Un paseo muy casquero

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Hace ya cinco años dedicábamos un paseo visceral a un restaurante abierto pocas semanas antes: La Tasquería, la apuesta profesional y casi nos atreveríamos a decir que vital de un joven cocinero, Javi Estévez, con un planteamiento arriesgado —como todos los que merecen la pena, por lo tanto—: servir únicamente, o casi, platos que tuvieran como principal ingrediente algún elemento de casquería. Un local que, además, contaba ya a priori con la complicidad del paseante debido al juego de palabras que refleja su nombre.

La idea, audaz, como decíamos, consistía en recuperar la tradición «casquera» —y lo escribimos entre comillas porque la RAE no recoge este adjetivo en relación a la casquería— de Madrid a la vez que se daba una vuelta de tuerca para ponerla al día aprovechando todas las posibilidades que ofrece, en técnicas y productos, la gastronomía de nuestros días.

Cinco años después aquel proyecto es una realidad consolidada que cuenta incluso con el reconocimiento de una estrella Michelin. Y tras su reapertura tras el obligado cierre debido a la pandemia que nos afecta, los que nos enamoramos de este concepto y de sus creaciones desde que lo conocimos hemos tenido la suerte de poder disfrutar además del libro Casquería, editado hace apenas unos días por la editorial Montagud, en el que el chef nos muestra su filosofía, su cariño y su incesante búsqueda de renovación y de ir siempre un paso más allá en la búsqueda de nuevas formas de disfrute de unos productos que, a pesar de su tradicional consideración como humildes, cuentan con numerosos partidarios.

Pasearemos hoy, por lo tanto, por cinco palabras —con origen cuando menos interesante, como enseguida veremos— encontradas en las entrañas, nunca mejor dicho, de un libro que, ya ha quedado dicho, no se trata de un mero recetario y que demuestra que en ocasiones los sueños se cumplen. Con el deseo de que no sea el último de su autor y de que sigamos muchos años disfrutando con nuevas elaboraciones de estos productos que van encontrando cada vez más un reconocimiento que merecen por derecho propio.

chanfaina.- Palabra con una etimología que puede resultar curiosa a primera vista, pues consiste en una alteración del antiguo sanfoina, este del latín symphonĭa ‘concierto’, ‘música armónica’, ‘acompañamiento musical’, y este a su vez derivado del griego symphōnía.

Como ocurre a menudo en el mundo gastronómico se aplica este nombre a una serie de platos, similares en ocasiones pero no siempre coincidentes, según el ámbito geográfico del que se trate.

El DLE recoge tres: un guiso hecho de bofes o livianos —otros nombres que reciben los pulmones de la res—; en Málaga, uno compuesto de carne, morcilla o asadura de cerdo, en una salsa espesa hecha con aceite, vinagre, miga de pan, almendras, ajo, pimentón, orégano y tomillo; y, en Colombia, otro que se hace con carne de oveja en cordero.

Es precisamente en el español de América donde se dispara la variedad gastronómica con este nombre, además de la ya citada del país caribeño. Allí, según el Diccionario de americanismos (2010), encontramos:

En México, el pulmón, hígado y corazón guisados de cerdo y otro guiso elaborado con arroz y picadillo de menudencias de res.

En Bolivia, Chile y Argentina una comida que se prepara friendo sangre de animal con los menudos bien picados, y con cebolla, ají, pimienta, vinagre y limón o vino.

En Honduras, Nicaragua y Panamá otra hecha de mezclar o revolver varios alimentos, sobre todo vísceras de cerdo que, generalmente, se comen por separado.

Solo en Nicaragua también una con cabeza de cerdo

En Ecuador, un plato elaborado con vísceras y carne de cerdo, verduras y papas.

En El Salvador, un guisado de carne de cerdo o de res con vegetales bien picados.

Finalmente, en Guatemala se llama así tanto a una fritura de panza y menudos de res como a una salsa espesa hecha de vísceras trituradas con miltomate y chile verde, sazonada con comino, ajo, orégano y achiote.

morcilla.- Seguimos con otra palabra de etimología peculiar, en este caso más bien hipotética, pues el DLE aventura que «quizá» provenga de la raíz de morcón —la tripa gruesa de algunos animales que se utiliza para hacer embutidos—, voz que «quizá» sea prerromana.

En cuanto a su definición, dice que es un trozo de tripa de cerdo, carnero o vaca, o materia análoga, rellena de sangre cocida, que se condimenta con especias y, frecuentemente, cebolla, y a la que suelen añadírsele otros ingredientes como arroz, piñones, miga de pan, etc.

Como ocurre con la chanfaina son numerosas las versiones de este embutido. En su Diccionario de gastronomía (1985) Carlos Delgado incluye hasta diecinueve modalidades que incluyen ingredientes tan variados como arroz; papada de cerdo; canela; frutos secos; calabaza; pella —manteca de cerdo—; higos; azúcar; boniato; anís; pasas; patata…

Antiguamente se llamaba asimismo morcilla a un trozo de carne envenenada utilizado para matar perros. De ahí la locución dar morcilla, con los sentidos de matar con ella y de, más suavemente, dar la lata, resultar molesto.

Por su parte, decirle a alguien que le den morcilla es una muestra de rechazo y desprecio, mientras que repetirse más que —o como la morcilla hace referencia al hecho de insistir en algo, de hacer o decir lo mismo de manera reiterada.

Finalmente, también se denomina morcilla, de manera coloquial, a la palabra o frase improvisadas fuera del guion que añade un actor a su papel al representarse un espectáculo.

gallinejas.-  Vocablo que perfectamente podía haber encontrado acomodo en el paseo que titulamos De Madrid… al diccionario, pues es tenido como el único plato que solo se vende y se consume en la Villa.

Siguiendo el discurrir de orígenes curiosos que nos marca el sendero de las palabras de nuestro paseo de hoy, encontramos que el de esta poco, o nada, tiene que ver con su realidad actual.

El diccionario de la RAE la define como tripas fritas de cordero o de cabrito, y que antes procedían de otros animales, que constituyen un plato popular de Madrid.

Pero esto no fue así hasta la última edición, la llamada del Tricentenario. Cuando la Academia recogió esta voz, en la edición de 1914, la definió como «tripas fritas de gallina y otras aves que se venden en los barrios extremos de Madrid». Esta redacción se mantuvo hasta la de 1984, en la que se sustituyó por «tripas fritas de gallinas y otras aves, y a veces de otros animales, que se venden en las calles o en establecimientos populares». Una de cal y otra de arena: se reconoce que pueden proceder de otros animales —lo que era una realidad, el cordero, desde hacía al menos más de un siglo—, pero se elimina la referencia a Madrid.

Finalmente, en 2014 se recoge ya la definición susomentada, mucho más correcta que las anteriores y por la que, según recordaba el entonces director de la RAE, Víctor García de la Concha, en la nota necrológica que escribió para el boletín de la institución, tanto batalló al final de sus días Camilo José Cela, en cuyos escritos, libros y artículos periodísticos, pueden rastrearse varias referencias a las gallinejas, si bien, eso sí, cayendo hasta 1997 en el mismo error de atribución de su origen en el que había incurrido la Academia durante décadas.

tuétano.- Posiblemente el producto de casquería que más se haya revalorizado —«puesto de moda», asegura Javi Estévez— en los últimos tiempos.

Se trata de la médula, la sustancia blanca del interior del hueso.

También se llama así a la parte interior de una raíz o tallo de una planta.

En un principio el DLE decía que derivaba del latín tūtus ΄defendido΄, ΄resguardado΄. Posteriormente, y así lo mantiene, estableció que procede de tútano, otra forma de llamarlo, hoy en desuso, que a su vez tendría su origen en la onomatopeya tut.

Ahora bien, si, tal y como dice el propio diccionario, una onomatopeya es la formación de una palabra por imitación del sonido de aquello que designa, cabe preguntarse si esa sustancia suave, tierna y mantecosa —como la definía el Diccionario de autoridades (1739)— realmente suena y si lo hace así.

La respuesta nos la ofrece Corominas. Asegura que tut es la imitación del sonido de un instrumento de viento. De ΄corneta΄ se pasó a ΄tubo΄, luego ΄agujero interior del hueso y, finalmente, el contenido de este. ΄

Las locuciones hasta el tuétano o hasta los tuétanos, que se suelen aplicar a sentimientos o actitudes, tienen el sentido de profundidad, de intensidad, de completitud.

Por su parte, sacarle los tuétanos a alguien significa sacarle el alma, aprovecharse económicamente de una persona haciéndole gastar cuanto tiene.

hígado.- Víscera voluminosa, propia de los animales vertebrados, que en los mamíferos tiene forma irregular y color rojo oscuro, está situada en la parte anterior y derecha del abdomen y desempeña varias funciones importantes, entre ellas la secreción de la bilis.

Junto con el corazón, los pulmones y la tráquea conforman la pieza de casquería conocida como asadura.

También se llama así a una glándula de diversos invertebrados que cumple funciones similares.

El de los animales pequeños, particularmente de las aves, recibe el nombre de higadillo.

Voz documentada en nuestra lengua por vez primera en 1335, si bien desde mediados del siglo xiii se empleaba la forma antigua fégado, hoy desaparecida.

Del latín vulgar ficătum, y este del latín [iecur] ficātum ‘[hígado] alimentado con higos’, alterado, como indica Corominas, por influjo de la denominación griega correspondiente sykōtón —derivada de sŷkon ‘higo’— imitado en latín vulgar con una pronunciación sýcotum.

Esta denominación se explica por la costumbre de los antiguos de alimentar con higos a los animales cuyo hígado comían.

Se usa también, generalmente en plural, con el significado de ánimo, valentía.

En algunos países americanos se denomina hígado coloquialmente y de manera despectiva a una persona desagradable, molesta, mientras que en Cuba se dice que la persona que está malhumorada tiene el hígado a la italiana o a la vinagreta y caer como un hígado a alguien es darle cien patadas, disgustarle mucho.

 

La cita de hoy

«Nada es lo mismo, nada permanece. Salvo la historia y la morcilla de mi tierra: se hacen las dos con sangre, se repiten».

Ángel González.

 

El reto de la semana

¿Qué sustancia que, jugando con las palabras, podríamos decir que tiene nombre de letra que nos cuenta su origen, seguro que nos encontramos en un paseo por productos de casquería?

(La respuesta, como siempre, en la página ‘Los retos’)

Paseando con el Bestiario del norte

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Llegaba esta semana la noche de san Juan, la noche más mágica del año, cargada una vez más de tradiciones, rituales y costumbres que enlazan nuestra cultura actual con las celebraciones ancestrales en las que se conmemoraba el solsticio de verano.

Una noche apropiada para pasear por ella con los seres fantásticos que nos presenta el Bestiario del norte, la última criatura por ahora de nuestra imprescindible editorial La Felguera. Un recorrido por Galicia, Asturias, Cantabria y el País Vasco siguiendo las huellas que a lo largo de los siglos han ido dejando en su imaginario colectivo los personajes que se nos aparecen en estas páginas.

Protagonistas de sendas mitologías en las que tanto el clima como el propio paisaje resultaron determinantes en su creación, en la consolidación a través del tiempo de un mundo oculto a los ojos pero no por ello menos real que sirvió durante generaciones como instrumento para interpretar la realidad. Y como quiera que las palabras no le hacen ascos a lo que no es visible y que, como nos recuerda Héctor Urién, no hay nadie que no tenga interés en las historias, ese universo escondido en las mentes se transmitió de manera oral a través de leyendas que vienen a confirmar lo que ya aseveraba el antiguo proverbio vasco: Izena dunen guztia omen da ΄Todo lo que tiene nombre existe΄.

