Paseando con Mariela

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Si algo ha aprendido el paseante con el paso de los años es que pocas decisiones en la vida merecen la categoría de inalterables, por más firme que fuera nuestro propósito al formularlas. Lo iba recordando, con una sonrisa irónica, mientras se acercaba a la Feria del Libro madrileña un domingo por la tarde -¡último de la feria, además!-, día de la semana y horas de los que había abominado enfáticamente hace algunos años para acudir al Paseo de Coches del parque del Retiro. Sin embargo, esta vez había un motivo que lo justificaba: Yolanda Guerrero iba a estar firmando ejemplares de Mariela, una novela protagonizada por una mujer excepcional, que el autor de estos paseos quería regalar, dedicada por la autora, a otra mujer especial.

Una historia con nombre propio que es en realidad un personaje coral, pues no deja de ser la encarnación de un sinnúmero de mujeres que a lo largo de la historia no han dejado de escribirla, por más que su papel haya sido ninguneado hasta la extenuación y se les haya relegado a la «letra minúscula» de las crónicas. A lo largo de sus páginas seguiremos las peripecias de la protagonista por un mundo que comenzaba a nacer cuando el anterior agonizaba entre terribles espasmos. Nacida en las faldas del Moncayo y depositaria de una larga tradición de lo que hoy denominamos sororidad, enfermera en una época convulsa —I Guerra Mundial, revoluciones en Rusia, Alemania…—, dedicará su vida a combatir la mal llamada «gripe española», su Bestia particular, la epidemia que causó en la época infinitas bajas más que todas las batallas juntas.

No vamos a destripar aquí una historia cuya lectura, huelga decirlo, recomienda humildemente el paseante a quienes tienen la amabilidad y la curiosidad suficientes para acompañarle en estas excursiones por el diccionario. Baste decir que Mariela, con sus ideas y convicciones, como buena aragonesa, claras y bien asentadas, convierte el ejemplo de su lucha por la vida de los demás en un firme alegato antibelicista; que con ese combate extenuante nos recuerda que mucho antes de que se pusiera de moda la palabra empatía existió siempre un sentimiento mucho más profundo: la compasión; que, a pesar de lo que pueda asegurar algún tontivano mediático, aún queda mucho por hacer hasta alcanzar la igualdad real entre mujeres y hombres…

Vayamos, pues, a pasear de su mano, desde Madrid hasta Berlín, desde el barro de las trincheras hasta los cielos de Rusia, por cinco palabras entresacadas de la historia de una mujer fuerte en la que, estamos seguros, todos podemos reconocer algún rasgo de otras a las que hemos tenido la fortuna de conocer.

alambique.- Palabra que nos retrotrae al paseo anterior, pues es frecuente encontrarla en el ámbito de la alquimia. Utensilio que se emplea para destilar, consistente en un recipiente o caldera en donde se calienta el líquido y en un conducto en el que se refrigera el vapor para condensarlo y por donde sale el producto de la destilación. En Andalucía y en muchos países americanos se utiliza también como sinónimo de fábrica de aguardiente, en algunos lugares con el matiz de hacerse clandestinamente y en otros de forma rudimentaria. En Bolivia y en Cuba se llama así también metafóricamente a alguien que consume mucho alcohol. Deriva del árabe andalusí alanbíq, procedente del árabe clásico inbīq, tomado del griego ámbix, -ikos. La locución adverbial por alambique significa con escasez o muy poco a poco.

káiser.- Dignidad por la que eran conocidos los emperadores de Alemania y de Austria. Curiosamente, este vocablo no se incorporó al Diccionario de la lengua española hasta la edición de 1970, cuando hacía ya más de medio siglo que no reinaba ningún emperador en tierras germánicas. También da nombre, aunque sin el aval académico, a un tipo de bigote con más cuerpo que el tradicional: una vez conseguidos la longitud y el espesor deseados, se procede a encerar las puntas y a moldearlas hacia arriba. En Chile, en la forma kayser, sirve para denominar a la decimotercera carta de cada palo de la baraja inglesa, la que tiene dibujada la figura del rey. Del alemán Kaiser, que a su vez lo hace del alto alemán antiguo keisar, este del gótico *kaisar, y este del latín Caesar ‘césar, emperador’, sobrenombre de una rama de la familia romana Julia. Este dio también origen a la palabra zar, soberano de Rusia o de Bulgaria, que asimismo encontramos en las páginas de Mariela.

cuchitril.- Término este que nos va a permitir pasear un buen rato por el Diccionario académico. Tras definirlo como una habitación estrecha y desaseada nos indica que procede de cochitril, que se emplea también coloquialmente para referirse a la pocilga y que deriva a su vez de cocho y de cortil. El primero, que sirve tanto para nombrar a la propia pocilga como al cerdo, encuentra su origen en coch, voz con la que se llama a este mamífero; por su parte, cortil ‘corral’, del latín cors, cortis o cohors, cohortis ‘cohorte’, lo halla en corte, en su acepción de establo donde se recoge de noche el ganado. El Diccionario de americanismos muestra que en algunos países también se llama cuchitril a una pequeña tienda, un cafetín, un taller o una casucha. Es sinónimo de timberiche, que a este lado del Atlántico el DLE recoge como cubanismo con la forma timbiriche.

Entre Escila y Caribdis.- Expresión utilizada para expresar figuradamente la situación en que se encuentra alguien que no puede evitar un peligro sin caer en otro, posiblemente incluso mayor. En la antigüedad el estrecho de Mesina —que separa Sicilia y la península itálica— resultaba extremadamente peligroso de cruzar por sus escollos y por el remolino que allí se formaba. La mitología clásica identificó estos accidentes con dos monstruos: Caribdis, hija de Poseidón y Gea, castigada por Zeus por haber devorado los bueyes de Hércules, que tres veces al día absorbía las aguas del mar —incluyendo los navíos que navegasen por ellas— para vomitarlo todo poco después, y Escila, una ninfa convertida en un ser monstruoso con cuerpo de mujer de cuya cintura surgían seis feroces perros, que devoraba a los navegantes que lograban escapar de Caribdis.

iperita.- Arma química en forma de gas tóxico asfixiante a base de sulfuro de etilo, de color amarillento —motivo por el que es conocida también como gas mostaza—, que causa efectos corrosivos en las membranas mucosas, y en la piel en forma de ampollas muy dolorosas y persistentes. Se utiliza con los objetivos de contaminar el campo de batalla e incapacitar al enemigo, pero puede llegar a resultar mortal. Tras su irrupción se empezó a combatir con máscaras antigás. Tomada del francés ypérite, derivado del nombre de la villa belga de Ypres —en flamenco Yper—, lugar donde fue utilizada por primera vez por el ejército alemán en abril de 1915. El Diccionario académico, al igual que otras fuentes, señala el año 1917, confusión sin duda inducida por el hecho de que en ambos años, al igual que en 1914 y en 1918, se disputaron sendas batallas en aquel entorno. Esta voz también tardó en ser incluida en el DLE: en su caso tuvo que esperar a 2001.

 

La cita de hoy

«No se olvida lo que se lleva en el corazón. Solo es necesario elegir bien lo que guardamos en él y expulsar a quienes no merecen ocupar su espacio».

Mariela

Yolanda Guerrero

 

El reto de la semana

Ya que las andanzas de Mariela nos llevan en primera instancia a su Moncayo natal, ¿qué animalillos, comunes por esos lares, podríamos habernos encontrado en nuestro paseo de hoy, incluso aunque fuéramos distraídos?

 

(La respuesta, como siempre, en la página ‘Los retos’)

Paseando con El Alquimista

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Una reciente visita a su querida Salamanca le ha servido al paseante para rememorar el título de uno de aquellos libros sobre esoterismo y otros mundos que tan en boga estaban en su ya lejana infancia lectora: La alquimia, ¿superciencia extraterrestre?, en el que los autores se preguntaban si los secretos de la energía y la materia habían sido ya descubiertos en otros puntos del espacio o del tiempo.

Y lo recordó porque tuvo la fortuna de disfrutar de la cocina del restaurante El Alquimista, el lugar donde César, Sandra y su equipo demuestran que con mucha vocación, sin necesidad de extender alfombras rojas y manteniendo los pies en la tierra a la hora de plasmar ese arte que consiste en la preparación de una buena comida, como define el DLE la gastronomía, es posible, buscando el contrapunto entre lo tradicional y lo moderno, lograr sabores tan intensos como ligeros, de esos que pasan a alojarse sin remedio en nuestra memoria sensorial. Si a ello unimos un magnífico servicio en una sala en la que te ves envuelto por un huerto vertical, una ola de platos de cerámica surcando la pared o coladores haciendo las veces del cañamazo de labores de punto de cruz… el resultado no puede ser otro que estar deseando ya regresar, mucho más pronto que tarde, en una nueva ocasión.

