Paseando por España con Jack el Destripador

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Llegó por fin a manos del paseante el nuevo número de Agente provocador, la revista editada por La Felguera, editorial cuyas obras han propiciado un buen número de estos paseos: con la Horda y con seres mitológicos del norte; de la mano de Pío Baroja y de Valle-Inclán; por los bajos fondos y el Madrid bohemio…  

Lo primero que le llama la atención —en una publicación que depara siempre motivos varios para ello— es el título: Jack el Destripador en España. Llamativo cuando menos y en verdad paradójico, pues ciertamente habría sido imposible verificar la presencia en algún momento en nuestro país de alguien cuya identidad sigue siendo desconocida más de un siglo después.

Sin embargo, no podemos olvidar que, como vimos al pasear por el libro Fantasmagoría del polímata Ramón Mayrata, una alucinación que se comparte con otro o con la colectividad se convierte en una realidad. Y eso es justamente lo que ocurrió a la supersticiosa y muy atrasada sociedad española de las postrimerías del siglo xix, en la que se instaló una ola de pánico que llevó a creer que el criminal inglés se movía por nuestras ciudades —de La Coruña a Huelva; de Madrid a Alcoy— tras haber escapado del cerco policial en Londres. Paranoia alimentada por las noticias que sobre sus crímenes publicaban a diario unos periódicos en los que incluso se le llegó a bautizar en alguna ocasión como Jaime el Gaitero, producto de confundir ripper ‘destripador΄con piper ΄gaitero΄.

Pero dejémonos de elucubraciones y emprendamos sin más dilación nuestro paseo por cinco palabras que hemos encontrado rastreando las huellas visibles que dejó un fantasma en un lugar en el que ¿nunca estuvo?

gaitero.- El DLE ofrece como primera acepción la de persona que toca la gaita, en particular si lo hace de manera profesional.

El Diccionario de autoridades (1734), siguiendo al lexicógrafo fray Pedro de Alcalá (c. 1455 – p.m. s. xvi), autor del primer diccionario castellano-árabe editado, otorgaba a esta palabra un origen árabe. Todavía encontramos esa atribución en la edición de del lexicón académico 1970, pero a partir de la de 1984 se indica que gaita quizá proceda del gótico gaits ‘cabra’.

Otros sentidos en los que se emplea este término, aunque se encuentran en desuso, hacen referencia a un vestido o adorno de colores demasiado llamativos —y de ahí gaitería, adorno o vestido, o modo de vestir y adornarse, de varios colores fuertes, alegres y contrapuestos— y a una alegría poco adecuada a la condición o situación de alguien o de algo.

A su vez, en Venezuela un gaitero es alguien que forma parte de un grupo que interpreta gaitas, un canto popular navideño de ritmo movido y alegre, típico del estado de Zulia.

Dos refranes para terminar:

En casa del gaitero todos son danzantes aludía a la influencia de la tradición familiar a la hora de elegir oficio.

A ruido de gaitero érame yo casamentero se empleaba para reprender a las mujeres que frecuentaban los bailes y fiestas públicas pues supuestamente daban a entender mucho deseo de casarse, pues en esas celebraciones solían surgir fácilmente los noviazgos.

tuberculosis.- Enfermedad infectocontagiosa de los humanos y algunas especies animales producida por el bacilo de Koch.

Deriva del latín científico tuberculosis, y este del latín tubercŭlum ‘tumor pequeño’, ‘pequeña protuberancia’ y el latín científico -osis ‘-osis’.

Nada dice el diccionario académico del porqué del nombre de la bacteria que causa la enfermedad, a pesar de contar esta con su propia entrada en él. Fue bautizado así en honor de Robert Koch (1843-1910), médico y microbiólogo alemán que lo descubrió en 1882 y que fue galardonado en 1905 con el Premio Nobel de Medicina.

Sí recoge expresamente la tuberculosis miliar —o granulia—, que es aquella que se caracteriza por la diseminación de pequeñas granulaciones tuberculosas en la masa del órgano afectado, especialmente el pulmón y la tisis, que define como tuberculosis pulmonar.

Tísico, hético o trefe son apelativos que se aplican a quien padece esta última. El enfermo de tuberculosis es un tuberculoso o fímico, también llamado baldado en Panamá o ticuriche en El Salvador.

De la palabra con la que estamos paseando deriva a su vez tuberculina, que da nombre a una preparación hecha con gérmenes tuberculosos, utilizada en el tratamiento y en el diagnóstico de las enfermedades tuberculosas.

Idealizada en su momento por el Romanticismo, esta afección está presente en obras literarias y musicales como La bohème (Puccini); La Traviata (Verdi); La dama de las camelias (Alejandro Dumas hijo); La montaña mágica (Thomas Mann); Pabellón de Reposo (Cela)…

murciélago.- Nombre común de varias especies de quirópteros, generalmente insectívoros. Únicos mamíferos que vuelan, son nocturnos y pasan el día colgados boca abajo en lugares oscuros.

Es una metátesis de murciégalo, voz formada a partir del latín mus, muris ‘ratón’ y caecŭlus, diminutivo de caecus ‘ciego’.

Además de con esta forma, que hoy la Academia marca como vulgar, también es conocido como morciguillo ―del diminutivo del dialectal morciego, con el mismo origen latino ya visto―; murceguillo ―del diminutivo del dialectal murciego―; panarra ―del latín *pennaria― o vespertilio ―del latín vespertilio, y este derivado de vesper ‘atardecer’― y en México como chinacate ―del nahua tzinacan―.

Dentro también del diccionario encontramos que herradura es un tipo de murciélago que tiene los orificios nasales rodeados por una membrana que tiene esa forma; orejudo, uno cuyas orejas son muy grandes en relación con su pequeño tamaño; panique, uno de Oceanía, del tamaño del conejo, con la cabeza parecida a la del perro, cola corta y pelo oscuro que tira a rojizo. Su carne se come, y su piel se utiliza en peletería, y vampiro, uno hematófago de América del Sur, de color castaño rojizo con el vientre gris.

Murciélago es asimismo el nombre que reciben sendos peces en Cuba y Puerto Rico, ambos con aletas pectorales muy desarrolladas que semejan dos alas.

Y si nos salimos del reino animal, en Chile se denomina en el fútbol con esta palabra pentavocálica a una táctica de juego muy defensiva de un equipo.

corte de los milagros.- El DLE lo define como el conjunto de mendigos y gentes de mal vivir que habitan en un determinado lugar, si bien se emplea igualmente para referirse a un lugar peligroso por la abundancia de delincuentes.

Es un calco del francés cour des miracles, que era como se conocían los barrios de París que servían de refugio a pordioseros, prostitutas, malhechores… ¿Por qué se llamó así a un lugar que albergaba tanta miseria? Pues porque cuando caía la noche y se retiraban a su territorio muchos de aquellos mendigos que simulaban enfermedades como la epilepsia, mutilaciones y taras diversas para infundir piedad y conseguir alguna limosna recuperaban «milagrosamente» la salud e incluso los miembros supuestamente amputados volvían a aparecer.

Contrariamente a lo que pudiera parecer sus habitantes estaban perfectamente organizados y jerarquizados: tenían sus propias leyes, una jerga particular e incluso un rey, con potestad sobre todos los mendigos de Francia, al que se conocía como Le Grand Cœsre.

De esta figura surgió una palabra de nuestro diccionario: tuna, en su sentido de vida libre y vagabunda, que llegó desde el francés tune ‘hospicio de mendigos’, ‘limosna’, y este, según la etimología tradicionalmente ofrecida en el país vecino, de [Roi de] Thunes ‘[Rey de] Túnez’, «título» dado al jefe de los vagabundos franceses siguiendo el ejemplo del jefe de los gitanos de París, que «ostentaba» el de duque del Bajo Egipto.

La Corte de los Milagros (1927) es el título de una novela de Ramón Mª del Valle-Inclán. Comprendida en la serie El ruedo ibérico, recrea desde el esperpento la degradación de la corte de Isabel II, atestada de intrigas, camarillas y corrupción.

infierno.- Procedente del latín infernum, el lugar desde el que el protagonista de nuestro paseo decía escribir alguna de sus cartas a la policía tiene diversas acepciones con cabida en el diccionario:

En la doctrina tradicional cristiana, lugar donde los condenados sufren, después de la muerte, castigo eterno.

En diversas mitologías y religiones no cristianas, lugar que habitan los espíritus de los muertos.

En sentido más amplio, seno de Abraham ―o de Abrahán―, es decir, el limbo del catolicismo.

En algunas órdenes religiosas que deben por instituto comer de viernes, hospicio o refectorio donde se come carne.

Lugar o concavidad debajo de tierra, en que asienta la rueda y artificio con que se mueve la máquina de la tahona.

Pilón adonde van las aguas que se han empleado en escaldar la pasta de la aceituna para apurar todo el aceite que contiene, en el cual, reposadas aquellas, se recoge uno de inferior calidad.

En el juego de la rayuela ―también conocido como infernáculo―, uno de los espacios o divisiones que se trazan en el suelo.

Coloquialmente, lugar o situación que causa gran sufrimiento o malestar.

De manera también coloquial, sufrimiento o malestar grande.

En la religión cristiana, estado de privación definitiva de Dios.

Asimismo, el infierno protagoniza numerosos refranes y expresiones: cuando queremos rechazar a alguien le mandamos al infierno; un lugar muy lejano es el quinto infierno; de desagradecidos está el infierno lleno vitupera la ingratitud y muestra que es muy frecuente…

 

La cita de hoy

«Y nadie sabe nada de mi vida.

Puedo ir y venir como me plazca

Si quiero puedo quedarme

o si quiero puedo irme.

Nadie me conoce, nadie me conoce».

Jack el Destripador

Morrissey

 

El reto de la semana

¿Qué palabra encontramos en el diccionario con el mismo significado que destripador y que podríamos considerar coloquialmente como alternativa más castiza?

 

(La respuesta, como siempre, en la página ‘Los retos’)

Un paseo al rojo vivo

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Tras nuestro último recorrido le preguntaron al paseante por su color favorito. La respuesta es fácil: el rojo —o, si nos ponemos poéticos, el roso—, color que el Diccionario de la lengua española define como semejante al de la sangre o al del tomate maduro.

El nombre procede del latín russus, lengua adonde habría llegado desde el protoindoeuropeo reudh, según señala Ana Cermeño, y ha sido tradicionalmente asociado a la pasión y el sexo; a la fuerza; al izquierdismo en política; a la suerte y la felicidad en algunas culturas orientales, en las que las novias suelen casarse vestidas de este color; a lo bueno y lo bello en lugares fríos, como Rusia…

Quiso la sincronicidad —quienes siguen estos paseos saben que no creemos mucho en las casualidades— que unos días después se encontrara quien esto escribe con un artículo titulado Un mundo sin colores rojos, que versaba sobre el científico británico John Dalton (1766-1844) y la enfermedad de la vista a la que dio nombre: el daltonismo, un defecto que impide percibir determinados colores o lleva a confundir algunos de los que se perciben.

Esto le llevó a plantearse cómo sería un diccionario en el que los colores rojos no existieran. Mucho más limitado que el actual, sin duda alguna, pues se cuentan por decenas tanto las palabras que hacen referencia a diversas modalidades, tonos o intensidades de este color como al matiz que introduce en otros. Pasearemos hoy por ellas, modificando por vez primera después de tanto tiempo el esquema de estos paseos.

Acaramelado.- Dorado rojizo como el del caramelo, azúcar fundido y endurecido.

Achiote.- En Guatemala, Honduras y Nicaragua, color bermejo que tiene una pasta utilizada en cocina como colorante y obtenida del árbol del mismo nombre. Este es conocido también como bija, palabra procedente del caribe bija ΄encarnado, rojo΄.

Alazán.- Color más o menos rojo o muy parecido al de la canela.

Almagre.- Color semejante al del almagre, un óxido rojo de hierro. El nombre deriva de almagra, otra forma de llamarlo, voz que encuentra su origen en el árabe andalusí almáğra, y este en el árabe clásico mağ[a]rah ‘tierra roja’.

Amaranto.- Color semejante al de la flor carmesí del amaranto, planta de adorno cultivada en los jardines. Es también conocida como flor de amor.

