacados del siglo xvi, este polímata está considerado además como el padre de la Bibliografía y el fundador de la Zoología.

muesli o musli.- Ambas formas cuentan con el aval académico desde que fueron incluidas, simultáneamente, en la última edición.

Se trata de un alimento elaborado con una mezcla de cereales, frutos secos y otros ingredientes, como frutas deshidratadas. Se consume mayormente, aunque no de manera exclusiva, en el desayuno.

Etimológicamente procede del suizo-alemán Müesli, y este del diminutivo de Mues ‘puré, papilla’. Probablemente sea la única palabra del alemán de Suiza que ha pasado a formar parte del vocabulario de numerosas lenguas.

Fue creado por el médico y nutricionista pionero —abogaba por una dieta equilibrada alta en frutas, verduras y alimentos crudos— suizo Maximilian Bircher-Benner (1867-1939), motivo por el que también es conocido como Birchermüesli o muesli de Bircher.

chevy.- El Diccionario de Americanismos recoge que es una manera, ya obsoleta, de denominar a los taxis en Cuba.

Palabra de origen inglés, comenzó a utilizarse en torno a 1938 como una forma familiar de referirse a los automóviles de la marca estadounidense Chevrolet.

La compañía se fundó en 1911 por iniciativa de Louis Chevrolet y William Durant. En 1919 fue adquirida por General Motors, de cuyo grupo sigue formando parte un siglo después.

Louis Joseph Chevrolet (1878-1941) nació en La Chaux-de-Fonds, donde también lo haría otro suizo de fama mundial: Le Corbusier. Mecánico de gran destreza, y audaz piloto de carreras que batió el récord de la milla, cedió a su socio el uso exclusivo del nombre Chevrolet, con un amargo colofón: el éxito de la firma no tardó en llegar y nuestro protagonista no obtuvo un solo dólar por ello.

pestalociano.- El DLE define este adjetivo, desde su edición de 1925 y sin haber cambiado una sola coma, como lo perteneciente o relativo a Pestalozzi, pedagogo suizo, y a su método de enseñanza.

Al contrario de la propuesta rousseauniana de la teoría idealizada, Johann Heinrich Pestalozzi (1746-1827), zuriqués como Gessner, experimentaba su teoría y la obtenía a su vez a partir de la práctica en las escuelas que fundó.

La base de su renovación pedagógica consistió en una concepción integral de la educación a partir del conocimiento profundo de la naturaleza humana. Ese proceso debía abarcar tres dimensiones humanas, identificadas con la cabeza, el corazón y la mano, de manera tal que se alcanzara el objetivo de una formación que fuera también de carácter triple: intelectual, moral y física. Dado que alcanzar esa meta dependía de una trayectoria íntima, en sus escuelas no había pruebas, notas, castigos o recompensas.

borrominesco.- Término para referirse a lo perteneciente o relativo a Francesco Borromini, arquitecto italiano del siglo xvii, o a lo propio de él.

Francesco Castelli (1599-1667) nació en Bissone, actual cantón de Tesino. Comenzó a firmar como Borromini, según algunos por la devoción que profesaba, pues era sumamente religioso, a san Carlos Borromeo, para diferenciarse de otros arquitectos y maestros de obra en Roma que se apellidaban como él.

Uno de las representantes más destacados del Barroco, desarrolló la mayor parte de su carrera en la Ciudad Eterna, donde sus construcciones atraían la atención por su creatividad y la audacia de sus novedosas formas. Su vida y su obra se vieron marcadas por su relación con otro grande de la época, Bernini, con quien colaboró en un principio y mantuvo después una profunda enemistad.

espagírica.- Como sustantivo hace referencia al arte de depurar metales, mientras que como adjetivo se aplica, además de a lo relativo o perteneciente a ella, a un medicamento preparado con sustancias minerales o a una persona defensora del empleo y sabedora de la elaboración de dicho tipo de medicamentos.

Del latín moderno spagiricus, y este a partir del griego spân ‘extraer’ y ageírein ‘recoger’; literalmente ‘que recoge extrayendo’.

Aunque esta voz figura en el diccionario académico desde 1791 hubo que esperar hasta la última edición para que Paracelso figurara en él como su inventor.

Philippus Theophrastus Aureolus Bombast von Hohenheim —su nombre real— (1493-1541), nació en Einsiedeln, donde Zuinglio fue predicador algún tiempo. Médico, alquimista, filósofo y astrólogo, fue uno de los pioneros de la revolución de la medicina del Renacimiento y en el uso de productos químicos y minerales en ella.

La cita de hoy

«En Italia, en treinta años de dominación de los Borgia, hubo guerras matanzas, asesinatos… Pero también Miguel Ángel, Leonardo y el Renacimiento. En Suiza, por el contrario, tuvieron quinientos años de amor, democracia y paz. ¿Y cuál fue el resultado? ¡El reloj de cuco!».

El tercer hombre

El reto de la semana

¿Qué tres palabras podemos encontrar en el DLE cuyo origen se encuentra en el nombre de un filósofo que ejerció gran influencia sobre Zuinglio, y cuyos restos reposan en Suiza pese a no ser natural de este país?

(La respuesta, como siempre, en la página ‘Los retos’)

Paseando por Suiza (1)

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¿Cuál es el elemento básico que conforma la identidad de una nación y la define diferenciándola de otras, el que, en definitiva, explica su existencia? ¿Hablar, y escribir, una lengua común? ¿Profesar una misma religión? ¿Compartir la misma cultura histórica?…

Ninguna de estas premisas justificaría por sí misma el nacimiento de Suiza, república parlamentaria en la que conviven desde sus mismos inicios unos cuantos idiomas —alemán, francés, italiano, romanche y dialectos varios—, se adora a Dios desde teologías muy diferentes —catolicismo, protestantes seguidores de Calvino, de Zuinglio…— y conviven aún hoy múltiples formas de entender y organizar la vida en un Estado moderno que, tal vez por esa misma diversidad de origen, resulta en muchos aspectos único también en el concierto de las naciones.

En un reciente viaje a este país tan singular se le ocurrió al paseante que, a pesar de no existir un idioma suizo, podía intentar rastrear las huellas que esta confederación, pues así se define en su propio nombre oficial: Confederación Helvética, hubiera podido dejar en el nuestro; constatar la presencia en el diccionario, que, en definitiva, es el objeto de nuestros paseos, de palabras procedentes de allí o que el propio lexicón académico considera de manera expresa que están relacionadas con el país alpino.

Lo que encontró será el objeto de nuestros tres próximos paseos, el primero de los cuales emprendemos ya echando un vistazo a la historia.

helvético.- También en la forma helvecio, es el natural de la antigua Helvecia, país de la antigüedad que hoy se corresponde con Suiza, por lo que es igualmente sinónimo de suizo. Del latín Helvetius, y este de Helvetii, nombre que se dio a los pobladores de las regiones alpinas. En el norte de Argentina se emplea también helvético para designar a un tipo de carreta para transportar la caña de azúcar.

celta.- Perteneciente a un grupo de pueblos indoeuropeos establecidos en numerosos lugares del continente, entre ellos parte de la actual Suiza. Es asimismo un grupo de lenguas, derivadas de dialectos protoindoeuropeos, en las que está el origen de algunas voces de este paseo. Procede del latín Celta, y este del griego Keltós o Kéltēs, voz a su vez de origen propiamente céltico.

recio o rético.- Ambos términos sirven para designar al natural de la Recia o Retia, antiguo país europeo que comprendía los territorios hoy de Tirol, el cantón de los Grisones y el norte de Lombardía. Del latín Raetius y Rhaetĭcus respectivamente. El segundo es además el nombre de una lengua prerromana, quizá emparentada con el etrusco, que se habló en la antigua Retia hasta el siglo I d. C.

Sigamos con algunos gentilicios locales. El del propio país, que con su polisemia y sus derivados nos va a dar mucho juego, será el broche final de estos paseos suizos.

bernés.- Natural de Berna, tanto capital como cantón. Según una leyenda local, basada en la etimología popular, el duque Bertoldo v de Zähringen, fundador de la ciudad, prometió que le pondría el nombre del primer animal que encontrara en la cacería en la que iba a participar, que resultó ser un oso (Bär en alemán). Otros, más racionalistas, se inclinan por un topónimo preexistente de origen celta.

grisón.- Da nombre tanto al nacido en el cantón de los Grisones, el más grande y el único trilingüe, como a la lengua retorrománica occidental hablada allí. Deriva del romanche Grischun, variante dialectal de grison* ‘gris’, denominación debida al antiguo nombre latino de los habitantes autóctonos del cantón, Cani ‘los de cabellos canos, ancianos’, por oposición a quienes llegaron posteriormente.

ginebrino.- Natural de Ginebra, la ciudad del lago Lemán. Existen dos teorías sobre la procedencia de su nombre, relacionadas ambas con el agua. Una apuesta por el céltico genu ‘boca’, con el sentido figurado de desembocadura; la segunda defiende un origen común, ligur o ilirio, con el de Génova, desde el vocablo genusus ‘río’. En el diccionario académico encontramos además la variante ginebrés.

basiliense o basilense.- Nacido en Basilea. De etimología incierta, la primera mención, con la forma Basilia, se documenta en el año 374, en relación con una visita del emperador romano Valentiniano I. De ahí que se haya aventurado que recibió su nombre en homenaje a él, a partir del griego basileios ‘rey’. El DLE recogía también otrora la forma basileense y basilea como voz de germanía para la horca.

Cuatro son las lenguas que tienen reconocida su oficialidad en Suiza y así lo refleja nuestro diccionario:

alemán.- Idioma germánico —en realidad, una mezcla de dialectos que se subsumen bajo el término general de «suizo-alemán»— que se habla en zonas de Suiza. El DLE concreta que la variedad oficial aquí es el alto alemán, englobado en el conjunto de ellas denominado alemánico. Al castellano llegó desde el francés allemand, tomado del bajo latín alamannus, alemannus ‘de los alamanes’.

francés.- Lengua romance, originada en la región de París, que se habla en Francia, en algunos países de su entorno y también en antiguos dominios franceses de América, África y Oceanía. Es el idioma principal de la Romandía, la Suiza francófona. Es vocablo derivado del occitano fransés, y en última instancia del bajo latín Francia ‘país habitado por los francos’.

italiano.- Lengua también romance que se habla en Italia y oficial también en lugares como San Marino, Ciudad del Vaticano y zonas de Croacia, de Eslovenia y de Suiza, donde es el idioma principal en el cantón de Tesino y en los valles meridionales del cantón de los Grisones. Del nombre de Italia, término que se adoptó como comprensivo de los distintos pueblos de la península.

romanche.- Idioma encuadrado en el grupo de lenguas romances de la región alpina oriental, central y occidental  denominado retorrománico. Es propio del cantón de los Grisones ―como vemos, la zona suiza más interesante lingüísticamente hablando―. Aunque el Rumantsch se estandarizó en 1982, su uso está en retroceso: hoy es el idioma principal de apenas el 0,5 % de la población del país.

Y cerramos este primer paseo helvético con tres palabras referidas al campo de la organización política y social:

cantón.- Aquí en su tercera acepción, la de denominación que recibe en la Confederación Helvética cada uno de sus Estados miembros. La palabra procede del norte de Italia, donde cantone ‘esquina’ adquirió también el significado de porción de territorio. Fueron los embajadores y mercaderes italianos quienes comenzaron a llamar cantón a los Estados de la antigua Confederación suiza.

burgomaestre.-  Primer magistrado municipal de algunas ciudades de Alemania, los Países Bajos, Suiza, etc. Según el Diccionario de americanismos también se emplea en Bolivia como sinónimo de alcalde, de presidente de un municipio. Del alemán Bürgermeister ‘alcalde’, de Bürger ‘ciudadano’ y Meister ‘magistrado’. Existe la forma burgomaestra, pero se utiliza más la primera referido a mujer.

iniciativa.- Procedimiento mediante el cual el pueblo interviene directamente en la propuesta y adopción de medidas legislativas; como sucede en Suiza y en algunos Estados de Norteamérica, según el DLE. Procede del latín initiātus, participio pasivo de initiāre ‘iniciar’. No es una alternativa a la democracia representativa, sino un instrumento que la complementa.

