Paseando por la historia de España

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Ocupó el paseante algunos días del inicio de este año en leer una historia de España que recibió como obsequio de amigo invisible con ocasión de la llegada de los Reyes Magos. Un libro escrito con esa pretensión de levedad que parece que debe impregnar todo intento de divulgación hoy en día.

Un volumen que, además, se dice escrito para lectores escépticos. Cualidad, el escepticismo, que se asocia a toda persona sabia, aunque con frecuencia haya quien confunde esto con no creer en nada en vez de, como pensamos que es más apropiado, considerarse un cuestionamiento de toda verdad por el mero hecho de ser presentada como tal por la autoridad establecida.

El caso es que este regalo permitió a quien traza estos paseos volver a recordar con cariño a algunas figuras secundarias —unas mucho; otras algo menos— que siempre le atrajeron en la historia de esta piel de toro cuya supervivencia como nación sigue pareciendo un auténtico milagro a algunos: Marcial; Al-Hakam II; Kristina de Noruega; Julián Sánchez, el Charro; José Maldonado…

Pero, además de personajes históricos, esta crónica hispánica nos ofreció algunas palabras con las que pergeñar un nuevo paseo, cinco de las cuales, y algunas más homógrafas, abordamos a continuación. Paseemos, pues, por ellas y brindemos por el futuro —incierto, no lo vamos a negar— de una tierra que, a pesar de lo que predican los agoreros, tiene, estamos convencidos de ello, porvenir. ¿Acaso no ha sobrevivido hasta ahora contra todo pronóstico? 😉

falcata.- Espada de hoja curva y con estrías longitudinales usada por los antiguos iberos. El historiador Diodoro Sículo (siglo I a. C.) aseguraba que podía cortar todo lo que encontrara en su camino, pues debido a la extraordinaria calidad del hierro con que se forjaba no había escudo, casco o hueso que pudiera resistir su golpe.

El nombre procede del latín [spatha] falcāta ‘[espada] en forma de hoz’, aunque el término no aparece documentado como sustantivo en las fuentes literarias de la antigüedad.

La palabra falcata, que se incorporó al diccionario académico en fecha tan reciente como la edición de 2001, comenzó a emplearse por los especialistas en el siglo xix a raíz de su aparición en un artículo del historiador y arqueólogo Fernando Fulgosio publicado en 1872 en la revista Museo español de antigüedades.

Considerada por los estudiosos como el arma característica de los pueblos ibéricos por su forma peculiar y su generalización en comparación con otros tipos de armas, su procedencia no es segura. Diversas hipótesis plantean que podría tener origen autóctono; continental centroeuropeo; griego; o haber llegado a la península desde las costas balcánicas del Adriático.

Existe una palabra homógrafa que tuvo su lugar en el diccionario académico en el siglo XVIII. Un adjetivo sinónimo de otro, corniculata, que se aplica a la Luna desde que empieza a verse después del novilunio, hasta cerca del cuarto creciente, y después del cuarto menguante, hasta que no se puede ver por la cercanía del Sol. Se llamó así por la figura con que aparece a manera de cuernos.

motín.- Disturbios promovidos, generalmente en contra de la autoridad constituida, por gente en actitud de rebeldía.

Procede de la sustantivación del francés medieval mutin, ‘revoltoso, rebelde’, antes meute, derivado del francés antiguo muete ‘rebelión’, y este del latín mŏvĭta ‘movimiento’, participio pasado femenino de movere ‘mover’. En última instancia, de la raíz del protoindoeuropeo *meue- ‘apartar’.

En el diccionario encontramos también amotinar, que es alzar en motín; amotinamiento, la acción y efecto de amotinar; amotinador, aquel que lo provoca; amotinado, el que participa en él; o desamotinarse, dejar de participar en él, «reduciéndose a quietud y obediencia», como reza el DLE.

De ese meute que se encuentra en el origen galo de nuestro vocablo deriva también otro en nuestro idioma: muta, una forma poco usada de referirse a una jauría, el conjunto de perros que levantan la caza en una montería y, por extensión, un grupo de personas que persiguen a alguien con saña.

En nuestra querida España, tierra levantisca en la que las asonadas han sido moneda corriente a lo largo de la historia, algunos motines han logrado entrar en ella con nombre propio: el Motín de Esquilache (1766), que tuvo como excusa las medidas innovadoras de este ministro de Carlos III; el Motín de Aranjuez (1808), en contra de Manuel Godoy, secretario de estado de Carlos IV; o el Motín de La Granja (1836), pronunciamiento militar que logró la restitución de la Constitución de 1812.

parias.- Tributo que en la Edad media pagaba un soberano al de otro reino en reconocimiento de la superioridad de este.

Era pagado especialmente por reyes musulmanes a reyes cristianos de los diferentes reinos peninsulares en momentos en los que aquellos, aunque más débiles militarmente, contaban con una economía más próspera que la de su adversario. Se establecía así una especie de vasallaje. De la importancia de estos ingresos para las arcas cristianas da cuenta el hecho de que cuando Fernando I (1037-1065) dividió en su testamento el reino entre sus tres hijos —decisión que más tarde se demostraría poco acertada— cada territorio incluía como herencia las parias de diversos territorios musulmanes.

Deriva del latín tardío pariāre ‘igualar dos cosas’, ‘saldar’, ‘pagar’.

En el DLE aparece así, en forma plural. Sin embargo, como ya vimos al pasear por otro tributo medieval, la almocatracía, en el Diccionario panhispánico del español jurídico aparece con otra grafía: paria, en singular. Tras una consulta a la Real Academia Española respecto a cuál es la manera considerada correcta recibimos como respuesta que «en la documentación es mayoritario el empleo del plural, aunque se documenta a veces en singular, como en la expresión entrar/meter en paria». Expresión esta que podemos encontrar a lo largo del Poema de Mío Cid.

Curiosamente ambas formas cuentan con palabras homógrafas. Una en plural, parias, forma poco usada de denominar a la placenta, y dos en singular, paria: la primera se aplica a una persona de la India fuera del sistema de las castas o a alguien a quien se excluye por ser considerado inferior; la segunda, a una mujer natural de la isla de Paros, en el mar Egeo.

herejía.- Doctrina o sistema teológico que se opone a aquello  que la autoridad religiosa admite como intocable en su fe. También un error sostenido con pertinacia en relación con ella. Si además la herejía se sostiene igualmente con pertinacia eso es hereticar.