Arrebol.- Poéticamente es el color rojo, especialmente el de las nubes iluminadas por los rayos del sol o el del rostro.

Azafrán.- Rojo anaranjado semejante al que se saca del estigma del azafrán, planta usada como condimento y en medicina. También se denomina azafranado.

Barroso.- Marrón rojizo o anaranjado, como el del barro.

Bermejo.- Rojo o rojizo. Del latín vermicŭlus ΄gusanillo΄, ΄quermes΄, por emplearse para producir este color. El color que tira a él se denomina bermejizo o bermejón.

Bermellón.- Color semejante al del bermellón, cinabrio reducido a polvo, que toma color rojo vivo.

Brasil.- Rojo semejante al del palo brasil, madera que sirve principalmente para teñir de encarnado. El nombre del brasil, el árbol del que se obtiene, procede de brasa, por el color rojo.

Burdeos.- Rojo oscuro semejante al del vino que se cría en la región de la ciudad francesa homónima.

Buriel.- Rojo, entre negro y leonado. Lo encontramos también con la forma desusada burriel. El color que tira a él recibe los nombres, también en desuso, de aburelado o burielado. De origen incierto, el DLE aventura que quizá proceda del latín vulgar *burius ΄rojizo΄.

Caoba.- Color rojizo como el de la madera de la caoba, caobana o caobo, árbol americano cuya madera es muy apreciada.

Carmesí.- Rojo grana. Del árabe andalusí qarmazí ΄del color del quermes΄, insecto cuya hembra forma las agallitas que dan el color de grana al ser exprimidas.

Carmín.- Rojo encendido. Tomado del francés carmin, probablemente con el mismo origen que carmesí. Según apunta una hipótesis habría llegado al antiguo francés primero como *carme, a través de carmez, palabra usada en León ya en el siglo x. El color que tira a él es el acarminado o carminoso.

Carrubio.- En Venezuela, rojo oscuro, cercano al violáceo. Aparece en el Diccionario de americanismos (2010) con la marca de poco usado.

Cereza.- Rojo oscuro como el de la cereza, el fruto jugoso, dulce y comestible del cerezo. La locución al rojo cereza remite a algo de color rojo oscuro por efecto de la alta temperatura.

Cinzolín.- Violeta rojizo. Del francés zinzolin, a su vez del italiano giuggiolenna ΄sésamo΄, del árabe ğulğulān, por el tinte violeta que se obtiene de esta planta.

Colorado.- Rojo. Derivado del latín colorātus, de colorāre ΄colorar΄, dar color a una cosa o teñirla.

Columbino.- Color semejante al rojo amoratado de algunos granates.

Coral.- Rojo intenso semejante al del coral, el celentéreo cuya masa de naturaleza calcárea se emplea en joyería después de pulimentada.

Corinto.- Rojo oscuro, cercano a violáceo, semejante al de las pasas procedentes de uvas propias de la región griega de Corinto.

Encarnado.- Rojo. Del participio de encarnar. El encarnadino es a su vez el color encarnado bajo, poco vivo.

Escarlata.- Rojo intenso. Del árabe andalusí iškarlát[a], este del griego bizantino sigillâtos ‘tejido de lana o lino adornado con marcas en forma de anillos o círculos’, y este del latín [textum] sigillātum ‘[paño] sellado o marcado’.

Fresa.- Rojo semejante al de la fresa, fruto de la planta del mismo nombre de la familia de las rosáceas.

Fucsia.- Rosa intenso, semejante al de la flor de la fucsia, planta de adorno procedente de América del Sur, así bautizada en honor del médico y botánico alemán Leonhard Fuchs (1501-1566).

Grana.- Rojo semejante al de la grana, la materia colorante que se forma al exprimir la excrecencia o agalla que forma el quermes (ver carmesí).

Granate.- Rojo oscuro semejante al de una de las variedades del granate, una piedra preciosa. Del occitano antiguo o del catalán granat.

Grancé.- Rojo como el que resulta de teñir los paños con la raíz de la planta conocida como rubia o granza. Dicha raíz, una vez seca y pulverizada, sirve para preparar una sustancia colorante muy empleada en tintorería.

Grosella.- Rojo semejante al de una de las variedades de la grosella, el fruto del grosellero, cuyo jugo es medicinal y se emplea en bebidas y en jalea.

Gules.- Color heráldico que en pintura se representa por el rojo vivo. También existe la forma goles.

Herrumbroso.- Amarillo rojizo como el de la herrumbre, óxido del hierro.

Lacre.- Rojo semejante al del lacre, pasta sólida que se emplea derretido para cerrar y sellar cartas y en otros usos análogos. Del portugués lacre, variante de laca, uno de sus componentes principales.

Leonado.- Amarillo rojizo, como el del pelo de un león. También con la forma aleonado.

Magenta.- Rojo oscuro tirando a morado. Llamado así en alusión a la sangre derramada en la batalla de Magenta, 4 de junio de 1859, en la que las tropas sardo-francesas derrotaron al ejército austriaco.

Nogal.- Pardo rojizo, semejante al de la madera del nogal, árbol muy apreciado en ebanistería. El cocimiento de sus hojas se emplea en medicina.

Paco.- En la Argentina, Bolivia y el Perú se denomina así a un color rojizo o bermejo. Una de las cinco palabras homógrafas que recoge el DLE, esta se formó a partir del quechua p΄aqo ΄rojizo΄.

Punzó- Rojo muy vivo. Del francés ponceau ΄amapola silvestre΄, derivado de paon ΄pavo real΄, por comparación de los colores brillantes de la flor con los del ave.

Púrpura.- Rojo oscuro que tira a violeta. Es también uno de los colores heráldicos (ver Un paseo muy colorido).

Rodeno.- Color que tira a rojo. Se usa más referido a la tierra o a las rocas. Encuentra su origen en el latín ravĭdus ‘grisáceo’.

Rojizo.- Color que tira a rojo.

Rosa.- Rojo muy pálido, como el de la rosa común. Al color que tira a él se le llama rosáceo o rosado.

Rosicler.- Poéticamente es un rosa claro y suave, semejante al de la aurora. Del francés rose ΄rosa΄ y clair ΄claro΄.

Rosmarino.- Rojo claro. De roso y marino. Es voz que se encuentra en desuso.

Rubor.- Color encarnado o rojo muy encendido. En el diccionario académico lleva la marca de poco usado.

Rubro.- Rojo. Derivado del latín rubrus, es también poco usado.

Rufo.- Rubio o rojo. No hay que olvidar que hasta 1984 el DLE definía rubio como «de color rojo claro parecido al del oro».

Salmón.- Rojizo o rosado semejante al de la carne del salmón, el pez que remonta los ríos para desovar y cuya carne es muy apreciada. El color que tira a este otro recibe el nombre de asalmonado.

Sepia.- Rojizo claro semejante al de la tinta de la sepia, molusco cefalópodo comestible. Del latín sepĭa, y este del griego sēpía.

Sobermejo.- Bermejo oscuro. Palabra en desuso.

Solferino.- Morado rojizo. Tomado de la sangrienta batalla disputada entre franceses y austriacos el 24 de junio de 1859.

Tinto.- Rojo oscuro. Del latín tinctus, participio de tingĕre ‘teñir’.

La cita de hoy

«Ante la duda, viste de rojo».

Bill Blass.

El reto de la semana

¿Con qué africanos habría sido natural encontrarnos durante nuestro paseo de hoy?

(La respuesta, como siempre, en la página ‘Los retos’)

Un paseo muy colorido

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El Diccionario de la lengua española ofrece como primera acepción de color la de «sensación producida por los rayos luminosos que impresionan los órganos visuales y que depende de la longitud de onda». Una definición que, a juicio del paseante, probablemente se le quedará coja a la mayoría de los usuarios de nuestro idioma.

Porque los colores son en realidad mucho más que eso. Como señala Ana Cermeño en el artículo Colores en las letras, publicado en el último número de Archiletras, revista que desde estos paseos recomendamos gustosa y encarecidamente, están presentes en nuestra vida desde que nacemos y ejercen su influencia sobre los estados de ánimo, los sentimientos e incluso en la manera de razonar y de interpretar el mundo que nos rodea. Y es que, como también recuerda, hasta hablamos con colores, presentes en muchas expresiones y refranes de uso cotidiano.

Pasearemos hoy por cinco de ellos que no son de los que primero se nos vienen a la mente si nos piden que nombremos alguno, en un recorrido que nos llevará a cruzarnos con animales, plantas, minerales… e incluso con una receta de cocina. Confiemos en que nuestra caminata resulte ser de color de rosa y no nos haga mudar de color.

púrpura.- Color rojo oscuro que tira a violeta. Es uno de los cinco colores utilizados en la heráldica, donde es denominado también mixtión y se representa en pintura por el violeta y en grabado por líneas diagonales que van del ángulo superior del dibujo hasta el inferior izquierdo —desde la perspectiva de quien lo mira—.Encuentra su origen en el latín purpŭra, y este en el griego porphýra.

En un principio designaba a un molusco que segrega, en muy pequeña cantidad, una tinta amarillenta que al contacto con el aire se vuelve verde y finalmente pasa a ser de color rojo, rojo violáceo o violado. Después pasó a llamarse así también al propio tinte realizado con ella o con las de otros moluscos parecidos, como el ostro, la cañadilla, el conchil o el múrice. El Diccionario de autoridades (1737) señalaba que el más estimado era el de Tiro por ser perfectamente rojo, mientras que el de otras partes tiraba a violado.

El nombre se extendió a la tela teñida con púrpura que formaba parte de la vestimenta de emperadores, reyes, sumos sacerdotes, cónsules y cardenales a, así como a las propias prendas elaboradas con ella, y, por metonimia, a las respectivas dignidades de quienes las vestían.

Además de estas acepciones se llama así poéticamente a la sangre humana y en medicina a un estado enfermo caracterizado por hemorragias, petequias o equimosis —relacionado, pues, con la sangre—.

Como púrpura de Casio se conoce al oro en polvo finísimo, de color rojo tirando a pardo, que se hace precipitar de las disoluciones de sus sales mediante ciertas sustancias reductoras. Debe su nombre a su descubridor, el médico y alquimista alemán Andreas Cassius hijo (1645-c.1700).

marengo.- O gris marengo. Gris oscuro, cercano al negro. También es una tela de lana tejida con hilos de distintos colores, lo que le da el aspecto de la mezclilla.

Palabra incorporada al diccionario académico a finales del siglo xx —lo hizo en la edición de 1984—, adonde llegó desde el francés marengo, tomado de Marengo, ciudad italiana.

Esta localidad piamontesa fue en 1800 escenario de una batalla en la que Napoleón derrotó a las tropas austriacas, lo que conllevó que estas abandonaran la mayor parte del territorio italiano. Si bien la contienda no dio directamente nombre al color —lo que sí ocurrió, por ejemplo, con las batallas de Magenta o de Solferino—, hay quien lo asocia al del sobretodo de color gris que Bonaparte usaba y puso de moda —como el que luce mientras pasa revista a la Guardia Imperial en el cuadro La batalla de Jena de Horace Vernet —.

Sí se encuentra directamente ligada al combate que tuvo lugar el 14 de junio de 1800 otra acepción de marengo en francés: a la marengo, un plato compuesto por carne (generalmente ternera o pollo) cortada en trozos que se doran en aceite a fuego alto para terminar de cocinar a fuego lento después de agregar cebollas, ajo, tomates champiñones y vino blanco. Receta que el cocinero del entonces Primer Cónsul habría preparado aquel día con pollo y los ingredientes que pudo encontrar en las granjas de los alrededores.

Recoge el DLE también otro marengo, palabra homógrafa proveniente de mar y utilizada en Granada y Málaga con el significado de pescador u hombre de mar.

tabaco.- Si un animal está en el germen del color púrpura, una planta se encuentra en el de este color.

Se trata de una solanácea originaria de América, de fuerte olor y narcótica. Sus hojas, una vez curadas, se fuman o bien, reducidas a polvo —rapé o tabaco rapé—, se aspiran por la nariz.

Da nombre a un marrón semejante al de sus hojas curadas. También se conoce como atabacado. Cuando es claro se denomina habano.