Retomando la senda de los paseos con seres imaginarios que ya recorrimos en un par de ocasiones en su momento, caminaremos hoy por palabras relacionadas con estos entes norteños, reflejo de una realidad cultural a la que el racionalismo hace ya mucho que desterró a las recónditas cuevas subterráneas que sirven de morada a muchos de ellos.

cuélebre.- Ser propio de la mitología asturiana cuyo rastro podemos encontrar también en la región del Bierzo. Se trata de una gran serpiente alada que tiene como misión la protección de tesoros y de personajes que han sufrido algún tipo de encantamiento. Su piel es de una tremenda dureza, lo que le convierte prácticamente en invulnerable —solo se le puede matar hiriéndolo en la garganta o dándole de comer algo que no pueda digerir—. Con el tiempo le crecen alas semejantes a las del murciélago, lo que le confiere el aspecto de dragón con el que le define el Diccionario de la lengua española.

Recibe también los nombres de cúlebre, culebre, culiebre, culiebra o culebra.

El nombre procede del latín colŭber, -bri ΄culebra΄.

Animal este, por cierto, que encuentra acomodo también entre las páginas del DLE en otra representación mitológica: la chichintora, a la que el imaginario popular en El Salvador atribuye la capacidad de volar. Curiosamente esta acepción como animal fantástico, presente en el texto académico desde la edición de 2001, no figura en el Diccionario de americanismos (2010), que solo recoge esta palabra con el sentido metafórico, empleado también en El Salvador, de persona enfadada o colérica y como variante léxica, en Honduras, de chichintor, un tipo de serpiente.

El cantante español Víctor Manuel, oriundo de Asturias, le dedicó en 1978 al cuélebre una conocida canción.

meiga.- El único personaje del libro —salvo, acaso, el hombre pez de Liérganes— que no es un ser fantástico.

Según el DLE se trata de una persona que, siguiendo la opinión vulgar, tiene pacto con el diablo y, por ello, poderes extraordinarios.

Sin embargo, a pesar de haber sido retratadas tradicionalmente como seres malévolos, las meigas solían ser curanderas o sanadoras, demonizadas y perseguidas por vivir al margen de la ortodoxia. De hecho, como dejó dicho el entonces presidente de la Real Academia Gallega, Domingo García Sabell, la Inquisición no realizó procesos de brujería en Galicia, pues allí no había brujas: había meigas.

Es personaje notorio de la mitología de esta región, a pesar de lo cual hasta 2001 el diccionario académico circunscribía la figura a León. Ese año incluyó a la ya mencionada Galicia y a Asturias.

Cuando la RAE incorporó este término en 1925 señalaba que tenía el mismo origen que médico, es decir, el latín medĭcus, pero actualmente considera que procede del también latín magĭcus ΄mágico΄.

Su nombre ha dado lugar a una expresión proverbial: «Haberlas, haylas», en ocasionas precedida por «no creo en ellas, pero…». Se utiliza cuando no se desea comprometer la propia opinión en algo que, en el fondo, se tiene por seguro o bien cuando algo que en principio resulta ilógico parece mostrar visos de realidad.

carbonero.-  Del latín carbonarius, en última instancia de carbón, del también latín carbo, ōnis.

Palabra documentada en nuestra lengua ya a fines del siglo xv, hace referencia a la persona que hace o vende carbón. Ha dado lugar a diferentes personajes mitológicos en una tradición que se extiende a muchos pueblos, como Baviera o el Tirol, por ejemplo, en los que el bosque, donde se producía el carbón vegetal, desempeña un papel importante.

En el norte de España encontramos en el ámbito vasco-navarro al olentzero, nombre que según una hipótesis muy extendida significaría tiempo de lo bueno, a partir de las palabras vascas onen ΄bueno΄ y zaro ΄época΄.

Gigante mítico de las montañas, a lo largo de su secular historia ha adoptado numerosas formas. Asociado en un principio a los festejos del solsticio de invierno, la cristianización de su entorno terminó por convertirlo en una especie de Santa Claus que en la nochebuena reparte regalos a los niños que se han portado bien y carbón a los que han sido malos.

A su vez, en Galicia el apalpador, también llamado Pandingueiro, es también un carbonero, un gigante pelirrojo, que baja de la montaña la noche del 24 o del 31 de diciembre para tocar —palpar—, la barriga de los niños para comprobar si han comido bien durante el año. A los que se hayan alimentado correctamente les deja un montoncito de castañas y algún regalo; a los que no lo hayan hecho, el consabido carbón.

libélula.- Insecto del orden de los odonatos, de cuerpo esbelto, largo y con llamativos colores. Tiene dos pares de alas, que mantiene en posición horizontal cuando se posa, Vive en cursos de agua.

Deriva del latín científico libellula, diminutivo de libella ΄balanza΄—que a su vez lo es de libra— porque se mantiene en equilibrio en el aire.

En nuestro idioma recibe también los nombres de aguacil y alguacil en la Argentina y el Uruguay; caballito de san Vicente en Cuba y Honduras; chapul en Colombia; gallego y gallito en Costa Rica; matapiojos en Chile y Colombia; pipilacha en el entorno rural nicaragüense y robapelo, coloquialmente, en Ecuador.

Muchos hablantes la llaman también caballito del diablo —fenómeno que, curiosamente, se da también en catalán con la libèl·lula y el cavallet del diable—, aunque se trata en realidad de otro insecto, del que se distingue porque este es algo más pequeño y además pliega sus alas cuando se posa.

Viene esto a colación porque en tierras cántabras se aparecen, precisamente solo en la noche de san Juan, los caballucos del diablo. Son siete espíritus con aspecto de grandes libélulas, que provienen del infierno. Viven en cuevas recónditas y en su salida anual durante el solsticio de verano se dedican a quemar y pisotear los sembrados de los labradores. Lo que les está vedado es acercarse a las hogueras que se encienden esa noche, pues se trata de un fuego sagrado y purificador.

lamia.- Volvemos al País Vasco para  cerrar nuestro paseo con un ser híbrido al que allí atribuyen forma de hermosa mujer en su parte superior y de gallina, cabra o pato, según los lugares, en la inferior.

Del latín lamia, con el mismo sentido, el DLE la define escuetamente como una figura terrorífica de la mitología, con rostro de mujer hermosa y cuerpo de dragón.

Como ya nos ha ocurrido en otras ocasiones a lo largo de estos paseos en el Diccionario de autoridades (1734) encontramos una definición mucho más literaria que, una vez más, el paseante no se resiste a transcribir en su redacción original:

«Voz que entre los Antiguos tuvo varias significaciones. Unos juzgaron que era demónio en figura de muger, que con halagos atrahía a los hombres para devorarlos. Otros que era una especie de fiera en el África, con el medio cuerpo superior de muger hermosa, y el inferior de dragón, que tambien atrahía y devoraba los hombres: y otros que era una muger hechicera que se comía o chupaba los niños, lo que corresponde oy a nuestras bruxas».

No debe confundirse con la palabra homónima, derivada en este caso del latín amia, que da nombre a una especie de tiburón presente en los mares españoles.

Tampoco con la que figuraba en las ediciones del lexicón académico correspondientes al siglo xviii con el significado de mujer pública o ramera.

 

La cita de hoy

«Los mitos no son símbolos, ni pinturas estilizadas, ni puras creaciones poéticas o literarias; los seres míticos son una parte de la realidad circundante, como el árbol, el monte, el arroyo o la muchacha que va a la fuente».

Julio Caro Baroja

 

El reto de la semana

Dado que el paseo transcurre en una noche mágica poblada por seres fantásticos ¿qué planta, sobre la que corrían en la Antigüedad numerosas fábulas —y en la que muchos quieren ver forma humana— no habría sido extraño encontrarnos hoy?

 

(La respuesta, como siempre, en la página ‘Los retos’)

Un paseo al compás de las Grandes Horas de Rohan

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Arte y religión han caminado de la mano desde sus mismos inicios; desde que las más esquemáticas y primitivas manifestaciones de aquel trataban de plasmar lo que entonces estaba en íntima conexión con la magia. No tanto porque tuvieran indefectiblemente que ver entre sí como por el hecho de cada uno acabaría por resultar determinante en la evolución del otro. En la tradición europea, pródiga en ejemplos de esto que decimos, sin duda el más hermoso de los concernientes a nuestro mundo de las palabras lo constituyen los libros de horas.

También llamados horarium en latín, los libros de horas eran devocionarios que organizaban los rezos de determinadas oraciones a lo largo del día siguiendo el orden de las horas canónicas. Se realizaban, generalmente por encargo, exclusivamente para un destinatario, por lo que no existen dos que sean iguales. Manuscritos iluminados, en ellos jugaban un papel destacado las ilustraciones, que contribuían a hacer comprender el significado de unas oraciones cuyo texto en latín no siempre era perfectamente entendido.

Recordaba todo esto el paseante mientras recorría las páginas de uno de los mejores regalos que ha recibido en los últimos tiempos: el facsímil de Las Grandes Horas de Rohan, ejemplar del siglo xv cuyo conjunto ilustrativo, que incluye el empleo de la escritura como elemento ornamental tanto en filacterias como en las vestiduras de Dios presentes en muchas de las imágenes –como la que encabeza este paseo, que muestra ambas posibilidades−, lo convierte en un verdadero hito artístico dentro de este tipo de libros.

Pasearemos hoy por cinco palabras encontradas en los estudios publicados con ocasión de la citada edición facsimilar de una pieza magnífica que aún en nuestros días permanece envuelta por las brumas del misterio en lo referente a cuestiones como su comitente, el destinatario original, la fecha exacta de su creación, la identidad del Maestro de Rohan y de quienes colaboraron con él…

intemerata.- Del latín intemerāta ‘no manchada, no contaminada’.

El DLE nos dice que se utiliza coloquialmente para indicar que algo ha llegado a lo sumo. Así, se predica de lo que es lo mejor en su línea, pero también, y más frecuentemente, se dice que dura la intemerata aquello que se prolonga demasiado en el tiempo, que parece que no va a terminar. Incluso algo que siendo agradable termina por cansar o desagradar debido a su excesiva duración.

Este sentido tiene que ver con las llamadas letanías lauretanas, que se recitan al finalizar el rezo del rosario y en las que Mater intemerata es una de las invocaciones que se hacen a la Virgen, y con el hecho de que letanía tenga también como significados coloquiales el de lista o enumeración continuada de muchos nombres o locuciones y el de insistencia larga y reiterada.

El Diccionario manual de la RAE definía en 1927 intemerata como un barbarismo empleado en el Perú con el significado de temeridad, en lo que parece un ejemplo de homonimia parasitaria, que se da cuando una palabra se emplea con el significado de otra con la que no comparte más que una cierta estructura fonética.

O intemerata ‘Oh inmaculada’ era una oración que se dirigía a la Virgen pidiendo su intercesión para conseguir el perdón de los pecados. Era frecuente su presencia en los libros de horas –algunos de los cuales atribuían su autoría al papa Juan XXII−, habitualmente ilustrada con el tema de la Piedad.

rosario.- Rezo de la Iglesia católica dedicado a la Virgen. Consta de quince partes iguales, compuesta cada una por un padre nuestro, diez avemarías y un gloriapatri, que conmemoran los misterios principales de su vida y de la de Jesucristo. A ellas se añaden las antes citadas letanías.

También se denomina así a una sarta de cuentas, unida por sus dos extremos a una cruz, que se utiliza para rezarlo ordenadamente, entero o parte de él. Por extensión también adquiere el sentido de serie, relación de cosas relacionadas entre sí.

La RAE establece que procede del latín medieval rosarium, y este del latín rosarium ‘rosaleda’. Más poética resulta la etimología propuesta por Moliner: de ‘rosa’, bien por las veces que en las letanías se aplica este nombre a la Virgen, bien porque metafóricamente se considera todo el rezo como un ramo de estas flores dedicado a ella.