«Hay otros mundos, pero están en este», dejó escrito el escritor surrealista Paul Éluard, así que hoy pasearemos por cinco palabras encontradas en este local que, situado en «la plaza más bonita de Salamanca», según el parecer de sus propios creadores, nos confirma que en la capital charra existen otros universos muy merecedores de nuestra visita más allá del entorno de la Plaza Mayor.

alquimista.- La persona que practicaba la «alquimia» o lo referido o perteneciente a ella. Esta, cuyo nombre deriva del árabe andalusí alkímya, este del árabe clásico kīmiyā[‘], y este del griego chymeía ‘mezcla de líquidos’, consiste en una serie de experiencias, entreveradas con elementos esotéricos y mágicos, tendentes a la consecución de la transmutación de la materia. Surgida en los siglos III y IV, se trataba sustancialmente de un proceso simbólico en el que se buscaba la obtención de oro —a partir de otros metales— como símbolo de la iluminación y de la salvación. En el Diccionario académico nos encontramos con quien fue considerado uno de los más destacados alquimistas de su época: el filósofo Raimundo Lulio (1235-1315), presente en él a través de los términos «lulismo» —tendencia filosófica y mística basada en su obra— y «luliano» —lo perteneciente y relativo a él o a dicha tendencia—. Por otra parte, en México se emplea «alquimia» para referirse con carácter festivo a un fraude electoral.

aguachile.- Cuando el Diccionario de la lengua española incorporó este término en 2001 se limitó a señalar, además de su origen mexicano, que se trataba de un «caldo aguado de chile». En la última edición incorpora la definición que aparece en el Diccionario de americanismos y que resulta mucho más concreta: «caldo aguado de chile, tomate, camarón y especias». El nombre de este plato típico de la costa occidental de México, del que existen hoy múltiples variantes, está compuesto por las palabras «agua», del latín aqua, el líquido que es el componente más abundante en la superficie terrestre y que cuando se encuentra en estado puro es transparente, incoloro, insípido e inodoro, y «chile», del náhuatl chilli, nombre que recibe en varios países americanos el pimiento. Ingrediente principal de la cocina mexicana y símbolo de su identidad, en este país norteamericano existen hasta 50 tipos distintos.

remolacha.- Cultivo tradicional del campo salmantino, es una planta herbácea anual con tallo derecho y ramoso, hojas grandes, flores pequeñas, fruto seco y raíz grande, carnosa y encarnada, que es comestible. De ella se extrae azúcar —«remolacha azucarera»— y sirve como alimento del hombre y del ganado —«remolacha forrajera»—. Del italiano ramolaccio ‘variedad cultivada del rábano silvestre’, derivado del latín armoracium, y este del galo are more ‘cerca del mar’. Es también conocida como «betarraga», tomada del francés betterave, que con sus diversas variantes —«betabel», «beterava», «beterraga»…— es el término que pasó a América. El Diccionario de autoridades (1726) —en donde ambos términos aparecen documentados por vez primera en nuestra lengua— la definía, mientras que en remolacha se limitaba a remitir a ella. En nuestros días el DLE lo hace a la inversa.

hummus o humus.- Otro vocablo gastronómico que ha llegado al Diccionario de la lengua española en el siglo XXI. En este caso, en la conocida como edición del Tricentenario (2014). Originariamente se trata de una pasta de garbanzos aderezada con tahini —crema elaborada con semillas de sésamo molidas—, aceite de oliva, ajo y limón básicamente. En ocasiones se le añade también alguna especia picante. Plato muy popular en todo el Oriente Medio y algunas otras regiones del mediterráneo, se especula con que puede tener su origen en Egipto, donde la presencia del garbanzo en su cocina se remonta al Imperio Medio —hace 4000 años—. En su segunda forma no debe confundirse con la palabra homógrafa «humus», derivada del latín humus ‘tierra’, ‘suelo’, que hace referencia al mantillo, la capa superior del suelo formada por la descomposición de restos vegetales y, en menor medida, de animales.

mostaza.- Planta de las crucíferas con numerosas semillas de sabor picante que se emplean en cocina y en medicina. También se denomina así a la propia semilla, a la salsa que se elabora con ella y a un tipo de munición de perdigón de pequeño tamaño. Curiosamente, el nombre deriva del adjetivo latino mustaceus ‘de mosto’, por el condimento con que se elaboraba la salsa para mitigar su picor, y no, como parecería más lógico, de sināpi, nombre latino de la planta. Este, que a su vez procede del griego sínapi, sí se encuentra en el origen de «sinapismo», como ya vimos en su momento y de otro nombre que recibe la mostaza en nuestra lengua: «jenabe» —también en las formas «ajenabe», «ajenabo» y «jenable»—, del árabe andalusí *aššinab, evolución de la voz latina. Aunque sin gozar del aval académico, mostaza se emplea también para referirse a un color amarillo oscuro similar al de sus flores.

 

La cita de hoy

«Salamanca siempre deja un buen sabor de boca».

César Niño

El reto de la semana

Ya que hemos visitado México en nuestro paseo de hoy, ¿con qué licor —presente en la carta de El Alquimista, por supuesto— puro, es decir, que no es mezcla, podemos brindar hoy al terminar el paseo?

(La respuesta, como siempre, en la página ‘Los retos’)

Paseando con Sheila Blanco

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Es el paseante un firme convencido de que hay en la vida momentos en los que ni siquiera los más escépticos pueden negar que la magia es mucho más que una fantasmagoría y se materializa más allá de nuestro pensamiento. Y ha tenido recientemente -en compañía, además, de quien logró hacer aún más intenso el hechizo- la afortunada oportunidad de encontrarse inmerso en uno de ellos: el recital poético que brindó Sheila Blanco en el Museo Casa Lis de Salamanca. Un concierto en el que, para ser escrupulosos con lo realmente ocurrido, los allí presentes no pasearon en realidad con la artista, sino con las voces de varias poetas de la Generación del 27 a las que ella, transmutada en médium, guio hasta dentro de ellos.

Un octeto de mujeres de orígenes y peripecias vitales muy diversas -sumergiéndonos en sus biografías encontramos quien fuera discípula de Juan Ramón Jiménez y quien fuera musa de Antonio Machado; la que se convertiría en la primera mujer en ingresar en la Real Academia Española y aquella que desapareció sin dejar rastro con sus problemas mentales a cuestas; la casada en contra de su voluntad y la que lo hizo con otro compañero de generación; la forzada al exilio y la que lo sufrió sin abandonar España…- que comparten, sin embargo, el sinsabor de haber visto su obra, y en muchos casos su propia vida, preterida por su propia condición femenina.

Pasearemos hoy por cinco palabras -las herramientas, al fin y al cabo, de nuestras protagonistas- escuchadas ese atardecer junto al Tormes en la voz de quien, a medida que iba conociendo sus historias, decidió volcar la rabia que le producía esa injusta postergación en vindicar su figura, sus poesías, a través de la música. Y como el objetivo último no es otro que ayudar a descorrer cada vez más ese velo del olvido será de justicia que figuren aquí, negro sobre blanco, los nombres de estas autoras: Josefina Romo Arregui; Concha Méndez; Margarita Ferreras; Elisabeth Mulder; Dolores Catarineu; Pilar de Valderrama; Carmen Conde y Ernestina de Champourcin.

granada.- Del latín [malum] granatum ‘manzana, fruta granulada’, en última instancia de granum ‘grano’. Es el fruto del granado -árbol que recibe su nombre de ella-. Tiene forma de globo y una cáscara amarillenta que envuelve numerosos granos muy jugosos de color rojo. Por similitud, también se denomina así a un proyectil metálico hueco que se dispara con una pieza de artillería e, históricamente, a una bola -que podía ser de hierro, bronce, vidrio o cartón-, rellena de pólvora, con una espoleta, que portaban los granaderos para arrojarla encendida al enemigo. Este artefacto evolucionó hacia el que hoy se conoce como granada de mano. Los Reyes Católicos incorporaron el fruto a su escudo como símbolo del reino nazarí homónimo, el último en ser conquistado -1492- a los musulmanes. Esa inclusión heráldica quedaría reflejada en el diccionario, pues su presencia en el blasón de los monarcas dio nombre al excelente de la granada, moneda de oro de gran calidad acuñada a partir de 1497 y que supuso la innovación de abandonar el patrón oro de origen musulmán imperante hasta entonces y sustituirlo por el sistema de medidas del ducado veneciano.

carbunclo.- Aunque también se denomina así al carbunco, una enfermedad del ganado transmisible al ser humano -en el que se denomina ántrax maligno- y al cocuyo, un insecto de la América tropical, su primera acepción, que remite a la forma carbúnculo, es la de rubí, la piedra preciosa de color rojo y brillo intenso. Ese fulgor se encuentra en el origen de su nombre, que deriva del latín carbuncŭlus ‘carboncillo’. Ese mismo es el motivo por el que los poetas lo hayan empleado para referirse en sentido figurado a estrellas, ojos vivos, faroles… Sin salirnos del campo literario, resulta curioso que a pesar de su característico color rojo encontremos en la obra del Marqués de Santillana (1398-1458) Comedieta de Ponza el verso «de verde carbunclo al medio esmaltada» o que Arthur Conan Doyle (1859-1930) titulara El carbunclo azul una de las aventuras de Sherlock Holmes. Claro que, si nos adentramos en el terreno de las leyendas, encontramos que en la antigüedad se creía en la existencia de un animal fabuloso en cuya cabeza crecía esta piedra, piedra que en otras culturas se aparecía refulgente de noche y guiada por ánimas a los viajeros para indicarles la localización de un tesoro.