El Diccionario de la lengua española recoge también los significados de sentencia errónea contra los principios ciertos de una ciencia o arte; disparate, acción desacertada; palabra gravemente injuriosa contra alguien; o daño o tormento grandes infligidos injustamente a una persona o animal. Antiguamente se empleaba también con los sentidos de adhesión a las cosas fuera de razón o, familiarmente, de carestía.

Hasta la edición de 1822 aparecía en el diccionario académico en la forma heregía.

Procede de la voz hereje, que lo hace del occitano eretge, este del latín tardío haeretĭcus, y este del griego hairetikós, ‘partidista’, ‘sectario’.

El fundador de una herejía es un heresiarca. Algunos de ellos se han hecho un hueco en nuestro diccionario gracias al nombre de su doctrina o el que reciben sus seguidores: Valentín (s. II) —valentiniano—; Sabelio (s. III)—sabelianismo—; Prisciliano (s. IV) —priscilianismo—; Eutiques (s. V) —eutiquianismo, eutiquiano—; Pelagio (s. V) —pelagianismo—; Berenger (s. XI) —berengario—; o Pedro de Valdo (s. XII) —valdense—.

Por su parte, la locución coloquial parecer la estampa de la herejía se emplea para señalar que alguien es muy feo o que va vestido con muy mal gusto.

borbonear.- Intervención directa en política por parte del jefe del Estado (un monarca de la casa de Borbón), incluso saliéndose de su papel institucional, valiéndose principalmente de medios indirectos para lograr su fin. Por ello es frecuente encontrar esta palabra asociada a otras como ventajismo, manipulación, falsedad, engaño o traición.

Es voz que no aparece en los diccionarios, aunque sí está suficientemente documentada.

En ocasiones se adjudica la creación de este neologismo al general Primo de Rivera cuando se encontraba al frente del Gobierno (1923-1930), aunque hay quienes remontan su origen al reinado de Fernando VII. En lo que sí existe consenso es en considerar a Alfonso XIII como paradigma de borboneador.

El apelativo familiar, del que surge este término, tiene su origen en Bourbon-l’Archambault, localidad francesa en la región de Auvernia, cuyo nombre procedería de Borvo, dios de la mitología celta gala con poderes curativos, asociado al agua y a las fuentes termales.

Sí encontramos en el DLE dos palabras directamente relacionadas con esta dinastía:

El adjetivo borbónico, que se aplica tanto a lo perteneciente o relativo a los Borbones como a alguien que es partidario de ellos.

Y bourbon, variedad de whisky procedente del sur de los Estados Unidos. Más concretamente del condado de Bourbon, en Kentucky, nombrado así en agradecimiento a la casa real francesa por su apoyo a la causa de la independencia.

Existe también un dicho vinculado a la familia, surgido en su país de origen: «Los Borbones nunca aprenden ni nunca olvidan». Deja el paseante su interpretación a la inteligencia de quienes tienen la gentileza de asomarse por estas líneas.

La cita de hoy

«Ser español y lúcido aparejó siempre una seca soledad».

Arturo Pérez-Reverte

El reto de la semana

Volvemos a buscar un animal ¿Con cuál habría sido lógico encontrarnos en nuestro paseo de hoy según las fuentes tradicionales de la etimología hispana?

(La respuesta, como siempre, en la página ΄Los retos΄)

Un paseo discutido desde los inicios

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Recuerda el paseante que en su ya lejana infancia le sorprendió escuchar a un hombre mayor de su barrio decir que «nada le gustaba tanto como una buena discusión». Afirmación que le sorprendió sobremanera pues le tenía —amigos, vecinos y conocidos solían acudir a él en busca de consejo— por hombre sensato y sosegado.

Solo tiempo después fue capaz de comprender aquella afirmación de manera cabal. Porque en aquel entonces identificaba discutir con luchar, con pelear, como se teme que muchos aún lo hacen hoy en día, y cada vez más, en esta España crispada, independientemente de la edad que tengan. Un enfrentamiento en el que no se trata tanto de oponer el propio punto de vista frente al del otro, alegando razones y tratando, en su caso, de convencerlo como de imponer la propia opinión al oponente, negando cualquier consideración a la de este, obviando que discutir procede del latín discutĕre ‘disipar’, ‘resolver’.

Lejos estaba entonces quien estas líneas escribe de tener noticias de aquellas discusiones literarias medievales en las que dos contendientes pugnaban por demostrar quién tenía razón. Unos debates en los que el propio desarrollo de la disputa importaba más que el resultado a que se pudiera llegar y cuyo esquema procedía de una materia impartida entonces en las universidades, la dialéctica, considerada una herramienta fundamental en la búsqueda de la verdad.  

A ese espíritu y a esa interpretación de la discusión nos encomendamos para comenzar los paseos de este agitado 2021 —tercera ola de la pandemia, asalto al Capitolio en Washington, nevada histórica en Madrid y otras zonas de España…— cerrando la trilogía que hemos dedicado a términos cuyo origen no se conoce a ciencia cierta con palabras de las que el Diccionario de la lengua española califica como de etimología discutida.

Lo haremos con cinco de ellas —y una de propina— espigadas entre las varias decenas que merecen esta consideración de manera expresa en el lexicón académico, en la seguridad de que serán muchas más las que también podrían recibir esa consideración.

alirón.- Interjección, que se emplea también como sustantivo, utilizada para celebrar la victoria en una competición deportiva. Sobre su génesis existen hipótesis ciertamente dispares.

Cuando el DLE la incorporó a sus páginas, en fecha tan reciente como 2001, siguió el criterio del profesor Federico Corriente y la situó en el árabe. Hablaba del árabe andalusí ali‘lán, derivado del árabe clásico al’il‘lān ‘proclamación’. Años después el propio Corriente, que citó esta palabra en su discurso de recepción en la RAE, abundaría en esta tesis: «Voz de origen árabe con la que anunciaban las subastas y otras novedades de interés público, de donde nos viene el actualísimo futbolero, o sea ¡se anuncia!, ¡se anuncia!».

Tal vez la más extendida, aunque muy improbable, sea la que habla de las minas de hierro de Vizcaya, explotadas por empresas inglesas en el siglo xix, donde asegura la leyenda que cuando se encontraba una veta que solo contenía hierro el capataz la marcaba escribiendo all iron ‘todo hierro’. Como quiera que ello implicaba un aumento de la paga, pronto se habría asociado dicha expresión, pronunciada a la española, a lo festivo.

Hay incluso quien se ha lanzado a hacerla proceder de otra interjección, alón —del francés allons ‘vayamos’ —, hoy en desuso, con la que se animaba a mudar de lugar, de ejercicio o de asunto.