El DLE recoge también otras dos acepciones de esta palabra que no tienen carácter religioso y que aparecían ya en el Diccionario de autoridades (1737): una forma coloquial de referirse al espinazo de los vertebrados y una máquina elevadora compuesta de tacos o de cubos que dan vuelta sobre una rueda como las vasijas de una noria.

El refrán el rosario al cuello, y el diablo en el cuerpo hace referencia a la hipocresía, previniendo contra la falsa virtud que esconde una intención peligrosa, mientras que la locución acabar como el rosario de la aurora significa terminarse algo de manera violenta o tumultuosa.

querubín.- En la tradición católica, en la que se enmarcan los libros de horas, cada uno de los seres que ocupan el segundo de los nueve niveles o coros de la jerarquía angelical.

También es sinónimo de serafín, en su acepción de persona de singular hermosura. Moliner señala que particularmente un niño. De ahí que se suela asociar a los querubines con los amorcillos, representaciones artísticas de niños desnudos y alados, generalmente portadores de un emblema del amor, que en realidad no tienen connotación religiosa.

Del latín tardío Cherŭbim o Cherŭbin, y este del hebreo kĕrūb[īm] ‘próximo[s]’.

También existen en nuestra lengua las formas querub y querube, a las que el DLE marca como poéticas, y antiguamente se empleó asimismo cherubin o chérubinquerubín no se consideró palabra aguda hasta la edición de 1884 del lexicón académico−, en la que el propio Diccionario de autoridades (1729) indicaba que la ch debía pronunciarse como k.

No son los querubines del cristianismo, sin embargo, los únicos que podemos encontrar en la historia de las religiones. El Diccionario de los símbolos (1997), de Juan Eduardo Cirlot, nos recuerda que los Cherub o Kirubi que se levantan a la puerta de palacios y templos asirios no eran sino gigantescos pantáculos que los sacerdotes ponían como «guardianes del umbral». A su vez, el Cherub egipcio era una figura con muchas alas y recubierta de ojos, emblema de la religión, del cielo nocturno y de la vigilancia.

antífona.- Del latín tardío antiphōna ‘canto alternativo’, y este del griego antiphnē ‘que suena en contestación (a algo)’, a su vez de phōn ‘voz’.

Hasta la edición de 1791 el diccionario académico recogía también la forma antíphona.

Pasaje breve, por lo general versículos de la Biblia, que se reza o canta en la misa o antes y después de los salmos y de los cánticos en las horas canónicas, las diferentes partes del oficio divino, la oración estructurada que en la iglesia católica se reza a lo largo del día. Las antífonas tienen relación con el oficio propio del día.

El DLE hace mención expresa de dos de ellas: asperges, del latín asperges ‘rociarás’, primera palabra de la que recita el sacerdote al rociar con agua bendita el altar y a la congregación de fieles, y ofertorio, del bajo latín offertorium, dicha por el sacerdote antes de ofrecer la hostia y el cáliz.

La persona encargada en el coro para entonarlas es denominada antifonero.

De esta voz derivan también antifonal y antifonario, nombres que recibe el libro de coro en que se contienen las antífonas de todo el año.

Tanto antífona como antifonario comparten una segunda acepción coloquial: nalgas. Con este sentido aparece ya en la Crónica burlesca (1529) en la que Francés o Francesillo de Zúñiga (h. 1480-1532), escritor y bufón de Carlos v, reflejó el ambiente cortesano desde una visión satírica y grotesca sin parar mientes ante la alcurnia de ninguno de los protagonistas. Este atrevimiento le costó perder el favor real. Algún tiempo después moriría violentamente en su Béjar natal en circunstancias todavía hoy no esclarecidas.

filacteria.- Cada una de las dos pequeñas cajas o envolturas de cuero que contienen tiras de pergamino con ciertos textos del Pentateuco, y que los judíos llevan sujetas con tiras de cuero, una al brazo izquierdo, a la altura del corazón y otra a la frente durante las oraciones matutinas de los días hábiles, aunque muchos ortodoxos las emplean a lo largo de todo el día.

Esta práctica está relacionada con cuatro pasajes de la Torá, el libro judío de la ley, que se corresponde con los cinco que forman el Pentateuco en el Antiguo Testamento: Éxodo 13, 1-10 y 11-16 y Deuteronomio 6, 4 y 11, 13-21.

Filacteria tiene también los significados de amuleto o talismán que empleaban los antiguos y de cinta con una inscripción, leyenda o lema, superpuesta, incrustada o pintada en escudos, sellos, epitafios, pinturas, tapices, esculturas, etc.

Procede del latín phylacterĭa, plural de phylacterĭum, tomado del griego phylaktrion, derivado de phylássein ‘preservar, proteger’.

De esta voz surge, a través del antiguo filateria, filatería. Se llama así tanto a la palabrería que utilizan los embaucadores para engañar o persuadir de lo que quieren como a un exceso de palabras empleadas para intentar dar a entender un concepto. Además, en Ecuador hace referencia a la abundancia de palabras rebuscadas.

Como filatero se conoce a la persona que tiene por costumbre usar de filatería. Antiguamente también recibía este nombre en germanía, la jerga delincuencial, el ladrón que hurtaba cortando alguna cosa.

 

La cita de hoy

«El Maestro de Rohan es uno de los protagonistas absolutos del final del arte medieval. Por su capacidad de conectar con las angustias de la humanidad en un momento crítico es, además, el artista medieval más moderno, el miniaturista más cercano a la sensibilidad del hombre contemporáneo».

Javier Docampo Capilla

 

El reto de la semana

¿Con qué planta, que tiene dos nombres que corresponden a sendos animales: uno mitológico y el otro una cría, nos hemos topado en nuestro paseo de hoy por el jardín del diccionario? Pista: uno de esos animales nos lo hemos encontrado en el mismo momento en que hemos tenido Las Grandes Horas en nuestras manos, mientras que el otro nos esperaba, a punto de morir, en la ilustración dedicada a uno de los santos.

(La respuesta, como siempre, en la página ‘Los retos’)

Un paseo paleográfico

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Salía el otro día a colación, en una de esas conversaciones telemáticas a que nos obliga el recogimiento forzado por la pandemia, el celebérrimo discurso de Steve Jobs en la Universidad de Stanford. Y el paseante recordó especialmente la parte que habla de unir los distintos puntos y cómo el curso de caligrafía al que asistió cuando decidió abandonar los estudios universitarios –sin albergar la menor esperanza de que aquello le fuera a resultar de aplicación práctica en la vida− se convirtió en la base de que hoy los ordenadores tengan distintos tipos de tipografías.

Y como es cierto que la vida debe vivirse hacia delante, pero solo puede ser comprendida mirando hacia atrás, según aseguraba Kierkegaard, el paseante se acordó también al hilo de ello de unas lecciones de introducción a la paleografía a las que asistió en su momento por mero gusto, sin buscar otra utilidad que aprender un poco sobre ella. Una disciplina para la que no resulta suficiente la definición que encontramos de ella en el diccionario atendiendo a su propia etimología: «ciencia de la escritura y de los signos y documentos antiguos». Porque hoy la paleografía ha evolucionado desde un concepto de «paleografía de lectura» de textos antiguos –ampliándose además hasta el mismo siglo xix la extensión de este sentido, que anteriormente llegaba solo hasta la Edad Media− al de «paleografía de análisis», por lo que podemos definirla más exactamente como la ciencia que estudia la historia social de la historia escrita.

Ni que decir tiene que todo campo al que se asoma el paseante inspira en él un interés por sus palabras propias, por lo que en esa ocasión no tardó en tener en su estantería el libro Vocabulario científico-técnico de paleografía, diplomática y ciencias afines, obra del padre Ángel Riesco terrero, uno de los mayores exponentes en España del tema que hoy inspira nuestro paseo.

Pasearemos hoy por cinco términos encontrados entre las páginas de este diccionario que en su propio título deja ya clara la estrecha relación que la paleografía mantiene con otras disciplinas como, además de la susomentada diplomática, la historia, la archivística, la codicología, la sigilografía, la heráldica…, mientras echamos nuestro particular cuarto a espadas por una ciencia de la que apenas quedan en España unas decenas de profesores y sin la cual resultaría imposible esa comprensión de la vida a la que se refería el filósofo danés.

viril.- No se trata aquí del término que hace referencia a lo relativo o perteneciente al varón, sino de otro, homógrafo, que da nombre a la caja de cristal con cerquillo de oro, plata, platino u otro metal precioso, o simplemente dorado, destinada a albergar la hostia consagrada para su adoración y que se coloca en la custodia para la exposición del Santísimo. También puede contener reliquias, en cuyo caso se coloca en un relicario.

Se llama también así a un vidrio muy claro y transparente que se pone delante de algunas cosas para preservarlas, permitiendo que puedan ser vistas.

Por extensión se denominó de esta manera a una vidriera colocada en las ventanas o luces de un edificio.

Asimismo, se utilizó metafóricamente para referirse a los ojos, como podemos leer en autores del Siglo de Oro, Góngora y Calderón de la Barca entre ellos.

Según Corominas deriva del antiguo beril ‘berilo’ –forma con la que el nombre de este mineral figuró en el diccionario académico hasta 1922−, por comparación con lo translúcido de esta piedra preciosa. El DLE atribuye actualmente su origen al bajo latín virile, del griego bizantino bryllos ‘berilo’.

Relacionadas con ella encontramos las palabras lúnula –del latín lunŭla, diminutivo de luna ‘Luna’−, en su acepción de soporte para el viril de la custodia, y ostensorio –del también latín ostensus, participio pasado de ostendĕre ‘mostrar’− en su significado de parte superior de la custodia, donde se coloca el viril.

ulfilana.- Adjetivo que se aplica a una letra, un alfabeto –en masculino entonces− o una escritura del antiguo gótico, la lengua germánica oriental que hablaban los godos.

Su creación, desarrollo y divulgación se atribuye al padre espiritual de este pueblo, el obispo arriano Ulfilas (c. 311-383) o Wulfilas –de ahí que también se encuentre en ocasiones la forma wulfilana, no recogida en el diccionario académico−, de quien tomó el nombre.

Hombre culto y de buena formación, además de su lengua nativa dominaba el latín y el griego, lo que se refleja en este tipo de escritura híbrida, integrada principalmente por caracteres y signos numéricos, tanto de una como de otra lengua, y alguno rúnico.

En España la mayoría de los libros manuscritos en letra ulfilana desaparecieron –muchos fueron quemados− durante la dominación visigoda en tiempos de Recaredo y solo quedan muestras de ella en inscripciones lapidarias, documentarias o en algunas monedas.

Como ya ha quedado dicho, el también llamado apóstol de los godos era arriano, es decir, partidario del arrianismo –voz que cuenta con su propia entrada en el DLE desde la edición de 1817−, doctrina que rechazaba que Cristo participara de la misma naturaleza que Dios, por lo que negaba su divinidad. El nombre deriva de Arrio, sacerdote heresiarca norteafricano que vivió a caballo entre los siglos iii y iv, quien fue el principal propagador de esta concepción.

poridad.- Si nos paseamos por la última edición del Diccionario de la lengua española veremos que esta voz remite a puridad, sin especificar que no se refiere a la primera acepción de esta –la cualidad de lo puro−, sino a las dos siguientes, hoy en desuso: «cosa que se tiene reservada u oculta» o «reserva, sigilo».

Ambos términos comparten su origen: el latín purĭtas, -ātis.

Más claro quedaba su significado ya en el Diccionario de autoridades (1737): «lo mismo que secreto», sentido que expone también el Diccionario del español jurídico (2016), que señala además su carácter de desusado en nuestros días.

En lo que a la paleografía se refiere –el hilo conductor de nuestro paseo de hoy, al fin y al cabo− en esta última obra encontramos la Cancillería de la Poridad, un órgano, en la Corona de Castilla, de expedición y guarda de documentos que por su materia o personas implicadas requerían de un especial sigilo en su expedición, sello y custodia. Documentos públicos pero reservados o secretos en cuanto a la naturaleza o contenido que, a juicio del monarca, debían tramitarse y resolverse sin necesidad de recurrir a la cancillería general.