La cita de hoy

«Suiza es un país donde muy pocas cosas comienzan, pero muchas terminan».

F. Scott Fitzgerald

El reto de la semana

¿Con qué escritor en lengua española podríamos habernos encontrado en nuestro paseo de hoy, ya que está presente en el diccionario y guarda relación, incluso fallecido, con Suiza?

(La respuesta, como siempre, en la página ‘Los retos’)

Un paseo ConSentido

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Josep Pla, que sin haber sido nunca, ni pretenderlo, un gourmet, entendía de las cosas del comer mucho más que la mayoría de estos, sentenció que la cocina es el paisaje llevado a la cazuela. Al fin y al cabo, si ese espacio es lo que da carácter y esencia a un pueblo, nada más natural que la tentación de comérselo.

No sabe el paseante lo que el irreverente escritor ampurdanés pensaría de ConSentido, pero barrunta que quien se definía como un conservador en cuestiones de cocina, que no aspiraba a contribuir a ninguna revolución culinaria, se sentiría cómodo aquí. Porque en este aún joven restaurante de Salamanca se verifica aquello de que la calidad de la alta cocina no contradice necesariamente la tradicional, al igual que esta no está reñida con la innovación.

Este principio es el que guía al también joven chef ―aunque en absoluto bisoño, como demuestra el amplio bagaje profesional que atesora ya sin haber cumplido todavía los 32 años― Carlos Hernández del Río, quien se ha propuesto, y a fe que lo está consiguiendo, transmitir un legado gastronómico y cultural que sin iniciativas como esta corre serio peligro de desaparecer.

Lo hace desde un respeto casi reverencial por el entorno, redescubriendo y poniendo en valor productos y productores de la tierra salmantina que le vio nacer, de ese paisaje, en definitiva, al que se refería Pla. Valga como botón de muestra que el mar no llega hasta la carta: los únicos pescados que se pueden degustar son la trucha y unos callos de bacalao, pez este que a fuerza de ser transportado por los arrieros maragatos al interior de la península acabó por ser considerado como propio en los campos de León y de Castilla.

Un amor respetuoso que, como ya ha quedado dicho, no se opone a la búsqueda de nuevos tratamientos del producto ―¡ese guiso de crestas de gallo!―, de texturas renovadas, o de combinaciones de sabores ―¡ese punto rancio del buñuelo de jamón ibérico!― en las que la concentración de la esencia  se convierte en marca de la casa.

Por nuestra parte, hagamos ya nuestra comanda con cinco palabras elegidas de entre las que figuran en el menú y emprendamos, sin más demora, este paseo por el diccionario con el que queremos rendir nuestro pequeño homenaje al sueño hecho realidad de alguien que, tenedlo por seguro, está ya en camino de convertirse en algo tan difícil como ser profeta en su tierra.

gilda.- Abrimos boca de la misma manera en que lo hicimos en nuestra visita: con este pincho cuya fórmula original consiste en aceituna, anchoa y piparra ensartadas en un palillo, y del que hoy en día existen multitud de versiones (la de ConSentido llevaba esta vez lomo de ciervo).

Probablemente la tapa más famosa del País Vasco, nació en San Sebastián en 1949, y cuenta con su propia celebración, el Gilda Eguna —Día de la Gilda, en euskera—.

Su nombre, que no está recogido en el diccionario académico a pesar de encontrarse su uso suficientemente documentado, está tomado del personaje interpretado por Rita Hayworth —actriz, por cierto, de ascendencia española— en la película homónima. Se estrenó en nuestro país en 1946 y, con los consiguientes problemas con la censura por medio, enseguida se convirtió en un auténtico mito erótico en aquella España de la posguerra. De ahí que el pincho pasara a llamarse así, pues se decía que, al igual que el personaje, esta banderilla era «verde, salada y picante».

Años antes del estreno de la película, Miguel de Unamuno, tan ligado a la historia de la ciudad que hoy nos acoge, había empleado gilda en su obra El sentimiento trágico de la vida (1913). Se trataba, sin embargo, de una palabra homógrafa con la que trataba de lexicalizar en castellano el nombre que recibía un tipo de asociación o corporación que en la Edad Media agrupaba a personas con intereses económicos comunes: comerciantes, artesanos… llamada guild, o gild, en inglés; guilde en francés; o gilde en alemán. El término procede de gilda, latinización medieval del neerlandés gilde ‘reunión festiva’.

chacina.- Carne de cerdo adobada de la que se suelen hacer chorizos y otros embutidos, así como esos mismos embutidos y las conservas que se hacen con ella.

Procede del latín vulgar *siccīna [caro] ‘[carne] seca’, derivado de siccus ‘seco’.

La tienda donde se expende es la chacinería, mientras que la persona que la elabora o vende es conocido como chacinero.

Es además otro nombre que se aplica a la cecina ―que también podemos saborear en ConSentido―, que comparte origen etimológico con ella. Si en España este tipo de carne salada, enjuta y secada al aire, al sol o al humo alcanza en la provincia de León su máximo reconocimiento, en América es célebre la mexicana cecina de Yecapixtla. Tanto que incluso ha merecido figurar en el Diccionario de Americanismos (2010). Se trata de carne cortada en tiras, que se pone a secar y a la que se añade sal. Puede comerse acompañada de salsa, aguacate, frijoles o tortillas.

En esa orilla del español cecina puede referirse igualmente, según el país en donde nos situemos, a una tira de carne de vacuno, delgada, seca y sin sal; a un embutido de carne; a una loncha delgada de carne sin cocinar; o a un corte de carne de ganado vacuno de la parte delantera de la panza.

Curiosamente, el local del restaurante por el que hoy paseamos vio durante décadas cómo se despachaban chacinas en su interior, ya que estuvo ocupado por un clásico del negocio de la alimentación en Salamanca: la salchichería de Paco Iglesias.

croqueta.- El Diccionario de la lengua española, que incluyó por vez primera esta palabra en 1869, la define como una porción de masa, generalmente redonda u ovalada, hecha con un picadillo de jamón, carne, pescado, huevo u otros ingredientes, que, ligado con besamel, se reboza en huevo y pan rallado y se fríe en aceite abundante.

Procede del francés croquette, que a su vez lo hace del verbo croquer ‘crujir’, que encuentra su origen en la raíz onomatopéyica krokk-.

Esta voz es protagonista de una leyenda urbana ampliamente extendida: que cocreta, la manera en que muchos hablantes la pronuncian por metátesis, aparece en el DLE. La propia RAE ha tenido que desmentir en más de una ocasión que esta forma, calificada como vulgar, esté recogida, ni lo haya estado nunca, en él.

Otra curiosidad lingüística relacionada con nuestra protagonista: la cremosa salsa blanca que le da sentido puede escribirse hasta de cuatro formas diferentes en nuestro idioma: la ya citada besamel, que es a la que remiten las otras; besamela; bechamel; o bechamela, esta última marcada en la propia obra académica como poco usada. Debe su nombre a Louis de Béchamel (1630-1703), marqués de Nointel, célebre gourmet y mayordomo de Luis XIV.

En la Argentina y en el Uruguay croqueta sirve asimismo para referirse a la cabeza, pensamiento o imaginación de una persona. Y en el primero de estos países encontramos la locución hacer la croqueta, que significa intentar convencer alguien.

Y en España se emplea croqueta desde hace algún tiempo, en el argot propio del ambiente, como sinónimo de lesbiana.

garbanzo.-. Ya vimos, cuando saboreamos un buen plato de legumbres, que el origen de este vocablo es incierto. Hoy vamos a ir hoy un poco más allá de la propia palabra y vamos a pasear por palabras, expresiones y locuciones recogidas en los diccionarios en las que esta papilionácea es, directa o indirectamente, protagonista.

Comenzamos con la garbanza, que es un garbanzo mayor, más blanco y de mejor calidad que el corriente, mientras que un garbanzo mulato es uno más pequeño y menos blanco que esta.

Un garbanzo negro es una persona que se distingue entre las de su clase o grupo por sus malas condiciones morales o de carácter; garbanzo de pega es el nombre que recibe una bola pequeña con carga explosiva que los muchachos arrojan al suelo o contra las paredes para asustar a la gente, mientras que garbanzos de a libra sirve para referirse a algo raro o extraordinario y, en México, también a una persona de gran talento.

Buscarse o ganarse los garbanzos es una forma coloquial de referirse a vivir del producto del trabajo propio.

Se dice que alguien es propenso a tropezar en un garbanzo cuando tiene inclinación a hallar dificultades en todo, a enredarse en cualquier cosa, a aprovechar situaciones sin importancia para enfadarse u oponerse a algo.

Cuando se asegura que ese garbanzo no se ha cocido en su olla se da a entender que un dicho o escrito no es original de quien pasa por su autor.

Y, si nos acercamos hasta Chile, vemos que allí está en su garbanzal quien se halla en el lugar o situación que le agrada o interesa.

trucha.- Pez de agua dulce ―su presencia en la carta del restaurante es un homenaje a las que se pescaban en el Tormes―, de la familia de los salmónidos, con cuerpo de color pardo y lleno de pintas, y carne comestible blanca o encarnada.

En sentido figurado hace alusión a una persona astuta, que actúa con pocos escrúpulos. Y, fuera del diccionario, ha adquirido, con ese mismo carácter, los significados tanto de varón homosexual como de prostituta de calidad, probablemente muy joven.

Si regresamos a la Argentina y al Uruguay, allí sirve para referirse coloquialmente a la cara o a la boca de una persona.

Llegó hasta nosotros desde el latín tardío tructa, tomado del griego trktēs, literalmente ‘tragona’.

Muy presente en nuestras cocinas, lo está asimismo en la lengua a través de numerosos dichos y refranes. Veamos algunos ejemplos:

Manos duchas comen truchas, que recuerda que la práctica es el mejor método para hacer bien las cosas.

Ayunar o comer trucha, para expresar la determinación de no quedarse con medianías si no se puede conseguir lo mejor.

No se cogen, o pescan, o toman, truchas a bragas enjutas, que encontramos en La Celestina y en El Quijote, da a entender que para conseguir algo hay que esforzarse.

Saber uno las truchas que pesca otro, o conocer sus intenciones.

La trucha y la mentira, cuanto mayor, tanto mejor, que se dice cuando se sospecha que alguien está mintiendo.

Terminamos con dos locuciones de uso en México. Ponerse trucha alguien es abrir los ojos, conocer las cosas como realmente son, mientras que ser una trucha, o muy trucha, es ser sagaz.

La cita de hoy

«Toda tradición fue en algún momento vanguardia. Por tanto, aquella vanguardia que deja poso, con alma, con sentido, crea raíces y acaba siendo tradición”.     

Carlos Hernández del Río

El reto de la semana

El de hoy es para nota, como merece el objeto de nuestro paseo. ¿El nombre de qué fruto, que podemos encontrar en la carta de ConSentido, conecta en el diccionario a los dos animales totémicos de las tierras salmantinas: el toro y el cerdo?

(La respuesta, como siempre, en la página ΄Los retos΄)

Un paseo que invita a la escapada

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Dicen quienes entienden de esto que una de las consecuencias de la pandemia ha sido despertar en nosotros el deseo de escapar de nuestra realidad cotidiana. Fatiga pandémica han dado en llamarlo.

El confinamiento que conllevó dio a muchos la oportunidad de observar su vida, acaso por primera vez, desde una perspectiva nueva: la de no estar enganchados permanentemente a las prisas para no llegar a ninguna parte, al exceso de información sin tiempo para procesarla, a no encontrar tiempo para uno mismo, para vivir, en definitiva.