Sin embargo, la teoría que tiene más visos de verosimilitud es la que sitúa su origen en el cabaret, cuando la cupletista Teresita Zazá interpretó en 1913 en el Salón Vizcaya de Bilbao una canción que incluía la frase «al compás del ¡Alirón! / ¡Alirón! ¡Alirón! / Pom, pom, pom», a la que los clientes habrían cambiado el final por «el Athletic campeón».

lerdo.- Se dice comúnmente del animal de carga que resulta pesado y torpe en el andar y también de una persona tarda y con pocas luces para comprender o ejecutar algo.

Antiguamente se empleaba en el lenguaje de germanía con el significado de cobarde. Según dice el criminólogo español Rafael Salillas en El delincuente español: el lenguaje (1896) esto estaba motivado precisamente por la torpeza de los cobardes al andar.

Encontramos todavía una acepción más fuera del diccionario: el Vocabulario navarro (1952) de J. M Iribarren nos lleva hasta el valle de Salazar, donde se denominaba así a la resina de pino.

Covarrubias (1611) se decantaba por el griego lordós ‘con la cabeza inclinada hacia el suelo’ como origen de este vocablo y el DLE lo hizo durante mucho tiempo por el bajo latín lurdus ‘pesado, embobado’, tomado del latín lurĭdus ‘cárdeno, amarillento’, admitiendo en alguna edición influencia del griego citado. Tal vez la hipótesis más curiosa sea la sostenida por el hispanista de origen ruso Yakov Malkiel, quien proponía enlerdar, a partir del latín (g)leritare ‘dormir como un lirón’, en última instancia de glis, gliris ‘lirón’.

Como ocurre con tantas otras esta palabra adquirió nuevos significados en la otra orilla del español. En Guatemala y Honduras lerdo hace referencia, en el mundo rural, a un tipo de cultivo de ciclo largo, de desarrollo lento. En este último país es también un adjetivo que se predica, en femenino, de una tortilla de maíz que tiene pompas de aire caliente en su interior. Por su parte, la locución adverbial ni lerdo ni perezoso significa en Cuba con decisión, sin vacilar, y en el Uruguay y la Argentina se aplica a quien es astuto y no pierde oportunidad de obtener algún provecho personal.

apoyar.- Verbo que como transitivo tiene los sentidos de hacer que algo descanse sobre otra cosa; basar o fundar; favorecer, patrocinar o ayudar; confirmar, probar, sostener alguna opinión o doctrina; en equitación, bajar un caballo la cabeza, inclinando el hocico hacia el pecho o dejándolo caer hacia abajo; y en el mundo de la milicia, proteger y ayudar una fuerza a otra.

Como intransitivo significa cargar, estribar, significado en el que según Corominas se incorporó a nuestra lengua como tecnicismo arquitectónico, y también, si hablamos de un sonido, de una sílaba o de una palabra, ser articuladas con más sonoridad o intensidad o deteniéndose en ellas.

Corominas mantiene asimismo que es adaptación del italiano appoggiare, bajo el influjo del castellano poyo, proveniente a su vez del latín pŏdium ‘sostén en una pared’. Por su parte, el Diccionario histórico del español (1933) optaba por el bajo latín appodiāre, del latín ad ‘a’ y podĭum ‘poyo’.

Existe otro verbo homógrafo, con la acepción de sacar el apoyo o apoyadura de los pechos, es decir, el flujo de leche que acude a ellos al dar de mamar. En esa línea, en México, Honduras, Puerto Rico y el Uruguay se emplea, en el mundo rural, con el de lograr que le baje la leche, por segunda vez, a una vaca después de haber sido ordeñada, acercándole a la cría.

¿Y por qué sale a colación este segundo término en nuestro paseo? Pues porque el diccionario académico califica también su etimología como… discutida, a la vez que remite a la consulta del latín *podiare ‘subir’.

muérdago.- Palabra que el paseante descubrió en su infancia, como imagina que le habrá pasado a más de uno de uno de quienes comparten este paseo, gracias a las aventuras de Astérix el Galo.

Es una planta parásita que vive sobre los troncos y ramas de los árboles.

Sus frutos, unas bayas pequeñas de color blanco rosado, están desarrollados por el tiempo de Navidad, por lo que sus hojas con esas bayas se utilizan en las decoraciones propias de las fechas que acabamos de pasar. En algunos países es costumbre colgar un ramillete encima de las puertas para dar buena suerte a quienes las crucen, en especial a quienes se besen bajo él.

Desde antiguo tuvo un marcado carácter simbólico: ya los druidas celtas lo recogían en diciembre para utilizarlo en ritos de fertilidad. Simboliza la regeneración, la restauración de la familia y del hogar.

Antes de considerar que el origen de este término es discutido el diccionario académico aventuró en un principio que se podía encontrar en el latín mordēre ‘enlazar, fijar’ y posteriormente en el también latín mordĭcus ‘mordaz’.

Corominas, tras reconocer lo incierto de su procedencia aventura que puede hacerlo de un antiguo vasco *muir-tako ‘para visco, planta empleada para sacar el muérdago’, que recomienda comparar con el vasco moderno miur(a) ‘muérdago’ y el vasco mihurtu ‘granar’.

Además de recoger también la forma almuérdago, el DLE muestra otros nombres que recibe esta planta: liga, que bien podía haber aparecido en el paseo de orígenes inciertos, pendejo en Andalucía y quintral en Chile, una especie de flores rojas que sirve para teñir, del que deriva aquintralarse, cubrirse un árbol o arbusto de quintral.

gringo.- Probablemente cuando nos encontramos con esta voz la mayoría la consideremos un sinónimo coloquial de estadounidense. Sin embargo, esto no es así en sentido estricto.

Como bien señala Ricardo J. Alfaro en su Diccionario de anglicismos (1950) hay «bastante anarquía»en cuanto a la manera de entender y usar esta voz, que, por otra parte, refleja una intención más humorística que despectiva.

Así, vemos que puede predicarse de un extranjero, especialmente de habla inglesa, y en general del hablante de una lengua que no sea la española, como señala el DLE en su primera acepción, y coloquialmente de cualquier lengua extranjera o de un lenguaje ininteligible. Pero también, según el país americano en que nos situemos, de una persona rubia y de tez blanca; de los ya referidos naturales de Estados Unidos; de un inglés; de un ruso… e incluso de los españoles, así llamados por los cubanos durante la guerra.

¿Y qué decir respecto a su origen? En un principio la Academia lo hacía derivar de griego, especialmente en referencia a un lenguaje incomprensible, y Corominas señala que sería una deformación de esta palabra. Otras teorías apuntan a una guardia irlandesa en el Madrid de finales del xviii y principios del xix y, las más extendidas —principalmente para su uso en relación a los yanquis, pues con otros sentidos ya se empleaba con anterioridad—, a un regimiento de la guerra entre Estados Unidos y México de 1847.