A su frente se encontraba el canciller del sello de la poridad −«de la puridad» dice el DLE−. Persona allegada al rey en cuanto a su fidelidad y confianza, este puesto fue suprimido en 1496, pasando el sello a las secretarías de los consejos y posteriormente al ministerio correspondiente que lleva los asuntos de gracia y justicia.

alcabala.- Tributo que se pagaba al fisco consistente en un porcentaje del precio de las cosas objeto de compraventa, contrato en el que era satisfecho por el vendedor, o permuta, en cuyo caso era abonado por ambos contratantes.

Del árabe andalusí alqabála, según la Academia. Corominas propone qâbala ‘adjudicación de una tierra mediante pago de un tributo’, ‘contribución’, de la raíz q-b-l ‘recibir’, ‘alquilar una tierra’. De ahí surge también el italiano gabella, de donde el castellano gabela ‘tributo, impuesto, contribución que se paga al Estado’.

El diccionario académico recoge además la alcabala del viento –o ramo de viento− un tributo que pagaba el forastero por los géneros que vendía, pero no la alcabala del mar, que era un impuesto indirecto sobre transacciones comerciales que se pagaba en las aduanas y afectaba a las transacciones de artículos extranjeros; la alcabala del diezmo, impuesto indirecto que gravaba el diezmo eclesiástico. Su porcentaje varió según la época, oscilando entre el 5 y el 10 %; ni, en fin, la alcabala de Indias, impuesto indirecto sobre las transacciones que se fue imponiendo progresivamente en los territorios americanos, generalizándose desde la segunda mitad del siglo xvi.

De esta voz deriva alcabalatorio, adjetivo que podía aplicarse a un libro que recopilaba las leyes y ordenanzas concernientes al modo de repartir y cobrar las alcabalas; a una lista o un padrón que servía para el repartimiento de las alcabalas; o al territorio que dependía de un alcabalero, que era a su vez el administrador o cobrador de estas.

 lábaro.- Comenzó siendo un estandarte que usaban emperadores romanos cuando salían de campaña. Lujosamente ornamentado –llevaba incluso piedras preciosas−, precedía al emperador y consistía en una lanza con un palo atravesado en lo alto de ella, del que pendía un trozo de rica tela de púrpura, bordada de oro y guarnecida por una franja, con un águila pintada o también bordada de oro en su centro, el nombre del emperador y el de alguna empresa suya.

Más tarde el emperador Constantino ordenó sustituir el epígrafe, poniendo en medio de él una cruz con el alfa y la omega de los griegos y por timbre, en lo alto del asta, el nombre de Cristo cifrado en las dos letras dos primeras letras de su nombre en ese idioma: ji y ro. De ahí que hoy conozcamos como lábaro el monograma formado por la cruz y esas letras.Posteriormente, por extensión, también se llamó así a la cruz sin el monograma.

Voz documentada por vez primera en nuestra lengua hacia 1600, procede del latín tardío labărum.

Una leyenda, que cabe calificar cuando menos de pintoresca y a la que no resultó ajeno el jesuita Manuel de Larramendi (1690-1766), impulsor de la lengua y la cultura vascas durante la época de la Ilustración, propugna que Constantino, la víspera de la trascendental batalla de Puente Milvio, reconoció en el lauburu del estandarte de una cohorte vascona el signo que se le había aparecido poco antes en el cielo con la leyenda in hoc signo vinces ‘con este signo vencerás’. Así, habría ordenado elaborar estandartes con esa figura para todas sus cohortes y desde entonces estandarte se habría dicho en latín labarum.

 

El dicho de hoy

«Verba volant, scripta manent».

«Las palabras vuelan, los escritos permanecen».

 

El reto de la semana

¿Qué adjetivo, que hace referencia en realidad a un autor que escribe juicios sobre el comportamiento humano, podría hacernos pensar, al verlo escrito, en el Moncayo de Bécquer o en un reloj de sol?

(La respuesta, como siempre, en la página ‘Los retos’)

Un paseo con corazón

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Realizaba el otro día el paseante su cotidiano recorrido mañanero –en la doble acepción del término− por la prensa, espacio que en estas semanas encuentra prácticamente monopolizado por las noticias relativas al coronavirus, cuando cayó en un titular que le recordó a un reciente paseo: «Los expertos médicos estudian la conexión entre el coronavirus y el corazón».

Una conexión referente al aspecto físico de ese órgano de nuestro cuerpo y no a ninguno de los sentidos metafóricos que se han ido asociando a él a lo largo de la historia: amor, sensatez, valor, bondad… Hace un par de semanas pudimos recorrer algunos de esos significados de la mano de Diana Orero y su libro Todo cuenta.

Así que como parece que el azar ha puesto esta voz en nuestro camino para que topáramos de nuevo con ella, aprovecharemos, ya que no sufrimos ninguna cardiopatía, para pasear hoy por cinco palabras incluidas en el Diccionario de la lengua española que guardan distintos tipos de conexión con ella. Garbeo que tenemos la corazonada de que resultará de lo más cordial.

hiedra.- Planta de la familia de las araliáceas, con tronco y ramos sarmentosos de los que brotan raicillas que se agarran fuertemente a los cuerpos inmediatos: troncos de árboles, paredes, etc. Las hojas de los ramos superiores tienen forma de corazón. Aunque no es una parásita verdadera, daña y aun ahoga con su espeso follaje a los árboles por los que trepa. Se emplea mucho en parques y jardines para cubrir muros.

Se escribe también con la forma yedra y recibe asimismo los nombres de hiedra arbórea y cazuz.

Documentada por vez primera en nuestra lengua hacia 1295, deriva del latín hedĕra.

La hiedra terrestre es otra planta, una vivaz de la familia de las labiadas, con hojas pecioladas con forma igualmente de corazón. Se ha empleado en medicina como expectorante.

La palabra hiedra aparece en el diccionario además en la definición de otra: tirso, vara adornada con hojas de hiedra y parra y rematada con una piña en la punta que solía llevar como cetro la figura de Baco y se usaba en las fiestas dedicadas a este dios.

Los seguidores de estos paseos que ya tengan una edad recordarán sin duda que La hiedra era el título de una canción italiana –L’edera en su idioma original−que el grupo mexicano-puertorriqueño Los Panchos popularizó en nuestro idioma. Para quien quiera escucharla dejamos aquí el enlace a la versión que hizo Paloma San Basilio, más fiel a la letra original.

récord.- Marca, el mejor resultado técnico homologado en el ejercicio de un deporte hasta el momento de que se trata. Por extensión se aplica también al resultado máximo o mínimo en otras actividades. Se utiliza frecuentemente en aposición: tiempo récord.

La Academia nos dice que procede del inglés record, que a su vez lo hace, a través del francés antiguo recorder, del latín recordor, recordari, que literalmente significa «volver a pasar por el corazón», cor en latín, como lugar metafórico en que reside la memoria.

Como verbo record en inglés significa ‘grabar’, ‘registrar’ y como sustantivo ‘documento’, ‘relación’, ‘archivo’. De ahí que en algunos países hispanohablantes se llame récord al historial, expediente u hoja de servicios que detalla una trayectoria vital, profesional, académica o de otro tipo. A su vez, el récord policial es el certificado de antecedentes penales en Ecuador –conocido simplemente como record, en la forma inglesa, también en Bolivia y Puerto Rico −y el récord policivo, otra manera de decir policial, es en este último país tanto el expediente de un delincuente como un conjunto de documentos oficiales clasificados y protegidos.

Sin salirnos de ese mundo, en Ecuador y en la República Dominicana un récor es un expediente policial

La locución off the record, utilizada internacionalmente, en particular en el mundo del periodismo, para designar una información confidencial que no debe divulgarse no ha encontrado su lugar en el DLE, pero sí aparecía en las ediciones de 1984 y 1989 del Diccionario manual, editado también por la Academia y concebido como resumen y, a la vez, suplemento del entonces conocido como DRAE.

aurícula.- Cavidad del corazón que recibe la sangre de los vasos sanguíneos, cuyo número varía según los animales. El ser humano tiene dos.

Del latín auricŭla cordis. Cordis hace referencia al corazón, mientras que auricŭla es un diminutivo de auris ‘oreja’. De ahí que antiguamente fuera llamada oreja del corazón. Según el Diccionario médico-biológico, histórico y etimológico en línea de la Universidad de Salamanca esta metáfora se encuentra ya en griego desde Hipócrates, en el siglo v a. C.

También es conocida como ala del corazón, que era el nombre al que remitía la palabra aurícula en el diccionario de la RAE hasta la edición de 1869.

No debe confundirse con alas del corazón, en plural, que significa ánimo, valor, brío. Antiguamente caerse las alas del corazón era, metafóricamente, desmayar, faltar el ánimo o la constancia en algún contratiempo o adversidad.

El adjetivo auricular hace referencia a lo perteneciente o relativo a las aurículas −existe otro, homógrafo, que tiene que ver con la oreja−, mientras que auroventricular lo hace a lo que es común a la aurícula y el ventrículo, nombre de cada una de las dos cavidades inferiores del corazón.

Aurícula tiene también la acepción, en botánica, de prolongación de la parte inferior del limbo –la parte ensanchada− de las hojas.

lechuza.- Ave rapaz nocturna, con plumaje muy suave, cabeza redonda, pico corto y encorvado, ojos grandes, y cara redonda, plana y blanca en forma de corazón.

También se la conoce como bruja, coruja, curuja, estrige y oliva.

El DLE no ofrece su etimología. Sí lo hace Corominas, que tras recordar la forma antigua nechuza, aventura que probablemente procedan de *nochuza, derivado despectivo de *nochua, procedente del latín nŏctŭa ‘lechuza’. Nechuza se habría alterado por influjo de la superstición antigua de que la lechuza gustaba de echarse sobre los niños de teta como si los amamantara.

Ave inmersa desde antiguo en creencias y supersticiones, abonadas por su condición nocturna –noche, oscuridad, muerte y fuerzas del mal han estado siempre vinculados en el imaginario popular, como nos recuerda Pilar García Mouton−, el Diccionario de autoridades (1734) aseguraba que «Díxose quasi Lecytusa del nombre Griego Lecytus, que significa Azeitera, porque se bebe el azéite de las lámparas».

En el sistema jeroglífico egipcio simbolizaba precisamente la muerte, la noche, el frío y la pasividad.

Cruzando una vez más el charco en este paseo, en Argentina se llama lechuza a una persona que supuestamente es portadora de mala suerte; en Bolivia, a la prostituta que generalmente trabaja de noche; en Uruguay es alguien aficionado al fisgoneo y en Panamá un coche fúnebre.

En la República Dominicana creer en huevos de lechuza es tener por cierto o posible algo que es ficticio o producto de la imaginación.

zuro.- El corazón o raspa de la mazorca de maíz después de desgranada.

El Diccionario de la lengua española no ofrece actualmente la etimología de esta palabra. En la edición de 1899 la hacía derivar del árabe dura ‘panizo’ –una planta originaria de Oriente−; en la de 1914 indica que tenía el mismo origen que zara –otra forma de llamar al maíz, voz que se suprimió en el lexicón académico en 1992–: el también árabe dzora, en línea con lo sostenido por el catedrático de Literatura de la Universidad de Granada y correspondiente de la RAE Leopoldo de Eguilaz en su Glosario etimológico de las palabras españolas de origen oriental (1886). Posteriormente desapareció toda referencia a su posible origen.

Este corazón de la mazorca de maíz es llamado también de otras maneras, de las que el DLE recoge las siguientes:

En España, raspa. Tuco, voz de origen onomatopéyico, en Asturias.