Es un color muy presente en la sastrería taurina, pues es uno de los que se emplean a la hora de confeccionar los trajes de luces. Se asegura que el terno de color tabaco y oro es utilizado por los toreros que han alcanzado la madurez, prácticamente la plenitud. Es vestido —pues también se denomina así— que refleja la entrega y el oficio alcanzados.

Covarrubias (1611) atribuía a esta planta una procedencia fantástica: la habría descubierto el mismo demonio para dársela a sus sacerdotes. Más terrenal, el Diccionario de autoridades (1739) consideraba que tomó su nombre de la provincia donde se criaba o de una isla así llamada de la América Meridional. La edición de 1884 del diccionario académico se limitaba a decir que se trataba de una voz americana; en la de 1899 pasaba a ser una voz caribe; en la de 1992 se dice que su etimología es discutida; la de 2001 sitúa su origen en el árabe clásico tub[b]āq y la de 2014 lo corrobora, añadiendo que, antes del descubrimiento de América, se aplicó a la olivarda —también llamada atabaca y atarraga—, el eupatorio y otras hierbas medicinales que mareaban o adormecían.

azabache.- Tras el animal y el vegetal, turno ahora en este paseo del tercer reino tradicional de la naturaleza: el mineral.

Conocido asimismo como ámbar negro —y antiguamente también como gagate o gagates —, es una variedad de color negro del lignito, el carbón fósil cuya textura es con frecuencia similar a la de la madera de la que procede. Fácil de labrar y de pulimentar, se ha considerado como una piedra semipreciosa y es empleado en joyería y en escultura. La persona que lo trabaja o lo vende es conocido como azabachero.

Es palabra proveniente del árabe andalusí azzabáğ, que a su vez lo hace del árabe clásico sabağ, idioma al que llegó desde el pelvi šabag.

Históricamente podemos encontrar este término también con diversas formas, de las que azabaja y azabaje están recogidas en el DLE.

Como color es un negro intenso y brillante. Se emplea literariamente de manera laudatoria como comparación de cosas muy negras: ojos —«con sus ojazos de azabache». Juan Ramón Jiménez—; pupilas —«la pupila de azabache». Ricardo Güiraldes—; cabello —«el pelo algo desordenado y de azabache». Benito Pérez Galdós—; barba—«la barba de azabache tusada en rizos». Salvador Gonzále,z Anaya—; pestañas —«cabello, pestañas y barbas de azabache rojizo». Miguel Ángel Asturias—; cejas —«por esas cejas de azabache». Juan Ignacio González del Castillo—…

En el Perú este color es también conocido como chivillo

En el mundo de la tauromaquia se denomina azabache al color del pelaje de un toro de lidia que es una variedad del negro con un aspecto aterciopelado y una brillantez especial que produce un reflejo azulado.

cárdeno.- Del latín tardío cardĭnus, derivado de cardus ‘cardo’, por el color de sus flores.

El Diccionario de autoridades (1729) hacía referencia, no etimológica, al lirio y entre 1869 y 1914 el diccionario de la RAE lo citaba en la definición del color. Todavía hoy lirio cárdeno es otra forma de llamar a esta planta herbácea.

Poéticamente es asimismo conocido como livor.

Nombre de un color que nos va a permitir encontrarnos con varios más según avanzamos por él y por las palabras surgidas de este vocablo.

Comencemos por las acepciones que recoge el DLE. La primera es la de sinónimo de amoratado. Si hablamos de un toro, es el de pelaje de tonalidad grisácea formada por la mezcla de pelos blancos y negros sin formar manchas de ninguno de los dos. Y si se hace referencia al agua, la que es de color opalino, es decir, entre blanco y azulado con reflejos irisados.

De cárdeno deriva cardenilla, una uva menuda de color amoratado, y también cardenillo, que en un giro cromático es un color verde claro semejante al del acetato de cobre y también una materia verdosa o azulada que se forma en los objetos de cobre o sus aleaciones.

Por su parte, un cardenal es una mancha amoratada —que también puede ser negruzca o amarillenta— de la piel a consecuencia de un golpe u otra causa. Acardenalarse es salir al cutis manchas de color cárdeno, semejantes a las ocasionadas por golpes.

Finalmente, aunque se encuentra en desuso, se llama cardeña a una piedra preciosa de color cárdeno.

 

La cita de hoy

«Y es que en el mundo traidor

nada es verdad ni mentira:

todo es según el color

del cristal con que se mira».

Ramón de Campoamor.

 

El reto de la semana

Las palabras de hoy nos anuncian un reto muy lúdico. Al fin y al cabo, a lo que venimos aquí es a disfrutar y a jugar con todas, las que están en el diccionario y en ocasiones también con las que no. Así que estoy seguro de no equivocarme si apuesto a que serás capaz, sin necesidad de aplicar un gran celo en ello o de utilizar un punzón para escarbar en estas líneas, de encontrar los cinco colores que se nos han colado aquí.

 

(La respuesta, como siempre, en la página ‘Los retos’)

Un paseo muy casquero

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Hace ya cinco años dedicábamos un paseo visceral a un restaurante abierto pocas semanas antes: La Tasquería, la apuesta profesional y casi nos atreveríamos a decir que vital de un joven cocinero, Javi Estévez, con un planteamiento arriesgado —como todos los que merecen la pena, por lo tanto—: servir únicamente, o casi, platos que tuvieran como principal ingrediente algún elemento de casquería. Un local que, además, contaba ya a priori con la complicidad del paseante debido al juego de palabras que refleja su nombre.

La idea, audaz, como decíamos, consistía en recuperar la tradición «casquera» —y lo escribimos entre comillas porque la RAE no recoge este adjetivo en relación a la casquería— de Madrid a la vez que se daba una vuelta de tuerca para ponerla al día aprovechando todas las posibilidades que ofrece, en técnicas y productos, la gastronomía de nuestros días.

Cinco años después aquel proyecto es una realidad consolidada que cuenta incluso con el reconocimiento de una estrella Michelin. Y tras su reapertura tras el obligado cierre debido a la pandemia que nos afecta, los que nos enamoramos de este concepto y de sus creaciones desde que lo conocimos hemos tenido la suerte de poder disfrutar además del libro Casquería, editado hace apenas unos días por la editorial Montagud, en el que el chef nos muestra su filosofía, su cariño y su incesante búsqueda de renovación y de ir siempre un paso más allá en la búsqueda de nuevas formas de disfrute de unos productos que, a pesar de su tradicional consideración como humildes, cuentan con numerosos partidarios.

Pasearemos hoy, por lo tanto, por cinco palabras —con origen cuando menos interesante, como enseguida veremos— encontradas en las entrañas, nunca mejor dicho, de un libro que, ya ha quedado dicho, no se trata de un mero recetario y que demuestra que en ocasiones los sueños se cumplen. Con el deseo de que no sea el último de su autor y de que sigamos muchos años disfrutando con nuevas elaboraciones de estos productos que van encontrando cada vez más un reconocimiento que merecen por derecho propio.

chanfaina.- Palabra con una etimología que puede resultar curiosa a primera vista, pues consiste en una alteración del antiguo sanfoina, este del latín symphonĭa ‘concierto’, ‘música armónica’, ‘acompañamiento musical’, y este a su vez derivado del griego symphōnía.

Como ocurre a menudo en el mundo gastronómico se aplica este nombre a una serie de platos, similares en ocasiones pero no siempre coincidentes, según el ámbito geográfico del que se trate.

El DLE recoge tres: un guiso hecho de bofes o livianos —otros nombres que reciben los pulmones de la res—; en Málaga, uno compuesto de carne, morcilla o asadura de cerdo, en una salsa espesa hecha con aceite, vinagre, miga de pan, almendras, ajo, pimentón, orégano y tomillo; y, en Colombia, otro que se hace con carne de oveja en cordero.

Es precisamente en el español de América donde se dispara la variedad gastronómica con este nombre, además de la ya citada del país caribeño. Allí, según el Diccionario de americanismos (2010), encontramos:

En México, el pulmón, hígado y corazón guisados de cerdo y otro guiso elaborado con arroz y picadillo de menudencias de res.

En Bolivia, Chile y Argentina una comida que se prepara friendo sangre de animal con los menudos bien picados, y con cebolla, ají, pimienta, vinagre y limón o vino.

En Honduras, Nicaragua y Panamá otra hecha de mezclar o revolver varios alimentos, sobre todo vísceras de cerdo que, generalmente, se comen por separado.

Solo en Nicaragua también una con cabeza de cerdo

En Ecuador, un plato elaborado con vísceras y carne de cerdo, verduras y papas.

En El Salvador, un guisado de carne de cerdo o de res con vegetales bien picados.

Finalmente, en Guatemala se llama así tanto a una fritura de panza y menudos de res como a una salsa espesa hecha de vísceras trituradas con miltomate y chile verde, sazonada con comino, ajo, orégano y achiote.

morcilla.- Seguimos con otra palabra de etimología peculiar, en este caso más bien hipotética, pues el DLE aventura que «quizá» provenga de la raíz de morcón —la tripa gruesa de algunos animales que se utiliza para hacer embutidos—, voz que «quizá» sea prerromana.

En cuanto a su definición, dice que es un trozo de tripa de cerdo, carnero o vaca, o materia análoga, rellena de sangre cocida, que se condimenta con especias y, frecuentemente, cebolla, y a la que suelen añadírsele otros ingredientes como arroz, piñones, miga de pan, etc.

Como ocurre con la chanfaina son numerosas las versiones de este embutido. En su Diccionario de gastronomía (1985) Carlos Delgado incluye hasta diecinueve modalidades que incluyen ingredientes tan variados como arroz; papada de cerdo; canela; frutos secos; calabaza; pella —manteca de cerdo—; higos; azúcar; boniato; anís; pasas; patata…

Antiguamente se llamaba asimismo morcilla a un trozo de carne envenenada utilizado para matar perros. De ahí la locución dar morcilla, con los sentidos de matar con ella y de, más suavemente, dar la lata, resultar molesto.

Por su parte, decirle a alguien que le den morcilla es una muestra de rechazo y desprecio, mientras que repetirse más que —o como la morcilla hace referencia al hecho de insistir en algo, de hacer o decir lo mismo de manera reiterada.

Finalmente, también se denomina morcilla, de manera coloquial, a la palabra o frase improvisadas fuera del guion que añade un actor a su papel al representarse un espectáculo.

gallinejas.-  Vocablo que perfectamente podía haber encontrado acomodo en el paseo que titulamos De Madrid… al diccionario, pues es tenido como el único plato que solo se vende y se consume en la Villa.

Siguiendo el discurrir de orígenes curiosos que nos marca el sendero de las palabras de nuestro paseo de hoy, encontramos que el de esta poco, o nada, tiene que ver con su realidad actual.

El diccionario de la RAE la define como tripas fritas de cordero o de cabrito, y que antes procedían de otros animales, que constituyen un plato popular de Madrid.

Pero esto no fue así hasta la última edición, la llamada del Tricentenario. Cuando la Academia recogió esta voz, en la edición de 1914, la definió como «tripas fritas de gallina y otras aves que se venden en los barrios extremos de Madrid». Esta redacción se mantuvo hasta la de 1984, en la que se sustituyó por «tripas fritas de gallinas y otras aves, y a veces de otros animales, que se venden en las calles o en establecimientos populares». Una de cal y otra de arena: se reconoce que pueden proceder de otros animales —lo que era una realidad, el cordero, desde hacía al menos más de un siglo—, pero se elimina la referencia a Madrid.

Finalmente, en 2014 se recoge ya la definición susomentada, mucho más correcta que las anteriores y por la que, según recordaba el entonces director de la RAE, Víctor García de la Concha, en la nota necrológica que escribió para el boletín de la institución, tanto batalló al final de sus días Camilo José Cela, en cuyos escritos, libros y artículos periodísticos, pueden rastrearse varias referencias a las gallinejas, si bien, eso sí, cayendo hasta 1997 en el mismo error de atribución de su origen en el que había incurrido la Academia durante décadas.

tuétano.- Posiblemente el producto de casquería que más se haya revalorizado —«puesto de moda», asegura Javi Estévez— en los últimos tiempos.

Se trata de la médula, la sustancia blanca del interior del hueso.

También se llama así a la parte interior de una raíz o tallo de una planta.