Esa mirada desde el modo en pausa ha llevado a algunos, según dicen también quienes de esto entienden, a desear dejarlo todo y emprender un tipo de vida más sencillo. En línea, tal vez, con lo que escribiera fray Luis de León en su oda a la vida retirada.

Hablábamos más arriba de un anhelo despertado, no provocado, porque escapar de la sociedad para ser feliz es una idea que ha acompañado al ser humano a lo largo de toda su evolución y sigue presente, de una manera u otra, dentro de cada uno de nosotros.

Esto es algo que conoce bien Antonio Pau, uno de esos pocos a los que se alude en la poesía antes citada y, conexión, figurante en el Madrid de Andrés Trapiello que paseamos hace algunas semanas.

Es, además, el promotor de una nueva disciplina que nos presenta en Escapología, libro donde muestra una treintena de ejemplos con los que los hombres han intentado a lo largo de la historia satisfacer esa aspiración, bien hacia el exterior, bien replegándose sobre sí mismo. 

Hoy llevaremos a cabo nuestra particular escapada interior ensimismándonos en cinco palabras de un texto que es, y así lo avisa a navegantes, una invitación en toda regla a la huida. A ser feliz en ella.

jardín.- Ya ha quedado dicho —página de Bienvenida— que nos gusta imaginar el diccionario como un jardín.

El Diccionario de la lengua española lo define en su primer sentido como un terreno donde se cultivan plantas con fines ornamentales.

Muestra asimismo otras dos acepciones: la de retrete o letrina, especialmente en los barcos, definición en la que el paseante no deja de atisbar una cierta ironía, y la de una mancha en la esmeralda que se tiene por defecto de esta.

Si consultamos el Diccionario de americanismos encontramos que se llama así también a un centro de diversión y baile, a un establecimiento donde se venden plantas y lo necesario para la jardinería, a una zona exterior en el campo de béisbol o a un establecimiento educativo para niños que aún no están en edad escolar.

Este último está también recogido en el DLE con los nombres de jardín de infancia, de infantes o infantil, calco del alemán kindergarten, que podemos encontrar en sus páginas castellanizado y escrito, por lo tanto, en letra redonda. El término fue acuñado en 1840 por el pedagogo alemán Friedrich Fröbel para su método educativo destinado a los más pequeños.

Y jardín, ¿de dónde procede? Del francés jardin, diminutivo del francés antiguo jart ‘huerto’, y este del franco *gard ‘cercado’.

Si es cierto que resulta agradable pasear por uno de ellos no lo es tanto meterse en un jardín, locución que significa complicarse la vida sin necesidad. Procede del mundillo teatral, donde se aplica al actor que improvisa tanto que termina por perderse y no saber volver al texto original. 

cábala.- Del hebreo qabbālāh ‘tradición’, término con que se designaron originalmente las escrituras posteriores a Moisés.

Inicialmente hace referencia a una serie de doctrinas místicas que, a través de enseñanzas esotéricas transmitidas por vía de iniciación, interpretan la Biblia judía con el objetivo de descubrir la vida oculta de Dios y los secretos de su relación con su creación.

En Castilla existió una importante tradición cabalística medieval que alumbró una de las obras cumbres de la cábala: el Zóhar o Libro del esplendor. Escrito a finales del siglo XIII por Moisés de León, es el único libro de la literatura rabínica posterior al Talmud que se convirtió en un texto canónico. 

Nuestra palabra fue incorporando posteriormente otros significados, más empleados hoy en día:

Conjetura o suposición, empleado generalmente en plural: hacer cábalas.

Intriga, maquinación, empleada de manera coloquial.

Cálculo supersticioso para intentar adivinar algo.

La palabra llegó con este último sentido hasta la otra orilla del español —y además con la forma kábala—, donde puede referirse a una superstición basada en el uso de algún amuleto o ritual para atraer la buena suerte; a ese mismo amuleto o ritual; y, en general, a cualquier forma de predicción o creencia supersticiosa.

En el mundo de las peleas de gallos se utiliza en plural, en Cuba, la República Dominicana y Puerto Rico, para referirse a ciertas supersticiones premonitorias de algunos galleros que apuestan basados en ciertas características del animal que consideran de buena o mala suerte.

desierto.- Derivado del latín desertus ‘desierto, abandonado, sin cultivar’, puede referirse tanto a un lugar despoblado como, más usualmente, un territorio arenoso o pedregoso, que por la falta casi total de lluvias carece de vegetación o la tiene muy escasa.

Bien podría parecer que Covarrubias pensaba en el leitmotiv de este paseo cuando escribió en su Tesoro de la lengua castellana (1611) que «allí se retiran los santos padres ermitaños y monjes y en la primitiva iglesia estaba poblado de santos».

Como adjetivo se predica de lo que está solo, despoblado, sin habitar, y del certamen, concurso o subasta que no tiene adjudicatario o vencedor.

En el lenguaje jurídico se habla de licitación desierta cuando en una adjudicación de contratos públicos ninguna de las ofertas cumple los requisitos para ser admitida; de remate desierto, en Colombia, cuando nadie hace ninguna en una subasta judicial; y de la declaración de desierto, que pone fin a la tramitación de un recurso por incumplir el recurrente algún trámite procesal.

Coloquialmente clamar o predicar en el desierto es hablar o advertir de algo sin que nadie haga caso, tratar en vano de convencer a quienes no están dispuestos a atender a razones. Son locuciones de origen bíblico, inspiradas en la figura de Juan el Bautista.

Dar voces en desierto alude al hecho de cansarse en balde, trabajar inútilmente.

Y creerse la última Coca Cola del desierto se emplea en algunos países americanos para referirse a alguien que se cree mejor o más importante que el resto.

claustro.- Del latín medieval claustrum ‘claustro de un monasterio’, ‘monasterio’, en latín ‘cerradura’, ‘lugar cerrado’, derivado de claudĕre ‘cerrar’.

Una primera acepción nos remite a la galería cubierta que cerca con arquerías o columnas el patio principal, con frecuencia cuadrangular, de una iglesia o convento.

Elemento esencialmente monástico, su desarrollo pertenece a los siglos XI y XII, cuando florece la arquitectura monasterial. Los corredores o galerías que lo componen se denominan pandas.

Con este significado el DLE recoge asimismo la forma claustra, de la que el Diccionario de Autoridades (1729) indicaba ya que era anticuada.

Se llama también claustro al estado monástico, sentido con el que se relacionan los derivados inclaustración, ingresar en una orden monástica y exclaustración y exclaustrar, permitir u ordenar a un religioso que abandone dicho estado.

Es asimismo el nombre que reciben el conjunto de profesores de un centro docente o la reunión que mantienen.

En el caso de la universidad es un órgano colegiado que interviene en su gobierno y ostenta su máxima representación. Sus miembros, los claustrales, pertenecen a todos los estamentos de la comunidad universitaria: docentes, estudiantes y personal de administración y servicios.

El sentido de claustro como cámara o cuarto se encuentra en desuso.

Y terminamos con lo que en realidad es un principio: el claustro materno, otra forma de llamar al útero.  

bosque.- Sitio poblado de árboles y matas.

Es término de origen incierto, tomado según Corominas del catalán o el occitano. Fuera cual fuese la primigenia, hay otras lenguas que han encontrado un hueco en nuestro diccionario para su propio bosque:

El griego aportó dasonomía, el estudio de la conservación, cultivo y aprovechamiento de los montes, a partir de dásos ‘bosque espeso, espesura’. O dasocracia, una parte de ella.

El latín, entre otras, soto, lugar poblado de árboles y arbustos, de saltus ‘bosque, selva’ o laurisilva, un bosque típico de Canarias y Madeira, desde lauri silva ‘bosque de laurel’.

El francés antiguo forest, hoy forêt ‘bosque’, está en el origen de deforestar.

Desde el malayo llegó el orangután, un mono antropomorfo propio de las selvas de Borneo y Sumatra, compuesto de orang ‘hombre’ y hūtan ‘bosque’.

Del afrikáans, la variedad del neerlandés que se habla en Sudáfrica, procede bosquimano o bosquimán, miembro de una tribu que habita al norte de la región del Cabo, a partir de boschjesman; literalmente ‘hombre del bosque’.

Y gracias al árabe andalusí alába, derivado del árabe clásico ābah, tenemos algaba: bosque, selva.

Para terminar, algunas acepciones más de bosque en castellano: abundancia desordenada de algo, confusión, cuestión intrincada; figuradamente, una barba, una cabellera, espesa y enmarañada; y, volviendo a América y al béisbol, en algunos países se llama también así a la zona del campo de juego conocida como jardín.

La cita de hoy

«La huida, como búsqueda de la felicidad, no puede ser nunca una trayectoria rígida. Eso iría en contra de su propia esencia felicitaría. La huida se puede interrumpir, abandonar y reorientar. La huida es esencialmente maleable». 

Antonio Pau

El reto de la semana

¿En qué edificio imaginario, que encontramos en el Diccionario de la lengua española, podríamos refugiarnos hoy para seguir proyectando sin distracciones nuevos paseos?

(La respuesta, como siempre, en la página ΄Los retos΄)

Paseando Madrid con Andrés Trapiello

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Hace unos días el paseante, que vive en uno de los extremos de la ciudad, se vio en la tesitura de tener que desplazarse al centro —«bajar a Madrid» lo llama Carmen—. Y la pereza que eso le produce desde que no tiene la obligación de hacerlo cotidianamente se apoderó de él por un instante.

Sin embargo, el engorro que en un primer momento supuso el tener que cumplir, recoger más bien, aquel encargo le permitió recuperar algo que hacía mucho tiempo que no disfrutaba: deambular por unas calles que siempre le traen recuerdos de otros tiempos y en las que nunca deja de encontrar aspectos nuevos. Así, sin prisa, fue asomándose a viejos y nuevos escaparates; comprobó que los pingüinos de la Cruz Blanca habían regresado a la calle Fernando VI; entró en una galería a contemplar fotografías para él inéditas de Chema Madoz… y así hasta rematar su paseo en una de sus librerías favoritas, de donde salió con un ejemplar de Madrid, lo último de Andrés Trapiello.

Ya en el trayecto de regreso cayó en la cuenta de que un rato antes había estado a tiro de piedra del domicilio del autor y de la conexión de este con el nombre de la librería: Cervantes y Compañía, personajes estos, el propio don Miguel y su elenco, sobre los que tanto ha escrito.

Engarces que se fueron extendiendo en los días siguientes según se adentraba en el texto, como el hecho de que la librería está en la calle del Pez, que aparece citada en el libro y que es prolongación de la de los Reyes, antiguo nombre de aquella en la que vive el propio Trapiello; la presencia, negro sobre blanco, de conocidos comunes; palabras que ya hemos visitado: mancerina, sicalipsis, zarabanda, galimatías…; y, muy especialmente, encontrar algunos nombres que nos han servido de inspiración por aquí: Valle-Inclán, Baroja, Carrère.

Si a ello unimos lo mucho que hemos disfrutado con este libro inclasificable, dos almas en un cuerpo en el que cada una nos va guiando por historias y vida de la otra, en una mezcla que refleja bien la esencia de este poblachón manchego que es la capital de España, es natural que terminara por convertirse en uno de estos paseos por el tumbaburros, como diría un mexicano.

Recorreremos hoy, pues, cinco palabras encontradas tras echarnos al coleto este Madrid cuya lectura, huelga decirlo, recomendamos a todos quienes sientan siquiera un pellizco de curiosidad por esta ciudad indescriptible. Sugerencia que hacemos con el mismo espíritu con el que cuando un amigo va a viajar a nuestro pueblo le remitimos a alguien allí —un familiar, otra de nuestras amistades— en el convencimiento de que la visita le aprovechará más y disfrutará más de ella.