guadaña.- Instrumento para segar a ras de tierra que se maneja con las dos manos y está constituido por una cuchilla larga y  curvilínea unida por su lado más ancho a un mango también largo. Iconográficamente se emplea como atributo de las alegorías de la muerte y, como ocurre en general con las armas curvas, simbólicamente es lunar y femenina. Es vocablo que ha sufrido un azaroso viaje por el Diccionario académico a la hora de constatar su origen etimológico: si Autoridades (1734) citaba a Covarrubias (1611) para atribuirlo al italiano guadagno «que significa ganancia, por la que acarrea ordinariamente a los que se sirven de este instrumento», en sucesivas ediciones encontraremos como posibilidad el árabe cotád ‘instrumento cortante’ (1884), el también árabe cobdán ‘garfios’ (1899) o el gótico *waithaujan (1984). Entre medias, en 1914 lo consideraba derivado de guadañar ‘segar el heno o hierba utilizando la guadaña’, que procedería a su vez del germánico waidanyan. Tras la edición de 1992, en la que se admití que era de etimología discutida, la de 2001 sienta la que se sigue recogiendo hasta nuestros días: del germánico *waith-, a su vez acaso del gótico *waithô ‘prado, pastizal’.

gitana.- Mujer que pertenece a un pueblo originario de la India, hoy día extendido por numerosos países, que mantiene en parte su carácter nómada y sus costumbres y tradiciones culturales. Esta voz es una buena muestra de cómo los diccionarios recogen el uso que se hace de la lengua y no el que debería, teóricamente, ser el correcto, pues el DLE incluye entre las acepciones de gitano la de trapacero -es decir, alguien que engaña, que estafa-, concepción producto de la secular discriminación que este pueblo ha sufrido y que encuentra su reflejo en el idioma, si bien la RAE incluyó en octubre de 2015 una nota de uso advirtiendo de su carácter ofensivo o discriminatorio. Gitana se emplea también en sentido figurado para referirse a quien tiene arte y gracia para ganarse las voluntades de otros, si bien en este caso tiene un carácter elogioso.  Por otra parte, si nos ceñimos al ámbito lingüístico que inspira estos paseos encontramos que el Diccionario académico alberga decenas de palabras que tienen su origen en el caló -la variedad hablada en España, Portugal y Francia del romaní, la lengua gitana-, como burel, chori o jindama, por las que ya paseamos en su día.

café.- Del italiano caffe, idioma al que llegó desde el turco kahve, y este del árabe clásico qahwah, nombre que se aplicaba al café y al vino. Semilla del cafeto -árbol a veces también llamado así-, se denomina así por extensión a la bebida que se hace con ella tras tostarla, a un vaso o taza de esa bebida, y a nombre también al establecimiento en que esta se despacha y consume, que si además ofrece pequeñas obras escénicas se convierte en un café teatro;  en café cantante si se interpretan canciones de carácter frívolo o en café concierto si tiene música en vivo, mientras que en Chile se denomina popularmente café con paquete a uno atendido por jóvenes semidesnudos. En algunos países americanos café es también una reprimenda áspera. Esta palabra forma parte de diversas locuciones, como «café para todos», con la que se indica que un grupo de personas recibe el mismo trato, sin hacer diferencias; «estar de mal café», es decir, de mal humor, o «ser de café con leche», empleada en Cuba para referirse a una persona vulgar, a alguien del montón.

 

La cita de hoy

«Si derribas el muro

de todas las mentiras

¡qué jubilo de amor

abierto sobre el mundo!

¡Qué horizonte sin nubes

en la cumbre del cielo!». 

Ernestina de Champourcin

El reto de la semana

¿Qué flor habría sido de lo más natural encontrarnos en nuestro paseo de hoy??

(La respuesta, como siempre, en la página ‘Los retos’)

Paseando “A finales de enero”

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Por una de esas extrañas sincronicidades que a veces se cruzan en nuestro camino el paseante se dio de bruces con la noticia del fallecimiento de Alfredo Pérez Rubalcaba -con quien se ha verificado una vez más el aserto de Julio Camba que recordábamos con ocasión del paseo que dedicamos a Adolfo Suárez in memoriam– apenas unos días después de terminar de leer, casi del tirón, un libro para el que el político socialista había sido entrevistado. Uno de esos libros que solo te regala alguien que te conoce muy bien, que sabe leer muy bien tu interior y que es plenamente consciente del impacto que va a causar en ti.

Su título, A finales de enero, se completa con un subtítulo que deja claro desde la misma portada qué va a encontrar quien se adentre en él: La historia de amor más triste de la Transición. Una crónica, que no una hagiografía, en la que se entrelazan episodios de un pasado político de España no tan lejano -aunque algunos parecen haberlo olvidado demasiado pronto- con el tristísimo destino personal de sus tres protagonistas: Enrique Ruano, Dolores González y Francisco Javier Sauquillo, cuyas vidas, cuyas muertes, parecen directamente sacadas de una de esas tragedias griegas en las que, como afirmaba Menandro, aquellos que son amados por los dioses mueren jóvenes y, añadiríamos nosotros, su historia termina por convertirse en mito.

Como modesto homenaje a todos aquellos que se dejaron literalmente la vida, de golpe o a plazos, para que hoy podamos vivir las nuestras en libertad el paseante, que al hilo de la lectura ha recordado que la primera carta al director que le publicó el diario EL PAÍS estaba dedicada al vigesimoquinto aniversario de la muerte de Enrique, quiere dedicarles el paseo de hoy, recorriendo cinco palabras encontradas entre unas páginas que trascienden con mucho la historia que albergan, porque es cierto que existiremos mientras nos recuerden.

franquismo.- Nombre del sistema político instaurado por el general Francisco Franco (1892-1975) tras la Guerra de España (1936-1939). Este término ilustra a la perfección cómo la Real Academia Española refleja en sus obras la evolución social del idioma. En la primera ocasión en que se recoge, en el Diccionario manual (1984) -concebido como un compendio y, al mismo tiempo suplemento de su «hermano mayor»- es considerado como el ‘Régimen político del general Franco y características de su gobierno y cuerpo de doctrina’; la edición de 1992 del Diccionario de la lengua española va un paso más allá y lo define como ‘Movimiento político y social de tendencia totalitaria’, mientras que desde la de 2014 se califica como ‘Dictadura de carácter totalitario’. En la obra académica aparecen también los derivados franquista, antifranquismo y antifranquista, posfranquismo y posfranquista -también con las formas postfranquismo y postfranquista– y tardofranquismo, todos ellos con significados fáciles de deducir.

estrambótico.- Coloquialmente, algo extravagante, que se aparta de los usos y costumbres, llegando a resultar estrafalario, curioso, llamativo, ridículo incluso; es decir, sin orden, irregular. Asimismo, se ha aplicado a aquello que está fuera de lugar: a la cosa o a la persona caprichosa y excéntrica que intencionadamente adopta un comportamiento chocante con objeto de provocar. Deriva de estrambote -y este a su vez del italiano strambòtto-, un conjunto de versos que, bien con carácter festivo, bien por gracia o chiste, o incluso por mero adorno y lucimiento se añaden al final de una composición poética, especialmente del soneto. Corominas aventura que nuestro adjetivo quizá viniera ya formado de Italia -está documentado su uso al menos en la región de Calabria-, donde los dialectos modernos, además del significado lírico antedicho, mantienen para strambòtto el de ‘disparate’, ‘tontería’, ‘broma’. En el concejo asturiano de Cabrales se emplea con la forma estrompético, mientras que en algunos países americanos encontramos la deformación estrambólico.

maremágnum.- Del latín mare magnum ‘mar grande’, originariamente se empleaba en el lenguaje familiar para hacer referencia a la grandeza o abundancia de algo. Más tarde incorporó también el sentido de ‘gran cantidad de personas o cosas en desorden o confusión, especialmente con voces, gritos o ruido’. Cuando el Diccionario de la lengua española incorporó este vocablo en 1803 lo hizo en la forma mare magnum -que a partir de la edición de 1832 pasó a tildarse: mare mágnum-, grafía desaconsejada por el Diccionario panhispánico de dudas (2005). Desde 1925 el DLE recoge también maremagno, forma hispanizada que según podemos leer tanto en el citado DPD como en la Nueva gramática de la lengua española (2009-2011) debe preferirse a la variante etimológica latina. Maremágnum (1957) será el título escogido por el miembro de la Generación del 27 Jorge Guillén (1893-1984) para un volumen de poemas en los que se muestra reflejada precisamente la falta de armonía, la «batahola de feria» como escribe en uno de ellos.

fanfarria.- Vocablo que corresponde a una doble significación: por un lado, da nombre a un conjunto de música -que el Diccionario académico califica como «ruidoso»- formado únicamente por instrumentos de metal y de percusión, así como el tipo de composición que suele interpretar, inspirado históricamente en aires marciales y de caza -un ejemplo contemporáneo de esto lo encontramos en la Fanfarria para el hombre corriente (1942) compuesta por Aaron Copland en homenaje a los combatientes aliados en la II Guerra Mundial-; por otro lado, se utiliza coloquialmente para referirse a una bravata, una baladronada e, igualmente, a aquel que se jacta, que se vana de algo. Estas últimas acepciones se encuentran en línea con el verbo del que el DLE lo hace derivar: fanfarrear -es decir, fanfarronear-, con origen en la onomatopeya fanfarr. Con este mismo sentido también encontramos en diversos puntos de España las variantes fanfarrias, fanfarriero, fanfarrioso o fanfarrista. Por su parte, en la República Dominicana  fanfarria es una forma de denominar festivamente a una orgía.