En un principio el DLE decía que derivaba del latín tūtus ΄defendido΄, ΄resguardado΄. Posteriormente, y así lo mantiene, estableció que procede de tútano, otra forma de llamarlo, hoy en desuso, que a su vez tendría su origen en la onomatopeya tut.

Ahora bien, si, tal y como dice el propio diccionario, una onomatopeya es la formación de una palabra por imitación del sonido de aquello que designa, cabe preguntarse si esa sustancia suave, tierna y mantecosa —como la definía el Diccionario de autoridades (1739)— realmente suena y si lo hace así.

La respuesta nos la ofrece Corominas. Asegura que tut es la imitación del sonido de un instrumento de viento. De ΄corneta΄ se pasó a ΄tubo΄, luego ΄agujero interior del hueso y, finalmente, el contenido de este. ΄

Las locuciones hasta el tuétano o hasta los tuétanos, que se suelen aplicar a sentimientos o actitudes, tienen el sentido de profundidad, de intensidad, de completitud.

Por su parte, sacarle los tuétanos a alguien significa sacarle el alma, aprovecharse económicamente de una persona haciéndole gastar cuanto tiene.

hígado.- Víscera voluminosa, propia de los animales vertebrados, que en los mamíferos tiene forma irregular y color rojo oscuro, está situada en la parte anterior y derecha del abdomen y desempeña varias funciones importantes, entre ellas la secreción de la bilis.

Junto con el corazón, los pulmones y la tráquea conforman la pieza de casquería conocida como asadura.

También se llama así a una glándula de diversos invertebrados que cumple funciones similares.

El de los animales pequeños, particularmente de las aves, recibe el nombre de higadillo.

Voz documentada en nuestra lengua por vez primera en 1335, si bien desde mediados del siglo xiii se empleaba la forma antigua fégado, hoy desaparecida.

Del latín vulgar ficătum, y este del latín [iecur] ficātum ‘[hígado] alimentado con higos’, alterado, como indica Corominas, por influjo de la denominación griega correspondiente sykōtón —derivada de sŷkon ‘higo’— imitado en latín vulgar con una pronunciación sýcotum.

Esta denominación se explica por la costumbre de los antiguos de alimentar con higos a los animales cuyo hígado comían.

Se usa también, generalmente en plural, con el significado de ánimo, valentía.

En algunos países americanos se denomina hígado coloquialmente y de manera despectiva a una persona desagradable, molesta, mientras que en Cuba se dice que la persona que está malhumorada tiene el hígado a la italiana o a la vinagreta y caer como un hígado a alguien es darle cien patadas, disgustarle mucho.

 

La cita de hoy

«Nada es lo mismo, nada permanece. Salvo la historia y la morcilla de mi tierra: se hacen las dos con sangre, se repiten».

Ángel González.

 

El reto de la semana

¿Qué sustancia que, jugando con las palabras, podríamos decir que tiene nombre de letra que nos cuenta su origen, seguro que nos encontramos en un paseo por productos de casquería?

(La respuesta, como siempre, en la página ‘Los retos’)

Paseando con el Bestiario del norte

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Llegaba esta semana la noche de san Juan, la noche más mágica del año, cargada una vez más de tradiciones, rituales y costumbres que enlazan nuestra cultura actual con las celebraciones ancestrales en las que se conmemoraba el solsticio de verano.

Una noche apropiada para pasear por ella con los seres fantásticos que nos presenta el Bestiario del norte, la última criatura por ahora de nuestra imprescindible editorial La Felguera. Un recorrido por Galicia, Asturias, Cantabria y el País Vasco siguiendo las huellas que a lo largo de los siglos han ido dejando en su imaginario colectivo los personajes que se nos aparecen en estas páginas.

Protagonistas de sendas mitologías en las que tanto el clima como el propio paisaje resultaron determinantes en su creación, en la consolidación a través del tiempo de un mundo oculto a los ojos pero no por ello menos real que sirvió durante generaciones como instrumento para interpretar la realidad. Y como quiera que las palabras no le hacen ascos a lo que no es visible y que, como nos recuerda Héctor Urién, no hay nadie que no tenga interés en las historias, ese universo escondido en las mentes se transmitió de manera oral a través de leyendas que vienen a confirmar lo que ya aseveraba el antiguo proverbio vasco: Izena dunen guztia omen da ΄Todo lo que tiene nombre existe΄.

Retomando la senda de los paseos con seres imaginarios que ya recorrimos en un par de ocasiones en su momento, caminaremos hoy por palabras relacionadas con estos entes norteños, reflejo de una realidad cultural a la que el racionalismo hace ya mucho que desterró a las recónditas cuevas subterráneas que sirven de morada a muchos de ellos.

cuélebre.- Ser propio de la mitología asturiana cuyo rastro podemos encontrar también en la región del Bierzo. Se trata de una gran serpiente alada que tiene como misión la protección de tesoros y de personajes que han sufrido algún tipo de encantamiento. Su piel es de una tremenda dureza, lo que le convierte prácticamente en invulnerable —solo se le puede matar hiriéndolo en la garganta o dándole de comer algo que no pueda digerir—. Con el tiempo le crecen alas semejantes a las del murciélago, lo que le confiere el aspecto de dragón con el que le define el Diccionario de la lengua española.

Recibe también los nombres de cúlebre, culebre, culiebre, culiebra o culebra.

El nombre procede del latín colŭber, -bri ΄culebra΄.

Animal este, por cierto, que encuentra acomodo también entre las páginas del DLE en otra representación mitológica: la chichintora, a la que el imaginario popular en El Salvador atribuye la capacidad de volar. Curiosamente esta acepción como animal fantástico, presente en el texto académico desde la edición de 2001, no figura en el Diccionario de americanismos (2010), que solo recoge esta palabra con el sentido metafórico, empleado también en El Salvador, de persona enfadada o colérica y como variante léxica, en Honduras, de chichintor, un tipo de serpiente.

El cantante español Víctor Manuel, oriundo de Asturias, le dedicó en 1978 al cuélebre una conocida canción.

meiga.- El único personaje del libro —salvo, acaso, el hombre pez de Liérganes— que no es un ser fantástico.

Según el DLE se trata de una persona que, siguiendo la opinión vulgar, tiene pacto con el diablo y, por ello, poderes extraordinarios.

Sin embargo, a pesar de haber sido retratadas tradicionalmente como seres malévolos, las meigas solían ser curanderas o sanadoras, demonizadas y perseguidas por vivir al margen de la ortodoxia. De hecho, como dejó dicho el entonces presidente de la Real Academia Gallega, Domingo García Sabell, la Inquisición no realizó procesos de brujería en Galicia, pues allí no había brujas: había meigas.

Es personaje notorio de la mitología de esta región, a pesar de lo cual hasta 2001 el diccionario académico circunscribía la figura a León. Ese año incluyó a la ya mencionada Galicia y a Asturias.

Cuando la RAE incorporó este término en 1925 señalaba que tenía el mismo origen que médico, es decir, el latín medĭcus, pero actualmente considera que procede del también latín magĭcus ΄mágico΄.

Su nombre ha dado lugar a una expresión proverbial: «Haberlas, haylas», en ocasionas precedida por «no creo en ellas, pero…». Se utiliza cuando no se desea comprometer la propia opinión en algo que, en el fondo, se tiene por seguro o bien cuando algo que en principio resulta ilógico parece mostrar visos de realidad.

carbonero.-  Del latín carbonarius, en última instancia de carbón, del también latín carbo, ōnis.

Palabra documentada en nuestra lengua ya a fines del siglo xv, hace referencia a la persona que hace o vende carbón. Ha dado lugar a diferentes personajes mitológicos en una tradición que se extiende a muchos pueblos, como Baviera o el Tirol, por ejemplo, en los que el bosque, donde se producía el carbón vegetal, desempeña un papel importante.

En el norte de España encontramos en el ámbito vasco-navarro al olentzero, nombre que según una hipótesis muy extendida significaría tiempo de lo bueno, a partir de las palabras vascas onen ΄bueno΄ y zaro ΄época΄.

Gigante mítico de las montañas, a lo largo de su secular historia ha adoptado numerosas formas. Asociado en un principio a los festejos del solsticio de invierno, la cristianización de su entorno terminó por convertirlo en una especie de Santa Claus que en la nochebuena reparte regalos a los niños que se han portado bien y carbón a los que han sido malos.

A su vez, en Galicia el apalpador, también llamado Pandingueiro, es también un carbonero, un gigante pelirrojo, que baja de la montaña la noche del 24 o del 31 de diciembre para tocar —palpar—, la barriga de los niños para comprobar si han comido bien durante el año. A los que se hayan alimentado correctamente les deja un montoncito de castañas y algún regalo; a los que no lo hayan hecho, el consabido carbón.

libélula.- Insecto del orden de los odonatos, de cuerpo esbelto, largo y con llamativos colores. Tiene dos pares de alas, que mantiene en posición horizontal cuando se posa, Vive en cursos de agua.

Deriva del latín científico libellula, diminutivo de libella ΄balanza΄—que a su vez lo es de libra— porque se mantiene en equilibrio en el aire.

En nuestro idioma recibe también los nombres de aguacil y alguacil en la Argentina y el Uruguay; caballito de san Vicente en Cuba y Honduras; chapul en Colombia; gallego y gallito en Costa Rica; matapiojos en Chile y Colombia; pipilacha en el entorno rural nicaragüense y robapelo, coloquialmente, en Ecuador.

Muchos hablantes la llaman también caballito del diablo —fenómeno que, curiosamente, se da también en catalán con la libèl·lula y el cavallet del diable—, aunque se trata en realidad de otro insecto, del que se distingue porque este es algo más pequeño y además pliega sus alas cuando se posa.

Viene esto a colación porque en tierras cántabras se aparecen, precisamente solo en la noche de san Juan, los caballucos del diablo. Son siete espíritus con aspecto de grandes libélulas, que provienen del infierno. Viven en cuevas recónditas y en su salida anual durante el solsticio de verano se dedican a quemar y pisotear los sembrados de los labradores. Lo que les está vedado es acercarse a las hogueras que se encienden esa noche, pues se trata de un fuego sagrado y purificador.

lamia.- Volvemos al País Vasco para  cerrar nuestro paseo con un ser híbrido al que allí atribuyen forma de hermosa mujer en su parte superior y de gallina, cabra o pato, según los lugares, en la inferior.

Del latín lamia, con el mismo sentido, el DLE la define escuetamente como una figura terrorífica de la mitología, con rostro de mujer hermosa y cuerpo de dragón.

Como ya nos ha ocurrido en otras ocasiones a lo largo de estos paseos en el Diccionario de autoridades (1734) encontramos una definición mucho más literaria que, una vez más, el paseante no se resiste a transcribir en su redacción original:

«Voz que entre los Antiguos tuvo varias significaciones. Unos juzgaron que era demónio en figura de muger, que con halagos atrahía a los hombres para devorarlos. Otros que era una especie de fiera en el África, con el medio cuerpo superior de muger hermosa, y el inferior de dragón, que tambien atrahía y devoraba los hombres: y otros que era una muger hechicera que se comía o chupaba los niños, lo que corresponde oy a nuestras bruxas».

No debe confundirse con la palabra homónima, derivada en este caso del latín amia, que da nombre a una especie de tiburón presente en los mares españoles.

Tampoco con la que figuraba en las ediciones del lexicón académico correspondientes al siglo xviii con el significado de mujer pública o ramera.

 

La cita de hoy

«Los mitos no son símbolos, ni pinturas estilizadas, ni puras creaciones poéticas o literarias; los seres míticos son una parte de la realidad circundante, como el árbol, el monte, el arroyo o la muchacha que va a la fuente».

Julio Caro Baroja

 

El reto de la semana

Dado que el paseo transcurre en una noche mágica poblada por seres fantásticos ¿qué planta, sobre la que corrían en la Antigüedad numerosas fábulas —y en la que muchos quieren ver forma humana— no habría sido extraño encontrarnos hoy?