En el español de América encontramos en Chile, la Argentina y el Perú coronta, del quechua ‘korónta o qurunta ‘zuro de maíz’; también en estos dos últimos, además del Paraguay, Bolivia y el Uruguay, marlo; olote, del náhuatl olotl ‘corazón’, en México, Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua y Costa Rica; y en Panamá, Cuba, República Dominicana, Colombia, Venezuela, Ecuador, el Perú y Bolivia, tusa, apócope del náhuatl tocizuatl ‘hojas de maíz verde’, según el Diccionario de americanismos.

En Albacete, Andalucía y Murcia zuro tiene también el significado de corcho de árbol.

 

El dicho de hoy

«Sursum corda».

En latín significa «arriba los corazones». Es, pues, una expresión para infundir ánimo. Pero no es con ese sentido con el que se ha incorporado a nuestra lengua. Cuando la misa se celebraba en latín esas palabras –equivalentes a «levantemos el corazón»− eran pronunciadas por el oficiante en el prefacio mientras levantaba los brazos y los fieles se ponían en pie. Como quiera que la mayoría de los fieles no entendía ya el latín, al ver la postura que el sacerdote adoptaba creían que estaba invocando a alguien importante y que por eso debían levantarse. De ahí que sursuncorda, en una sola palabra, haya llegado a formar parte del castellano con el significado de supuesto personaje anónimo de mucha importancia.

 

El reto de la semana

La de hoy es para nota y nunca mejor dicho. ¿Qué palabra relacionada con el corazón encontramos en el diccionario que nos hace pensar al momento en Richard Wagner?

(La respuesta, como siempre, en la página ‘Los retos’)

De paseo con el Valle-Inclán noir

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Encontró el paseante en estos días de recogimiento obligado un hilo en Twitter que jugaba a imaginar cómo serían las películas sobre esta pandemia rodadas por distintos directores: Almodóvar; Scorsese; Tarantino; Cameron…Le dio entonces por pensar en posibles obras literarias escritas por autores diversos –muy probablemente habrá también hilos tuiteros al respecto− y terminó convencido de que sin duda alguna una de las más interesantes sería la imaginada por Valle-Inclán.

Ayudó a ello haber leído hace unas semanas Valle-Inclán noir, libro de bellísima factura, tanto interna como externa, en el que la editorial @La_Felguera reúne una selección de los mejores poemas, conferencias, artículos y ensayos que el autor dedicó al misterio, al ocultismo, a lo invisible. Sus páginas nos llevan a pasear por ese mundo sobrenatural de cuyas fuentes bebió desde su misma infancia en su mágica Galicia natal, pero también por el de las visiones modernistas de una sociedad que se enfrentaba a profundos cambios −¿como la nuestra ahora?− y por el del lado oscuro, noir, de nuestra existencia y su luz, oscura, sí, pero luz al fin y al cabo.

Como quiera que, y así nos lo recuerda Ramón Mayrata en el prólogo, «bien se sabe que las palabras no rehúyen lo que no es visible», pasearemos hoy por cinco de ellas empleadas para escribir sobre ello por un autor tan inclasificable como excelso de quien no estamos seguros de poder afirmar con seguridad si su vida estuvo a la altura de su obra o viceversa.

buhonero.- La persona que lleva o vende cosas de buhonería, palabra derivada de aquella y que es el conjunto de baratijas y cosas de poca monta, como botones, peines, agujas cintas…

Aunque el DLE no lo especifica también deriva de ella bujería, chuchería o mercadería de poco valor y precio –hecha de vidrio, estaño, hierro, etc.−, especialmente, como señala Corominas, la que se entregaba a los indios.

Se escribe igualmente en la forma bohonero, aunque está en desuso, y en otros tiempos llegó a emplearse también buhunero.

Aunque en un principio se pensó que podía venir del italiano bugione ‘embaucador, embustero’, hoy en día se considera que lo hace del antiguo buhón, este de bufón, y este de la onomatopeya buff, expresiva de la verborrea con la que el buhonero hace propaganda de su mercancía presentándola como la mejor.

Esto último queda reflejado en el refrán, que encontramos en el acto ix de La Celestina, Cada buhonero alaba su mercancía.

Además del ya citado bufón la obra académica recoge como sinónimos cajero; gorgotero; mercachifle y charanguero, este último utilizado en los puertos de Andalucía.

Cruzando el charco encontramos que en el español de América también recibe los nombres de chacharero y varillero en México; falte en Chile y pacotillero en este país y en Guatemala. A su vez en la República Dominicana y en Venezuela un buhonero es, por extensión, un vendedor ambulante en general, que es la definición que ofrece Moliner.

abad.- Del latín tardío abbas, abbātis, este del griego abbâ, y este del siriaco abbā ‘padre’, según el DLE. Corominas se inclina por el arameo abba.

La forma femenina, abadesa, también del latín tardío: de abbatissa.

Tiene como primera acepción la de superior al que corresponde la autoridad jurídica de un monasterio, pero sirve igualmente para referirse a otras dignidades católicas: al superior de algunas colegiatas; en los antiguos cabildos catedralicios, al título de una dignidad; a un cura párroco en general; al título honorífico de un noble lego que por herencia poseía una abadía con títulos secularizados o al cura elegido por sus compañeros para presidirlos en cabildo durante algún tiempo.

En algunos lugares también es conocido como abad el máximo responsable de una cofradía o hermandad.

Como abad comendaticio se conoce al que, por merced papal disfrutaba de ciertas rentas sobre una abadía, sin regirla ni residir en ella; abad bendito se llamaba al que ejercía y tenía jurisdicción cuasi episcopal y abad mitrado es el que tiene derecho a usar insignias episcopales, como la mitra.

El abad, una figura tradicionalmente prominente y poderosa, es protagonista de numerosos dichos y refranes, en los que con frecuencia no sale bien parado. Valgan como ejemplo:

A mal abad, peor sacristán (Quien es ruin acabará por toparse con alguien peor).

El abad de Bamba, lo que no puede comer dalo por su alma (En referencia a aquellos que solo son generosos con lo que nos les sirve para nada).

El abad que no tiene hijos es que le faltan los argamandijos (Aludiendo a la lujuria de muchos de estos clérigos).

rueca.- Utensilio que se utilizaba antiguamente en el hilado, consistente en una vara delgada con una pieza en la parte superior en forma de piña, llamada rocadero o rocador, que servía para colocar el copo de la materia que se iba a hilar: lino, algodón, lana…

En cuanto a su origen etimológico, Covarrubias (1611) sostenía que podía estar en roca, por tener esa forma el rocadero, y el Diccionario de autoridades (1737) aventuraba que también podría deberse al «nombre hebreo rucang, que quiere decir roca.» Hoy en día se considera que proviene del germánico *rŏkko, introducido, según Corominas, en el latín vulgar desde fecha muy antigua, quizá por el mayor desarrollo de la hilandería entre los pueblos llamados bárbaros que entre los romanos.

Simbólicamente, al igual que el huso o la lanzadera –otros dos instrumentos relacionados con el hilado y el tejido− la rueca se vincula con el tiempo, el inicio y la conservación de la creación. Tienen asimismo un sentido sexual. Son atributo de las parcas, las deidades de la mitología romana que hilan la trama de la vida y cortan el hilo.

El término rueca tiene, además, una segunda acepción: la de vuelta o torcimiento de alguna cosa, mientras que en germanía hacía referencia a la espada del cobarde, por lo que era también símbolo de la cobardía.

De forma figurada y coloquialmente se denominaba pelarruecas a una mujer pobre que vivía de hilar.

fiambre.- De *friambre, derivado de frío, por disimilación.

Comida de carne preparada de forma –cocida, asada o curada− que pueda conservarse durante mucho tiempo y que por lo general se consume fría.

Ángel Muro hacía ya hincapié en su Diccionario general de cocina (1892) en que para que un manjar pueda ser considerado fiambre es preciso que haya sido preparado para este fin; si fue cocinado para comerlo caliente no basta que esté frío para que se le pueda considerar como tal

Coloquialmente la palabra adquiere dos significados más:

1) Algo que ha perdido actualidad u oportunidad. Esto se aplica especialmente a una noticia o información pasadas de tiempo. En Francia se denomina así –la forma es viande froide− a la biografía de personalidades que se tiene ya redactada y guardada en reserva para utilizarla en el momento oportuno, especialmente cuando hay que publicar la necrológica.

2) Un cadáver, convirtiéndose así en disfemismo –modo de decir que consiste en nombrar una realidad con una expresión peyorativa o con intención de rebajarla de categoría− de muerto o fallecido.

El Diccionario de americanismos recoge varios tipos de alimentos que reciben este nombre, entre los que destaca un plato nacional de Guatemala, elaborado con una mezcla de carnes, embutidos y encurtidos de verduras, que se come tradicionalmente el día de Todos los Santos.

macabro.- Adjetivo que se aplica a aquello que participa de la fealdad de la muerte y de la repulsión o terror que esta suele causar.

Se dice también de la persona aficionada a cosas macabras.

Es vocablo de origen un tanto incierto. Cuando en 1914 se incorporó al diccionario de la RAE se consideraba que procedía del árabe macbora ‘cementerio’. En la edición de 1956 se pasa a hablar del también árabe maqābir ‘tumbas, cementerio’, en línea con lo defendido en 1944 por el arabista Asín Palacios; actualmente, tras un giro copernicano introducido en 2001, se hace referencia al francés macabre, y este al antiguo [dance] Macab[r]é ‘danza de la Muerte’.

Esta era una representación teatral medieval, probablemente de inspiración religiosa, en la que, en una ronda fúnebre, la muerte bailaba alternativamente alrededor de una tumba con personas de toda condición social.

Pero también en el idioma de nuestros vecinos encontramos poca certidumbre respecto a la procedencia de este término. Tras desechar por falta de fundamento las etimologías orientales consideran plausible que Macabré traiga principio del nombre hebreo Macabeo a través de cuatro posibles vías: 1) sería el nombre de un pintor autor de una danza macabra que inspiró al escritor Jean Le Fèvre el poema La dance (de) Macabré; 2) habría sido el nombre de un poeta autor de los textos que acompañaban a una representación pictórica de la danza de la muerte; 3) el autor de una danza macabra (tal vez el propio Le Fèvre) habría atribuido su prólogo a un «predicador» llamado Judas Macabeo; 4) la danza de la muerte habría sido en origen una representación del martirio de los santos sirios conocidos como los siete hermanos macabeos, que murieron por defender su fe.

 

La cita de hoy

«El hombre que más entiende es el que más ama y el amor es la flor de la moral».

 Ramón del Valle Inclán

 

El reto de la semana

¿Con que pescado, cuyo nombre deriva de una de nuestras palabras protagonistas hoy, podríamos recuperar fuerzas tras el paseo?

(La respuesta, como siempre, en la página ‘Los retos’)

Un paseo en el que Todo cuenta

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Continúa el recogimiento. Por lo tanto, tras el paseo gratulatorio a los farmacéuticos regresamos a los libros para seguir viajando con la mente, pues ya ha nos ha recordado estos días el mexicano Guillermo Arriaga, que se define como un contador de historias, que se puede viajar y tener experiencias en otros mundos a través de la literatura aunque no se pueda salir de casa.

Lo hacemos en esta ocasión con Todo cuenta, donde Diana Orero nos muestra en toda su extensión el poder de las historias para conformar nuestra propia realidad y la forma en que nos relacionamos con los demás y con nosotros mismos: las que nos cuentan y las que nos contamos; cómo nos las cuentan y cómo nos las contamos; cómo las vivimos y cómo las recordamos… Cómo, en definitiva, todos somos creadores de nuestra realidad, para lo que tenemos en todo momento la capacidad de editar, revisar e interpretar nuestras historias.

Un libro de «memorias» en su doble sentido de exposición de hechos sobre un asunto y de relación de recuerdos y datos personales de quien lo escribe, pues a través de sus páginas la autora va alternando planteamientos teóricos y prácticos de diversos autores con la narración de experiencias de su propia vida. Al fin y al cabo, la mejor manera de aprender a contar historias es contándolas y la mejor manera de contarlas es haberlas vivido.