rocambolesco.- Se predica de una circunstancia, hecho, situación o peripecia, generalmente en serie con otros, de carácter tan extraordinario, caprichoso, paradójico o exagerado que resultan a la postre inverosímiles y parecen de ficción. Este término encuentra su origen en un personaje creado por el prolífico -escribió en torno a doscientas novelas y folletines a lo largo de veinte años- autor francés Pierre-Alexis de Ponson du Terrail (1829-1871): Rocambole, un malhechor que devendrá héroe justiciero al margen de la sociedad. Una mezcla de bandido y aventurero romántico que marcó la transición entre los héroes de la novela gótica y los de la moderna, dotados de personalidades más complejas. El nombre pudo ser tomado por el novelista de rocambole, una planta que se emplea en sustitución del ajo, en su sentido figurado de ‘atractivo picante’ de alguna cosa, que llegó al francés, de donde pasó a su vez a nuestro idioma: rocambola– desde el alemán regional Rockenbolle, compuesto de Rocken, forma antigua de Roggen ‘centeno’ y de Bolle ‘cebolla’.

 

La cita de hoy

“Nada graba tan fijamente en nuestra memoria alguna cosa como el deseo de olvidarla”. 

Montaigne

 

El reto de la semana

¿Qué periódico, cuyo tratamiento informativo de la muerte de Enrique Ruano entraría por derecho propio en una historia universal de la infamia periodística, podríamos habernos encontrado en nuestro paseo de hoy por estar su nombre recogido tal cual en el diccionario?

(La respuesta, como siempre, en la página ‘Los retos’)

De paseo por la Fantasmagoría

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Cuando hace ya algo más de un año, a resultas de una exposición de Manolo Blahnik, hacíamos referencia por aquí  a la locución ponerse en los zapatos de alguien no podía el paseante imaginar siquiera que tardaría tanto en poder calzarse los suyos propios para retomar estos paseos, a los que en todos estos meses solo se pudo asomar en contadas ocasiones.

Libre al fin de muletas físicas, se ha echado de nuevo a los caminos para volver a conectarse a una realidad que mantuvo durante todo ese tiempo extramuros de la burbuja propiciada por la convalecencia. En ello estaba cuando se ha dado de bruces con el guirigay atronador, causado por la inminencia de las diversas citas electorales, producido por una avalancha de noticias falsas o falseadas –fake news, que diría algún papanatas- que no pretenden sino crear ilusiones y confundir los sentidos… Lo que le ha llevado a su vez a preguntarse por el motivo de que mentiras en muchas ocasiones palmarias alcancen cada vez más altos niveles de aceptación en nuestras sociedades supuestamente bien informadas.

Ha venido entonces a su memoria lo que leía hace un par de años en uno de los libros más singulares que ha tenido la fortuna de disfrutar en mucho tiempo: Fantasmagoría. Magia, terror, mito y ciencia, en el que el siempre sapiente Ramón Mayrata nos muestra cómo desde los tiempos más antiguos “una alucinación que se comparte con otro o con la colectividad se convierte en una realidad” y cómo, según aseguraba el filósofo francés Jacques Derrida, “lo relevante en la mentira no es nunca su contenido, sino la intencionalidad del que miente”.

Una vez recordado esto, decide entonces el paseante tomar esta senda, la del mundo de la creación de apariciones, mucho más gratificante que la de la «realidad», y volver no sobre sus pasos sino sobre las páginas de tan singular volumen -una historia de la humanidad contada desde la perspectiva de la ilusión y lo fantasmagórico; de lo mágico, en suma- para hacer aparecer, cual juglar cazurro transmutando estas líneas en linterna mágica, cinco palabras contenidas en él que pasan ya a convertirse en nuestro paseadero de hoy.

fantasmagoría.- Se llamó así al arte de representar figuras en la oscuridad por medio de proyecciones luminosas e ilusiones ópticas. Cuando este espectáculo de magia, pues de eso se trataba inicialmente, «nace» en la última década del siglo XVIII esas figuras estaban constituidas en gran medida por criaturas invisibles, espectros… De ahí su nombre, un neologismo acuñado en Prusia y pronto adoptado en Francia -desde cuya lengua llegó a la nuestra-  con la forma fantasmagorie, creada a partir de fantasme ‘fantasma’ y una terminación que algunos justifican por allegorie ‘alegoría’ -la ficción por la que algo representa o significa algo diferente- y otras opiniones atribuyen al griego agorá ‘ágora’ -lugar de reunión o asamblea allí celebrada-, según lo cual la fantasmagoría vendría a ser una «asamblea de fantasmas o apariciones». Este significado inicial daría paso con el tiempo a que hoy se denomine también así, por extensión, a una creación de la fantasía, ilusión de los sentidos o figuración irreal de la inteligencia, desprovista de todo fundamento.

jacobino.- Su significado primigenio, el de militante, en tiempos de la Revolución Francesa, de una facción republicana que se caracterizaba por sus procedimientos radicales y su rigorismo moral -fue el grupo responsable del periodo conocido como el Terror (1793-1794)-, se extendió posteriormente para ser aplicado también a quien es  defensor exaltado de ideas extremistas y revolucionarias o a quien se muestra partidario de un Estado fuerte y centralizado. Este vocablo, que llegó a nuestro idioma desde el francés, podría tener en realidad un origen hispánico, pues el partido político citado recibió el nombre de jacobin ‘dominico’ por celebrar sus encuentros en un antiguo convento de la orden fundada en el siglo XIII en Francia por el burgalés Domingo de Guzmán (1170-1221). La palabra deriva del latín Iacobus  ‘Jacobo’ o ‘Santiago’ -Jacques en francés-, y según el DLE se habría llamado así a estos religiosos por alusión al hospicio de peregrinos que estos religiosos regentaban en Santiago de Compostela, aunque otra teoría asegura que se debe a que el primer convento de la orden en París se encontraba en la «rue Saint-Jacques».

mamotreto.- Una de las palabras favoritas del paseante por su origen etimológico. Designa un objeto grande, un armatoste y, coloquialmente, a un libro muy abultado, especialmente cuando es deforme. En el Diccionario de autoridades (1734) aparecía como única acepción -que hoy se mantiene con la marca «desusada», es decir, documentada por última vez entre 1500 y 1900- la de un cuaderno o libro en el que se apuntan las cosas que no deben olvidarse, para poder ordenarlas más tarde. En algunos países americanos tiene también el significado de cosa vieja y fea. Desde su edición de 2001 el Diccionario de la RAE explica  que procede del latín tardío mammothreptus, y este del griego mammóthreptos, literalmente ‘criado por su abuela’, y de ahí ‘gordinflón, abultado’, por la creencia popular de que las abuelas crían niños gordos. Antiguamente se aventuraba que así se denominaba un voluminoso tratado -según unas versiones, de voces bíblicas; según otras, como podemos encontrar en Covarrubias (1611), de materias frívolas y, por lo tanto, de poco fruto- que habría recibido el nombre de su autor, incorporándose así posteriormente al léxico de nuestro idioma.

tálero.- Antigua moneda alemana que sirvió de inspiración a otras muchas en diversos países -valga como curiosidad el hecho de que Italia creó un tálero eritreo cuando se anexionó ese país en 1890-.  Del alemán Taler, el nombre procede del lugar en el que se encontraba la mina de la plata con la que comenzaron a acuñarse en torno a 1517: Sankt Joachimsthal ‘Valle de San Joaquín’ -denominación en alemán de la actual ciudad bohemia de Jáchymov-, motivo por el que fueron conocidas como thalers. Esta voz germánica se encuentra también en el origen etimológico de otras monedas, como el dólar estadounidense, el daler sueco o el tólar esloveno. Entre 1914 y 1956 el Diccionario académico -que recoge también la forma táller-, tras recordar que había tenido valor variable según los tiempos, indicaba que  «últimamente (sic) equivalía a cuatro pesetas», mientras que en 1970 encontramos que su valor había aumentado y se encontraba «a la par de cinco pesetas». La cotización pasó a omitirse en las ediciones posteriores.

catalineta.- Procedente del nombre propio Catalina, es una de esas voces que, en contra de lo que mantienen algunos, en el idioma no solo existe lo que está recogido en los diccionarios. El de la RAE solo muestra la acepción que la presenta como un cubanismo, aunque también es propia de Puerto rico, para nombrar un pez del mar de las Antillas, de unos 30 centímetros de longitud y color amarillo con franjas oscuras. Sin embargo, en Fantasmagoría la encontramos con su significado de artilugio óptico, una especie de caleidoscopio empleado por artistas callejeros, en ocasiones identificado con el mundonuevo -un cajón que contenía en su interior un cosmorama (dispositivo para ver objetos mediante una cámara oscura) portátil o una serie de figuras en movimiento. Además de estos dos sentidos encontramos que también se llamó así a un tipo de danza, como podemos leer en la obra de Lope de Vega titulada Baile de pásate acá, compadre, o su uso familiar, tal y como recoge el Diccionario histórico (1933-1936), para hacer referencia a una cosa despreciable, probable derivación de catalina ‘excremento humano’.