 

(La respuesta, como siempre, en la página ‘Los retos’)

Un paseo al compás de las Grandes Horas de Rohan

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Arte y religión han caminado de la mano desde sus mismos inicios; desde que las más esquemáticas y primitivas manifestaciones de aquel trataban de plasmar lo que entonces estaba en íntima conexión con la magia. No tanto porque tuvieran indefectiblemente que ver entre sí como por el hecho de cada uno acabaría por resultar determinante en la evolución del otro. En la tradición europea, pródiga en ejemplos de esto que decimos, sin duda el más hermoso de los concernientes a nuestro mundo de las palabras lo constituyen los libros de horas.

También llamados horarium en latín, los libros de horas eran devocionarios que organizaban los rezos de determinadas oraciones a lo largo del día siguiendo el orden de las horas canónicas. Se realizaban, generalmente por encargo, exclusivamente para un destinatario, por lo que no existen dos que sean iguales. Manuscritos iluminados, en ellos jugaban un papel destacado las ilustraciones, que contribuían a hacer comprender el significado de unas oraciones cuyo texto en latín no siempre era perfectamente entendido.

Recordaba todo esto el paseante mientras recorría las páginas de uno de los mejores regalos que ha recibido en los últimos tiempos: el facsímil de Las Grandes Horas de Rohan, ejemplar del siglo xv cuyo conjunto ilustrativo, que incluye el empleo de la escritura como elemento ornamental tanto en filacterias como en las vestiduras de Dios presentes en muchas de las imágenes –como la que encabeza este paseo, que muestra ambas posibilidades−, lo convierte en un verdadero hito artístico dentro de este tipo de libros.

Pasearemos hoy por cinco palabras encontradas en los estudios publicados con ocasión de la citada edición facsimilar de una pieza magnífica que aún en nuestros días permanece envuelta por las brumas del misterio en lo referente a cuestiones como su comitente, el destinatario original, la fecha exacta de su creación, la identidad del Maestro de Rohan y de quienes colaboraron con él…

intemerata.- Del latín intemerāta ‘no manchada, no contaminada’.

El DLE nos dice que se utiliza coloquialmente para indicar que algo ha llegado a lo sumo. Así, se predica de lo que es lo mejor en su línea, pero también, y más frecuentemente, se dice que dura la intemerata aquello que se prolonga demasiado en el tiempo, que parece que no va a terminar. Incluso algo que siendo agradable termina por cansar o desagradar debido a su excesiva duración.

Este sentido tiene que ver con las llamadas letanías lauretanas, que se recitan al finalizar el rezo del rosario y en las que Mater intemerata es una de las invocaciones que se hacen a la Virgen, y con el hecho de que letanía tenga también como significados coloquiales el de lista o enumeración continuada de muchos nombres o locuciones y el de insistencia larga y reiterada.

El Diccionario manual de la RAE definía en 1927 intemerata como un barbarismo empleado en el Perú con el significado de temeridad, en lo que parece un ejemplo de homonimia parasitaria, que se da cuando una palabra se emplea con el significado de otra con la que no comparte más que una cierta estructura fonética.

O intemerata ‘Oh inmaculada’ era una oración que se dirigía a la Virgen pidiendo su intercesión para conseguir el perdón de los pecados. Era frecuente su presencia en los libros de horas –algunos de los cuales atribuían su autoría al papa Juan XXII−, habitualmente ilustrada con el tema de la Piedad.

rosario.- Rezo de la Iglesia católica dedicado a la Virgen. Consta de quince partes iguales, compuesta cada una por un padre nuestro, diez avemarías y un gloriapatri, que conmemoran los misterios principales de su vida y de la de Jesucristo. A ellas se añaden las antes citadas letanías.

También se denomina así a una sarta de cuentas, unida por sus dos extremos a una cruz, que se utiliza para rezarlo ordenadamente, entero o parte de él. Por extensión también adquiere el sentido de serie, relación de cosas relacionadas entre sí.

La RAE establece que procede del latín medieval rosarium, y este del latín rosarium ‘rosaleda’. Más poética resulta la etimología propuesta por Moliner: de ‘rosa’, bien por las veces que en las letanías se aplica este nombre a la Virgen, bien porque metafóricamente se considera todo el rezo como un ramo de estas flores dedicado a ella.

El DLE recoge también otras dos acepciones de esta palabra que no tienen carácter religioso y que aparecían ya en el Diccionario de autoridades (1737): una forma coloquial de referirse al espinazo de los vertebrados y una máquina elevadora compuesta de tacos o de cubos que dan vuelta sobre una rueda como las vasijas de una noria.

El refrán el rosario al cuello, y el diablo en el cuerpo hace referencia a la hipocresía, previniendo contra la falsa virtud que esconde una intención peligrosa, mientras que la locución acabar como el rosario de la aurora significa terminarse algo de manera violenta o tumultuosa.

querubín.- En la tradición católica, en la que se enmarcan los libros de horas, cada uno de los seres que ocupan el segundo de los nueve niveles o coros de la jerarquía angelical.

También es sinónimo de serafín, en su acepción de persona de singular hermosura. Moliner señala que particularmente un niño. De ahí que se suela asociar a los querubines con los amorcillos, representaciones artísticas de niños desnudos y alados, generalmente portadores de un emblema del amor, que en realidad no tienen connotación religiosa.

Del latín tardío Cherŭbim o Cherŭbin, y este del hebreo kĕrūb[īm] ‘próximo[s]’.

También existen en nuestra lengua las formas querub y querube, a las que el DLE marca como poéticas, y antiguamente se empleó asimismo cherubin o chérubinquerubín no se consideró palabra aguda hasta la edición de 1884 del lexicón académico−, en la que el propio Diccionario de autoridades (1729) indicaba que la ch debía pronunciarse como k.

No son los querubines del cristianismo, sin embargo, los únicos que podemos encontrar en la historia de las religiones. El Diccionario de los símbolos (1997), de Juan Eduardo Cirlot, nos recuerda que los Cherub o Kirubi que se levantan a la puerta de palacios y templos asirios no eran sino gigantescos pantáculos que los sacerdotes ponían como «guardianes del umbral». A su vez, el Cherub egipcio era una figura con muchas alas y recubierta de ojos, emblema de la religión, del cielo nocturno y de la vigilancia.

antífona.- Del latín tardío antiphōna ‘canto alternativo’, y este del griego antiphnē ‘que suena en contestación (a algo)’, a su vez de phōn ‘voz’.

Hasta la edición de 1791 el diccionario académico recogía también la forma antíphona.

Pasaje breve, por lo general versículos de la Biblia, que se reza o canta en la misa o antes y después de los salmos y de los cánticos en las horas canónicas, las diferentes partes del oficio divino, la oración estructurada que en la iglesia católica se reza a lo largo del día. Las antífonas tienen relación con el oficio propio del día.

El DLE hace mención expresa de dos de ellas: asperges, del latín asperges ‘rociarás’, primera palabra de la que recita el sacerdote al rociar con agua bendita el altar y a la congregación de fieles, y ofertorio, del bajo latín offertorium, dicha por el sacerdote antes de ofrecer la hostia y el cáliz.

La persona encargada en el coro para entonarlas es denominada antifonero.

De esta voz derivan también antifonal y antifonario, nombres que recibe el libro de coro en que se contienen las antífonas de todo el año.

Tanto antífona como antifonario comparten una segunda acepción coloquial: nalgas. Con este sentido aparece ya en la Crónica burlesca (1529) en la que Francés o Francesillo de Zúñiga (h. 1480-1532), escritor y bufón de Carlos v, reflejó el ambiente cortesano desde una visión satírica y grotesca sin parar mientes ante la alcurnia de ninguno de los protagonistas. Este atrevimiento le costó perder el favor real. Algún tiempo después moriría violentamente en su Béjar natal en circunstancias todavía hoy no esclarecidas.

filacteria.- Cada una de las dos pequeñas cajas o envolturas de cuero que contienen tiras de pergamino con ciertos textos del Pentateuco, y que los judíos llevan sujetas con tiras de cuero, una al brazo izquierdo, a la altura del corazón y otra a la frente durante las oraciones matutinas de los días hábiles, aunque muchos ortodoxos las emplean a lo largo de todo el día.

Esta práctica está relacionada con cuatro pasajes de la Torá, el libro judío de la ley, que se corresponde con los cinco que forman el Pentateuco en el Antiguo Testamento: Éxodo 13, 1-10 y 11-16 y Deuteronomio 6, 4 y 11, 13-21.

Filacteria tiene también los significados de amuleto o talismán que empleaban los antiguos y de cinta con una inscripción, leyenda o lema, superpuesta, incrustada o pintada en escudos, sellos, epitafios, pinturas, tapices, esculturas, etc.

Procede del latín phylacterĭa, plural de phylacterĭum, tomado del griego phylaktrion, derivado de phylássein ‘preservar, proteger’.

De esta voz surge, a través del antiguo filateria, filatería. Se llama así tanto a la palabrería que utilizan los embaucadores para engañar o persuadir de lo que quieren como a un exceso de palabras empleadas para intentar dar a entender un concepto. Además, en Ecuador hace referencia a la abundancia de palabras rebuscadas.

Como filatero se conoce a la persona que tiene por costumbre usar de filatería. Antiguamente también recibía este nombre en germanía, la jerga delincuencial, el ladrón que hurtaba cortando alguna cosa.

 

La cita de hoy

«El Maestro de Rohan es uno de los protagonistas absolutos del final del arte medieval. Por su capacidad de conectar con las angustias de la humanidad en un momento crítico es, además, el artista medieval más moderno, el miniaturista más cercano a la sensibilidad del hombre contemporáneo».

Javier Docampo Capilla

 

El reto de la semana

¿Con qué planta, que tiene dos nombres que corresponden a sendos animales: uno mitológico y el otro una cría, nos hemos topado en nuestro paseo de hoy por el jardín del diccionario? Pista: uno de esos animales nos lo hemos encontrado en el mismo momento en que hemos tenido Las Grandes Horas en nuestras manos, mientras que el otro nos esperaba, a punto de morir, en la ilustración dedicada a uno de los santos.

(La respuesta, como siempre, en la página ‘Los retos’)

Un paseo paleográfico

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Salía el otro día a colación, en una de esas conversaciones telemáticas a que nos obliga el recogimiento forzado por la pandemia, el celebérrimo discurso de Steve Jobs en la Universidad de Stanford. Y el paseante recordó especialmente la parte que habla de unir los distintos puntos y cómo el curso de caligrafía al que asistió cuando decidió abandonar los estudios universitarios –sin albergar la menor esperanza de que aquello le fuera a resultar de aplicación práctica en la vida− se convirtió en la base de que hoy los ordenadores tengan distintos tipos de tipografías.

Y como es cierto que la vida debe vivirse hacia delante, pero solo puede ser comprendida mirando hacia atrás, según aseguraba Kierkegaard, el paseante se acordó también al hilo de ello de unas lecciones de introducción a la paleografía a las que asistió en su momento por mero gusto, sin buscar otra utilidad que aprender un poco sobre ella. Una disciplina para la que no resulta suficiente la definición que encontramos de ella en el diccionario atendiendo a su propia etimología: «ciencia de la escritura y de los signos y documentos antiguos». Porque hoy la paleografía ha evolucionado desde un concepto de «paleografía de lectura» de textos antiguos –ampliándose además hasta el mismo siglo xix la extensión de este sentido, que anteriormente llegaba solo hasta la Edad Media− al de «paleografía de análisis», por lo que podemos definirla más exactamente como la ciencia que estudia la historia social de la historia escrita.

Ni que decir tiene que todo campo al que se asoma el paseante inspira en él un interés por sus palabras propias, por lo que en esa ocasión no tardó en tener en su estantería el libro Vocabulario científico-técnico de paleografía, diplomática y ciencias afines, obra del padre Ángel Riesco terrero, uno de los mayores exponentes en España del tema que hoy inspira nuestro paseo.

Pasearemos hoy por cinco términos encontrados entre las páginas de este diccionario que en su propio título deja ya clara la estrecha relación que la paleografía mantiene con otras disciplinas como, además de la susomentada diplomática, la historia, la archivística, la codicología, la sigilografía, la heráldica…, mientras echamos nuestro particular cuarto a espadas por una ciencia de la que apenas quedan en España unas decenas de profesores y sin la cual resultaría imposible esa comprensión de la vida a la que se refería el filósofo danés.

viril.- No se trata aquí del término que hace referencia a lo relativo o perteneciente al varón, sino de otro, homógrafo, que da nombre a la caja de cristal con cerquillo de oro, plata, platino u otro metal precioso, o simplemente dorado, destinada a albergar la hostia consagrada para su adoración y que se coloca en la custodia para la exposición del Santísimo. También puede contener reliquias, en cuyo caso se coloca en un relicario.