Pasearemos hoy, recordando aquello de que las palabras nos ayudan a dar significado a lo que vivimos y que las que usamos también hablan, ¡y mucho!, de nosotros, por cinco de ellas que nos han llamado la atención en estas páginas cuya lectura nos deja bien claro que a la hora de comunicarnos nuestro público objetivo más importante somos cada uno de nosotros.

P. D.: Diana Orero nos hace ver cómo nombrar lo mismo con palabras diferentes consigue sugerir en nuestra mente cosas totalmente distintas, que las palabras no cambian las cosas, pero sí la percepción que tenemos de ellas. Antes de leer este libro en la primera línea de este paseo seguramente habría aparecido alguna palabra como confinamiento, reclusión, aislamiento, encierro o cuarentena en vez de recogimiento.

corazón.- El órgano de la circulación de la sangre, de naturaleza muscular y común a todos los vertebrados y a muchos invertebrados.

Del latín cor, que se encuentra también en el origen de palabras como cordial, coraje o discordia.

Al menos desde los escritores latinos se tiene al corazón como sede de la inteligencia, del sentido común, así como del ánimo y de sentimientos como el valor. De ahí que aparezca en numerosas locuciones y dichos. Aquí vemos algunos:

Declarar o abrir alguien su corazón es manifestar su intimidad, mientras que abrir el corazón a alguien es infundirle ánimo. A ese cobrar ánimo se le dice crecer corazón o ensanchar el corazón de quien no tiene corazón para algo, de aquel al que le falta valor. Del que lo tiene se afirma que tiene el corazón bien puesto.

Cubrírsele, arrancársele, partírsele o quebrársele a alguien el corazón es entristecerse mucho, tal vez porque se le haya clavado algo en el corazón o por ser un blando de corazón.

Eso no le ocurrirá a quien no tiene corazón o tiene el corazón de bronce o de piedra. Frente a él encontramos a quien tiene mucho corazón o es todo corazón, el que tiene un corazón de oro o que no le cabe el corazón en el pecho y actúa con el corazón en la mano, siendo franco y sincero.

Y a quien está muy nervioso, es decir el que tiene el corazón en un puño o no le cabe el corazón en el pecho, será fácil que se le encoja –se acobarde− o se le hiele –se quede pasmado o atónito por una noticia− el corazón, por lo que tendrá que hacer de tripas corazón, esforzarse por disimularlo para seguir actuando con normalidad.

brújula.- Del italiano bussola, este del latín vulgar buxĭda ‘cajita’, y este del griego pyxída, acusativo de pyxís, ídos ‘caja’ –de donde también deriva píxide, recipiente en que se guardan las hostias consagradas o se llevan, por ejemplo, a dar la comunión a los enfermos. Suele tener forma de cáliz−.

Se trata de una caja en cuyo interior se encuentra una aguja imantada que gira sobre un eje y señala espontáneamente el norte magnético, lo que permite determinar cualquier otra dirección del horizonte. También llamada calamita y, en ingeniería, compás.

En marina es un instrumento que indica el rumbo en una embarcación. Consta de una caja con dos círculos concéntricos: el interior, que lleva la aguja magnética, gira; el exterior, fijo, lleva señalada la dirección de la quilla del buque.

Esta última ha recibido también los nombres de compás, aguja, aguja de bitácora, aguja magnética o aguja de marear.

La locución perder la brújula, o el norte, se emplea para indicar que alguien ha perdido o la calma, el tino en el manejo de una situación.

Otras dos locuciones que muestra el DLE, ver por brújula –observar desde un sitio por donde se descubre poco− y mirar por brújula o brujulear −en los juegos de naipes, descubrirlos poco a poco para saber por las pintas o rayas de qué palo son− traen su origen de una acepción desusada de brújula: la pequeña abertura o agujerito que se hacía en las armas antiguas para precisar la puntería. Correspondería, en cierto modo, a lo que hoy llamamos mira.

madalena.- La otra forma en que se escribe magdalena, un tipo de bollo pequeño de masa suave elaborado con los mismos ingredientes que el bizcocho –aceite, harina, leche y huevo−, cocido al horno y presentado en molde de papel rizado.

Llamada así a partir del nombre femenino Madeleine ‘Magdalena’ por razones que se desconocen. Aunque no hay datos fehacientes, parece deberse a Madeleine Paulmier, cocinera de Madame Perrotin de Barmond, a quien el gran escritor culinario Grimond de la Reyniere (1758-1837) atribuyó la invención de este dulce y que es la etimología que aparece en el DLE.

Corominas sugiere que probablemente fuera llamada así porque se emplea para mojar, y entonces gotea, «llorando como una Magdalena», alusión al personaje bíblico del que procede el nombre propio, una de las mujeres que presenciaron y lloraron la muerte de Cristo.

Como «la magdalena de Proust» se conoce el fenómeno por el que la mera exposición a un estímulo gustativo u olfativo desencadena automáticamente, merced al sistema límbico –la zona del cerebro que juega un papel determinante en las emociones−, un recuerdo del pasado que permanecía olvidado o que incluso no era susceptible de ser recuperado voluntariamente. Es lo que le ocurre al protagonista de la obra de Marcel Proust Por el camino de Swann (1913) cuando al llevarse a los labios una cucharada de té en la que ha dejado empaparse un trozo de magdalena es súbita e inesperadamente transportado por su cerebro a los veranos de su infancia en la ciudad de Combray.

magia.- Hace referencia tanto al arte que tiene como objetivo realizar cosas maravillosas contrarias a las leyes naturales como al poder con que se producen. Para ello se valen determinados actos y palabras y de la intervención de seres imaginarios.

También se denomina magia al encanto, atractivo particular o hechizo que ejerce alguien o algo, que parece fuera de la realidad o hace olvidarse de ella.

Procede del latín magīa, y este del griego mageía.

El Diccionario académico, que la considera, junto con la alquimia, la astrología y otras, una de las ciencias ocultas –las que pretenden penetrar y dominar los secretos de la naturaleza− diferencia dos tipos:

La magia blanca, que es aquella que a través de medios naturales produce efectos de apariencia sobrenatural. Recibe también el nombre de magia natural.

La magia negra o, coloquialmente, nigromancia –también en la forma, poco usada, nigromancía−, rito supersticioso que trata de obtener el concurso del diablo para conseguir cosas extraordinarias.

Cuando algo acontece de modo inexplicable se dice que es por arte de magia, de encantamiento o de birlibirloque. Respecto a este último término José María Iribarren refiere en El porqué de los dichos (1955) que provendría del lenguaje de germanía, en el que birlar significa estafar –hoy permanece la acepción coloquial de hurtar algo con disimulo− y birloque o birbesco, ladrón, por lo que hacer algo por arte de birlibirloque no dejaría de ser una estafa ejecutada con destreza o maestría, al igual que los supuestos hechos sobrenaturales.

terapia.- Del griego therapeía, es el tratamiento de una enfermedad o de cualquier otra disfunción o el destinado a solucionar problemas psicológicos.

Salvo error u omisión, como solía decirse antaño, el Diccionario de la lengua española recoge las siguientes, según el medio que emplean:

aeroterapia.- aire.

aromaterapia o aromatoterapia.- aceites esenciales.

balneoterapia.- baños generales o locales

bioterapia.- componentes naturales del sistema de defensa del organismo.

cinesiterapia, kinesioterapia, quinesioterapia,

kinesiterapia o quinesiterapia.- movimientos activos o pasivos del cuerpo.

cobaltoterapia.- radiación gamma del cobalto 60.

crioterapia.- bajas temperaturas.

electroterapia.- electricidad.

ergoterapia.- trabajos manuales.

farmacoterapia.- medicamentos.

fisioterapia.- medios físicos (como el calor), ejercicios, masajes o medios mecánicos.

fitoterapia.- plantas o sustancias vegetales.

fototerapia.- luz

gemoterapia.- yemas o tejidos embrionarios vegetales.

helioterapia.- rayos solares.

hidroterapia.- agua.

hormonoterapia.- hormonas.

inmunoterapia.- mecanismos inmunitarios.

laborterapia.- trabajo.

magnetoterapia.- magnetismo

masoterapia.- masaje.

mecanoterapia.- aparatos para producir movimientos en el cuerpo.

mesoterapia.- inyecciones de medicamentos.

metaloterapia.- metales.

musicoterapia.- música.

opoterapia.- órganos animales.

psicoterapia o sicoterapia.- técnicas psicológicas

quimioterapia.- productos químicos.

radioterapia o radiumterapia.- radiaciones.

reflexoterapia.- masajes en pies o manos

seroterapia o sueroterapia.-sueros medicinales.

talasoterapia.- baños en el mar o el aire de este.

termoterapia.- calor.

 

La cita de hoy

«La pregunta ‘por qué’ te lleva a lo que quieres cambiar; ‘para qué’ te transporta a lo que quieres conseguir».

 Diana Orero

 

El reto de la semana

Hoy muy ludolingüístico. Si jugando con las sílabas podría decirse que un «candado» es un perro entregado (can dado), ¿qué palabra relacionada con nuestro paseo de hoy vendría a decirnos que ha sido muy extenso?

(La respuesta, como siempre, en la página ‘Los retos’)

 

Un paseo farmacéutico

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La expansión de la covid-19, la enfermedad causada por el nuevo coronavirus, nos obliga por ahora a permanecer en nuestra vivienda, paralizando en gran medida la actividad social y económica de nuestro país (y de otros muchos) con el objetivo de poder frenar la pandemia.

A pesar de ello, o precisamente por ello, hay quienes no pueden permitirse retirarse a su casa y siguen al pie del cañón para garantizar que sigamos funcionando como sociedad, aportando además, en determinados ámbitos, su granito de arena para poder terminar con la amenaza.

De entre estos últimos queremos reconocer hoy aquí el papel desempeñado por un colectivo —el que más próximo se encuentra a nosotros de entre todos los que forman el contingente sanitario, además— al que en ocasiones, tal vez por esa misma cercanía que nos impide a veces contemplar la realidad con una cierta perspectiva, olvidamos incluir en nuestro reconocimiento.

Un grupo de personas que cotidianamente, cuando la vida discurre por sus cauces normales, ofrece a todos los que en un momento u otro tenemos que recurrir a ellos mucho más de lo que burocráticamente les prescriben la ley de regulación de servicios de las oficinas de farmacia y el resto de la normativa aplicable. Lo hacen sin importar la hora o el día, pues el servicio está garantizado en todo momento y, por descontado, continúan haciéndolo en estos momentos de zozobra general.

Por ello, recorreremos hoy cinco palabras relacionadas con estos hombres y mujeres, convirtiendo este paseo en un pequeño homenaje y un aplauso a unos profesionales de los que se puede afirmar, parafraseando lo que se dice del servicio postal estadounidense, que ni la nieve, ni la lluvia, ni el calor, ni la oscuridad de la noche —ni el coronavirus, añadiríamos ahora— les impedirán cumplir con su cometido. Gracias a todos ellos.

farmacia.- Término que hace referencia tanto el conjunto de conocimientos relativos a la preparación y combinación de productos para prevenir, remediar o aliviar las enfermedades, o para preservar la salud, como a su profesión o al local, despacho o laboratorio, en que esta se lleva a cabo.

Del francés antiguo farmacie, tomado del bajo latín pharmacia y este del griego pharmakeía ‘empleo de los medicamentos’, de phármakon ‘medicamento’.

En el Diccionario de autoridades (1737) y en las ediciones de 1783 y 1791 de la obra académica aparecía también la forma pharmacia.

La farmacia que está abierta al público durante la noche, los domingos o los días festivos es llamada en España farmacia de guardia y farmacia piloto en Cuba. En la mayor parte del resto de países hispanohablantes se la conoce como farmacia de turno.