Si volvemos al Cono Sur vemos además que en Chile la locución a lo gringo significa sin ropa interior, mientras que en Argentina aludía a la forma en que los extranjeros, especialmente italianos, realizaban las tareas del campo, con las que no estaban familiarizados. En Colombia hacerse el gringo es fingir que no se entiende una cosa, hacerse el sueco. Y en Bolivia el gringo es el nombre que recibe el número cinco en algunos juegos de azar.

El dicho de hoy

Discutir si son galgos o podencos.                            

Hacerlo sobre cuestiones secundarias, sin abordar lo que realmente importa. Cuenta una antigua fábula que dos liebres —o dos conejos, según quien la narre— a las que perseguían unos perros se entretuvieron en discutir si se trataba de galgos o de podencos, dos razas que a primera vista pueden parecerse. Tanto se enfrascaron en la porfía que cuando los perseguidores llegaron hasta ellas las pillaron descuidadas y las atraparon. Añade Tomás de Iriarte (1750-1791) como moraleja en la versión que él escribió: «Los que por cuestiones/ de poco momento/dejan lo que importa/llévense este ejemplo».

El reto de la semana

¿Con qué animal muy apreciado, aunque a veces se utilice como insulto, cuyo nombre deriva de una palabra cuyo origen es también discutido podríamos habernos encontrado en el paseo de hoy? (La respuesta, como siempre, en la página ΄Los retos΄)

Un paseo sin fuentes conocidas

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El Nilo, que alumbró una de las mayores civilizaciones conocidas, ocultó durante milenios su nacimiento a quienes pretendían encontrarlo. El descubrimiento de sus fuentes, que se convirtió en uno de los mayores retos para exploradores y viajeros desde la más remota antigüedad, no se resolvería hasta mediados del siglo xix.

La búsqueda del origen de las cosas ha sido siempre una pulsión de la humanidad. ¿De dónde venimos? es una de esas cuestiones básicas que lleva planteándose probablemente desde su mismo inicio. Sin embargo, como esta misma pregunta se encarga de demostrar, no siempre nos es dado conocer esos inicios. En unas ocasiones puede que por el momento; en otras tal vez jamás lleguemos a encontrarlos.

Eso es algo que sabemos bien aquellos a los que Carlos la Orden Tovar bautizó certeramente como «espesitos de la etimología»: al igual que hay obras literarias anónimas, son muchas, muchísimas, las palabras cuyo origen es o bien incierto, como las que abordamos en el último paseo, o bien directamente desconocido

Palabras, pues, que llegaron a nuestra lengua sin referencias conocidas, sin antecedentes, sin partida de nacimiento ni pasaporte… Desde un anonimato que, estamos seguros, envuelve también a bastantes otras de las que el diccionario no señala específicamente ese aspecto. Vocablos que, en todo caso, forman parte del acervo del español porque así lo fueron decidiendo los auténticos dueños del idioma: sus hablantes, que fueron incorporándolas o creándolas, tanto da.

Un anonimato que, sin embargo, no ha sido óbice para que a través de la historia de la propia lengua se hayan planteado sucesivamente, como podemos comprobar en el paseo de hoy, las más diversas hipótesis respecto a lugares y momentos de nacimiento, sin que al parecer ninguna de ellas llegara a adquirir la condición de fidedigna.

Nuestros pasos nos encaminan hoy hacia cinco de esos términos que, al atractivo que hemos encontrado en todos los que se han asomado por estas páginas hasta ahora, añaden el del misterio —y este siempre resulta muy sugerente— de que no sepamos desde dónde han llegado hasta nosotros.

panga.- Voz de reciente incorporación al DLE, pues no lo hizo hasta 2001. Nada se indicaba entonces sobre su origen, como tampoco en la versión en papel de 2014. Ha sido la reciente actualización en línea de noviembre de 2020 la que le ha conseguido un hueco en nuestro paseo por palabras marcadas como de origen desconocido.

En el español —o tal vez sería más propio decir los españoles— de América encontramos tres embarcaciones y un recipiente llamados así:

Un pequeño bote de fondo plano y cubierta ancha, movido a remo, vela o motor, que se emplea para pescar o transportar personas en aguas poco profundas.

Una barcaza de carga movida por motor, de fondo plano y cubierta ancha, que, siguiendo un cable como guía, sirve para transportar carga, en especial vehículos, de un lado a otro de un río, lago o laguna.

Una embarcación descubierta, ancha, de poco calado y con motor que se utiliza para la pesca y para el transporte de pasajeros.

En Honduras da nombre también a un tronco ahuecado de caoba o cedro de forma rectangular, que se usa para dar de comer al ganado o para fregar los cacharros.

Si saltamos de continente se cruza en nuestro rumbo otra posibilidad para surcar las aguas: la panga filipina, una barca bien acabada y ligera que puede navegar a remo y a vela. No llegó a conseguir el aval académico —sí otra distinta denominada panca—, pero Wenceslao Retana la recoge, como voz tagala, en su Diccionario de filipinismos (1921) y aparecía en diversos diccionarios del siglo xix, en algunos de ellos también en la forma pango.

barril.- Voz común a todos los romances de Occidente, como leemos en Corominas, de origen prerromano y de raíz desconocida.

Su acepción más común es la de recipiente generalmente cilíndrico, de madera o de metal, que sirve para conservar, tratar y transportar diferentes líquidos y géneros.

Algunos de ellos, en sentido real o figurado, «tienen apellido» en nuestra lengua:

Barril bizcochero, que servía para llevar el bizcocho —un pan sin levadura, que se cocía por segunda vez para que perdiese la humedad y durase mucho tiempo— en las embarcaciones.

Barril de tocino, que en Puerto Rico sirve para denominar a los fondos públicos asignados a los legisladores sin propósito específico.

Barril sin fondo, que en algunos países americanos hace referencia a una persona que todo lo hace en exceso; en la República Dominicana, Puerto Rico y Venezuela también a algo que cuesta o en la que se invierten grandes cantidades de dinero; y en el Uruguay a una persona capaz de beber mucho alcohol sin emborracharse.

Barril sin zuncho(s), sinónimo festivo en Chile de persona gorda.

A su vez, de una situación muy tensa y conflictiva se dice que es un barril de pólvora.