Se llama también así a un vidrio muy claro y transparente que se pone delante de algunas cosas para preservarlas, permitiendo que puedan ser vistas.

Por extensión se denominó de esta manera a una vidriera colocada en las ventanas o luces de un edificio.

Asimismo, se utilizó metafóricamente para referirse a los ojos, como podemos leer en autores del Siglo de Oro, Góngora y Calderón de la Barca entre ellos.

Según Corominas deriva del antiguo beril ‘berilo’ –forma con la que el nombre de este mineral figuró en el diccionario académico hasta 1922−, por comparación con lo translúcido de esta piedra preciosa. El DLE atribuye actualmente su origen al bajo latín virile, del griego bizantino bryllos ‘berilo’.

Relacionadas con ella encontramos las palabras lúnula –del latín lunŭla, diminutivo de luna ‘Luna’−, en su acepción de soporte para el viril de la custodia, y ostensorio –del también latín ostensus, participio pasado de ostendĕre ‘mostrar’− en su significado de parte superior de la custodia, donde se coloca el viril.

ulfilana.- Adjetivo que se aplica a una letra, un alfabeto –en masculino entonces− o una escritura del antiguo gótico, la lengua germánica oriental que hablaban los godos.

Su creación, desarrollo y divulgación se atribuye al padre espiritual de este pueblo, el obispo arriano Ulfilas (c. 311-383) o Wulfilas –de ahí que también se encuentre en ocasiones la forma wulfilana, no recogida en el diccionario académico−, de quien tomó el nombre.

Hombre culto y de buena formación, además de su lengua nativa dominaba el latín y el griego, lo que se refleja en este tipo de escritura híbrida, integrada principalmente por caracteres y signos numéricos, tanto de una como de otra lengua, y alguno rúnico.

En España la mayoría de los libros manuscritos en letra ulfilana desaparecieron –muchos fueron quemados− durante la dominación visigoda en tiempos de Recaredo y solo quedan muestras de ella en inscripciones lapidarias, documentarias o en algunas monedas.

Como ya ha quedado dicho, el también llamado apóstol de los godos era arriano, es decir, partidario del arrianismo –voz que cuenta con su propia entrada en el DLE desde la edición de 1817−, doctrina que rechazaba que Cristo participara de la misma naturaleza que Dios, por lo que negaba su divinidad. El nombre deriva de Arrio, sacerdote heresiarca norteafricano que vivió a caballo entre los siglos iii y iv, quien fue el principal propagador de esta concepción.

poridad.- Si nos paseamos por la última edición del Diccionario de la lengua española veremos que esta voz remite a puridad, sin especificar que no se refiere a la primera acepción de esta –la cualidad de lo puro−, sino a las dos siguientes, hoy en desuso: «cosa que se tiene reservada u oculta» o «reserva, sigilo».

Ambos términos comparten su origen: el latín purĭtas, -ātis.

Más claro quedaba su significado ya en el Diccionario de autoridades (1737): «lo mismo que secreto», sentido que expone también el Diccionario del español jurídico (2016), que señala además su carácter de desusado en nuestros días.

En lo que a la paleografía se refiere –el hilo conductor de nuestro paseo de hoy, al fin y al cabo− en esta última obra encontramos la Cancillería de la Poridad, un órgano, en la Corona de Castilla, de expedición y guarda de documentos que por su materia o personas implicadas requerían de un especial sigilo en su expedición, sello y custodia. Documentos públicos pero reservados o secretos en cuanto a la naturaleza o contenido que, a juicio del monarca, debían tramitarse y resolverse sin necesidad de recurrir a la cancillería general.

A su frente se encontraba el canciller del sello de la poridad −«de la puridad» dice el DLE−. Persona allegada al rey en cuanto a su fidelidad y confianza, este puesto fue suprimido en 1496, pasando el sello a las secretarías de los consejos y posteriormente al ministerio correspondiente que lleva los asuntos de gracia y justicia.

alcabala.- Tributo que se pagaba al fisco consistente en un porcentaje del precio de las cosas objeto de compraventa, contrato en el que era satisfecho por el vendedor, o permuta, en cuyo caso era abonado por ambos contratantes.

Del árabe andalusí alqabála, según la Academia. Corominas propone qâbala ‘adjudicación de una tierra mediante pago de un tributo’, ‘contribución’, de la raíz q-b-l ‘recibir’, ‘alquilar una tierra’. De ahí surge también el italiano gabella, de donde el castellano gabela ‘tributo, impuesto, contribución que se paga al Estado’.

El diccionario académico recoge además la alcabala del viento –o ramo de viento− un tributo que pagaba el forastero por los géneros que vendía, pero no la alcabala del mar, que era un impuesto indirecto sobre transacciones comerciales que se pagaba en las aduanas y afectaba a las transacciones de artículos extranjeros; la alcabala del diezmo, impuesto indirecto que gravaba el diezmo eclesiástico. Su porcentaje varió según la época, oscilando entre el 5 y el 10 %; ni, en fin, la alcabala de Indias, impuesto indirecto sobre las transacciones que se fue imponiendo progresivamente en los territorios americanos, generalizándose desde la segunda mitad del siglo xvi.

De esta voz deriva alcabalatorio, adjetivo que podía aplicarse a un libro que recopilaba las leyes y ordenanzas concernientes al modo de repartir y cobrar las alcabalas; a una lista o un padrón que servía para el repartimiento de las alcabalas; o al territorio que dependía de un alcabalero, que era a su vez el administrador o cobrador de estas.

 lábaro.- Comenzó siendo un estandarte que usaban emperadores romanos cuando salían de campaña. Lujosamente ornamentado –llevaba incluso piedras preciosas−, precedía al emperador y consistía en una lanza con un palo atravesado en lo alto de ella, del que pendía un trozo de rica tela de púrpura, bordada de oro y guarnecida por una franja, con un águila pintada o también bordada de oro en su centro, el nombre del emperador y el de alguna empresa suya.

Más tarde el emperador Constantino ordenó sustituir el epígrafe, poniendo en medio de él una cruz con el alfa y la omega de los griegos y por timbre, en lo alto del asta, el nombre de Cristo cifrado en las dos letras dos primeras letras de su nombre en ese idioma: ji y ro. De ahí que hoy conozcamos como lábaro el monograma formado por la cruz y esas letras.Posteriormente, por extensión, también se llamó así a la cruz sin el monograma.

Voz documentada por vez primera en nuestra lengua hacia 1600, procede del latín tardío labărum.

Una leyenda, que cabe calificar cuando menos de pintoresca y a la que no resultó ajeno el jesuita Manuel de Larramendi (1690-1766), impulsor de la lengua y la cultura vascas durante la época de la Ilustración, propugna que Constantino, la víspera de la trascendental batalla de Puente Milvio, reconoció en el lauburu del estandarte de una cohorte vascona el signo que se le había aparecido poco antes en el cielo con la leyenda in hoc signo vinces ‘con este signo vencerás’. Así, habría ordenado elaborar estandartes con esa figura para todas sus cohortes y desde entonces estandarte se habría dicho en latín labarum.

 

El dicho de hoy

«Verba volant, scripta manent».

«Las palabras vuelan, los escritos permanecen».

 

El reto de la semana

¿Qué adjetivo, que hace referencia en realidad a un autor que escribe juicios sobre el comportamiento humano, podría hacernos pensar, al verlo escrito, en el Moncayo de Bécquer o en un reloj de sol?

(La respuesta, como siempre, en la página ‘Los retos’)

Un paseo con corazón

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Realizaba el otro día el paseante su cotidiano recorrido mañanero –en la doble acepción del término− por la prensa, espacio que en estas semanas encuentra prácticamente monopolizado por las noticias relativas al coronavirus, cuando cayó en un titular que le recordó a un reciente paseo: «Los expertos médicos estudian la conexión entre el coronavirus y el corazón».

Una conexión referente al aspecto físico de ese órgano de nuestro cuerpo y no a ninguno de los sentidos metafóricos que se han ido asociando a él a lo largo de la historia: amor, sensatez, valor, bondad… Hace un par de semanas pudimos recorrer algunos de esos significados de la mano de Diana Orero y su libro Todo cuenta.

Así que como parece que el azar ha puesto esta voz en nuestro camino para que topáramos de nuevo con ella, aprovecharemos, ya que no sufrimos ninguna cardiopatía, para pasear hoy por cinco palabras incluidas en el Diccionario de la lengua española que guardan distintos tipos de conexión con ella. Garbeo que tenemos la corazonada de que resultará de lo más cordial.

hiedra.- Planta de la familia de las araliáceas, con tronco y ramos sarmentosos de los que brotan raicillas que se agarran fuertemente a los cuerpos inmediatos: troncos de árboles, paredes, etc. Las hojas de los ramos superiores tienen forma de corazón. Aunque no es una parásita verdadera, daña y aun ahoga con su espeso follaje a los árboles por los que trepa. Se emplea mucho en parques y jardines para cubrir muros.

Se escribe también con la forma yedra y recibe asimismo los nombres de hiedra arbórea y cazuz.

Documentada por vez primera en nuestra lengua hacia 1295, deriva del latín hedĕra.

La hiedra terrestre es otra planta, una vivaz de la familia de las labiadas, con hojas pecioladas con forma igualmente de corazón. Se ha empleado en medicina como expectorante.

La palabra hiedra aparece en el diccionario además en la definición de otra: tirso, vara adornada con hojas de hiedra y parra y rematada con una piña en la punta que solía llevar como cetro la figura de Baco y se usaba en las fiestas dedicadas a este dios.

Los seguidores de estos paseos que ya tengan una edad recordarán sin duda que La hiedra era el título de una canción italiana –L’edera en su idioma original−que el grupo mexicano-puertorriqueño Los Panchos popularizó en nuestro idioma. Para quien quiera escucharla dejamos aquí el enlace a la versión que hizo Paloma San Basilio, más fiel a la letra original.

récord.- Marca, el mejor resultado técnico homologado en el ejercicio de un deporte hasta el momento de que se trata. Por extensión se aplica también al resultado máximo o mínimo en otras actividades. Se utiliza frecuentemente en aposición: tiempo récord.

La Academia nos dice que procede del inglés record, que a su vez lo hace, a través del francés antiguo recorder, del latín recordor, recordari, que literalmente significa «volver a pasar por el corazón», cor en latín, como lugar metafórico en que reside la memoria.

Como verbo record en inglés significa ‘grabar’, ‘registrar’ y como sustantivo ‘documento’, ‘relación’, ‘archivo’. De ahí que en algunos países hispanohablantes se llame récord al historial, expediente u hoja de servicios que detalla una trayectoria vital, profesional, académica o de otro tipo. A su vez, el récord policial es el certificado de antecedentes penales en Ecuador –conocido simplemente como record, en la forma inglesa, también en Bolivia y Puerto Rico −y el récord policivo, otra manera de decir policial, es en este último país tanto el expediente de un delincuente como un conjunto de documentos oficiales clasificados y protegidos.

Sin salirnos de ese mundo, en Ecuador y en la República Dominicana un récor es un expediente policial

La locución off the record, utilizada internacionalmente, en particular en el mundo del periodismo, para designar una información confidencial que no debe divulgarse no ha encontrado su lugar en el DLE, pero sí aparecía en las ediciones de 1984 y 1989 del Diccionario manual, editado también por la Academia y concebido como resumen y, a la vez, suplemento del entonces conocido como DRAE.

aurícula.- Cavidad del corazón que recibe la sangre de los vasos sanguíneos, cuyo número varía según los animales. El ser humano tiene dos.

Del latín auricŭla cordis. Cordis hace referencia al corazón, mientras que auricŭla es un diminutivo de auris ‘oreja’. De ahí que antiguamente fuera llamada oreja del corazón. Según el Diccionario médico-biológico, histórico y etimológico en línea de la Universidad de Salamanca esta metáfora se encuentra ya en griego desde Hipócrates, en el siglo v a. C.