En algunos países centroamericanos y en Ecuador se utiliza la locución verbal llevar o tener la farmacia abierta y el doctor dormido para señalar festivamente que alguien lleva la bragueta abierta.

A su vez la última edición del DLE incorporó el término parafarmacia, con el significado de establecimiento o parte de uno en que se venden productos que, aunque no son medicamentos, suelen comercializarse en las farmacias.

farmacéutico.-. Como sustantivo, es la persona legalmente autorizada para ejercer la farmacia como profesión.

Además de boticario, recibía también el nombre de farmacopola, que aunque el propio Diccionario de autoridades (1737) señalaba que ya entonces era voz de poco uso, se ha mantenido en el diccionario hasta nuestros días. En algunos países americanos encontramos además el acortamiento farmaceuta.

En España descubrimos también el rastro de la palabra farmacéutico en el ámbito castrense, pues según la ley de la carrera militar (2007) el sustantivo farmacéutico se usa para acompañar a todos los empleos –cabo, teniente, comandante…− de la especialidad fundamental de Farmacia en el Cuerpo Militar de Sanidad. Por su parte, la sección auxiliar del antiguo Cuerpo de Sanidad de la Armada contemplaba los empleos de farmacéutico mayor, farmacéutico primero y farmacéutico segundo.

Como adjetivo, farmacéutico designa lo perteneciente o relativo a la farmacia. De manera similar a lo que sucedió con farmacia, entre 1737 y 1791 la Academia incluyó para este la forma pharmacéutico, mientras que farmacético, asimismo como adjetivo, se mantuvo hasta la edición de 1992.

Como forma farmacéutica se conoce el modo en que se presenta preparado un medicamento para su administración.

triaca.- Del árabe andalusí attiryáq, este del árabe clásico tiryāq, a su vez del latín theriăca, y este del gr. thēriak [antídotos] ‘remedio contra la mordedura de animales venenosos’, derivado de thēríon ‘fiera’.

También lo podemos leer con las formas, desusadas, atriaca, atríaca, teriaca y la ya desaparecida thriaca.

Es una preparación farmacéutica usada de antiguo, compuesta de muchos ingredientes, entre los que ocupa un lugar preeminente el opio. Se ha empleado para las mordeduras de animales venenosos. El Diccionario de autoridades (1739) indicaba al respecto que el ingrediente principal lo constituían «los trociscos de la vívora» (sic), animal que se consideraba antídoto contra cualquier veneno.

Aunque en su definición el DLE solo explicita la presencia del opio entre sus componentes sí hace referencia expresa en las respectivas entradas del diccionario a que en su elaboración participan también el helenio, una planta vivaz de la familia de las compuestas; el cálamo aromático, raíz medicinal del ácoro, planta de la familia de las aráceas y la zamarrilla, de la familia de las aráceas.

De este vocablo derivan triacal y teriacal, para referirse a lo que es de triaca o tiene alguna de sus propiedades; atriaquero, un sinónimo de boticario hoy en desuso; triaquero, la persona que hace o vende triaca y otros ungüentos o drogas y triaquera, una caja o bote para guardar triaca u otra droga medicinal.

botica.- Otra nombre que recibe la farmacia, el local donde se elaboran y despachan medicamentos. También se denomina así al conjunto de medicinas suministradas o gastadas −«Me gasto un dineral en botica», por ejemplo− o, directamente, a un medicamento, droga o mejunje.

Procede del griego bizantino apothkē ‘depósito, ‘almacén’, que también se encuentra en el origen de apoteca, sinónimo de botica, y de bodega.

En relación con esta última debemos recordar que la incorporación de botica al ámbito sanitario se produce en la primera mitad del siglo xv; antes tenía el significado, que aún se mantiene en Aragón, de tienda, lugar de venta.

Tiene, además, otra acepción ya en desuso: la de vivienda o aposento amueblado y dispuesto para ser habitado –antiguamente hacía referencia también a la habitación o dependencia de que disponían las prostitutas en los burdeles−.

El Diccionario académico recoge además dos locuciones coloquiales en las que es protagonista: haber de todo como en botica, que se emplea para indicar que en un lugar existe un surtido muy variado de cosas o que allí no falta nada de lo que es necesario para llevar algo a cabo, y recetar de buena botica, haciendo referencia al hecho de gastar mucho por tener padres u otras personas que facilitan los medios.

boticario.- Farmacéutico, persona encargada de una botica, que ha cursado los estudios de la carrera de farmacia, que está legalmente autorizada para ejercer la farmacia. El Diccionario de la lengua española incluye todavía, remarcando su carácter coloquial y su poco uso, que en femenino tiene también la acepción de mujer del boticario.

Son sinónimos suyos apotecario, apoticario y, como ya hemos visto, atriaquero.

Voz documentada en nuestro idioma desde 1134, Covarrubias sostenía en el Tesoro de la lengua castellana (1611) que «es el que vende las drogas y medicinas, y por razón de tenerlas en botes le llamamos boticario». El Diccionario de autoridades (1726) ya estableció que emana de botica, a la que se añadió –ario, sufijo que forma sustantivos que significan, entre otras cosas, profesión.

Como ojo de boticario se conocía al mueble, también denominado cordialera, en que se guardaban los remedios más preciados y costosos –la Academia habla de lugar seguro para guardar estupefacientes y ciertos medicamentos−. De ahí que por antífrasis se emplee, en sentido irónico, la locución como pedrada en ojo de boticario para indicar que, cuando no se espera, sucede algo muy apropiado y además en el momento oportuno.

Hasta la edición de 1984 el DLE recogía que en germanía, el argot de la gente del hampa, se llamaba boticario al mercero, el que comerciaba con cosas menudas y de poco valor.

 

El refrán de hoy

«A letra de médico, ojo de boticario»

 En este caso «ojo» se refiere al propio farmacéutico, pues si proverbial resulta la mala caligrafía de los médicos, que en numerosas ocasiones resulta ininteligible para el común de los mortales, no lo es menos la capacidad de los boticarios para descifrarla y poder así dispensar los medicamentos prescritos. Por ello se dice también, con clara intención irónica, aquello de que «era tan clara la letra de aquel médico que el farmacéutico no la entendía».

 

El reto de la semana

¿Qué palabra, que podemos encontrar cada día en la farmacia, tendrían en común este paseo y el piscolabis con el que nos regalamos cada vez que terminamos uno?

 

(La respuesta, como siempre, en la página ‘Los retos’)

Paseando por el Madrid bohemio

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El propio nombre de este blog deja ya claro que tiene como uno de sus principales referentes la flânerie, ese deambular sin rumbo fijo, sin prisas ni objetivo concreto por las ciudades. En nuestro caso, por la lengua, esa ciudad, como dejó dicho R. W. Emerson, en cuya construcción cada ser humano ha aportado un ladrillo.

Y en ese discurrir solemos contar con el acompañamiento y la guía de @La_Felguera, la editorial que ha propiciado varios de estos paseos bien de manera literal, como los que nos llevaron a recorrer el Madrid de los bajos fondos, el del Fandemonium, alguno de los varios posibles valleinclanescos o el de las calles siniestras barojianas, bien a través de alguno de los libros que llevan su factura, siguiendo los pasos de la Horda o de la fantasmagoría.

Volvemos hoy, obligados por un aislamiento impuesto por la pandemia del coronavirus, a pasear virtualmente. Lo haremos por el Madrid bohemio merced a un nuevo ejemplar -que, simbólicamente, inaugura época además- de la revista Agente provocador, que nos propone un viaje a un pasado no tan remoto pero sí bastante desconocido, a una realidad y unos barrios que desaparecieron sepultados por la modernidad pero cuyo rastro aún puede seguirse.

Repasaremos hoy cinco palabras encontradas entre las páginas de lo que son en realidad unas gafas que nos permitirán ver con mirada de rayos x esas calles la próxima vez que pasemos por ellas, siendo capaces así de descifrar lo que oculta este palimpsesto matritense.

P. D. Este paseo está dedicado de manera especial a Marta, que hoy celebra su cumpleaños, con el deseo y la esperanza de que nunca pierda esa curiosidad por la vida que le caracteriza, marca distintiva de toda buena flâneuse. ¡Muchas felicidades!

chambergo.- El DLE lo define como un sombrero de copa más o menos acampanada y de ala ancha levantada por un lado y sujeta con presilla, que solía adornarse con plumas y cintillos y también con una cinta que, rodeando la base de la copa, caía por detrás.

En Andalucía se llama así a un sombrero blando de fieltro de ala ancha y en la Argentina, donde también recibe el nombre de chamberguito, es uno flexible, sin armadura, no siempre de ala ancha. Moliner señala que es asimismo una manera informal de referirse a cualquier sombrero. De uno que se parece al que aquí nos ocupa se dice que es achambergado.

El origen de este vocablo lo encontramos en Charles Schömberg (1601-1656), mariscal y par de Francia, quien introdujo la moda en el uniforme durante la guerra de Cataluña hacia 1650.

Ese modo de vestir, denominado a la chamberga, en boga a finales del siglo xviii y en el xviii, hacía referencia a las prendas, especialmente la casaca, semejantes a las que llevaban los integrantes, llamados también chambergos, de la Guardia Chamberga, instituida en Madrid por la regente Mariana de Austria en 1669 durante la minoría de edad de Carlos II para su protección.

cachimba.- Del quimbundo —lengua bantú que se habla en Angola— kišima ‘hoyo, poza’, quizá a través del portugués brasileño cacimba ‘poza’, ‘hoyo que se hace para buscar agua y cachimbo ‘pipa’. El historiador y lingüista Leo Wiener sostenía en su obra Africa and the discovery of America (1922) que el origen último de esta palabra se encontraba en el árabe, desde donde llegó al África negra.

Su significado más usual es el de pipa, instrumento para fumar, pero si cruzamos el charco —y no debemos olvidar que hasta la edición de 1956 mantuvo la marca de americanismo en el diccionario académico— encontramos, entre otras y según los países, las siguientes acepciones: cacimba, hoyo que se hace para buscar agua potable; colilla de un puro; vulva de la mujer o de un animal hembra; borrachera; cápsula vacía de arma de fuego; semblante adusto; calabaza alargada; marihuana; mentón prominente del prognato; instrumento de percusión de origen africano…

En cuanto a locuciones, llenársele la cachimba de tierra a uno significa enojarse o no soportar más una situación; mandar a la cachimba es rechazar a alguien bruscamente por algo que hace o dice y ponerse una cachimba es sinónimo de emborracharse.

dandi.- Adaptación al castellano del inglés dandy, aunque en esta forma podemos encontrarlo en la obra de escritores de la talla de Valle-Inclán, Baroja, Clarín, Torrente Ballester o Cela.

Es voz que ha corrido alguna peripecia en el diccionario académico, que actualmente lo define como un hombre que se distingue por su extremada elegancia y buenos modales. Sin embargo, cuando la RAE la incorporó en 1936 la consideró sinónimo de petimetre, palabra que encierra un matiz despectivo. Esto se mantuvo hasta la edición de 1947. Después desapareció del DLE para reaparecer en 1984 prácticamente con la acepción que mantiene hoy en día.

Su origen no está claro. Una teoría lo hace proceder de dandyprat ‘enano, paje, persona insignificante’, una palabra de la época isabelina; otra sostiene que lo hace del francés Dandin, apellido de un personaje ridículo, Pierre Dandin, empleado por autores como Rabelais y Molière, derivado de dandiner ‘caminar torpemente’. Desde el inglés dandy regresó al francés.

El venezolano Rafael María Baralt, primer hispanoamericano elegido académico de número, sostenía en su Diccionario de galicismos (1855) que a nuestro idioma llegó precisamente desde el país vecino.