P. S. Le ha hecho ilusión al paseante encontrar en estas páginas a Manuel Arroyo-Stephens, a quien en su momento dedicamos una de estas entradas con motivo de su libro Pisando ceniza. Falleció el año pasado, de triste recuerdo por tanto motivos. Descanse en paz.

arrabal.- Reciben este nombre tanto un barrio fuera del recinto de la población a que pertenece como cada uno de los sitios extremos de una población o una población anexa a otra mayor. En tiempos también se empleó, y así lo podemos leer en Lope de Vega o Tirso de Molina, en sentido figurado y jocosamente con el significado de nalgas.

Covarrubias (1611), con ese lenguaje al que de vez en cuando nos gusta retornar por aquí, lo definía así: «Es el barrio que está fuera de los muros de la ciudad pegado a ella, y los arrabales se pueblan de gente común y de bullicio, que por más libertad de sus tratos viven fuera, y en rigor de gente multiplicada que, no teniendo sitio en la ciudad, se salen a edificar fuera».

Proviene del árabe andalusí arrabá, y este del árabe clásico raba.

Existía también la forma antigua arrabalde, que ya en 1791 subrayaba el DLE que era patrimonio de los rústicos de Castilla la Vieja y Pamplona. Terminó por caer definitivamente en desuso y perdió a principios de este siglo su lugar en el diccionario. Rabal, sin embargo, con el mismo origen y significado que la palabra que nos ocupa, lo ha mantenido hasta hoy.

De arrabal deriva arrabalero, en ocasiones abreviado como rabalero, que, además de designar a alguien que habita en él, se predica de quien en su comportamiento y lenguaje da muestras de ordinariez y desvergüenza. Es insulto liviano que suele aplicarse más a las mujeres, tal vez por la suposición tradicional de que tienen una mayor finura en el trato.

Contamos también con la locución contar una cosa con linderos y arrabales, que se empleaba para referirse en tono familiar a que ese referir se hacía de manera demasiado prolija, descendiendo hasta el último detalle.

bibelot.- Figura o cualquier otro objeto pequeño y generalmente de no mucho valor que se tiene como adorno, dentro de una vitrina o encima de un mueble, por ejemplo. Gonzáles Ruano, otro de los figurantes de esta obra, los llamaba giliporcelanas.

Es término tomado del francés —idioma en el que puede emplearse también, con un matiz peyorativo, referido a un artículo de poco gusto— bibelot. Muy probablemente, según las propias fuentes galas, encuentre su origen en la raíz onomatopéyica bib-, que hace referencia a objetos menudos, y el sufijo –elot, a partir del antiguo francés beubelet, con el mismo sentido, procedente a su vez del anglonormando baubel, igualmente con idéntico significado.

En Venezuela adquiere también la acepción específica de cosa preciosa, alhaja, otra de las que recibe en la lengua del país vecino.

Tiene allí algunas más, de entre las cuales incorporaremos a este paseo una perteneciente al campo de la tipografía, que tan caro le resulta a nuestro guía de hoy: pequeños trabajos sin especial complejidad, como facturas, invitaciones, anuncios, tarjetones, prospectos, etc.

Aunque no se incorporó al DLE hasta la penúltima edición, la de 2001, podemos encontrar esta palabra ya en la obra de escritores como Unamuno, Valle-Inclán o Baroja, quien, con la mordacidad que le caracterizaba, afirmó de Juan Valera, otro de los personajes que pasan, este apenas de puntillas, por las páginas que nos ocupan: «Don Juan Valera tenía gracia y malicia, pero era un fabricante de bibelots y no quería salir de ahí». Le reprochaba que, habiendo pasado años en las cortes de Viena y San Petersburgo, se ciñera en sus narraciones a ámbitos muy locales y cuestiones de menor enjundia.

maravedí.- Moneda antigua española en uso de 1172 a 1854. A lo largo de los siglos tuvo diversos valores y fue empleada como unidad de cuenta. Cuando desapareció equivalía a 1/34 de real.

También se denominó así a un tributo que, cada siete años, pagaban al rey los aragoneses cuya hacienda valía 10 maravedís de oro, y a otro cobrado en Mallorca.

Es voz que se ha documentado de antiguo con tres plurales: el antecitado maravedís, que ha sido siempre el más empleado, maravedíes y maravedises, que la Academia desaconseja «por su apariencia vulgar».

Deriva del árabe andalusí murabií ‘relativo a los almorávides’, y este de mitqál murabií ‘dinar [de oro]’.

Fue asimismo conocida como moravedí, morabetino, morbí, moravedín, morbidil, moravidí

De ella derivó maravedinada, nombre en otros tiempos de una medida de áridos.

Con una presencia tan dilatada en la vida de nuestro país no es de extrañar que terminara incorporándose a ese saber del pueblo que es el refranero, donde encontramos ejemplos como Ahorrar para la vejez, ganar un maravedí y beber tres, que censura a los que gastan más de lo que tienen; Do el maravedí se deja hallar otro allí debes buscar, que enseña que donde hemos obtenido algún beneficio es donde resultará más fácil obtener otro, o Más vale blanca de paja que maravedí de lana, para indicar que hay cosas baratas que aprovechan más que otras de mayor precio —la blanca era otra moneda antigua que en algunas época equivalía a medio maravedí—.

corretaje.- Palabra documentada desde 1548 en nuestro idioma, adonde llegó desde el occitano antiguo corratatge, y este de corratier ‘corredor’ y -atge ‘-aje’, sufijo que en este caso designa un derecho que se paga.

El Diccionario de la lengua española nos ofrece dos significados: por una parte, es la comisión que reciben los corredores de comercio sobre las operaciones que realizan; por otra, la diligencia y trabajo que estos ponen en los ajustes y cuentas.

La edición de 1832, la primera en la que apareció, incluía la traducción latina de ambas acepciones: proxeneticum para la primera; proxenetæ opera, industria para la segunda. Esto puede resultarnos chocante teniendo en cuenta el significado de proxeneta en castellano, pero no lo es tanto si recordamos que este viene del latín proxenēta, ‘mediador, intermediario’, ‘comisionista’.

El DLE recoge también el contrato de corretaje, llamado también de comisión en derecho mercantil, que el Diccionario panhispánico del español jurídico define como aquel por el que una de las partes se obliga a indicar a otra la oportunidad de concluir un negocio jurídico con un tercero, promoviendo y facilitando su celebración, sirviéndole como intermediario a cambio de una prima.

En América encontramos una palabra homógrafa. En Cuba alude tanto a una huida desordenada de personas en distintas direcciones como a una situación de actividad intensa ante una tarea difícil, mientras que en Honduras, donde se emplea en el habla culta, es la renta que paga el que alquila tierra al dueño, generalmente en granos, en frutos o dinero. 

morgue.- La entrada correspondiente en el lexicón académico se limita a remitir a depósito de cadáveres, el lugar, generalmente provisto de refrigeración, donde se depositan los cadáveres que, por motivo de investigación científica o judicial, no pueden ser enterrados en el tiempo habitual.

Esto es así en lo que respecta a España, porque en Colombia es un anfiteatro anatómico, un sitio destinado a la disección de cadáveres con fines científicos o de investigación criminal, mientras que en Chile es como se denomina al local policial donde se depositan los cuerpos muertos de los desconocidos.

También en el español, o tal vez sea más exacto decir los españoles, de América, encontramos que en algunos países se utiliza morgue para referirse a una persona muerta.

Encuentra su origen en la palabra homógrafa francesa que significa ‘actitud, semblante altivo y despectivo’ y que deriva de morguer, forma en desuso y literaria para referirse a ‘tratar con arrogancia’, particularmente con la mirada.

Inicialmente se llamó morgue en Francia a un espacio a la entrada de la prisión donde permanecían algún tiempo los que ingresaban en ella, para que los carceleros pudieran observarles con detenimiento y así poder reconocerlos posteriormente. Para quedarse con su cara, podríamos decir coloquialmente. Como quiera que entonces no existían ni fichas policiales ni documentos de identidad también en ocasiones acudían ciudadanos para intentar establecer la identidad de los detenidos.

Con el tiempo las autoridades pensaron que este podía ser una buena forma de identificar a los fallecidos anónimos que aparecían en las calles de París o, con frecuencia, en el fondo del Sena, por lo que habilitaron una sala en el Grand Chatêlet para exhibir esos cadáveres. Y a partir de ahí hasta su significado actual.

La cita de hoy

«El secreto de Madrid es que Madrid no existe».         

Tomás Borrás

El reto de la semana

¿Con qué expresión coloquial, recogida en el Diccionario de la lengua española, podríamos, con toda lógica, despedir el paseo de hoy?

(La respuesta, como siempre, en la página ΄Los retos΄)

De paseo por la ruta emocional de Madrid

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Ocurre a menudo por aquí que al pasear por una palabra esta termine por conducirnos, por un camino no por otro, a una nueva visita a ese jardín, siempre florido y siempre por descubrir, que es el diccionario. Lo que volvió a suceder hace unas semanas cuando al asomarnos a «gafe» nos vino a la memoria un antiguo artículo de Emilio Carrère: Los gafes y sus funestas consecuencias.

Carrère. El último gran bohemio que sin embargo no lo era; el cronista oficial de la villa de Madrid; el enemigo de los automóviles que se compró uno que nunca aprendió a conducir; el poeta modernista que quiso ser astrónomo; el empleado absentista del Tribunal de Cuentas; el jugador impenitente…

Pero, por encima de todo, el fiel paseante nocturno de Madrid, la ciudad que le vio nacer en las postrimerías del siglo xix y cuyas calles recorría embozado una y otra vez hasta el amanecer. Un Madrid que iba desapareciendo progresivamente delante de él, desvaneciéndose ante su mirada, mientras la piqueta del progreso avanzaba ineluctable tras sus pasos hasta conseguir darle alcance y, por fin, superarlo.

¿Qué mejor compañía, entonces, para emprender un nuevo paseo que este escritor tan popular en su momento y hoy olvidado? Para ello contamos con una bellísima guía —o antiguía, como sugieren los editores—: su Ruta emocional de Madrid, poemario que vio la luz en 1935 y que ahora resucitan, ¿quiénes si no?, los responsables de La Felguera. Lo que nos sirve, además, para recordar el que hicimos, gracias también a ellos, por las calles siniestras con Pío Baroja.

Trasladémonos entonces ya al Madrid del primer tercio del siglo xx, envolvámonos en la capa, calémonos el chapeo, ataquemos la pipa y salgamos al encuentro de cinco palabras desperdigadas por la ciudad que, como rezaba el viejo lema, fue sobre agua edificada y cuyos muros de fuego eran.

ciprés.- Árbol conífero de la familia de las cupresáceas. De tronco recto y ramas erguidas y cortas pegadas a él, alcanza de 15 a 20 metros de altura.

También se conoce como aciprés, forma desusada, y, poéticamente, como cipariso.

Quizá del occitano cipres, y este del latín tardío cypressus —latín clásico cupressus—, cuya y se debe a la influencia del griego kypárissos.

Consagrado por los griegos a Hades, su deidad infernal, los latinos prolongaron ese simbolismo en su culto a Plutón, y dieron al árbol el sobrenombre de fúnebre. Los romanos envolvían los cadáveres con sus hojas y ramas y una de estas se colocaba en la puerta de la casa cuando había fallecido algún familiar.

En la actualidad conserva este sentido y se tiene por propio de cementerios. Su nombre se emplea como símbolo de la tristeza o del humor sombrío, como cuando se dice de alguien que «tiene cara de ciprés».

Árbol, si se me permite, de honda raigambre en la literatura en castellano a través de la historia —lo encontramos en autores tan dispares como don Juan Manuel, Tirso de Molina, Fernando de Rojas, Lope de Vega, Valle-Inclán o los hermanos Machado—, en el siglo xx dio título a obras tan conocidas como La sombra del ciprés es alargada, de Miguel Delibes, Los cipreses creen en Dios, de José María Gironella, o el poema El ciprés de Silos, de Gerardo Diego.

palurdo.- Adjetivo despectivo: tosco, rústico, grosero, ignorante, que se aplica también a lo que es propio o característico de la persona palurda. En un principio se daba este nombre a la gente del campo y de las aldeas.