También es conocida como ala del corazón, que era el nombre al que remitía la palabra aurícula en el diccionario de la RAE hasta la edición de 1869.

No debe confundirse con alas del corazón, en plural, que significa ánimo, valor, brío. Antiguamente caerse las alas del corazón era, metafóricamente, desmayar, faltar el ánimo o la constancia en algún contratiempo o adversidad.

El adjetivo auricular hace referencia a lo perteneciente o relativo a las aurículas −existe otro, homógrafo, que tiene que ver con la oreja−, mientras que auroventricular lo hace a lo que es común a la aurícula y el ventrículo, nombre de cada una de las dos cavidades inferiores del corazón.

Aurícula tiene también la acepción, en botánica, de prolongación de la parte inferior del limbo –la parte ensanchada− de las hojas.

lechuza.- Ave rapaz nocturna, con plumaje muy suave, cabeza redonda, pico corto y encorvado, ojos grandes, y cara redonda, plana y blanca en forma de corazón.

También se la conoce como bruja, coruja, curuja, estrige y oliva.

El DLE no ofrece su etimología. Sí lo hace Corominas, que tras recordar la forma antigua nechuza, aventura que probablemente procedan de *nochuza, derivado despectivo de *nochua, procedente del latín nŏctŭa ‘lechuza’. Nechuza se habría alterado por influjo de la superstición antigua de que la lechuza gustaba de echarse sobre los niños de teta como si los amamantara.

Ave inmersa desde antiguo en creencias y supersticiones, abonadas por su condición nocturna –noche, oscuridad, muerte y fuerzas del mal han estado siempre vinculados en el imaginario popular, como nos recuerda Pilar García Mouton−, el Diccionario de autoridades (1734) aseguraba que «Díxose quasi Lecytusa del nombre Griego Lecytus, que significa Azeitera, porque se bebe el azéite de las lámparas».

En el sistema jeroglífico egipcio simbolizaba precisamente la muerte, la noche, el frío y la pasividad.

Cruzando una vez más el charco en este paseo, en Argentina se llama lechuza a una persona que supuestamente es portadora de mala suerte; en Bolivia, a la prostituta que generalmente trabaja de noche; en Uruguay es alguien aficionado al fisgoneo y en Panamá un coche fúnebre.

En la República Dominicana creer en huevos de lechuza es tener por cierto o posible algo que es ficticio o producto de la imaginación.

zuro.- El corazón o raspa de la mazorca de maíz después de desgranada.

El Diccionario de la lengua española no ofrece actualmente la etimología de esta palabra. En la edición de 1899 la hacía derivar del árabe dura ‘panizo’ –una planta originaria de Oriente−; en la de 1914 indica que tenía el mismo origen que zara –otra forma de llamar al maíz, voz que se suprimió en el lexicón académico en 1992–: el también árabe dzora, en línea con lo sostenido por el catedrático de Literatura de la Universidad de Granada y correspondiente de la RAE Leopoldo de Eguilaz en su Glosario etimológico de las palabras españolas de origen oriental (1886). Posteriormente desapareció toda referencia a su posible origen.

Este corazón de la mazorca de maíz es llamado también de otras maneras, de las que el DLE recoge las siguientes:

En España, raspa. Tuco, voz de origen onomatopéyico, en Asturias.

En el español de América encontramos en Chile, la Argentina y el Perú coronta, del quechua ‘korónta o qurunta ‘zuro de maíz’; también en estos dos últimos, además del Paraguay, Bolivia y el Uruguay, marlo; olote, del náhuatl olotl ‘corazón’, en México, Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua y Costa Rica; y en Panamá, Cuba, República Dominicana, Colombia, Venezuela, Ecuador, el Perú y Bolivia, tusa, apócope del náhuatl tocizuatl ‘hojas de maíz verde’, según el Diccionario de americanismos.

En Albacete, Andalucía y Murcia zuro tiene también el significado de corcho de árbol.

 

El dicho de hoy

«Sursum corda».

En latín significa «arriba los corazones». Es, pues, una expresión para infundir ánimo. Pero no es con ese sentido con el que se ha incorporado a nuestra lengua. Cuando la misa se celebraba en latín esas palabras –equivalentes a «levantemos el corazón»− eran pronunciadas por el oficiante en el prefacio mientras levantaba los brazos y los fieles se ponían en pie. Como quiera que la mayoría de los fieles no entendía ya el latín, al ver la postura que el sacerdote adoptaba creían que estaba invocando a alguien importante y que por eso debían levantarse. De ahí que sursuncorda, en una sola palabra, haya llegado a formar parte del castellano con el significado de supuesto personaje anónimo de mucha importancia.

 

El reto de la semana

La de hoy es para nota y nunca mejor dicho. ¿Qué palabra relacionada con el corazón encontramos en el diccionario que nos hace pensar al momento en Richard Wagner?

(La respuesta, como siempre, en la página ‘Los retos’)

De paseo con el Valle-Inclán noir

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Encontró el paseante en estos días de recogimiento obligado un hilo en Twitter que jugaba a imaginar cómo serían las películas sobre esta pandemia rodadas por distintos directores: Almodóvar; Scorsese; Tarantino; Cameron…Le dio entonces por pensar en posibles obras literarias escritas por autores diversos –muy probablemente habrá también hilos tuiteros al respecto− y terminó convencido de que sin duda alguna una de las más interesantes sería la imaginada por Valle-Inclán.

Ayudó a ello haber leído hace unas semanas Valle-Inclán noir, libro de bellísima factura, tanto interna como externa, en el que la editorial @La_Felguera reúne una selección de los mejores poemas, conferencias, artículos y ensayos que el autor dedicó al misterio, al ocultismo, a lo invisible. Sus páginas nos llevan a pasear por ese mundo sobrenatural de cuyas fuentes bebió desde su misma infancia en su mágica Galicia natal, pero también por el de las visiones modernistas de una sociedad que se enfrentaba a profundos cambios −¿como la nuestra ahora?− y por el del lado oscuro, noir, de nuestra existencia y su luz, oscura, sí, pero luz al fin y al cabo.

Como quiera que, y así nos lo recuerda Ramón Mayrata en el prólogo, «bien se sabe que las palabras no rehúyen lo que no es visible», pasearemos hoy por cinco de ellas empleadas para escribir sobre ello por un autor tan inclasificable como excelso de quien no estamos seguros de poder afirmar con seguridad si su vida estuvo a la altura de su obra o viceversa.

buhonero.- La persona que lleva o vende cosas de buhonería, palabra derivada de aquella y que es el conjunto de baratijas y cosas de poca monta, como botones, peines, agujas cintas…

Aunque el DLE no lo especifica también deriva de ella bujería, chuchería o mercadería de poco valor y precio –hecha de vidrio, estaño, hierro, etc.−, especialmente, como señala Corominas, la que se entregaba a los indios.

Se escribe igualmente en la forma bohonero, aunque está en desuso, y en otros tiempos llegó a emplearse también buhunero.

Aunque en un principio se pensó que podía venir del italiano bugione ‘embaucador, embustero’, hoy en día se considera que lo hace del antiguo buhón, este de bufón, y este de la onomatopeya buff, expresiva de la verborrea con la que el buhonero hace propaganda de su mercancía presentándola como la mejor.

Esto último queda reflejado en el refrán, que encontramos en el acto ix de La Celestina, Cada buhonero alaba su mercancía.

Además del ya citado bufón la obra académica recoge como sinónimos cajero; gorgotero; mercachifle y charanguero, este último utilizado en los puertos de Andalucía.

Cruzando el charco encontramos que en el español de América también recibe los nombres de chacharero y varillero en México; falte en Chile y pacotillero en este país y en Guatemala. A su vez en la República Dominicana y en Venezuela un buhonero es, por extensión, un vendedor ambulante en general, que es la definición que ofrece Moliner.

abad.- Del latín tardío abbas, abbātis, este del griego abbâ, y este del siriaco abbā ‘padre’, según el DLE. Corominas se inclina por el arameo abba.

La forma femenina, abadesa, también del latín tardío: de abbatissa.

Tiene como primera acepción la de superior al que corresponde la autoridad jurídica de un monasterio, pero sirve igualmente para referirse a otras dignidades católicas: al superior de algunas colegiatas; en los antiguos cabildos catedralicios, al título de una dignidad; a un cura párroco en general; al título honorífico de un noble lego que por herencia poseía una abadía con títulos secularizados o al cura elegido por sus compañeros para presidirlos en cabildo durante algún tiempo.

En algunos lugares también es conocido como abad el máximo responsable de una cofradía o hermandad.

Como abad comendaticio se conoce al que, por merced papal disfrutaba de ciertas rentas sobre una abadía, sin regirla ni residir en ella; abad bendito se llamaba al que ejercía y tenía jurisdicción cuasi episcopal y abad mitrado es el que tiene derecho a usar insignias episcopales, como la mitra.

El abad, una figura tradicionalmente prominente y poderosa, es protagonista de numerosos dichos y refranes, en los que con frecuencia no sale bien parado. Valgan como ejemplo:

A mal abad, peor sacristán (Quien es ruin acabará por toparse con alguien peor).

El abad de Bamba, lo que no puede comer dalo por su alma (En referencia a aquellos que solo son generosos con lo que nos les sirve para nada).

El abad que no tiene hijos es que le faltan los argamandijos (Aludiendo a la lujuria de muchos de estos clérigos).

rueca.- Utensilio que se utilizaba antiguamente en el hilado, consistente en una vara delgada con una pieza en la parte superior en forma de piña, llamada rocadero o rocador, que servía para colocar el copo de la materia que se iba a hilar: lino, algodón, lana…

En cuanto a su origen etimológico, Covarrubias (1611) sostenía que podía estar en roca, por tener esa forma el rocadero, y el Diccionario de autoridades (1737) aventuraba que también podría deberse al «nombre hebreo rucang, que quiere decir roca.» Hoy en día se considera que proviene del germánico *rŏkko, introducido, según Corominas, en el latín vulgar desde fecha muy antigua, quizá por el mayor desarrollo de la hilandería entre los pueblos llamados bárbaros que entre los romanos.

Simbólicamente, al igual que el huso o la lanzadera –otros dos instrumentos relacionados con el hilado y el tejido− la rueca se vincula con el tiempo, el inicio y la conservación de la creación. Tienen asimismo un sentido sexual. Son atributo de las parcas, las deidades de la mitología romana que hilan la trama de la vida y cortan el hilo.

El término rueca tiene, además, una segunda acepción: la de vuelta o torcimiento de alguna cosa, mientras que en germanía hacía referencia a la espada del cobarde, por lo que era también símbolo de la cobardía.

De forma figurada y coloquialmente se denominaba pelarruecas a una mujer pobre que vivía de hilar.

fiambre.- De *friambre, derivado de frío, por disimilación.

Comida de carne preparada de forma –cocida, asada o curada− que pueda conservarse durante mucho tiempo y que por lo general se consume fría.

Ángel Muro hacía ya hincapié en su Diccionario general de cocina (1892) en que para que un manjar pueda ser considerado fiambre es preciso que haya sido preparado para este fin; si fue cocinado para comerlo caliente no basta que esté frío para que se le pueda considerar como tal

Coloquialmente la palabra adquiere dos significados más:

1) Algo que ha perdido actualidad u oportunidad. Esto se aplica especialmente a una noticia o información pasadas de tiempo. En Francia se denomina así –la forma es viande froide− a la biografía de personalidades que se tiene ya redactada y guardada en reserva para utilizarla en el momento oportuno, especialmente cuando hay que publicar la necrológica.

2) Un cadáver, convirtiéndose así en disfemismo –modo de decir que consiste en nombrar una realidad con una expresión peyorativa o con intención de rebajarla de categoría− de muerto o fallecido.

El Diccionario de americanismos recoge varios tipos de alimentos que reciben este nombre, entre los que destaca un plato nacional de Guatemala, elaborado con una mezcla de carnes, embutidos y encurtidos de verduras, que se come tradicionalmente el día de Todos los Santos.

macabro.- Adjetivo que se aplica a aquello que participa de la fealdad de la muerte y de la repulsión o terror que esta suele causar.

Se dice también de la persona aficionada a cosas macabras.