De barril derivan barrilete, que puede ser tanto un instrumento de carpintero como un cangrejo de mar, una especie de nudo marinero, un tipo de cometa, una pieza del clarinete o un aprendiz —y, si además es cósmico, en léxico futbolístico, el recientemente fallecido Diego Armando Maradona, aunque eso es ya otra historia—; barrila, una botija cántabra; embarrilar, meter y guardar algo en barriles; embarrilador, el encargado de hacerlo; barrilería, lugar donde se fabrican o conjunto de ellos — este último  llamado también barrilamen, o barrilaje en México—; y barrilero, el que los fabrica.

gafe.- Adjetivo que se predica de una persona que trae mala suerte o de aquella que impide o dificulta cualquier diversión. Como sustantivo es un sinónimo de mala suerte.

Cuando el diccionario académico lo incorporó, en 1970, con la definición de aguafiestas, de mala sombra, aseguraba que tenía el mismo origen que gafo —persona que padece gafedad, un tipo de lepra—: gafa, a la que hoy atribuye un origen incierto, pero que entonces derivaba del germánico gafa ΄gancho΄. Habría que esperar a la edición de 2001 para que su procedencia se considerara desconocida y a la de 2014 para cambiar a los significados que muestra ahora.

Otra hipótesis apunta a una ascendencia árabe, de qáfa, que alude precisamente a la mano del leproso, con sus dedos encorvados. Según esta teoría, el término habría ido adquiriendo una connotación cada vez más negativa y de hecho se llegó a pensar que incluso respirar el aire de un lugar por donde pasaba un leproso traía malas consecuencias. Poco a poco tanto gafo como gafe habrían ido resbalando hacia el terreno de la superstición.

Personaje inmune a su propio maleficio, se considera que basta incluso con mencionar su nombre para que sus efectos se hagan notar, por lo que si alguien se atreve a pronunciarlo hay que conjurar el mal tocando madera, entrecruzando los dedos índice y corazón de ambas manos o recurriendo a cualquier otro tipo de sortilegio.

En el Uruguay se emplea coloquialmente el término secante para referirse a una persona que es gafe —también a alguien molesto y fastidioso—.

De gafe obtenemos el verbo gafar, transmitir o comunicar mala suerte a alguien o algo.

becerro.- Es la cría de la vaca hasta que cumple uno o dos años. En la tauromaquia se eleva un poco la edad, pues es sinónimo de novillo, res vacuna de entre dos y tres años.

También la piel de ternero curtida para emplearse en calzados y otros usos, así como el libro —también libro becerro o libro de becerro— en el que monasterios, cabildos catedralicios, villas y otras comunidades copiaban sus privilegios y las escrituras de sus pertenencias, llamado así por encuadernarse con ella para su mejor resguardo.

Especial relevancia histórica tiene el Becerro de las behetrías, libro en el que, de orden del rey Alfonso XI y de su hijo Pedro I, se escribieron las behetrías —poblaciones en las que sus habitantes podían elegir a su señor— de las merindades de Castilla y los derechos que pertenecían en ellas a la Corona y a otros partícipes.

Según el Diccionario de autoridades (1726) se llamó así a la cría bovina como si dijésemos buey cerril.

Corominas especula en esta ocasión con un origen ibérico, probablemente de un *ibicirru derivado del hispanolatino ibex, -ĭcis ‘rebeco’, por el carácter indómito y arisco de ambos animales.

Si proseguimos por mar nuestro paseo daremos con el becerro marino, es decir, con una foca.

Y si nuestra singladura nos lleva hasta el reino vegetal, nuestro vocablo es otro nombre que recibe la planta conocida como dragón, mientras que otra planta perenne, el aro, es también conocida como pie de becerro.

Terminamos con una acepción de reminiscencias bíblicas: el becerro de oro, sinónimo de dinero o riquezas, que remite al episodio en el que Moisés baja del monte Sinaí y se encuentra a los israelitas adorando a un ídolo con esa forma hecho de ese metal.

ascua.- Trozo de una materia sólida y combustible, por ejemplo de carbón, que por la acción del fuego se pone incandescente y sin llama.

El Diccionario de autoridades (1726) recoge la cita que Covarrubias hacía a su vez del padre Guadix —que ya se asomó por estos paseos cuando nos ocupamos de la palabra bagasa—, quien decía que era voz arábiga, de ayxcua, «que vale mal amor y mala amistád, porque ninguna se puede tener con el fuego, que todo lo consúme».

El lexicón académico aseguraba en 1899 que venía del alto alemán weiss kohle ΄carbón blanco o candente΄. En las ediciones posteriores desaparece toda referencia al respecto y la mención expresa del carácter desconocido de su origen no se incorporará hasta la última.

Corominas abunda en lo desconocido del origen y descarta tanto el germánico asca ΄ceniza΄, que no explicaría la terminación de la palabra española, como el vasco ausko-a, derivado de hauts ΄ceniza΄, pues parece ser palabra meramente supuesta. Se inclina, como en el caso de barril, por una ascendencia prerromana.

Es término expresivo que puede encontrarse como interjección festiva —¡ascuas!— para manifestar extrañeza o dolor y como frase para dar  a entender que alguna cosa brilla y resplandece mucho: estar hecho un ascua de oro.

También protagoniza locuciones como arrimar alguien el ascua a su sardina, que hace referencia al hecho de aprovechar la coyuntura en propio interés, incluso obteniendo un beneficio particular de lo que debería ser común; estar en o sobre ascuas es a su vez otra forma de decir que alguien está inquieto, tenso, preocupado; y sacar el ascua con la mano del gato, o con mano ajena, se empleaba, pues está en desuso, con el sentido de utilizar a una tercera persona para ejecutar algo sin exponerse a los daños o riesgos que ello pueda conllevar.

La cita de hoy

«Sin lugar a dudas A. N. Onymous ha sido el autor más prolífico en la historia de la literatura en lengua inglesa».                                  

Peter Muckley

El reto de la semana

¿Desde qué región natural española, protagonista de algún que otro viaje literario y cuyo nombre aparece en el DLE como de origen desconocido, podríamos haber emprendido el paseo de hoy?

(La respuesta, como siempre, en la página ΄Los retos΄)

Incierto paseo

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Las locuciones a ciencia cierta o de ciencia cierta aluden a algo que lleva aparejada seguridad, ausencia de duda. Algo que hasta ahora estábamos convencidos de que podíamos aplicar a nuestra sociedad, a un modo de vida en el que creíamos que los avances, vertiginosos, de la ciencia y la tecnología nos proporcionaban una certidumbre que nos eximía de tener que cuestionarnos muchas cosas.