 

La cita de hoy

“El lenguaje de la ilusión es psicológico y el poder de fascinación que posee sobre el espectador no es consecuencia de la credulidad, sino del deseo de que se verifique”.

Ramón Mayrata

 

El reto de la semana

Teniendo en cuenta que en la fantasmagoría los límites entre lo real y lo imaginario se difuminan hasta confundirse, ¿qué ilusión óptica no habría resultado extraño que hubiéramos «visto» durante el paseo de hoy?

(La respuesta, como siempre, en la página ‘Los retos’)

De paseo con Claudia Vega

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Es el paseante un firme convencido de las virtudes terapéuticas del arte y por ende de la belleza, por lo que no ha podido dejar de celebrar que si hace unas semanas esta se presentaba en su convalecencia literal y literariamente a través de los versos de Laura en Qué bonito es verte llover, ahora se le haya manifestado merced a los acordes de la música de Claudia Vega, artista que, por una de esas sincronicidades que de vez en cuando asoman por estos paseos, nació el mismo año que la autora del libro

Música que esta joven compositora modula en sus conciertos con una voz, a ratos cálida, a ratos áspera, que sale de mucho más adentro que del fondo de la garganta y que transmite de manera honesta y transparente, sin disfraces ni trucos de ilusionismo, su verdad. Verdad de la que es consciente que no es única ni inmutable: que es la de ese preciso momento en el que, sobre el escenario, vuelve a cantar por vez primera la canción mil veces interpretada, sabiendo que la pasión ha de ser siempre nueva para poder seguir siendo la misma.

Paseamos hoy al son de cinco palabras del diccionario relacionadas con Claudia -y con su pulsión de ampliar horizontes, pues todas ellas han llegado a nuestro idioma desde otras tierras o han levantado el vuelo para encontrar acomodo y nuevos sentidos en otros pagos- o con sus composiciones recogidas en un disco cuyo título, Feeling warm again, ella consigue trasladar -y en esto sí interviene la magia- desde la carátula hasta el interior de cualquiera que lo escuche.

claudia.- Esta voz del Diccionario de la lengua española remite desde su edición de 1884 a ciruela claudia, variedad de esta fruta que tiene forma esférica y es de color verde claro o amarillento, muy jugosa, dulce y fragante. Toma su nombre de Claudia de Francia (1499-1524), primera esposa de Francisco I (1494-1547), motivo por lo que antiguamente era también conocida en nuestra lengua como ciruela reina claudia -en francés recibe aún hoy el nombre de reine-claude. Este monarca francés llegó a formar parte de la historia de Madrid -ciudad natal de la protagonista de nuestro paseo de hoy- por permanecer allí varios meses cautivo tras ser capturado en la batalla de Pavía (1521) por las tropas del emperador Carlos. A su vez, ciruela deriva del latín cereola [pruna] ‘[ciruelas] de color de cera’. Claudia era también uno de los nombres populares con que era conocida la peseta, como encontramos recogido en el Diccionario de argot (1987) de Juan Ramón Oliver.

calavera.- Del latín calvaria ‘cráneo’, derivado de calvus ‘calvo’, es un término polisémico que a su significado original de conjunto de los huesos de la cabeza, sin carne ni piel, añade otros más locales según el país hispanohablante donde nos situemos: una mariposa; un enchufe eléctrico con varias conexiones; cada una de las luces de la parte trasera de un vehículo; un hombre juerguista e irresponsable; un poema satírico que se dedica a alguien el Día de Difuntos; el dinero o regalo que solicitan los niños ese mismo día; un dulce con forma de cráneo; un tipo de orquídea; una mentira; la tapa del delco; un agujero en el talón de unos calcetines viejos; una persona que derrocha el dinero… Marcar calavera se emplea en Colombia con el sentido de que alguien está condenado a muerte o de que no se tiene opción en alguna actividad, y en El Salvador para significar que una persona ha muerto, mientras que poner cruz y calavera es un guatemalquismo para indicar que se da algo por perdido.

lolita.- El DLE indica que esta palabra -que con mayúscula inicial da nombre a la séptima canción del disco- se emplea para designar a una adolescente provocativa y seductora. Encuentra su origen en el personaje literario de Dolores Haze, la protagonista de Lolita (1955) -sin duda la novela más conocida y más polémica del escritor ruso Vladimir Nabokov (1899-1977)-, una niña de doce años por quien su padrastro siente obsesión sexual. En el español de Cuba -y así lo recoge el Diccionario de americanismos- encontramos a su vez la locución adverbial «de Lolita por su hermosura» para referirse de manera popular a algo que se hace por mero capricho, sin motivo justificado y sin tener en cuenta la opinión de los demás. En este caso procede de una leyenda popular según la cual una prostituta llamada Lola -en otra versión, una esposa infiel- fue asesinada justamente a las tres de la tarde, hora que es conocida en toda la isla con otra locución: «a la hora en que mataron a Lola».

pergamino.- Procede del latín tardío pergaminum, y este del griego bizantino pergamēnē, propiamente ‘de Pérgamo’, ciudad de Asía Menor de donde era originaria esta piel de res limpia de pelo, estirada y preparada de tal manera que ofrece una superficie lisa sobre la que se puede escribir. Fue empleado en la antigüedad en vez del papel; hoy en día se utiliza en la fabricación de tambores y panderetas. Por extensión se denomina también así a un documento escrito en esta piel o a los antecedentes nobiliarios de una persona o familia. Hasta la edición de 1817 el DLE incluía también la forma pargamino. En América encontramos pergamino referido en diversos países a la cascarilla que envuelve el grano del café, recogiendo el Diccionario de americanismos pergamino húmedo, pergamino oro y pergamino seco como distintos tipos de grano secados y sin descascarillar.

vega.- Otro vocablo que muestra el enriquecimiento de nuestro idioma al arraigar en América. Mientras que en España hace referencia a un terreno bajo, llano, fértil, generalmente atravesado por un río, en la otra orilla del Atlántico da nombre también a un terreno sembrado de tabaco -en Cuba y Venezuela-; a uno muy húmedo -en Venezuela y Chile-; a uno que se inunda en verano y se seca en invierno -en el Perú- o, en la Argentina, el que por excesiva humedad no resulta apto para el cultivo. En algunas zonas de Chile también se llama vega a un mercado de frutas y verduras, mientras que en Puerto Rico la locución comer en vega hace referencia a disfrutar de una favorable situación económica. Etimológicamente deriva, según el Diccionario académico, de la voz prerromana *vaica, que Corominas transcribe como baika ‘terreno anegable y a veces inundado’, derivado de ibai ‘río’, conservado hasta nuestros días en euskera.

La cita de hoy

Je ne regrette pas de t’avoir
couvert en bisous tout entier.
Même si tu pars en courant en criant
que t’as peur d’être trop bien aimé

Claudia Vega

El (no) reto de la semana

Algunas veces los discos incluyen una pista adicional, una «propina» -como los bises en un concierto-, así que este paseo va a sustituir por una vez el reto de la semana por un tema extra: el enlace al que seguramente es el más emblemático de los temas compuestos por Claudia Vega, una canción dedicada a su madre, quien, por cierto, es merecedora por sí misma de uno de estos paseos.

De paseo descubriendo “Qué bonito es verte llover”

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Convalece el paseante de su enésima -así se le antoja- intervención quirúrgica, una de esas que dejan cicatrices en la piel que te marcan casi tanto como las que no se ven, y ha querido el azar, mujer encantadora como mensajera por medio, que cayera en sus manos un hermoso libro con el que disfrutar paseando por la anarquía de sus renglones. Un libro lleno de vida, en las antípodas de esa dictadura de la felicidad que, omnipresente Gran Hermano, nos bombardea continuamente desde tazas y agendas con frases inspiracionales tan cursis como ramplonas.