En la zona de Jerez de la Frontera se sigue calificando así al cateto, a quien está poco habituado al trato urbano y en la localidad navarra de Corella se aplica a una persona indolente, perezosa.

En el Ecuador se predica, en el mundo rural, de una caballería de carga que es lerda.

Tomado del francés balourd ‘tonto’, ‘obtuso’, con la inicial cambiada, según indican Corominas y Moliner, por influjo de palabras castellanas con igual significado y la misma inicial como paleto, páparo, payo o patán.

Sobre su procedencia existen dos hipótesis: una la sitúa en lourd, con el mismo significado antiguamente, hoy ‘pesado’, al que se añade el prefijo peyorativo bes-; la segunda, en el italiano balordo ‘necio’, ‘estúpido’.

Balourd hace también referencia, en lenguaje jergal, a algo falso: documentos, cuadros, joyas… En Chile un balurdo es un fajo de papeles con apariencia de billetes de dinero, utilizado para cometer estafas; en Argentina, una situación difícil, complicada o un lío, un desorden; y en el archipiélago canario se llama así a quien es holgazán.

zahorí.- Persona a quien se atribuye la facultad de descubrir lo que está oculto, especialmente manantiales subterráneos. Antiguamente se creía que la capacidad para encontrar algo bajo tierra se veía anulada si el objeto estaba cubierto por un paño azul.

Se aplica también con sentido figurado a alguien perspicaz y escudriñador, que descubre o adivina fácilmente lo que otros sienten o piensan.

Del árabe andalusí *zuharí, y este del árabe clásico zuharī ‘geomántico’, derivado de azzuharah ‘el planeta Venus’, a cuyo influjo atribuían algunos este arte, acaso por la semejanza de procedimientos entre los astrólogos y los zahoríes.

Estos desarrollan su labor por medio de la radiestesia —también llamada rabdomancia o rabdomancía—, que el DLE define como una sensibilidad especial para captar ciertas radiaciones.

Cuando el objetivo de la búsqueda es una vena metalífera llevan en la mano un trozo del mismo metal a encontrar, llamado testigo.

Como ha ocurrido con tantas otras voces esta siguió su propio camino cuando llegó a América, donde encontramos que en Puerto Rico un zahorí, o zajorí, es un niño inquieto, hiperactivo; que un sahurín, en Honduras, es una persona que cura y adivina el futuro; que alguien con esa capacidad de adivinación recibe en México el nombre de saurín; y que sajurín hace referencia en El Salvador a un niño travieso y en Nicaragua, también en la forma zajurín, a alguien que dice saberlo todo o que adivina lo oculto.

bigardo.- Aunque la primera acepción que ofrece hoy el DLE es la de vago, en un principio se aplicaba como insulto a algunos religiosos con el significado que muestra la segunda: la de alguien vicioso y de vida licenciosa.

En 2001 el diccionario académico incorporó una tercera, sin duda la más empleada en la actualidad: forma coloquial y despectiva de referirse a una persona alta y corpulenta.

El nombre procede de begardo, seguidor en la Edad Media de ciertas doctrinas en línea con las de los gnósticos e iluminados. Corrientes de una nueva religiosidad crítica con una iglesia demasiado mundana, los beneficios eclesiásticos y la familia tradicional fueron declarados heréticos por su oposición a las reglas convencionales y a la disciplina de la jerarquía eclesiástica más que por cuestiones doctrinales. Con el tiempo, ya en el siglo xv, eran considerados más bien como parásitos sociales dada su opción por una vida de mendicidad.

Begardo encuentra su origen en el francés begard, y este en el neerlandés beggaert ‘monje mendicante’, palabra de origen incierto que podría derivar del también neerlandés *beggen ‘recitar las oraciones en tono monótono’, a partir del flamenco beggelen ‘charlar en voz alta’.

De bigardo tenemos los derivados bigardía ‘hipocresía’, ‘disimulo’, ‘fingimiento’ y bigardear, que dicho coloquialmente de una persona es andar vaga y mal entretenida.

sacramento.- En la religión católica, cada uno de los signos sensibles —palabras y acciones— instituidos por Cristo para comunicar su gracia obrando un efecto espiritual en las almas. Son los siguientes:

Bautismo.

Confirmación, también llamado crismación.

Eucaristía, comunión o sacramento del altar. Cuando se administra a enfermos que están en peligro de muerte se denomina viático.

Penitencia, confesión, reconciliación o tribunal de la penitencia.

Unción de los enfermos o extremaunción.

Orden sacerdotal o, sencillamente, orden.

Matrimonio, poéticamente connubio.

En esta misma fe el Sacramento, escrito según la Academia con mayúscula inicial, es el propio Cristo sacramentado en la hostia.

Tiene también otras acepciones poco empleadas en nuestros días: la de afirmación o negación de algo poniendo por testigo a Dios y la de algo misterioso, recóndito, de donde la locución hacer un sacramento, con el significado de hablar con misterio.

Nuestra palabra se emplea también con significados culinarios: en Argentina da nombre tanto al bocado generalmente conocido como medianoche como a un bollo rectangular recubierto con azúcar, mientras que en España se llama coloquialmente sacramentos al acompañamiento cárnico —chorizo, costilla, panceta, morcilla…— en ciertos platos de legumbres, como la fabada.

La cita de hoy

«Si es Madrid la sirena que hechiza y que envenena,

es la puerta del Sol la voz de la sirena

que llega al más remoto rinconcito español».             

Emilio Carrère

El reto de la semana

Y continuamos sin salir del mundo animal en los retos. ¿Por qué no sería extraño haber pensado en cetáceos durante nuestro paseo de hoy?

(La respuesta, como siempre, en la página ΄Los retos΄)

Paseando por la historia de España

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Ocupó el paseante algunos días del inicio de este año en leer una historia de España que recibió como obsequio de amigo invisible con ocasión de la llegada de los Reyes Magos. Un libro escrito con esa pretensión de levedad que parece que debe impregnar todo intento de divulgación hoy en día.

Un volumen que, además, se dice escrito para lectores escépticos. Cualidad, el escepticismo, que se asocia a toda persona sabia, aunque con frecuencia haya quien confunde esto con no creer en nada en vez de, como pensamos que es más apropiado, considerarse un cuestionamiento de toda verdad por el mero hecho de ser presentada como tal por la autoridad establecida.

El caso es que este regalo permitió a quien traza estos paseos volver a recordar con cariño a algunas figuras secundarias —unas mucho; otras algo menos— que siempre le atrajeron en la historia de esta piel de toro cuya supervivencia como nación sigue pareciendo un auténtico milagro a algunos: Marcial; Al-Hakam II; Kristina de Noruega; Julián Sánchez, el Charro; José Maldonado…

Pero, además de personajes históricos, esta crónica hispánica nos ofreció algunas palabras con las que pergeñar un nuevo paseo, cinco de las cuales, y algunas más homógrafas, abordamos a continuación. Paseemos, pues, por ellas y brindemos por el futuro —incierto, no lo vamos a negar— de una tierra que, a pesar de lo que predican los agoreros, tiene, estamos convencidos de ello, porvenir. ¿Acaso no ha sobrevivido hasta ahora contra todo pronóstico? 😉

falcata.- Espada de hoja curva y con estrías longitudinales usada por los antiguos iberos. El historiador Diodoro Sículo (siglo I a. C.) aseguraba que podía cortar todo lo que encontrara en su camino, pues debido a la extraordinaria calidad del hierro con que se forjaba no había escudo, casco o hueso que pudiera resistir su golpe.

El nombre procede del latín [spatha] falcāta ‘[espada] en forma de hoz’, aunque el término no aparece documentado como sustantivo en las fuentes literarias de la antigüedad.

La palabra falcata, que se incorporó al diccionario académico en fecha tan reciente como la edición de 2001, comenzó a emplearse por los especialistas en el siglo xix a raíz de su aparición en un artículo del historiador y arqueólogo Fernando Fulgosio publicado en 1872 en la revista Museo español de antigüedades.

Considerada por los estudiosos como el arma característica de los pueblos ibéricos por su forma peculiar y su generalización en comparación con otros tipos de armas, su procedencia no es segura. Diversas hipótesis plantean que podría tener origen autóctono; continental centroeuropeo; griego; o haber llegado a la península desde las costas balcánicas del Adriático.

Existe una palabra homógrafa que tuvo su lugar en el diccionario académico en el siglo XVIII. Un adjetivo sinónimo de otro, corniculata, que se aplica a la Luna desde que empieza a verse después del novilunio, hasta cerca del cuarto creciente, y después del cuarto menguante, hasta que no se puede ver por la cercanía del Sol. Se llamó así por la figura con que aparece a manera de cuernos.

motín.- Disturbios promovidos, generalmente en contra de la autoridad constituida, por gente en actitud de rebeldía.

Procede de la sustantivación del francés medieval mutin, ‘revoltoso, rebelde’, antes meute, derivado del francés antiguo muete ‘rebelión’, y este del latín mŏvĭta ‘movimiento’, participio pasado femenino de movere ‘mover’. En última instancia, de la raíz del protoindoeuropeo *meue- ‘apartar’.

En el diccionario encontramos también amotinar, que es alzar en motín; amotinamiento, la acción y efecto de amotinar; amotinador, aquel que lo provoca; amotinado, el que participa en él; o desamotinarse, dejar de participar en él, «reduciéndose a quietud y obediencia», como reza el DLE.

De ese meute que se encuentra en el origen galo de nuestro vocablo deriva también otro en nuestro idioma: muta, una forma poco usada de referirse a una jauría, el conjunto de perros que levantan la caza en una montería y, por extensión, un grupo de personas que persiguen a alguien con saña.

En nuestra querida España, tierra levantisca en la que las asonadas han sido moneda corriente a lo largo de la historia, algunos motines han logrado entrar en ella con nombre propio: el Motín de Esquilache (1766), que tuvo como excusa las medidas innovadoras de este ministro de Carlos III; el Motín de Aranjuez (1808), en contra de Manuel Godoy, secretario de estado de Carlos IV; o el Motín de La Granja (1836), pronunciamiento militar que logró la restitución de la Constitución de 1812.

parias.- Tributo que en la Edad media pagaba un soberano al de otro reino en reconocimiento de la superioridad de este.

Era pagado especialmente por reyes musulmanes a reyes cristianos de los diferentes reinos peninsulares en momentos en los que aquellos, aunque más débiles militarmente, contaban con una economía más próspera que la de su adversario. Se establecía así una especie de vasallaje. De la importancia de estos ingresos para las arcas cristianas da cuenta el hecho de que cuando Fernando I (1037-1065) dividió en su testamento el reino entre sus tres hijos —decisión que más tarde se demostraría poco acertada— cada territorio incluía como herencia las parias de diversos territorios musulmanes.

Deriva del latín tardío pariāre ‘igualar dos cosas’, ‘saldar’, ‘pagar’.

En el DLE aparece así, en forma plural. Sin embargo, como ya vimos al pasear por otro tributo medieval, la almocatracía, en el Diccionario panhispánico del español jurídico aparece con otra grafía: paria, en singular. Tras una consulta a la Real Academia Española respecto a cuál es la manera considerada correcta recibimos como respuesta que «en la documentación es mayoritario el empleo del plural, aunque se documenta a veces en singular, como en la expresión entrar/meter en paria». Expresión esta que podemos encontrar a lo largo del Poema de Mío Cid.

Curiosamente ambas formas cuentan con palabras homógrafas. Una en plural, parias, forma poco usada de denominar a la placenta, y dos en singular, paria: la primera se aplica a una persona de la India fuera del sistema de las castas o a alguien a quien se excluye por ser considerado inferior; la segunda, a una mujer natural de la isla de Paros, en el mar Egeo.

herejía.- Doctrina o sistema teológico que se opone a aquello  que la autoridad religiosa admite como intocable en su fe. También un error sostenido con pertinacia en relación con ella. Si además la herejía se sostiene igualmente con pertinacia eso es hereticar.