Sí, creíamos, porque ha bastado un virus para poner todo patas arriba. Para que todo lo que considerábamos fijo y esperable se haya desvanecido como por arte de magia, sumiéndonos en un estado de incertidumbre del que no llegamos siquiera a intuir cuándo o cómo saldremos. Una realidad que ha hecho que seamos conscientes de que no solo el futuro puede ser incierto: también el presente.

Pero si vamos un paso más allá deberemos admitir que no solo el futuro y el presente, que también el pasado puede resultar incierto en ocasiones. Bien porque nuestra memoria nos juegue la mala pasada de reinterpretarlo, bien porque no lo hayamos llegado a conocer. Y eso es algo que ocurre, como ya vimos en el paseo de orígenes inciertos, con muchas palabras que usamos habitualmente.

Pasearemos hoy por cinco de ellas que nos esperaban en los intrincados —pero siempre atractivos— caminos de la incertidumbre etimológica. Vamos allá.

zarabanda.- Junto con las acepciones de «cosa que causa ruido estrepitoso, bulla o molestia repetida» y de «lío, embrollo» el DLE muestra dos referidas a sendas danzas: una lenta, solemne, de ritmo ternario, que, desde mediados del siglo xvii, forma parte de las sonatas; la otra, popular de los siglos xvi y xvii, frecuentemente censurada por los moralistas. Esta tenía origen español y desde este idioma llegó al francés ―sarabande― y al inglés ―saraband―.

Aunque ya Covarrubias (1611) hablaba de la presencia en la antigua Roma de la çarabanda, baile «alegre y lascivo» practicado por las bailarinas conocidas como puellae gaditanae, originarias del sur de la Bética, muy sensuales y sobre las que llegó a escribir el bilbilitano Marcial, parece establecido que era una invención reciente de finales del siglo xvi.

Si incierto resulta su origen no lo es menos el de su nombre. El propio Covarrubias lo sitúa en el hebreo, en el verbo çara ‘esparcir, cerner’, ‘ventilar’, ‘andar a la redonda’. Corominas, dando como lo único seguro que este baile es oriundo de España, considera probable que la palabra se originara también ahí, con materiales puramente hispanos. Desecha, por inverosímiles, las diversas etimologías persas que se llegaron a proponer suponiendo al término transmitido a través del árabe. Por su parte, el lexicólogo Rodríguez Marín, en El Loaysa de “El celoso extremeño” (1901) aventura una deformación de zaranda ‘criba’, fundada en el meneo rítmico de esta.

Si cruzamos el charco, zarabanda hace referencia en México a una paliza; en Venezuela y el Uruguay a un estado de desorden; a una intriga en Honduras; y en este último país, además de en Guatemala y el Uruguay, a un jolgorio o baile popular.

arretín.- Voz tramada con otras cuantas del ámbito textil, su escueta definición reza que es otro nombre del filipichín.

Este, cuyo nombre a su vez tiene un origen que el DLE califica como desconocido, es un tejido de lana estampado ―y desde 1984 cuenta también con el aval académico para el significado de lechuguino, afeminado―. El Diccionario de autoridades (1732) decía que era «a modo de chamelotón», con unas labores hechas con prensa.

Si buscamos su significado vemos que se trata de un chamelote ordinario y grosero. ¿Y qué es el chamelote, se preguntarán vuestras mercedes? Pues ni más ni menos que el camelote, un tejido fuerte e impermeable, generalmente de lana. Proviene del francés antiguo camelot, variante dialectal de chamelot, y este del francés antiguo chamel ‘camello’, porque se hacía con pelos de este rumiante.

Pero volvamos a arretín. Desde 1884 el diccionario académico la hacía derivada de ratina ―con errata incluida en las ediciones a partir de 1956 que convertía a esta en retina―.

Esto se mantuvo hasta 1992, cuando se habla ya de origen incierto, indicando, eso sí, que se debe consultar la voz ratina, que es otra tela de lana, esta entrefina, delgada y con granillo, que «quizá» proceda del francés ratine, y que probablemente –esto no lo cuenta ya el DLE―, podría venir del antiguo verbo rater ‘raspar, rayar, pelar’.

Para terminar con este paseo entre paños recordemos que el arretín, o filipichín, fue también conocido en su momento como barragán estampado, otra, una más, tela impermeable, de la que en este caso sí se sabe de dónde procede el nombre: del árabe andalusí bar[ra]kán[i], que lo hace del árabe barkānī ‘tipo de paño negro indio’, y este del persa pargār o pargāl.

esperpento.- Voz reciente que no se documenta en nuestro idioma hasta 1891. De origen incierto, no podía ser de otro modo en este paseo, Corominas indica que no sabía de nadie que hubiera buscado su etimología. Lo cual no obsta para que se haya atribuido a este vocablo carácter de madrileñismo; de argentinismo; de mejicanismo de Veracruz…

A su significado primigenio, que nos habla de una persona fea, de una situación o de algo ridículo, estrafalario, el DLE añadió —en el Suplemento a la edición de 1970— el de concepción literaria creada por Ramón M. ª del Valle-Inclán, en la que se deforma la realidad acentuando sus trazos grotescos y el de obra literaria acorde con ella.

Palabra proveniente del habla informal y familiar, pasó así a designar una actitud artística donde tienen cabida obras de límites poco precisos, escurridizos, en las que se dignifica un lenguaje coloquial que incluye numerosas expresiones jergales. Los rasgos exagerados y caricaturescos que las caracterizan enlazan, sin duda, el ámbito literario con el pictórico del Bosco o de Goya. Aunque esos atributos pueden rastrearse ya en obras anteriores del autor se considera que Luces de Bohemia (1920) es la primera producción considerada específicamente un esperpento.

Fue esta la primera ocasión en la que el diccionario académico acogió en su seno a este gallego tan querido por estos paseos y al que haría nuevo hueco años después mediante el adjetivo valleinclanesco.

Como derivados existen el esperpentismo, modo de expresión artística y literaria que responde a los planteamientos del esperpento, y el adjetivo esperpéntico.

almocatracía.- Según la Academia era un impuesto o derecho que se pagaba antiguamente por los tejidos de lana fabricados y vendidos en el reino. El Diccionario panhispánico del español jurídico —donde, por cierto, la palabra aparece sin tilde: almocatracia— especifica que se trataba de Castilla.

Pertenecía a la Corona, que solía ceder su cobro a particulares como recompensa por sus servicios. Las telas se sellaban como prueba del pago, que se establecía en maravedís tanto para las piezas como para las varas.