Y es que desde la trinchera de sus páginas la autora -que un día ya lejano, o quizá no tanto, se encarnara por un momento en entusiasta ayudante de Santa Claus- grita a los cuatro versos que sabe sobradamente que las cicatrices, unas y otras, indelebles ambas, constituyen una gabela ineludible por tener la osadía de querer (ser) de verdad. Y que solo depende de cada uno concedernos el nihil obstat para que cierren y no en falso. Letraherida meritoria aún en esto de la adultez, ya ha apre(he)ndido, sin embargo, que los añicos de un espejo son en realidad piezas de un puzle; que cada jaque mate lleva ínsito un punto y seguido; que kamikaze es en esencia un viento divino…

Pasearemos hoy guiados por Laura por cinco términos más un reto espigados en Qué bonito es verte llover, mientras apuramos el conticinio -¡qué mejor momento para leerlo!- al compás de la montaña rusa de sus estrofas, mientras acariciamos nuestros costurones, los del alma y los que se ven, y nos vamos convirtiendo, casi sin darnos cuenta, en artesanos de nuestro propio kintsugi.

bigudí.- Cuando el DLE incorporó en fecha tan tardía como 1970 esta voz, definió este utensilio de peluquería como una laminita de plomo, larga y estrecha, forrada de piel o de tela, que usan las mujeres para ensortijar el cabello. La evolución de la industria y de los usos sociales ha hecho que en la última edición hayan desaparecido las referencias tanto al material del que está hecho como al sexo que lo usa. Su origen se encuentra en el francés bigoudi, siendo incierto su origen en esta lengua y bien podría ser una de esos vocablos que por aquí llamamos «de ida y vuelta», pues una de las hipótesis lo hace derivar del desusado bigotère o bigotelle, procedente a su vez del español «bigotera». En ese mismo idioma encontramos la expresión jergal travailler de bigoudi, con un sentido análogo al castellano «rizar el rizo», complicar algo en exceso hasta extremos rayanos en la locura.

carillón.- Sistema de campanas de diferentes tamaños, acordadas para producir un sonido armónico, colocadas con simetría y dispuestas convenientemente para la ejecución de una melodía. Puede funcionar mecánicamente o manejado por un músico, ya de manera manual o bien mediante un juego de palancas semejante a un teclado. Generalmente combinado con un reloj, tradicionalmente estaban colocados en torres de iglesias o en edificios públicos, como ayuntamientos. También se denomina así a un instrumento compuesto por un juego de planchas o tubos de acero que producen un sonido musical. Del francés carillon, antiguamente quaregnon ‘pergamino plegado en cuatro’, en última instancia del latín tardío quaternio ‘grupo de cuatro objetos’ -según Corominas, por las cuatro campanas que constituían un carillón-. El Diccionario académico recoge también desde la edición de 1992 la forma carrillón.

cicatriz.- Del latín cicātrix, con el mismo significado, es la señal que queda en los tejidos orgánicos una vez curada una llaga o herida. Se llama también así a la impresión que queda en el ánimo por algún sentimiento pasado, acepción que recoge la RAE desde 1780, si bien en un principio el Diccionario de autoridades (1729) aseguraba que se solía llamar así metafóricamente al remordimiento, conservado en el ánimo, de alguna cosa mal ejecutada. El DLE, que muestra derivados como cicatricial y cicatrizal -perteneciente o relativo a la misma-; cicatrizar -completar la curación de llagas o heridas hasta que quedan bien cerradas-; cicatrización -acción de cicatrizar-; cicatrizante -que cicatriza- o cicatrizativo -con la virtud de cicatrizar-, no contempla ya, como sí hizo antaño otros como cicatricilla, cicatrizamiento o cicatricera, la mujer que en los antiguos ejércitos españoles curaba a los heridos.

jeroglífico.- Sistema de escritura que no representa las palabras mediante signos alfabéticos o fonéticos, sino su significado con símbolos o figuras -como las de los antiguos egipcios, los mayas o los hititas-, o cada uno de esos caracteres empleados. También se denomina así a un juego de ingenio que consiste en descifrar un mensaje expresado por signos y figuras, así como a una imagen visual o escritura difíciles de entender o interpretar. Desde la edición de 1870 hasta la de 1832 el Diccionario académico lo escribía geroglífico. Deriva del desusado hieroglífico -forma que el DLE recogió entre 1780 y 2001-, y este del latín tardío hyeroglyphĭcus, que lo hace del griego hieroglyphikós, compuesto de hierós ‘sagrado’ y glýphein ‘grabar, cincelar’. En femenino, una jeroglífica -que tuvo entrada propia como voz en el DLE de 1925 a 1992- es una sentencia breve que incluye un misterio que necesita explicación -también llamada mote-.

bayoneta.- Arma blanca o cuchillo utilizada por los soldados de infantería, que se acopla a la boca del fusil. En la actualidad se emplea fundamentalmente para uso ceremonial y de desfile. Su nombre procede del francés baïonette -documentado ya en 1572-, y este derivado de Bayonne ‘Bayona’, donde empezó fabricarse, localidad del departamento de los Pirineos Atlánticos que en los siglos XVII y XVIII albergaba factorías de armas y de cuchillería. Por extensión, las locuciones a bayoneta o de bayoneta aluden a ciertos tipos de uniones mecánicas y de los objetos que las llevan, que se montan introduciendo una pieza en otra a través de una muesca. En la otra orilla de nuestra lengua, se llama así en Honduras a la varilla metálica que sirve para comprobar el nivel del aceite de un motor y en Puerto Rico a un arbusto que debe su nombre a que sus hojas puntiagudas pueden pinchar.

La cita de hoy

“Hace tiempo que me dieron un consejo:
«No te quedes donde no puedas amar»
”.

Laura Mora

El reto de la semana

¿Qué flores, empleadas, como ya vimos en otro de los paseos, por los masones como símbolo para intentar eludir la persecución nazi, podíamos haber recogido hoy para rememorar este paseo?

(La respuesta, como siempre, en la página de ‘Los retos’)

Un paseo por palabras en busca de autor

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Cuando el científico neozelandés Ernest Rutherford, premio Nobel de Química en 1908, fue elevado a la nobleza por el rey Jorge V con el título de barón Rutherford de Nelson adoptó un escudo de armas en el que, además de la figura de Hermes Trismegisto -origen de la palabra «hermético», como vimos al pasear con La Horda- figuraba escrita en latín la leyenda PRIMORDIA QUARERE RERUM «BUSCAR EL ORIGEN DE LAS COSAS».

Eso es precisamente lo que hace con las palabras la etimología: escudriñar esa procedencia. Tarea que en ocasiones resulta sencilla pues se puede seguir la trazabilidad -si se nos permite emplear este término hablando de palabras- incluso a través de diversas lenguas; en otras hasta es posible conocer cuándo, dónde e incluso por quién fue acuñado un término -como vimos al pasear por «jitanjáfora»- mientras que buen número de veces resulta directamente imposible establecerla. Por no hablar de aquellas voces sobre las que hay diferentes versiones respecto a su posible ascendencia.

Dentro de este campo de la etimología el paseante siente especial debilidad por la eponimia, como bien saben quienes tienen la deferencia de acompañarle en estas caminatas por el diccionario, en las que nos hemos encontrado con palabras como «sándwich», «rebeca», «bártulos» o «donjuán», entre otras, con «padres» de orígenes bien diversos. Sin embargo, el hecho de que la etimología no sea precisamente una ciencia exacta hace que ni siquiera la presencia en el DLE garantice al ciento por ciento esa paternidad de un vocablo.

Como muestra, pasearemos hoy por cinco palabras cuyos epónimos parecen evidentes, algunos precisamente por lo que aparece explicado en el propio lexicón académico, pero en las que, como ocurre con tantas cosas en la vida, esa primera impresión no resulta siempre la más acertada.

mancerina.- Comenzamos este paseo como lo hacían algunas charadas de la infancia del paseante: con un padre y con un hijo. El Diccionario de la RAE nos dice que el origen -sobre el que existen varias teorías respecto a su invención, que van desde unos presuntos temblores en su mano hasta un gesto galante en evitación de que las damas mancharan sus vestidos- de este plato con una abrazadera circular en el centro en el que se sostiene la jícara en que se servía el chocolate se encuentra en el marqués de Mancera, A. S. de Toledo, «virrey del Perú de 1639 a 1648». La cuestión es que Antonio Sebastán de Toledo Molina y Salazar -que tal era su nombre completo- fue virrey en América, sí, pero de… la Nueva España y entre los años 1663 y 1673. Quien ostentó el cargo en el Perú en los años indicados fue su padre, Pedro de Toledo y Leyva, I marqués de Mancera. Dado que en la correspondiente entrada de la palabra en el DLE aparece citado ya desde 1884 el Perú, vinculándola a quien fuera visorrey allí y epónimo de la misma, y que hasta la edición de 2001 no aparece la mención expresa al segundo marqués, esto parecería inclinar la balanza a favor del progenitor, pero… Independientemente de cuál sea su origen, la Academia sanciona también la forma macerina.

teatino.- El DLE indica que se denomina así al integrante de la orden de clérigos regulares fundada en Italia por san Cayetano de Thiene en el siglo XVI. Respecto a su origen etimológico, asegura textualmente que se encuentra en el latino Theatinus ‘de Teate’, la actual Chieti, ciudad de Italia, «de donde era obispo el fundador». Como quiera que en el resto de esta entrada del diccionario no se nombra a nadie más, la lógica lleva a inferir que san Cayetano fue obispo en dicho lugar, lo que no se corresponde con la historia. Dicha sede episcopal fue ocupada en realidad por Gian Pietro Caraffa -que posteriormente se convertiría en el papa Paulo IV-, que fue uno de los cofundadores de la orden. De hecho así aparecía explicitado en el antiguo DRAE desde 1803 hasta 2001. La parece que a todas luces innecesaria supresión de esa referencia en la conocida como edición del tricentenario -2014- conduce a la confusión antedicha. Como curiosidad relativa a esta voz podemos añadir que antaño se llamaba también teatinos, por confusión, a los jesuitas.