Es vocablo de origen un tanto incierto. Cuando en 1914 se incorporó al diccionario de la RAE se consideraba que procedía del árabe macbora ‘cementerio’. En la edición de 1956 se pasa a hablar del también árabe maqābir ‘tumbas, cementerio’, en línea con lo defendido en 1944 por el arabista Asín Palacios; actualmente, tras un giro copernicano introducido en 2001, se hace referencia al francés macabre, y este al antiguo [dance] Macab[r]é ‘danza de la Muerte’.

Esta era una representación teatral medieval, probablemente de inspiración religiosa, en la que, en una ronda fúnebre, la muerte bailaba alternativamente alrededor de una tumba con personas de toda condición social.

Pero también en el idioma de nuestros vecinos encontramos poca certidumbre respecto a la procedencia de este término. Tras desechar por falta de fundamento las etimologías orientales consideran plausible que Macabré traiga principio del nombre hebreo Macabeo a través de cuatro posibles vías: 1) sería el nombre de un pintor autor de una danza macabra que inspiró al escritor Jean Le Fèvre el poema La dance (de) Macabré; 2) habría sido el nombre de un poeta autor de los textos que acompañaban a una representación pictórica de la danza de la muerte; 3) el autor de una danza macabra (tal vez el propio Le Fèvre) habría atribuido su prólogo a un «predicador» llamado Judas Macabeo; 4) la danza de la muerte habría sido en origen una representación del martirio de los santos sirios conocidos como los siete hermanos macabeos, que murieron por defender su fe.

 

La cita de hoy

«El hombre que más entiende es el que más ama y el amor es la flor de la moral».

 Ramón del Valle Inclán

 

El reto de la semana

¿Con que pescado, cuyo nombre deriva de una de nuestras palabras protagonistas hoy, podríamos recuperar fuerzas tras el paseo?

(La respuesta, como siempre, en la página ‘Los retos’)

Un paseo en el que Todo cuenta

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Continúa el recogimiento. Por lo tanto, tras el paseo gratulatorio a los farmacéuticos regresamos a los libros para seguir viajando con la mente, pues ya ha nos ha recordado estos días el mexicano Guillermo Arriaga, que se define como un contador de historias, que se puede viajar y tener experiencias en otros mundos a través de la literatura aunque no se pueda salir de casa.

Lo hacemos en esta ocasión con Todo cuenta, donde Diana Orero nos muestra en toda su extensión el poder de las historias para conformar nuestra propia realidad y la forma en que nos relacionamos con los demás y con nosotros mismos: las que nos cuentan y las que nos contamos; cómo nos las cuentan y cómo nos las contamos; cómo las vivimos y cómo las recordamos… Cómo, en definitiva, todos somos creadores de nuestra realidad, para lo que tenemos en todo momento la capacidad de editar, revisar e interpretar nuestras historias.

Un libro de «memorias» en su doble sentido de exposición de hechos sobre un asunto y de relación de recuerdos y datos personales de quien lo escribe, pues a través de sus páginas la autora va alternando planteamientos teóricos y prácticos de diversos autores con la narración de experiencias de su propia vida. Al fin y al cabo, la mejor manera de aprender a contar historias es contándolas y la mejor manera de contarlas es haberlas vivido.

Pasearemos hoy, recordando aquello de que las palabras nos ayudan a dar significado a lo que vivimos y que las que usamos también hablan, ¡y mucho!, de nosotros, por cinco de ellas que nos han llamado la atención en estas páginas cuya lectura nos deja bien claro que a la hora de comunicarnos nuestro público objetivo más importante somos cada uno de nosotros.

P. D.: Diana Orero nos hace ver cómo nombrar lo mismo con palabras diferentes consigue sugerir en nuestra mente cosas totalmente distintas, que las palabras no cambian las cosas, pero sí la percepción que tenemos de ellas. Antes de leer este libro en la primera línea de este paseo seguramente habría aparecido alguna palabra como confinamiento, reclusión, aislamiento, encierro o cuarentena en vez de recogimiento.

corazón.- El órgano de la circulación de la sangre, de naturaleza muscular y común a todos los vertebrados y a muchos invertebrados.

Del latín cor, que se encuentra también en el origen de palabras como cordial, coraje o discordia.

Al menos desde los escritores latinos se tiene al corazón como sede de la inteligencia, del sentido común, así como del ánimo y de sentimientos como el valor. De ahí que aparezca en numerosas locuciones y dichos. Aquí vemos algunos:

Declarar o abrir alguien su corazón es manifestar su intimidad, mientras que abrir el corazón a alguien es infundirle ánimo. A ese cobrar ánimo se le dice crecer corazón o ensanchar el corazón de quien no tiene corazón para algo, de aquel al que le falta valor. Del que lo tiene se afirma que tiene el corazón bien puesto.

Cubrírsele, arrancársele, partírsele o quebrársele a alguien el corazón es entristecerse mucho, tal vez porque se le haya clavado algo en el corazón o por ser un blando de corazón.

Eso no le ocurrirá a quien no tiene corazón o tiene el corazón de bronce o de piedra. Frente a él encontramos a quien tiene mucho corazón o es todo corazón, el que tiene un corazón de oro o que no le cabe el corazón en el pecho y actúa con el corazón en la mano, siendo franco y sincero.

Y a quien está muy nervioso, es decir el que tiene el corazón en un puño o no le cabe el corazón en el pecho, será fácil que se le encoja –se acobarde− o se le hiele –se quede pasmado o atónito por una noticia− el corazón, por lo que tendrá que hacer de tripas corazón, esforzarse por disimularlo para seguir actuando con normalidad.

brújula.- Del italiano bussola, este del latín vulgar buxĭda ‘cajita’, y este del griego pyxída, acusativo de pyxís, ídos ‘caja’ –de donde también deriva píxide, recipiente en que se guardan las hostias consagradas o se llevan, por ejemplo, a dar la comunión a los enfermos. Suele tener forma de cáliz−.

Se trata de una caja en cuyo interior se encuentra una aguja imantada que gira sobre un eje y señala espontáneamente el norte magnético, lo que permite determinar cualquier otra dirección del horizonte. También llamada calamita y, en ingeniería, compás.

En marina es un instrumento que indica el rumbo en una embarcación. Consta de una caja con dos círculos concéntricos: el interior, que lleva la aguja magnética, gira; el exterior, fijo, lleva señalada la dirección de la quilla del buque.

Esta última ha recibido también los nombres de compás, aguja, aguja de bitácora, aguja magnética o aguja de marear.

La locución perder la brújula, o el norte, se emplea para indicar que alguien ha perdido o la calma, el tino en el manejo de una situación.

Otras dos locuciones que muestra el DLE, ver por brújula –observar desde un sitio por donde se descubre poco− y mirar por brújula o brujulear −en los juegos de naipes, descubrirlos poco a poco para saber por las pintas o rayas de qué palo son− traen su origen de una acepción desusada de brújula: la pequeña abertura o agujerito que se hacía en las armas antiguas para precisar la puntería. Correspondería, en cierto modo, a lo que hoy llamamos mira.

madalena.- La otra forma en que se escribe magdalena, un tipo de bollo pequeño de masa suave elaborado con los mismos ingredientes que el bizcocho –aceite, harina, leche y huevo−, cocido al horno y presentado en molde de papel rizado.

Llamada así a partir del nombre femenino Madeleine ‘Magdalena’ por razones que se desconocen. Aunque no hay datos fehacientes, parece deberse a Madeleine Paulmier, cocinera de Madame Perrotin de Barmond, a quien el gran escritor culinario Grimond de la Reyniere (1758-1837) atribuyó la invención de este dulce y que es la etimología que aparece en el DLE.

Corominas sugiere que probablemente fuera llamada así porque se emplea para mojar, y entonces gotea, «llorando como una Magdalena», alusión al personaje bíblico del que procede el nombre propio, una de las mujeres que presenciaron y lloraron la muerte de Cristo.

Como «la magdalena de Proust» se conoce el fenómeno por el que la mera exposición a un estímulo gustativo u olfativo desencadena automáticamente, merced al sistema límbico –la zona del cerebro que juega un papel determinante en las emociones−, un recuerdo del pasado que permanecía olvidado o que incluso no era susceptible de ser recuperado voluntariamente. Es lo que le ocurre al protagonista de la obra de Marcel Proust Por el camino de Swann (1913) cuando al llevarse a los labios una cucharada de té en la que ha dejado empaparse un trozo de magdalena es súbita e inesperadamente transportado por su cerebro a los veranos de su infancia en la ciudad de Combray.

magia.- Hace referencia tanto al arte que tiene como objetivo realizar cosas maravillosas contrarias a las leyes naturales como al poder con que se producen. Para ello se valen determinados actos y palabras y de la intervención de seres imaginarios.

También se denomina magia al encanto, atractivo particular o hechizo que ejerce alguien o algo, que parece fuera de la realidad o hace olvidarse de ella.

Procede del latín magīa, y este del griego mageía.

El Diccionario académico, que la considera, junto con la alquimia, la astrología y otras, una de las ciencias ocultas –las que pretenden penetrar y dominar los secretos de la naturaleza− diferencia dos tipos:

La magia blanca, que es aquella que a través de medios naturales produce efectos de apariencia sobrenatural. Recibe también el nombre de magia natural.

La magia negra o, coloquialmente, nigromancia –también en la forma, poco usada, nigromancía−, rito supersticioso que trata de obtener el concurso del diablo para conseguir cosas extraordinarias.

Cuando algo acontece de modo inexplicable se dice que es por arte de magia, de encantamiento o de birlibirloque. Respecto a este último término José María Iribarren refiere en El porqué de los dichos (1955) que provendría del lenguaje de germanía, en el que birlar significa estafar –hoy permanece la acepción coloquial de hurtar algo con disimulo− y birloque o birbesco, ladrón, por lo que hacer algo por arte de birlibirloque no dejaría de ser una estafa ejecutada con destreza o maestría, al igual que los supuestos hechos sobrenaturales.

terapia.- Del griego therapeía, es el tratamiento de una enfermedad o de cualquier otra disfunción o el destinado a solucionar problemas psicológicos.

Salvo error u omisión, como solía decirse antaño, el Diccionario de la lengua española recoge las siguientes, según el medio que emplean:

aeroterapia.- aire.

aromaterapia o aromatoterapia.- aceites esenciales.

balneoterapia.- baños generales o locales

bioterapia.- componentes naturales del sistema de defensa del organismo.

cinesiterapia, kinesioterapia, quinesioterapia,

kinesiterapia o quinesiterapia.- movimientos activos o pasivos del cuerpo.

cobaltoterapia.- radiación gamma del cobalto 60.

crioterapia.- bajas temperaturas.

electroterapia.- electricidad.

ergoterapia.- trabajos manuales.

farmacoterapia.- medicamentos.

fisioterapia.- medios físicos (como el calor), ejercicios, masajes o medios mecánicos.

fitoterapia.- plantas o sustancias vegetales.

fototerapia.- luz

gemoterapia.- yemas o tejidos embrionarios vegetales.

helioterapia.- rayos solares.

hidroterapia.- agua.

hormonoterapia.- hormonas.

inmunoterapia.- mecanismos inmunitarios.

laborterapia.- trabajo.

magnetoterapia.- magnetismo

masoterapia.- masaje.

mecanoterapia.- aparatos para producir movimientos en el cuerpo.

mesoterapia.- inyecciones de medicamentos.

metaloterapia.- metales.

musicoterapia.- música.

opoterapia.- órganos animales.

psicoterapia o sicoterapia.- técnicas psicológicas

quimioterapia.- productos químicos.

radioterapia o radiumterapia.- radiaciones.

reflexoterapia.- masajes en pies o manos

seroterapia o sueroterapia.-sueros medicinales.

talasoterapia.- baños en el mar o el aire de este.

termoterapia.- calor.

 

La cita de hoy

«La pregunta ‘por qué’ te lleva a lo que quieres cambiar; ‘para qué’ te transporta a lo que quieres conseguir».

 Diana Orero

 

El reto de la semana

Hoy muy ludolingüístico. Si jugando con las sílabas podría decirse que un «candado» es un perro entregado (can dado), ¿qué palabra relacionada con nuestro paseo de hoy vendría a decirnos que ha sido muy extenso?

(La respuesta, como siempre, en la página ‘Los retos’)