El Diccionario de la lengua española recoge también los significados de sentencia errónea contra los principios ciertos de una ciencia o arte; disparate, acción desacertada; palabra gravemente injuriosa contra alguien; o daño o tormento grandes infligidos injustamente a una persona o animal. Antiguamente se empleaba también con los sentidos de adhesión a las cosas fuera de razón o, familiarmente, de carestía.

Hasta la edición de 1822 aparecía en el diccionario académico en la forma heregía.

Procede de la voz hereje, que lo hace del occitano eretge, este del latín tardío haeretĭcus, y este del griego hairetikós, ‘partidista’, ‘sectario’.

El fundador de una herejía es un heresiarca. Algunos de ellos se han hecho un hueco en nuestro diccionario gracias al nombre de su doctrina o el que reciben sus seguidores: Valentín (s. II) —valentiniano—; Sabelio (s. III)—sabelianismo—; Prisciliano (s. IV) —priscilianismo—; Eutiques (s. V) —eutiquianismo, eutiquiano—; Pelagio (s. V) —pelagianismo—; Berenger (s. XI) —berengario—; o Pedro de Valdo (s. XII) —valdense—.

Por su parte, la locución coloquial parecer la estampa de la herejía se emplea para señalar que alguien es muy feo o que va vestido con muy mal gusto.

borbonear.- Intervención directa en política por parte del jefe del Estado (un monarca de la casa de Borbón), incluso saliéndose de su papel institucional, valiéndose principalmente de medios indirectos para lograr su fin. Por ello es frecuente encontrar esta palabra asociada a otras como ventajismo, manipulación, falsedad, engaño o traición.

Es voz que no aparece en los diccionarios, aunque sí está suficientemente documentada.

En ocasiones se adjudica la creación de este neologismo al general Primo de Rivera cuando se encontraba al frente del Gobierno (1923-1930), aunque hay quienes remontan su origen al reinado de Fernando VII. En lo que sí existe consenso es en considerar a Alfonso XIII como paradigma de borboneador.

El apelativo familiar, del que surge este término, tiene su origen en Bourbon-l’Archambault, localidad francesa en la región de Auvernia, cuyo nombre procedería de Borvo, dios de la mitología celta gala con poderes curativos, asociado al agua y a las fuentes termales.

Sí encontramos en el DLE dos palabras directamente relacionadas con esta dinastía:

El adjetivo borbónico, que se aplica tanto a lo perteneciente o relativo a los Borbones como a alguien que es partidario de ellos.

Y bourbon, variedad de whisky procedente del sur de los Estados Unidos. Más concretamente del condado de Bourbon, en Kentucky, nombrado así en agradecimiento a la casa real francesa por su apoyo a la causa de la independencia.

Existe también un dicho vinculado a la familia, surgido en su país de origen: «Los Borbones nunca aprenden ni nunca olvidan». Deja el paseante su interpretación a la inteligencia de quienes tienen la gentileza de asomarse por estas líneas.

La cita de hoy

«Ser español y lúcido aparejó siempre una seca soledad».

Arturo Pérez-Reverte

El reto de la semana

Volvemos a buscar un animal ¿Con cuál habría sido lógico encontrarnos en nuestro paseo de hoy según las fuentes tradicionales de la etimología hispana?

(La respuesta, como siempre, en la página ΄Los retos΄)

Un paseo discutido desde los inicios

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Recuerda el paseante que en su ya lejana infancia le sorprendió escuchar a un hombre mayor de su barrio decir que «nada le gustaba tanto como una buena discusión». Afirmación que le sorprendió sobremanera pues le tenía —amigos, vecinos y conocidos solían acudir a él en busca de consejo— por hombre sensato y sosegado.

Solo tiempo después fue capaz de comprender aquella afirmación de manera cabal. Porque en aquel entonces identificaba discutir con luchar, con pelear, como se teme que muchos aún lo hacen hoy en día, y cada vez más, en esta España crispada, independientemente de la edad que tengan. Un enfrentamiento en el que no se trata tanto de oponer el propio punto de vista frente al del otro, alegando razones y tratando, en su caso, de convencerlo como de imponer la propia opinión al oponente, negando cualquier consideración a la de este, obviando que discutir procede del latín discutĕre ‘disipar’, ‘resolver’.

Lejos estaba entonces quien estas líneas escribe de tener noticias de aquellas discusiones literarias medievales en las que dos contendientes pugnaban por demostrar quién tenía razón. Unos debates en los que el propio desarrollo de la disputa importaba más que el resultado a que se pudiera llegar y cuyo esquema procedía de una materia impartida entonces en las universidades, la dialéctica, considerada una herramienta fundamental en la búsqueda de la verdad.  

A ese espíritu y a esa interpretación de la discusión nos encomendamos para comenzar los paseos de este agitado 2021 —tercera ola de la pandemia, asalto al Capitolio en Washington, nevada histórica en Madrid y otras zonas de España…— cerrando la trilogía que hemos dedicado a términos cuyo origen no se conoce a ciencia cierta con palabras de las que el Diccionario de la lengua española califica como de etimología discutida.

Lo haremos con cinco de ellas —y una de propina— espigadas entre las varias decenas que merecen esta consideración de manera expresa en el lexicón académico, en la seguridad de que serán muchas más las que también podrían recibir esa consideración.

alirón.- Interjección, que se emplea también como sustantivo, utilizada para celebrar la victoria en una competición deportiva. Sobre su génesis existen hipótesis ciertamente dispares.

Cuando el DLE la incorporó a sus páginas, en fecha tan reciente como 2001, siguió el criterio del profesor Federico Corriente y la situó en el árabe. Hablaba del árabe andalusí ali‘lán, derivado del árabe clásico al’il‘lān ‘proclamación’. Años después el propio Corriente, que citó esta palabra en su discurso de recepción en la RAE, abundaría en esta tesis: «Voz de origen árabe con la que anunciaban las subastas y otras novedades de interés público, de donde nos viene el actualísimo futbolero, o sea ¡se anuncia!, ¡se anuncia!».

Tal vez la más extendida, aunque muy improbable, sea la que habla de las minas de hierro de Vizcaya, explotadas por empresas inglesas en el siglo xix, donde asegura la leyenda que cuando se encontraba una veta que solo contenía hierro el capataz la marcaba escribiendo all iron ‘todo hierro’. Como quiera que ello implicaba un aumento de la paga, pronto se habría asociado dicha expresión, pronunciada a la española, a lo festivo.

Hay incluso quien se ha lanzado a hacerla proceder de otra interjección, alón —del francés allons ‘vayamos’ —, hoy en desuso, con la que se animaba a mudar de lugar, de ejercicio o de asunto.

Sin embargo, la teoría que tiene más visos de verosimilitud es la que sitúa su origen en el cabaret, cuando la cupletista Teresita Zazá interpretó en 1913 en el Salón Vizcaya de Bilbao una canción que incluía la frase «al compás del ¡Alirón! / ¡Alirón! ¡Alirón! / Pom, pom, pom», a la que los clientes habrían cambiado el final por «el Athletic campeón».

lerdo.- Se dice comúnmente del animal de carga que resulta pesado y torpe en el andar y también de una persona tarda y con pocas luces para comprender o ejecutar algo.

Antiguamente se empleaba en el lenguaje de germanía con el significado de cobarde. Según dice el criminólogo español Rafael Salillas en El delincuente español: el lenguaje (1896) esto estaba motivado precisamente por la torpeza de los cobardes al andar.

Encontramos todavía una acepción más fuera del diccionario: el Vocabulario navarro (1952) de J. M Iribarren nos lleva hasta el valle de Salazar, donde se denominaba así a la resina de pino.

Covarrubias (1611) se decantaba por el griego lordós ‘con la cabeza inclinada hacia el suelo’ como origen de este vocablo y el DLE lo hizo durante mucho tiempo por el bajo latín lurdus ‘pesado, embobado’, tomado del latín lurĭdus ‘cárdeno, amarillento’, admitiendo en alguna edición influencia del griego citado. Tal vez la hipótesis más curiosa sea la sostenida por el hispanista de origen ruso Yakov Malkiel, quien proponía enlerdar, a partir del latín (g)leritare ‘dormir como un lirón’, en última instancia de glis, gliris ‘lirón’.

Como ocurre con tantas otras esta palabra adquirió nuevos significados en la otra orilla del español. En Guatemala y Honduras lerdo hace referencia, en el mundo rural, a un tipo de cultivo de ciclo largo, de desarrollo lento. En este último país es también un adjetivo que se predica, en femenino, de una tortilla de maíz que tiene pompas de aire caliente en su interior. Por su parte, la locución adverbial ni lerdo ni perezoso significa en Cuba con decisión, sin vacilar, y en el Uruguay y la Argentina se aplica a quien es astuto y no pierde oportunidad de obtener algún provecho personal.

apoyar.- Verbo que como transitivo tiene los sentidos de hacer que algo descanse sobre otra cosa; basar o fundar; favorecer, patrocinar o ayudar; confirmar, probar, sostener alguna opinión o doctrina; en equitación, bajar un caballo la cabeza, inclinando el hocico hacia el pecho o dejándolo caer hacia abajo; y en el mundo de la milicia, proteger y ayudar una fuerza a otra.

Como intransitivo significa cargar, estribar, significado en el que según Corominas se incorporó a nuestra lengua como tecnicismo arquitectónico, y también, si hablamos de un sonido, de una sílaba o de una palabra, ser articuladas con más sonoridad o intensidad o deteniéndose en ellas.

Corominas mantiene asimismo que es adaptación del italiano appoggiare, bajo el influjo del castellano poyo, proveniente a su vez del latín pŏdium ‘sostén en una pared’. Por su parte, el Diccionario histórico del español (1933) optaba por el bajo latín appodiāre, del latín ad ‘a’ y podĭum ‘poyo’.

Existe otro verbo homógrafo, con la acepción de sacar el apoyo o apoyadura de los pechos, es decir, el flujo de leche que acude a ellos al dar de mamar. En esa línea, en México, Honduras, Puerto Rico y el Uruguay se emplea, en el mundo rural, con el de lograr que le baje la leche, por segunda vez, a una vaca después de haber sido ordeñada, acercándole a la cría.

¿Y por qué sale a colación este segundo término en nuestro paseo? Pues porque el diccionario académico califica también su etimología como… discutida, a la vez que remite a la consulta del latín *podiare ‘subir’.

muérdago.- Palabra que el paseante descubrió en su infancia, como imagina que le habrá pasado a más de uno de uno de quienes comparten este paseo, gracias a las aventuras de Astérix el Galo.

Es una planta parásita que vive sobre los troncos y ramas de los árboles.

Sus frutos, unas bayas pequeñas de color blanco rosado, están desarrollados por el tiempo de Navidad, por lo que sus hojas con esas bayas se utilizan en las decoraciones propias de las fechas que acabamos de pasar. En algunos países es costumbre colgar un ramillete encima de las puertas para dar buena suerte a quienes las crucen, en especial a quienes se besen bajo él.

Desde antiguo tuvo un marcado carácter simbólico: ya los druidas celtas lo recogían en diciembre para utilizarlo en ritos de fertilidad. Simboliza la regeneración, la restauración de la familia y del hogar.

Antes de considerar que el origen de este término es discutido el diccionario académico aventuró en un principio que se podía encontrar en el latín mordēre ‘enlazar, fijar’ y posteriormente en el también latín mordĭcus ‘mordaz’.

Corominas, tras reconocer lo incierto de su procedencia aventura que puede hacerlo de un antiguo vasco *muir-tako ‘para visco, planta empleada para sacar el muérdago’, que recomienda comparar con el vasco moderno miur(a) ‘muérdago’ y el vasco mihurtu ‘granar’.