A la cualidad de ser un dandi se la denomina dandismo.

horcas caudinas.- Pasar alguien por —o bajo— las horcas caudinas es una locución verbal que define el hecho de tener que doblegarse, hacer por obligación algo que no se desea, en ocasiones teniendo que soportar condiciones humillantes, sufriendo la natural vergüenza que ello conlleva. Es equivalente a otras como pasar por el aro o tener que hacer algo por el artículo 33.

Para encontrar sus orígenes debemos remontarnos a la antigua Roma, a la conocida como segunda guerra samnita —pueblo de la Italia central—. Según cuenta el historiador Tito Livio en su Historia de Roma, conocida también como Décadas, en el año 321 a. C. los samnitas consiguieron engañar al ejército romano y bloquearlo en el desfiladero conocido como Horcas Caudinas —Furculae Caudinae en latín— por su cercanía a la ciudad de Caudio.

Cuando, acuciados por el hambre, los romanos se rindieron tuvieron que pasar por la humillación de pasar, despojados de sus armas y casi toda su vestimenta, por debajo de un yugo que los samnitas formaron con dos lanzas clavadas verticalmente en el suelo y unidas por otra por arriba, lo que obligaba a los prisioneros, desde los dos cónsules que dirigían la campaña hasta al último de los legionarios, a bajar la cabeza en señal de sumisión para atravesarlo.

mamarracho.- Se dice coloquialmente de una persona ridícula o estrafalaria o de una cosa muy mal hecha o que mueve a risa. Es utilizado asimismo como insulto.

Del árabe andalusí *muharráğg o *muharríğ, y este del árabe muharriğ ‘bufón’. La forma masculina se emplea también para el femenino.

Corominas sostiene que es una alteración de momarracho, que a su vez lo es de moharrache o moharracho —persona sin valor ni mérito o aquella que se disfraza ridículamente en una función para entretener a los demás, haciendo gestos ridículos, según el DLE— por influjo de momo ‘gesto, mofa’, por alusión a Momo, figura mitológica griega relacionada con el escarnio y las burlas.

Relacionadas con ella encontramos también en la obra académica las palabras homarrache, persona disfrazada grotescamente; mamarrachada, conjunto de mamarrachos o acción desconcertada o ridícula, y mamarrachista, persona que hace mamarrachos.

Además, en Bolivia y en Cuba se emplea el término mamarrachero con ese mismo sentido de persona estrafalaria y descuidada en el vestir y en Uruguay mamarrachento es quien hace mamarrachos o quien viste ostentosamente, pero sin elegancia.

 

La cita de hoy 

«Esa es la bohemia, la que consiste en derrochar la vida y el ingenio y el oro, sin fijarse en el mañana: pero cuidándose del hoy y combatiendo a diario por algo que siempre es grandioso, aunque muchas veces sea irrealizable: la conquista del porvenir. […] La otra podrá ser bohemia también, pero no es la bohemia del artista; es la bohemia del tahúr, del mendigo y del miserable. En una palabra: la bohemia de la impotencia».

Joaquín Dicenta

 

El reto de la semana

Teniendo en cuenta la situación de precariedad que caracterizaba la vida de los bohemios, ¿qué ataque –del que, a pesar de su nombre, no tendríamos que salir necesariamente heridos- habría sido de lo más lógico que hubiéramos sufrido en nuestro paseo de hoy?

(La respuesta, como siempre, en la página ‘Los retos’)

Paseando con Andrea y Javi

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La última vez en la que el paseante se acercó a Valencia lo hizo para asistir a un espectáculo de magia. En unos días tendrá la ocasión de regresar por otro motivo que en cierta medida podemos igualmente considerar mágico y más en los tiempos que corren: la celebración de una boda.

Porque si, como decía Oscar Wilde, amarse a sí mismo es el comienzo de una aventura que dura toda la vida, amar a otra persona hasta el extremo de casarse con ella resulta, sin duda, el inicio de una ventura llamada a colmar dos vidas.

Sabemos que el matrimonio consiste en construir y consolidar un proyecto de vida común; y que un matrimonio dichoso es además un edificio que debe rehacerse cada día, componiendo sus huesos y tejidos. Y estamos convencidos también de que Andrea y Javi se dejarán la piel a diario para que en este proceso que ahora inician la sorpresa, el miedo, la duda o la confusión nunca encuentren sitio.

Pasaremos hoy la carda por las páginas del Diccionario de la lengua española (DLE) —y las de algunos otros— para seguir el rastro que han dejado en ellos cinco palabras relacionadas con los contrayentes, con la vista puesta ya en compartir con ellos un momento que, parafraseando a Clint Eastwood, seguro que nos alegrará el día.

García.- El apellido más difundido en España, aunque curiosamente no en León, donde se hallaría ya como nombre de pila hacia el año 870 y donde llegó a ser nombre propio de la realeza: García I fue, entre 910 y 914, el primer monarca del reino de León.

De origen prerromano, algunas hipótesis sostienen que puede provenir del euskera: bien de gaztea ‘joven’, bien de hartz ‘oso’.

Como apellido patronímico figuró en el Diccionario de la lengua española desde 1803 hasta 1869. Hoy lo podemos encontrar en la definición de lorquiano: lo perteneciente o relativo a Federico García Lorca, poeta y dramaturgo español, o a su obra, o aquello que tiene rasgos característicos de ella, y como ejemplo de uso de siglo en su significado de 《mundo de la vida civil, en oposición al de la vida religiosa》: Sor María del Tránsito se llamó en el siglo Teresa García. En este último caso se trata de un nombre aleatorio

A su vez, la ventura de García es una expresión irónica utilizada para dar a entender que a alguien le sucedió algo al contrario de lo que deseaba.

Como derivada encontramos la voz garcía, que en Andalucía y en La Rioja es una manera coloquial de referirse al zorro macho, mientras que el Diccionario de americanismos nos dice que en Bolivia se denomina garcía a un hombre que tiene por oficio servir bebidas y comidas en un restaurante o en una recepción oficial.

javiereño.- Gentilicio de los naturales de San Javier, localidad del departamento del Beni, en Bolivia. Se aplica también a lo perteneciente o relativo a ella o a los javiereños.

Este municipio, la primera de las misiones jesuíticas fundadas en la región, debe su nombre a san Francisco Javier (1506-1552). Nacido Francisco de Jaso y Azpilicueta, fue más conocido por el nombre de su lugar de nacimiento: Javier (Navarra), topónimo procedente del vasco que vendría a significar primordialmente «casa nueva».

Aunque javiereño no se incorporó al DLE hasta la edición de 2001, nuestro santo lo había hecho ya en la de 1884 como ejemplo de uso de apóstol en su acepción de «predicador, evangelizador»: San Francisco Javier es el apóstol de las Indias.

Además de estas referencias a quien desempeñó un papel destacado en la fundación de la Compañía de Jesús, el nombre propio que él popularizó aparece también en la obra académica como ejemplo de uso de suyo: No he traído mi coche, Javier prefiere que llevemos el suyo; de tiro, en su acepción, poco usada, de «hurto»: A Javier le hicieron un tiro de mil pesetas, y de grado superlativo absoluto, el grado superlativo en que la cualidad del adjetivo o del adverbio no se restringe a un grupo de seres: El adjetivo guapo está en grado superlativo absoluto en Javier es guapísimo.

Se muestra asimismo como uno de los ejemplos de la definición de nombre propio: Javier, Toledo.

nieve.- Del latín nix, nivis, con el mismo significado, es el agua helada que se desprende de las nubes en cristales sumamente pequeños que llegan al suelo en forma de copos blancos tras agruparse al caer. Esta palabra tiene además otras acepciones, como nevada; la poética suma blancura de alguna cosa; helado en algunos países iberoamericanos o la jergal cocaína.

En su primer sentido es, junto con el hielo y tanto en condiciones naturales como reproducidas artificialmente, la base de los denominados deportes de invierno, que cuentan con sus propios Juegos Olímpicos, que comenzaron a celebrarse en 1924 en la ciudad francesa de Chamonix.

El esquí probablemente sea la más popular de estas disciplinas. El DLE lo define como un deporte practicado con esquís, patines muy largos de madera o de otro material ligero y elástico, que se usan para deslizarse sobre la nieve, el agua u otra superficie. Llegó a nuestro idioma desde el francés ski, que lo tomó a su vez del término homógrafo noruego ski.

Otra de las modalidades deportivas invernales es el snowboard, en el que se utiliza una tabla para deslizarse por una pendiente cubierta de nieve. Este extranjerismo —que, por lo tanto, debe escribirse siempre en cursiva— no está recogido por la Academia. La Fundación del Español Urgente (Fundéu) nos recuerda que se usan en ocasiones las alternativas en castellano surf sobre nieve y tabla de nieve o tablanieve para referirse a él.

zurriaga.- Voz común con el catalán (xurriaca) y el portugués (azorrague) y no ajena al vasco (azorri ‘azote’), el DLE sitúa su origen en el árabe andalusí surriyáqa, que se encuentra en España, en mozárabe, desde el siglo XI. En castellano la encontramos ya, en la forma çurriaga, hacia 1280, en la General estoria de Alfonso X el Sabio.

Es otro nombre que recibe el zurriago, un látigo, una tira de cuero, cuerda o cosa semejante, generalmente sujeta en una vara, que se emplea para golpear; por ejemplo, a las caballerías para estimularlas. En esta línea, en el lenguaje jergal se llamaba zurriaga a la tira de cuero con la que el verdugo administraba los golpes de castigo a los condenados.

En Andalucía se conoce también como zurriaga a la alondra —la única que cita el lexicón académico— y a otras aves de su familia: la vejeta o cogujada y la calandria.

En la otra orilla del español, en Colombia da nombre a una vara de madera dura, que tiene una correa delgada sujeta a uno de sus extremos a través de un agujero hecho con un hierro —fierro dicen allí— candente.

El Diccionario de autoridades (1739) ofrecía como primer significado de zurriaga el de correa larga y flexible que usaban los muchachos para hacer andar los trompos. Esta acepción dejó de aparecer en femenino a partir de la edición de 1822 del diccionario de la RAE y se ha mantenido hasta nuestros días en la definición de zurriago.

allende.- Vocablo documentado ya en 1056, como señala Menéndez Pidal en Orígenes del Español (1926), procede del latín illinc ‘de allí’. A lo largo de la historia podemos encontrarlo además en diversas formas: allén, allend, allent, alende, alend, alen, alliende o aillent, entre otras, además de aliende, que todavía permanece en la obra académica.

Su entrada correspondiente en el DLE da cuenta de su empleo en cinco sentidos, todos ellos con la marca lexicográfica de «culto»:

Como preposición, tiene los significados de «más allá de» y de «además de, fuera de».

Como adverbio, los de «de la parte de allá, al otro lado»; «la parte de allá, el otro lado», y «además», utilizado en este caso con un complemento introducido por la preposición de.

La locución adjetiva de puertos allende se aplica a un territorio situado más allá de una sierra o cordillera.

Entre 1700 y 1803 el Diccionario de la lengua española albergó además el refrán Allende y aquende, con quien te acompaña siempre, que advierte de que tanto en las circunstancias favorables como en las que resultan adversas debe seguir uno a quienes siempre han estado a su lado.

Fuera del reconocimiento académico, aunque sí figura en el Diccionario del español actual (1999) de Seco, Andrés y Ramos, está el sentido de el allende como sinónimo de el más allá, de la vida de ultratumba.

 

La cita de hoy

«En último extremo, el vínculo de cualquier compañerismo, ya sea en el matrimonio o en la amistad, es la conversación».

De Profundis

Oscar Wilde

 

El reto de la semana

¿Con qué cóctel —cuyo nombre no está recogido, aún, en el Diccionario de la lengua española— sería lógico brindar, al finalizar nuestro paseo de hoy, por la felicidad de Andrea y Javi?

 

(La respuesta, como siempre, en la página ‘Los retos’)