Su origen es tan incierto como el del propio nombre. La profesora López Mora explica que son muy escasas las fuentes documentales que puedan respaldar que encontremos este término en los diccionarios. También que siempre se refieren a Jaén, pues parten del privilegio que Enrique II de Castilla concedió para dicha ciudad a Pedro Ruiz de Torres en las Cortes de Toro de 1371. Este es el que aparece citado en el Diccionario histórico de la lengua española (1933) y de él no se puede establecer a ciencia cierta el contenido del tributo, pues nada se dice en él de la lana ni de si los bienes debían ser producidos en el reino o solo vendidos en él.

Corominas dejó escrito que es inútil buscar la etimología sin que se haya averiguado antes su significado. No obstante, en diversas épocas y por diversos autores se han aventurado las árabes almocáddar ‘medida’; almoctarix ‘beneficiado’, ‘obtenido como ganancia’; *mux/qatrá, que apunta al lujo; mátrah ‘cojín, colcha, jergón’, a través del bajo latino matracium ‘colcha de lana’; o mustajlas, una serie de impuestos no canónicos sobre ciertos negocios que iban a engrosar la hacienda de los reyes andalusíes.

pelele.- Muñeco de figura humana hecho de paja o trapos como el que se solía poner en los balcones o mantear durante los carnavales.

Figurada y familiarmente se califica también así a una persona simple e inútil a quien, por su falta de voluntad, manejan los demás con facilidad.

Desde su incorporación en el Suplemento a la edición de 1947 el DLE recoge además un tercer sentido: el de traje de punto de una pieza que se pone a los niños para dormir.

Voz tardía, documentada a finales del siglo xviii, Corominas señala que parece de creación expresiva o tal vez de un cruce de lelo con otro vocablo.

En sus acepciones originarias pelele se ha hecho un hueco en el mundo de la creación artística: en su primera acepción dio nombre a un conocido cartón para tapiz pintado por Goya, obra que sirvió de inspiración para la pieza para piano homónima compuesta por Enrique Granados en 1914 y para el texto del mismo título —en español en el original francés— escrito por el dramaturgo Jean-Christophe Bailly en 2003.

En su significado metafórico lo encontramos en la farsa cómica de Carlos Arniches La tragedia del pelele (1935) o en la novela del galo Pierre Louÿs La mujer y el pelele (1898), en la que está basada a su vez la película de Luis Buñuel Ese oscuro objeto del deseo (1977).

El pelele con figura de soldado que en vez de ser manteado se ponía en el ruedo para que el toro se cebase con él era conocido como dominguillo.

La cita de hoy

«Lo único cierto es que no hay nada cierto».              

Plinio el Viejo

El reto de la semana

¿Qué podríamos tomar para reponer fuerzas tras el paseo de hoy, sabiendo que lleva dentro de su nombre, por supuesto de origen incierto, el de una bebida alcohólica con la que podríamos acompañarlo?

(La respuesta, como siempre, en la página ΄Los retos΄)

Pirateando por el diccionario

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Está claro que la literatura y el cine han contribuido decisivamente a plasmar en el imaginario colectivo una visión de la piratería en la que la rebeldía frente a la injusticia y las ansias de libertad de muchos de sus protagonistas logra enmascarar una realidad mucho menos ideal, en la que la violencia llevada a su grado máximo, la codicia o el desprecio por la vida ajena constituían rasgos distintivos.

Y, sin embargo, también en ese mundo sórdido podemos encontrar valores y principios que todos podríamos suscribir: la justicia a la hora de repartir el botín; la compensación por las mutilaciones sufridas; la forma democrática de tomar determinadas decisiones… Y, sobre todo, la lealtad a los compañeros, sabedores de que es la unión lo que hace la fuerza.

Esa misma solidaridad es la que ha sentido el paseante, en estos duros meses de pandemia, encarnada en el apoyo que le han prestado, al pairo y en la tormenta, en puerto y en la mar abierta, sus compeñeros de Piratas Unionistas, peña del club Unionistas de Salamanca.

En homenaje de gratitud a estos camaradas de tripulación navegaremos hoy bajo la Jolly Roger, el pabellón de la calavera y los huesos cruzados sobre fondo negro, por cinco palabras que encontramos en esa isla del tesoro que es para nosotros el diccionario y que son representativas de una Hermandad de la Costa que para el paseante ha quedado demostrado, gracias a ellos, que es algo más que un bonito nombre.

P. D. Compeñeros no es una errata: es la palabra que le gusta emplear al paseante para referirse a sus compañeros de peña.

pirata.- Persona que se dedica al abordaje de barcos en altamar con intención de robar. La violencia que ejercían con frecuencia en sus ataques motivó que también pasara a llamarse así a alguien cruel y despiadado.

Tiene su origen en el latín pirāta, y este en el griego peirats ΄pirata΄, ΄bandido΄, derivado de peirân ‘intentar, aventurarse’.

La evolución de los tiempos y de la sociedad, que encuentra su correspondiente reflejo en la lengua, hizo que en las últimas décadas se incorporaran al Diccionario de la lengua española primero, en los años 80 del siglo pasado, el pirata aéreo, secuestrador de aviones, y ya en 2014 el pirata informático, el que accede ilegalmente a sistemas informáticos ajenos para apropiárselos u obtener información secreta. También fueron incluidas en esta última edición las voces inglesas cracker y hacker ―así como su adaptación al español, jáquer―, con el mismo significado.

También se califica como pirata a quien copia o reproduce el trabajo ajeno, ya sean libros, discos, películas, programas informáticos, etc., sin autorización y sin respetar la propiedad intelectual, y, en general, a todo aquello que es ilegal, que carece de la debida licencia o que está falsificado. El DLE cita expresamente la edición pirata, que es aquella llevada a cabo por quien no tiene derecho a hacerla, y la radio pirata, una emisora que funciona sin licencia legal.

Además, en el lexicón académico encontramos también, circunscrito su uso a España, el pantalón pirata, que se caracteriza porque sus perneras llegan hasta la pantorrilla. Seco, Andrés y Ramos recoge asimismo la fórmula pantalón corsario.

filibustero.- Pirata de los grupos que en siglo xvii campaban por el mar de las Antillas. No se adentraban en mar abierto y atacaban barcos cerca de la costa o saqueaban poblaciones del litoral.

Del francés flibustier, y este del neerlandés vrijbuiter ‘corsario’, de vrij ‘libre’ y buiten ‘saquear’. La s se incorporó por una hipercorrección, en principio meramente gráfica, que terminó por pronunciarse a principios del siglo xviii. La l, por su parte, puede explicarse por influencia del neerlandés vlieboot —que en francés dio flibot y en castellano filibote—, ΄embarcación del Vlie΄, un tipo de carguero utilizado en la vía marítima holandesa del mismo nombre.