Además de recoger también la forma almuérdago, el DLE muestra otros nombres que recibe esta planta: liga, que bien podía haber aparecido en el paseo de orígenes inciertos, pendejo en Andalucía y quintral en Chile, una especie de flores rojas que sirve para teñir, del que deriva aquintralarse, cubrirse un árbol o arbusto de quintral.

gringo.- Probablemente cuando nos encontramos con esta voz la mayoría la consideremos un sinónimo coloquial de estadounidense. Sin embargo, esto no es así en sentido estricto.

Como bien señala Ricardo J. Alfaro en su Diccionario de anglicismos (1950) hay «bastante anarquía»en cuanto a la manera de entender y usar esta voz, que, por otra parte, refleja una intención más humorística que despectiva.

Así, vemos que puede predicarse de un extranjero, especialmente de habla inglesa, y en general del hablante de una lengua que no sea la española, como señala el DLE en su primera acepción, y coloquialmente de cualquier lengua extranjera o de un lenguaje ininteligible. Pero también, según el país americano en que nos situemos, de una persona rubia y de tez blanca; de los ya referidos naturales de Estados Unidos; de un inglés; de un ruso… e incluso de los españoles, así llamados por los cubanos durante la guerra.

¿Y qué decir respecto a su origen? En un principio la Academia lo hacía derivar de griego, especialmente en referencia a un lenguaje incomprensible, y Corominas señala que sería una deformación de esta palabra. Otras teorías apuntan a una guardia irlandesa en el Madrid de finales del xviii y principios del xix y, las más extendidas —principalmente para su uso en relación a los yanquis, pues con otros sentidos ya se empleaba con anterioridad—, a un regimiento de la guerra entre Estados Unidos y México de 1847.

Si volvemos al Cono Sur vemos además que en Chile la locución a lo gringo significa sin ropa interior, mientras que en Argentina aludía a la forma en que los extranjeros, especialmente italianos, realizaban las tareas del campo, con las que no estaban familiarizados. En Colombia hacerse el gringo es fingir que no se entiende una cosa, hacerse el sueco. Y en Bolivia el gringo es el nombre que recibe el número cinco en algunos juegos de azar.

El dicho de hoy

Discutir si son galgos o podencos.                            

Hacerlo sobre cuestiones secundarias, sin abordar lo que realmente importa. Cuenta una antigua fábula que dos liebres —o dos conejos, según quien la narre— a las que perseguían unos perros se entretuvieron en discutir si se trataba de galgos o de podencos, dos razas que a primera vista pueden parecerse. Tanto se enfrascaron en la porfía que cuando los perseguidores llegaron hasta ellas las pillaron descuidadas y las atraparon. Añade Tomás de Iriarte (1750-1791) como moraleja en la versión que él escribió: «Los que por cuestiones/ de poco momento/dejan lo que importa/llévense este ejemplo».

El reto de la semana

¿Con qué animal muy apreciado, aunque a veces se utilice como insulto, cuyo nombre deriva de una palabra cuyo origen es también discutido podríamos habernos encontrado en el paseo de hoy? (La respuesta, como siempre, en la página ΄Los retos΄)

Un paseo sin fuentes conocidas

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El Nilo, que alumbró una de las mayores civilizaciones conocidas, ocultó durante milenios su nacimiento a quienes pretendían encontrarlo. El descubrimiento de sus fuentes, que se convirtió en uno de los mayores retos para exploradores y viajeros desde la más remota antigüedad, no se resolvería hasta mediados del siglo xix.

La búsqueda del origen de las cosas ha sido siempre una pulsión de la humanidad. ¿De dónde venimos? es una de esas cuestiones básicas que lleva planteándose probablemente desde su mismo inicio. Sin embargo, como esta misma pregunta se encarga de demostrar, no siempre nos es dado conocer esos inicios. En unas ocasiones puede que por el momento; en otras tal vez jamás lleguemos a encontrarlos.

Eso es algo que sabemos bien aquellos a los que Carlos la Orden Tovar bautizó certeramente como «espesitos de la etimología»: al igual que hay obras literarias anónimas, son muchas, muchísimas, las palabras cuyo origen es o bien incierto, como las que abordamos en el último paseo, o bien directamente desconocido

Palabras, pues, que llegaron a nuestra lengua sin referencias conocidas, sin antecedentes, sin partida de nacimiento ni pasaporte… Desde un anonimato que, estamos seguros, envuelve también a bastantes otras de las que el diccionario no señala específicamente ese aspecto. Vocablos que, en todo caso, forman parte del acervo del español porque así lo fueron decidiendo los auténticos dueños del idioma: sus hablantes, que fueron incorporándolas o creándolas, tanto da.

Un anonimato que, sin embargo, no ha sido óbice para que a través de la historia de la propia lengua se hayan planteado sucesivamente, como podemos comprobar en el paseo de hoy, las más diversas hipótesis respecto a lugares y momentos de nacimiento, sin que al parecer ninguna de ellas llegara a adquirir la condición de fidedigna.

Nuestros pasos nos encaminan hoy hacia cinco de esos términos que, al atractivo que hemos encontrado en todos los que se han asomado por estas páginas hasta ahora, añaden el del misterio —y este siempre resulta muy sugerente— de que no sepamos desde dónde han llegado hasta nosotros.

panga.- Voz de reciente incorporación al DLE, pues no lo hizo hasta 2001. Nada se indicaba entonces sobre su origen, como tampoco en la versión en papel de 2014. Ha sido la reciente actualización en línea de noviembre de 2020 la que le ha conseguido un hueco en nuestro paseo por palabras marcadas como de origen desconocido.

En el español —o tal vez sería más propio decir los españoles— de América encontramos tres embarcaciones y un recipiente llamados así:

Un pequeño bote de fondo plano y cubierta ancha, movido a remo, vela o motor, que se emplea para pescar o transportar personas en aguas poco profundas.

Una barcaza de carga movida por motor, de fondo plano y cubierta ancha, que, siguiendo un cable como guía, sirve para transportar carga, en especial vehículos, de un lado a otro de un río, lago o laguna.

Una embarcación descubierta, ancha, de poco calado y con motor que se utiliza para la pesca y para el transporte de pasajeros.

En Honduras da nombre también a un tronco ahuecado de caoba o cedro de forma rectangular, que se usa para dar de comer al ganado o para fregar los cacharros.

Si saltamos de continente se cruza en nuestro rumbo otra posibilidad para surcar las aguas: la panga filipina, una barca bien acabada y ligera que puede navegar a remo y a vela. No llegó a conseguir el aval académico —sí otra distinta denominada panca—, pero Wenceslao Retana la recoge, como voz tagala, en su Diccionario de filipinismos (1921) y aparecía en diversos diccionarios del siglo xix, en algunos de ellos también en la forma pango.

barril.- Voz común a todos los romances de Occidente, como leemos en Corominas, de origen prerromano y de raíz desconocida.

Su acepción más común es la de recipiente generalmente cilíndrico, de madera o de metal, que sirve para conservar, tratar y transportar diferentes líquidos y géneros.

Algunos de ellos, en sentido real o figurado, «tienen apellido» en nuestra lengua:

Barril bizcochero, que servía para llevar el bizcocho —un pan sin levadura, que se cocía por segunda vez para que perdiese la humedad y durase mucho tiempo— en las embarcaciones.

Barril de tocino, que en Puerto Rico sirve para denominar a los fondos públicos asignados a los legisladores sin propósito específico.

Barril sin fondo, que en algunos países americanos hace referencia a una persona que todo lo hace en exceso; en la República Dominicana, Puerto Rico y Venezuela también a algo que cuesta o en la que se invierten grandes cantidades de dinero; y en el Uruguay a una persona capaz de beber mucho alcohol sin emborracharse.

Barril sin zuncho(s), sinónimo festivo en Chile de persona gorda.

A su vez, de una situación muy tensa y conflictiva se dice que es un barril de pólvora.

De barril derivan barrilete, que puede ser tanto un instrumento de carpintero como un cangrejo de mar, una especie de nudo marinero, un tipo de cometa, una pieza del clarinete o un aprendiz —y, si además es cósmico, en léxico futbolístico, el recientemente fallecido Diego Armando Maradona, aunque eso es ya otra historia—; barrila, una botija cántabra; embarrilar, meter y guardar algo en barriles; embarrilador, el encargado de hacerlo; barrilería, lugar donde se fabrican o conjunto de ellos — este último  llamado también barrilamen, o barrilaje en México—; y barrilero, el que los fabrica.

gafe.- Adjetivo que se predica de una persona que trae mala suerte o de aquella que impide o dificulta cualquier diversión. Como sustantivo es un sinónimo de mala suerte.

Cuando el diccionario académico lo incorporó, en 1970, con la definición de aguafiestas, de mala sombra, aseguraba que tenía el mismo origen que gafo —persona que padece gafedad, un tipo de lepra—: gafa, a la que hoy atribuye un origen incierto, pero que entonces derivaba del germánico gafa ΄gancho΄. Habría que esperar a la edición de 2001 para que su procedencia se considerara desconocida y a la de 2014 para cambiar a los significados que muestra ahora.

Otra hipótesis apunta a una ascendencia árabe, de qáfa, que alude precisamente a la mano del leproso, con sus dedos encorvados. Según esta teoría, el término habría ido adquiriendo una connotación cada vez más negativa y de hecho se llegó a pensar que incluso respirar el aire de un lugar por donde pasaba un leproso traía malas consecuencias. Poco a poco tanto gafo como gafe habrían ido resbalando hacia el terreno de la superstición.

Personaje inmune a su propio maleficio, se considera que basta incluso con mencionar su nombre para que sus efectos se hagan notar, por lo que si alguien se atreve a pronunciarlo hay que conjurar el mal tocando madera, entrecruzando los dedos índice y corazón de ambas manos o recurriendo a cualquier otro tipo de sortilegio.

En el Uruguay se emplea coloquialmente el término secante para referirse a una persona que es gafe —también a alguien molesto y fastidioso—.

De gafe obtenemos el verbo gafar, transmitir o comunicar mala suerte a alguien o algo.

becerro.- Es la cría de la vaca hasta que cumple uno o dos años. En la tauromaquia se eleva un poco la edad, pues es sinónimo de novillo, res vacuna de entre dos y tres años.

También la piel de ternero curtida para emplearse en calzados y otros usos, así como el libro —también libro becerro o libro de becerro— en el que monasterios, cabildos catedralicios, villas y otras comunidades copiaban sus privilegios y las escrituras de sus pertenencias, llamado así por encuadernarse con ella para su mejor resguardo.

Especial relevancia histórica tiene el Becerro de las behetrías, libro en el que, de orden del rey Alfonso XI y de su hijo Pedro I, se escribieron las behetrías —poblaciones en las que sus habitantes podían elegir a su señor— de las merindades de Castilla y los derechos que pertenecían en ellas a la Corona y a otros partícipes.

Según el Diccionario de autoridades (1726) se llamó así a la cría bovina como si dijésemos buey cerril.

Corominas especula en esta ocasión con un origen ibérico, probablemente de un *ibicirru derivado del hispanolatino ibex, -ĭcis ‘rebeco’, por el carácter indómito y arisco de ambos animales.

Si proseguimos por mar nuestro paseo daremos con el becerro marino, es decir, con una foca.

Y si nuestra singladura nos lleva hasta el reino vegetal, nuestro vocablo es otro nombre que recibe la planta conocida como dragón, mientras que otra planta perenne, el aro, es también conocida como pie de becerro.

Terminamos con una acepción de reminiscencias bíblicas: el becerro de oro, sinónimo de dinero o riquezas, que remite al episodio en el que Moisés baja del monte Sinaí y se encuentra a los israelitas adorando a un ídolo con esa forma hecho de ese metal.

ascua.- Trozo de una materia sólida y combustible, por ejemplo de carbón, que por la acción del fuego se pone incandescente y sin llama.