carlota.- Esta torta elaborada con huevos, leche, azúcar, vainilla y cola de pescado debe su denominación, según el DLE, a «Carlota, esposa de Jorge II de Inglaterra». Sin embargo, la consorte de este monarca se llamaba en realidad Carolina, de Brandeburgo-Ansbach por más señas. La que sí portaba ese nombre era Carlota de Mecklemburgo-Sterlitz, su sucesora en el trono por haberse casado con su nieto, que reinaría como Jorge III, lo que parece aventurar que tal vez en algún momento uno de los romanos del ordinal se perdiera por los meandros del trabajo académico. Como quiera que no hay pruebas que avalen fehacientemente el origen británico del nombre del dulce y que son varias las teorías al respecto, tal vez la más plausible pueda ser la que lo atribuye a que el chef francés Marie-Antoine de Carême la llamó así en homenaje a Carlota de Prusia, entonces cuñada del zar Alejandro I de Rusia, para el que aquel trabajaba. El propio Diccionario académico recoge también carlota rusa como otra forma de llamar a la carlota, lo que abonaría esta tesis.

duque de alba.- Se llama así en marina a un tipo de amarre para embarcaciones que consiste en un conjunto de pilotes sujetos por una abrazadera de hierro o por otro sistema, que se clavan en el fondo del mar en puertos y ensenadas. Si bien nada dice el DLE sobre su origen etimológico, resulta innegable que el propio nombre nos lleva a pensar que se debe a alguno de quienes hayan ostentado a lo largo de la historia dicho título nobiliario, entre los cuales el duque de Alba por antonomasia sigue siendo Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel (1507-1582), no en vano conocido como «el Gran Duque de Alba» o «el Grande». A pesar de ello, parece que la realidad es muy otra, y que esta voz no procede de ningún representante de la ilustre casa, sino que se trata de una etimología onomatopéyica proveniente del vocablo neerlandés «duckdalf», nombre en esa lengua de este tipo de noray y palabra que ya existía en ese idioma desde mucho antes de que se verificara la presencia española en los Países Bajos. Su similitud fonética con «duc d’Albe» sería el conducto por el que dicho nombre habría llegado hasta nuestro idioma.

chinchona.- Si comenzábamos el paseo con el primer marqués de Mancera, lo terminamos con su antecesor en el Perú, Luis Jerónimo Fernández de Cabrera y Bobadilla de la Cerda, IV conde de Chinchón; o, mejor dicho, con su esposa; o con las dos que tuvo, si queremos ser totalmente precisos. Veamos. El diccionario, que nos dice que chinchona es otro nombre que recibe en algunos países americanos la quina -la corteza del árbol llamado quino, conocida por sus propiedades febrífugas-, asegura que se llama así por Ana de Osorio, «virreina del Perú de 1628 a 1639, que se curó con ella». Cuenta la historia que sanó tras ser tratada, por sugerencia de un confesor jesuita del visorrey, con dicha cáscara reducida a polvo, motivo por lo que pronto el remedio comenzó a ser conocido  como «polvos de la condesa». Nada que objetar al relato, salvo que doña Ana falleció antes de que su marido fuera siquiera nombrado virrey. Quien le acompañó en su periplo americano fue su segunda esposa, Francisca Enríquez de Rivera, por lo que de ser cierta la historia debería ser su nombre el que apareciera en el diccionario.

El dicho de hoy

El festín del rey Baltasar”.

Se dice de una comida que resulta excesiva, exagerada, opulenta en exceso. A pesar de lo que pueda parecer a primera vista, no hace referencia al conocido Rey Mago que hace año tras año las delicias de los más pequeños, sino a un príncipe homónimo babilonio. El origen de este dicho lo encontramos en la Biblia, en el libro de Daniel, en el que se narra que dicho príncipe -identificado erróneamente como rey e hijo de Nabucodonosor II- organizó un banquete suntuoso en el que se emplearon para beber vino las copas de oro y plata saqueadas en el templo de Jerusalén. En el transcurso de la fiesta apareció una mano fantasmal que escribió un mensaje en la pared. Como quiera que ninguno de sus sabios supo descifrarlo, solicitó a Daniel que lo interpretara. Este le explicó que era una profecía sobre el inminente fin de su reino. Esa misma noche Baltasar fue asesinado.

El reto de la semana

¿Qué palabra nos habría llevado a pensar que íbamos a cruzarnos en nuestro paseo de hoy con Charles Chaplin aunque en realidad no habría ocurrido tal cosa?

(La respuesta, como siempre, en la página de ‘Los retos’)

Un paseo con La Horda

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Lleva el paseante unas cuantas semanas eternas manteniendo desigual combate con el dolor en tal grado de intensidad como no alcanza a recordar. Sí, EL dolor, pues aunque al principio pensara que eran varios de ellos los que se habían juramentado para atacarle de consuno, ora físicos, ora anímicos, se dio cuenta al fin de que en realidad existe para cada uno de nosotros un único dolor, que se manifiesta de tantas y diversas formas como posibilidades encuentre de clavar sus aguijones dumdum de daño y tristeza. Y esa lid le mantenía paralizado, concentrando en ella todas sus energías sin percatarse de que así en realidad retroalimentaba a su enemigo.

Así que cuando comprobó que ni siquiera los encuentros regulares que le concertaban con la hija de Morfeo -el dios de los sueños, el que reproduce las formas- servían para mitigar esa insoportable realidad, cayó en la cuenta de que solo podría encontrar alivio donde siempre lo había hallado; fue plenamente consciente de que a pesar de no poder soportar más de cinco minutos en la misma postura necesitaba volver a leer. Para poder volver a su vez a escribir. Para poder volver, en definitiva, a respirar a su propio ritmo y no al que le marcará aquella sucesión de fármacos que ni siquiera estaban resultando paliativos.

Se levantó entonces, en todos los sentidos, y se sumergió en las profundidades de La Horda. Una revolución mágica, un libro que habla de la guerra entre el bien y el mal, entre la oscuridad y la luz, dejando al lector que decida qué significan para él esos conceptos y en qué coordenadas personales situarlos; una guerra que, al igual que la que se libra entre el dolor y el bienestar en el interior de todos nosotros, nunca tendrá fin, en la que no hay ni vencedores ni vencidos. Y mientras se iba adentrando en los recovecos, en la superficie y en el subsuelo de cada página, al sentir un nuevo latigazo en las vértebras, en el alma, sonrió de manera triste y dulce al tiempo, sintiendo que ya era hora de volver a dar un paseo por el diccionario.

horda.- Comunidad de salvajes nómadas, según la severa acepción que ofrece el DLE, pero también grupo de gente que obra sin disciplina y con violencia. A España llegó en el siglo XIX desde el francés horde, que lo tomó prestado del tártaro orda ‘campamento militar’, que según Corominas deriva del verbo urmak ‘hincar, clavar’. Palabra conocida en Europa desde el siglo XIII, se desconoce el origen de esa h– inicial -en turco existe ordu y el latín medieval utilizaba ya orda– que aparece documentada por vez primera en alemán en 1429. Como Horda de Oro u Horda Dorada se conoció un estado mongol surgido tras la desaparición del imperio a la muerte de Gengis Kan. Por su parte, Sigmund Freud empleó el sentido de horda como población nómada o tribu viviendo en sociedad para acuñar su concepto de “horda primitiva” como representación de la forma primitiva de la sociedad humana, sumisamente sometida a un macho dominante.

hermético.- Del latín medieval hermeticus y este derivado del latín tardío Hermes [Trismegistus] ‘Hermes [Trimegisto]’ -Hermes el tres veces grande, propiamente-, por el nombre que aplicaron los griegos en el Egipto helenístico al dios Thot, señor de las ciencias y de la magia, a quien le atribuyeron conocimientos esotéricos. Su doctrina -denominada hermetismo- estaba contenida en los conocidos como libros herméticos, que inspirarían a los alquimistas. Además de hacer referencia a los seguidores filosóficos-religiosos de los escritos atribuidos a él, hermético se emplea en sentido más general con el sentido de algo que se cierra de tal modo que no deja pasar el aire ni otros fluidos -y de ahí el sello hermético, cerramiento de una vasija, impenetrable al aire, obtenido de la fusión de la materia con la que está formada, efectuado por un procedimiento químico- y en el de lo que resulta errado, impenetrable, aún tratándose de algo inmaterial.

apocalipsis.- Procedente del latín tardío apocalypsis, y este a su vez del griego apokálypsis ‘revelación’. Palabra que designa tanto el fin del mundo como una situación de catástrofe ocasionada por causas naturales o por agentes humanos, evocadora de una imagen de destrucción total. Es en nuestro idioma palabra de clara inspiración cristiana, como muestra el hecho de que hasta su penúltima edición, la de 2001, la definición que el propio DLE ofrecía de Apocalipsis -con mayúscula inicial- era la de «último libro canónico del Nuevo Testamento. Contiene las referencias escritas por el apóstol San Juan, referentes en su mayor parte al fin del mundo». A pesar de haber desaparecido esta acepción en la llamada Edición del Tricentenario, el nombre del libro sigue presente en nuestro lexicón, pues una de las acepciones de «beato» continúa rezando así: «Códice minado, de los siglos VIII al XIII, que recoge los comentarios que el Beato de Liébana escribió sobre el Apocalipsis».