El Diccionario de autoridades (1726) recoge la cita que Covarrubias hacía a su vez del padre Guadix —que ya se asomó por estos paseos cuando nos ocupamos de la palabra bagasa—, quien decía que era voz arábiga, de ayxcua, «que vale mal amor y mala amistád, porque ninguna se puede tener con el fuego, que todo lo consúme».

El lexicón académico aseguraba en 1899 que venía del alto alemán weiss kohle ΄carbón blanco o candente΄. En las ediciones posteriores desaparece toda referencia al respecto y la mención expresa del carácter desconocido de su origen no se incorporará hasta la última.

Corominas abunda en lo desconocido del origen y descarta tanto el germánico asca ΄ceniza΄, que no explicaría la terminación de la palabra española, como el vasco ausko-a, derivado de hauts ΄ceniza΄, pues parece ser palabra meramente supuesta. Se inclina, como en el caso de barril, por una ascendencia prerromana.

Es término expresivo que puede encontrarse como interjección festiva —¡ascuas!— para manifestar extrañeza o dolor y como frase para dar  a entender que alguna cosa brilla y resplandece mucho: estar hecho un ascua de oro.

También protagoniza locuciones como arrimar alguien el ascua a su sardina, que hace referencia al hecho de aprovechar la coyuntura en propio interés, incluso obteniendo un beneficio particular de lo que debería ser común; estar en o sobre ascuas es a su vez otra forma de decir que alguien está inquieto, tenso, preocupado; y sacar el ascua con la mano del gato, o con mano ajena, se empleaba, pues está en desuso, con el sentido de utilizar a una tercera persona para ejecutar algo sin exponerse a los daños o riesgos que ello pueda conllevar.

La cita de hoy

«Sin lugar a dudas A. N. Onymous ha sido el autor más prolífico en la historia de la literatura en lengua inglesa».                                  

Peter Muckley

El reto de la semana

¿Desde qué región natural española, protagonista de algún que otro viaje literario y cuyo nombre aparece en el DLE como de origen desconocido, podríamos haber emprendido el paseo de hoy?

(La respuesta, como siempre, en la página ΄Los retos΄)

Incierto paseo

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Las locuciones a ciencia cierta o de ciencia cierta aluden a algo que lleva aparejada seguridad, ausencia de duda. Algo que hasta ahora estábamos convencidos de que podíamos aplicar a nuestra sociedad, a un modo de vida en el que creíamos que los avances, vertiginosos, de la ciencia y la tecnología nos proporcionaban una certidumbre que nos eximía de tener que cuestionarnos muchas cosas.

Sí, creíamos, porque ha bastado un virus para poner todo patas arriba. Para que todo lo que considerábamos fijo y esperable se haya desvanecido como por arte de magia, sumiéndonos en un estado de incertidumbre del que no llegamos siquiera a intuir cuándo o cómo saldremos. Una realidad que ha hecho que seamos conscientes de que no solo el futuro puede ser incierto: también el presente.

Pero si vamos un paso más allá deberemos admitir que no solo el futuro y el presente, que también el pasado puede resultar incierto en ocasiones. Bien porque nuestra memoria nos juegue la mala pasada de reinterpretarlo, bien porque no lo hayamos llegado a conocer. Y eso es algo que ocurre, como ya vimos en el paseo de orígenes inciertos, con muchas palabras que usamos habitualmente.

Pasearemos hoy por cinco de ellas que nos esperaban en los intrincados —pero siempre atractivos— caminos de la incertidumbre etimológica. Vamos allá.

zarabanda.- Junto con las acepciones de «cosa que causa ruido estrepitoso, bulla o molestia repetida» y de «lío, embrollo» el DLE muestra dos referidas a sendas danzas: una lenta, solemne, de ritmo ternario, que, desde mediados del siglo xvii, forma parte de las sonatas; la otra, popular de los siglos xvi y xvii, frecuentemente censurada por los moralistas. Esta tenía origen español y desde este idioma llegó al francés ―sarabande― y al inglés ―saraband―.

Aunque ya Covarrubias (1611) hablaba de la presencia en la antigua Roma de la çarabanda, baile «alegre y lascivo» practicado por las bailarinas conocidas como puellae gaditanae, originarias del sur de la Bética, muy sensuales y sobre las que llegó a escribir el bilbilitano Marcial, parece establecido que era una invención reciente de finales del siglo xvi.

Si incierto resulta su origen no lo es menos el de su nombre. El propio Covarrubias lo sitúa en el hebreo, en el verbo çara ‘esparcir, cerner’, ‘ventilar’, ‘andar a la redonda’. Corominas, dando como lo único seguro que este baile es oriundo de España, considera probable que la palabra se originara también ahí, con materiales puramente hispanos. Desecha, por inverosímiles, las diversas etimologías persas que se llegaron a proponer suponiendo al término transmitido a través del árabe. Por su parte, el lexicólogo Rodríguez Marín, en El Loaysa de “El celoso extremeño” (1901) aventura una deformación de zaranda ‘criba’, fundada en el meneo rítmico de esta.

Si cruzamos el charco, zarabanda hace referencia en México a una paliza; en Venezuela y el Uruguay a un estado de desorden; a una intriga en Honduras; y en este último país, además de en Guatemala y el Uruguay, a un jolgorio o baile popular.

arretín.- Voz tramada con otras cuantas del ámbito textil, su escueta definición reza que es otro nombre del filipichín.

Este, cuyo nombre a su vez tiene un origen que el DLE califica como desconocido, es un tejido de lana estampado ―y desde 1984 cuenta también con el aval académico para el significado de lechuguino, afeminado―. El Diccionario de autoridades (1732) decía que era «a modo de chamelotón», con unas labores hechas con prensa.

Si buscamos su significado vemos que se trata de un chamelote ordinario y grosero. ¿Y qué es el chamelote, se preguntarán vuestras mercedes? Pues ni más ni menos que el camelote, un tejido fuerte e impermeable, generalmente de lana. Proviene del francés antiguo camelot, variante dialectal de chamelot, y este del francés antiguo chamel ‘camello’, porque se hacía con pelos de este rumiante.

Pero volvamos a arretín. Desde 1884 el diccionario académico la hacía derivada de ratina ―con errata incluida en las ediciones a partir de 1956 que convertía a esta en retina―.

Esto se mantuvo hasta 1992, cuando se habla ya de origen incierto, indicando, eso sí, que se debe consultar la voz ratina, que es otra tela de lana, esta entrefina, delgada y con granillo, que «quizá» proceda del francés ratine, y que probablemente –esto no lo cuenta ya el DLE―, podría venir del antiguo verbo rater ‘raspar, rayar, pelar’.

Para terminar con este paseo entre paños recordemos que el arretín, o filipichín, fue también conocido en su momento como barragán estampado, otra, una más, tela impermeable, de la que en este caso sí se sabe de dónde procede el nombre: del árabe andalusí bar[ra]kán[i], que lo hace del árabe barkānī ‘tipo de paño negro indio’, y este del persa pargār o pargāl.

esperpento.- Voz reciente que no se documenta en nuestro idioma hasta 1891. De origen incierto, no podía ser de otro modo en este paseo, Corominas indica que no sabía de nadie que hubiera buscado su etimología. Lo cual no obsta para que se haya atribuido a este vocablo carácter de madrileñismo; de argentinismo; de mejicanismo de Veracruz…

A su significado primigenio, que nos habla de una persona fea, de una situación o de algo ridículo, estrafalario, el DLE añadió —en el Suplemento a la edición de 1970— el de concepción literaria creada por Ramón M. ª del Valle-Inclán, en la que se deforma la realidad acentuando sus trazos grotescos y el de obra literaria acorde con ella.

Palabra proveniente del habla informal y familiar, pasó así a designar una actitud artística donde tienen cabida obras de límites poco precisos, escurridizos, en las que se dignifica un lenguaje coloquial que incluye numerosas expresiones jergales. Los rasgos exagerados y caricaturescos que las caracterizan enlazan, sin duda, el ámbito literario con el pictórico del Bosco o de Goya. Aunque esos atributos pueden rastrearse ya en obras anteriores del autor se considera que Luces de Bohemia (1920) es la primera producción considerada específicamente un esperpento.

Fue esta la primera ocasión en la que el diccionario académico acogió en su seno a este gallego tan querido por estos paseos y al que haría nuevo hueco años después mediante el adjetivo valleinclanesco.

Como derivados existen el esperpentismo, modo de expresión artística y literaria que responde a los planteamientos del esperpento, y el adjetivo esperpéntico.

almocatracía.- Según la Academia era un impuesto o derecho que se pagaba antiguamente por los tejidos de lana fabricados y vendidos en el reino. El Diccionario panhispánico del español jurídico —donde, por cierto, la palabra aparece sin tilde: almocatracia— especifica que se trataba de Castilla.

Pertenecía a la Corona, que solía ceder su cobro a particulares como recompensa por sus servicios. Las telas se sellaban como prueba del pago, que se establecía en maravedís tanto para las piezas como para las varas.

Su origen es tan incierto como el del propio nombre. La profesora López Mora explica que son muy escasas las fuentes documentales que puedan respaldar que encontremos este término en los diccionarios. También que siempre se refieren a Jaén, pues parten del privilegio que Enrique II de Castilla concedió para dicha ciudad a Pedro Ruiz de Torres en las Cortes de Toro de 1371. Este es el que aparece citado en el Diccionario histórico de la lengua española (1933) y de él no se puede establecer a ciencia cierta el contenido del tributo, pues nada se dice en él de la lana ni de si los bienes debían ser producidos en el reino o solo vendidos en él.

Corominas dejó escrito que es inútil buscar la etimología sin que se haya averiguado antes su significado. No obstante, en diversas épocas y por diversos autores se han aventurado las árabes almocáddar ‘medida’; almoctarix ‘beneficiado’, ‘obtenido como ganancia’; *mux/qatrá, que apunta al lujo; mátrah ‘cojín, colcha, jergón’, a través del bajo latino matracium ‘colcha de lana’; o mustajlas, una serie de impuestos no canónicos sobre ciertos negocios que iban a engrosar la hacienda de los reyes andalusíes.

pelele.- Muñeco de figura humana hecho de paja o trapos como el que se solía poner en los balcones o mantear durante los carnavales.

Figurada y familiarmente se califica también así a una persona simple e inútil a quien, por su falta de voluntad, manejan los demás con facilidad.

Desde su incorporación en el Suplemento a la edición de 1947 el DLE recoge además un tercer sentido: el de traje de punto de una pieza que se pone a los niños para dormir.

Voz tardía, documentada a finales del siglo xviii, Corominas señala que parece de creación expresiva o tal vez de un cruce de lelo con otro vocablo.

En sus acepciones originarias pelele se ha hecho un hueco en el mundo de la creación artística: en su primera acepción dio nombre a un conocido cartón para tapiz pintado por Goya, obra que sirvió de inspiración para la pieza para piano homónima compuesta por Enrique Granados en 1914 y para el texto del mismo título —en español en el original francés— escrito por el dramaturgo Jean-Christophe Bailly en 2003.

En su significado metafórico lo encontramos en la farsa cómica de Carlos Arniches La tragedia del pelele (1935) o en la novela del galo Pierre Louÿs La mujer y el pelele (1898), en la que está basada a su vez la película de Luis Buñuel Ese oscuro objeto del deseo (1977).

El pelele con figura de soldado que en vez de ser manteado se ponía en el ruedo para que el toro se cebase con él era conocido como dominguillo.

La cita de hoy

«Lo único cierto es que no hay nada cierto».              

Plinio el Viejo

El reto de la semana

¿Qué podríamos tomar para reponer fuerzas tras el paseo de hoy, sabiendo que lleva dentro de su nombre, por supuesto de origen incierto, el de una bebida alcohólica con la que podríamos acompañarlo?

(La respuesta, como siempre, en la página ΄Los retos΄)