alcahueta.- Al igual que su masculino, alcahuete, se predica de quien concierta, encubre o facilita una relación amorosa, generalmente ilícita y, por extensión, de la persona o cosa que oculta o encubre algo. Deriva del árabe andalusí alqawwád, con el mismo significado, y este del árabe clásico qawwād. Voz documentada en nuestro idioma ya en 1251, el también académico Diccionario histórico (1933-36) muestra que también se emplearon las formas alcagüeta/e y alcayueta/e. De manera coloquial se emplea también para hacer referencia a un correveidile, una persona que trae y lleva chismes, mientras que en teatro se emplea para designar un telón corto y a un bastidor que oculta ambos laterales en primer término del escenario. Sin duda la alcahueta más famosa de la historia de la literatura en castellano es Celestina, personaje de la obra atribuida a Fernando de Rojas Tragicomedia de Calisto y Melibea (finales del siglo XV), cuyo nombre se ha convertido en sinónimo de esta palabra.

galimatías.- Coloquialmente, se llama así a un lenguaje oscuro por la impropiedad de su enunciado o por la confusión de las ideas y también a una confusión, un desorden, un lío. Su origen es incierto, aunque el DLE lo sitúa en el francés galimatias ‘discurso o escrito embrollado’, asegurando que este procede del griego katà Matthaîon ‘según Mateo’, por la manera en que este describe la genealogía de Cristo que figura al inicio de su evangelio, aunque al parecer se debería más bien al tono de salmodia con el que esta se recitaba ya desde las iglesias bizantinas. Entre otras varias hipótesis, la hay que apunta a que podría derivar de Barimatia, nombre de un exótico país de donde procedería el personaje bíblico José de Arimatea, y luego aplicado a lenguajes incomprensibles hablados en países extraños. Y una tercera teoría, de entre las más plausibles, sostiene que en el siglo XVI en Francia se llamaba en latín gallus ‘gallo’ en la jerga estudiantil al estudiante que participaba en los debates reglamentarios, a lo que se habría unido la terminación griega -mathia ‘ciencia’.

La cita de hoy

El daño, como suele decirse, ya está hecho, aunque este sea un telón que siempre cierra en falso y se precipita hacia un final que jamás llega”.

Servando Rocha

El reto de la semana

Ya que en este paseo hemos hablado de dolor y de alquimia, ¿qué metal, que debe su nombre a una deidad romana, habría sido lógico encontrarnos hoy?

(La respuesta, como siempre, en la página de ‘Los retos’)

Paseando con zapatos de Manolo Blahnik

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Ponerse en los zapatos de alguien es una locución que se emplea para hacer referencia a la empatía, ese sentimiento que nos lleva a identificarnos con alguien y comprender los suyos; en definitiva, a ser conscientes de cómo siente el mundo, de la forma en que experimenta la vida. No sabe el paseante cómo será ponerse literalmente en los zapatos que diseña Manolo Blahnik -si bien él mismo asegura que «si no hay confort, la estética, adiós»-, pero sí que no resulta difícil entender su visión de la existencia y el arte, conceptos inseparables para él.

Pensaba en esto mientras recorría la exposición que el Museo Nacional de Artes Figurativas dedicó en Madrid al creador -o «dibujante de zapatos», como gusta calificarse- canario, cinéfilo empedernido que se autodefine como «excéntrico, neurótico, clásico y humilde». Un nombre que resulta piedra angular de la evolución del calzado femenino en la sociedad de los siglos XX y XXI y que a la hora de diseñar se deja guiar por su intuición artística sin tener en cuenta las tendencias de la moda. Alguien que al final de la muestra nos ofrece también un postrer consejo: «No te tomes las cosas en serio, procura divertirte. Esto es lo más importante».

Desfilaremos esta vez por cinco palabras inspiradas por los nombres –Odalisca, Pimiento, Margarita, Cimera, y Tarquinius– de algunas de sus creaciones, esas que dibujadas, recortadas, pegadas, mezclando materiales de todo tipo -madera, papel, tela, plástico…-pasan por hasta 50 procesos de producción antes de convertirse en auténticos iconos del estilo. Obras de arte, pues eso son, a las que, por cierto, a su autor no le gusta nada que sean llamadas «manolos».

odalisca.- Del francés odalisque, que lo tomó prestado, con la adición de una s parásita del turco odalk, de oda ‘aposento, cámara’ y el sufijo –lk, indicativo aquí de destino. Propiamente, ‘quien pertenece al aposento. Se denominaba así a la esclava destinada al servicio del harén del Sultán de Turquía. Es decir: servían a las mujeres del serrallo del que también era conocido como el gran turco, no a este directamente. A pesar de ello, en Europa se extendió un uso impropio del término, que lo hizo equivalente de concubina, amante e incluso prostituta en ocasiones. La odalisca, generalmente representada desnuda, recostada en una cama o apenas vestida con velos ligeros, fue un motivo habitual en la pintura del siglo XIX influida por el llamado Orientalismo, la interpretación artística en occidente -muchas veces estereotipada- de determinados aspectos de culturas orientales.

pimiento.- Como ocurre en otros casos, este término es más empleado para referirse al fruto -de color rojo, verde o amarillo, baya hueca y forma más o menos cónica- que a la planta que lo produce originaria de América y con infinidad de variedades, de las que el diccionario académico cita expresamente el morrón -también llamado «de bonete» o «de hocico de buey»-, el del piquillo, el de cornetilla y los de Indias y de cerecillas, otros nombres estos dos últimos para la guindilla, uno pequeño que pica mucho. Procede del latín pigmentum ‘color para pintar’. También se llama «pimiento» al pimentón, que es su polvo molido; a la roya -un tipo de hongo- y al arbusto de la pimienta. Respecto a esta última, Covarrubias afirmaba que aquel quemaba como esta, de forma que aderezándolo con tostarlo en el horno suplía a la pimienta. Por otra parte, locuciones como importar, o no importar, un pimiento o no valer un pimiento indican que algo importa poco o nada o vale muy poco.

margarita.- Aunque la acepción más usual y conocida hoy -aunque tal vez también pueda serlo la que da nombre al cóctel preparado con tequila- sea la de la flor de pétalos blancos y centro amarillo, entre sus significados está también el más desconocido de «perla», lo que no resulta extraño dado que esta voz deriva del latín margarīta ‘perla’, y este del griego margarítēs, si bien ya Corominas avisa de que con este sentido es voz culta, con escaso arraigo en el Siglo de Oro y hoy en desuso -lo que no marca el DLE-.  Ese mismo origen etimológico lo encontramos también en «margarina», por comparación de su aspecto con el de la madreperla y en un curioso término derivado que aparecía en el Diccionario de Autoridades (1732) y que la RAE dejó de recoger a partir de 1791: «diamargaritón», compuesto farmacéutico cuyo principal ingrediente eran las perlas y que servía para fortificar el corazón, la cabeza y el estómago.

cimera.- Otro vocablo que llegó a nuestros idioma desde el griego, chímaira, a través del latín, chimaera ‘monstruo imaginario, quimera’. Documentada por vez primera en el Cancionero de Baena, a comienzos del siglo XV, da nombre a la pieza que remataba la parte superior del yelmo o la celada de las armaduras para dar altura al caballero o para imponer miedo al enemigo y que con frecuencia representaba a un animal quimérico. En heráldica designa a un adorno que en los blasones se coloca igualmente sobre el yelmo o celada a imitación de esos remates. En su obra Introducción a la heráldica y manual de heráldica militar española (2010), Eduardo García-Menacho señala asimismo que la cimera -muy poco usual en España, a diferencia de las heráldicas portuguesa, alemana o inglesa- servía en origen para distinguir a unas generaciones de otras, si bien, al igual que los escudos, terminaba en muchas ocasiones convirtiéndose en hereditaria.

tarquinada.- Coloquialmente y poco usada, significa «violencia sexual cometida contra una mujer». Del nombre de Sexto Tarquino, hijo del rey de Roma Tarquino el Soberbio, que según la tradición abusó de Lucrecia, hija de un pariente del mismo rey, quien se suicidó tras haber sido ultrajada. Un paseo por la definición de esta palabra en las distintas ediciones del DLE muestra cómo este refleja en ocasiones la evolución de la sociedad a la hora de considerar diversas cuestiones y los cambios que ello conlleva en el idioma. Autoridades (1739) la define como «violencia torpe contra la honesta resistencia de alguna muger (sic)» -recordemos las acepciones de «torpe» como deshonesto, impúdico, lascivo, ignominioso, indecoroso o infame-; a finales del siglo XIX, la edición de 1899 habla ya de «violencia contra la honestidad de una mujer» y, casi un siglo después, la de 1992 muestra la redacción enunciada al comienzo, que se mantiene hasta hoy.

 

La cita de hoy

“No me gusta hacer balances. Yo vivo el presente e incluso el mañana”.

Manolo Blahnik

 

El reto de la semana

Teniendo en cuenta dónde se celebró la exposición, ¿cuál sería el parque -cuyo nombre lo es también de uno de los modelos de Blahnik- más lógico por el que disfrutar de nuestro paseo de hoy?

(La respuesta, como siempre, en la página de ‘Los retos’)