En el siglo xix se recuperó el término filibustero para aplicarlo a los aventureros que, sin patente ni comisión de ningún gobierno, invadían a mano armada territorios ajenos. Como el estadounidense William Walker, quien en 1856 llegó a ser investido como presidente de Nicaragua.

Más tarde fueron también tildados así quienes trabajaban por la emancipación de las entonces provincias españolas de ultramar.

Y por filibusterismo se entiende aún hoy, además de la actividad propia de los filibusteros, un tipo de obstruccionismo tendente a bloquear la actividad parlamentaria, generalmente mediante intervenciones interminables. Esta acepción fue acuñada en el Senado de los EE. UU. en el siglo xix, pero es práctica cuyo rastro puede seguirse hasta la antigua Roma, donde es tradición que Catón el Joven (95 a. C.-46 a. C.) era capaz de hablar días y días con el objetivo de frenar las leyes de Julio César.

corsario.- Aunque se emplea también como sinónimo de pirata, en puridad debería aplicarse al armador, capitán y tripulación, y por extensión a la propia nave, dedicados al corso, campaña de guerra marítima contra el comercio enemigo bajo las mismas normas que las fuerzas navales regulares, pero por su cuenta y riesgo, asumiendo los daños y perjuicios sufridos en su caso y sin recibir más recompensa que el botín obtenido al enemigo.

La autorización y comisión para dedicarse a ello era la denominada patente de corso. Al ser otorgada por un poder soberano, normalmente un Estado beligerante, implicaba su autorización, control y responsabilidad, condición que diferencia jurídicamente al corso de la piratería, aunque, evidentemente, no a ojos de sus víctimas.

En castellano recibe también el nombre de carta de marca, que dio lugar a la carta ―o patente de contramarca, dada por un soberano para que sus súbditos pudieran corsear y apresar las naves y efectos de los de otra potencia que hubiese dado cartas de marca.

Con el tiempo patente de corso pasó a significar también el derecho que alguien se arroga para decir o hacer lo que le venga en gana.

El DLE afirma que corso, voz de la que deriva corsario, procede del latín cursus ‘carrera’. Corominas aventura que quizá llegara nuesra lengua a través del catalán cors, donde ya se halla en el siglo xiii (Consulado de Mar).

Tienen también el aval académico, con la marca de desusadas, otras dos formas de nuestra palabra: cosario y cursario.

bucanero.- El DLE lo define como un pirata que en los siglos xvii y xviii se dedicaba a saquear las posesiones españolas de ultramar. Lo que no explica es que no fue así desde un principio y que en el propio nombre encontramos la explicación.

Proviene del francés boucanier, que a su vez lo hace de boucan, y este del tupí mokaém ΄parrilla de madera΄.

¿Piratas parrilleros, entonces? ¿Cómo se come eso? Echemos un vistazo a la historia. Tras la conquista de México y Perú muchos de los habitantes de la entonces conocida como La Española la abandonaron atraídos por las riquezas del continente. Dejaron allí gran número de ganado vacuno y piaras de cerdos que con el tiempo se fueron multiplicando a la vez que se asilvestraban.

Como los españoles no se establecieron nunca en la ribera noroeste de la isla no es descabellado pensar que fondearan allí buques contrabandistas en busca de víveres. La dilatada porción de costas desiertas, el buen anclaje y la abundancia de provisiones no dejarían de inducir en algunos las ganas de establecerse.

Se ganaban la vida cazando el ganado selvático para comerciar después con los barcos de paso. Curaban la carne por medio de un método aprendido de los indios caribes: cortada en largas tiras, la colocaban en una parrilla hecha de varas verdes donde se secaba a un fuego lento de leña. Los indios llamaban boucan al sitio donde ahumaban la carne. Se aplicó ese mismo nombre al aparejo que servía para secarla y el de bucanero a los propios cazadores.

Cuando por circunstancias ulteriores estos comenzaron a simultanear el comercio de carne y cueros con la piratería —buscando una vida más lucrativa que la precaria existencia que llevaban—el nombre fue perdiendo gradualmente su significación primitiva y adquirió la actual.

pechelingue.- O pichelingue, que ambas formas aparecen en el DLE.

Su escueta definición nos dice que es un pirata de mar.

A pesar de aparecer recurrentemente en documentos españoles de los siglos xvi, xvii y xviii, y de ser empleada por literatos como Tirso de Molina o Vélez de Guevara, no llegó a arraigar en castellano.

Su origen, sobre el que no se pronuncia el diccionario académico, atrajo la curiosidad de buen número de estudiosos, lo que propició la formulación de diferentes hipótesis al respecto:

Hartzenbusch, para quien el término era despectivo y aplicable solo a extranjeros, aventuró que tal vez procediera de las palabras speech english.

El jurista y filólogo Adolfo Bonilla San Martín proponía, en 1910, el mejicano pichilinga ‘chiquita’, desde el náhuatl picilihui ‘hacerse menudo lo que era grueso΄.

Charles Edward Chapman, en su Historia de California. El periodo español (1923) ofrece una explicación pintoresca: las palabras españolas pecho y lengua, como referencia despectiva al sonido gutural del neerlandés. Algo así como que los holandeses hablaban desde el pecho y no desde la boca y la lengua.

A su vez, el hispanista holandés J. G. Geers se inclinaba, en los años treinta del siglo pasado, por un origen gitano, a partir del caló petulingre ‘herrero’.

Será en 1944 cuando Engel Sluiter, profesor en la Universidad de California, Berkeley, establezca con propiedad que nuestra palabra es producto de una corrupción progresiva, a través del francés, del nombre de Vlissingen, ciudad portuaria en los Países Bajos cuya reputación internacional como nido de corsarios hizo que llegara a ser conocida como la ‘pequeña Argel’.  

La cita de hoy

«Piratería: El comercio sin añadidos, tal y como Dios lo hizo».   

Diccionario del diablo

Ambrose Bierce

El reto de la semana

¿Con qué bebida, cuyo nombre remite al de un famoso corsario, brindaremos al término de nuestro paseo de hoy?

(La respuesta, como siempre, en la página ΄Los retos΄)

Un paseo por El infinito en un junco

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Los japoneses denominan tsundoku a esa sensación que produce tener apilados en casa libros que no se han leído y que tal vez nunca lleguen a serlo. Aunque también hay muchos de ellos que solo esperan que el poseedor encuentre el momento oportuno para hacerlo.

Esto es lo que le ocurrió recientemente al paseante, cuando tuvo por fin tiempo y calma suficientes para abordar un ejemplar cuya lectura llevaba meses postergando por, como suele decirse, causas ajenas a su voluntad en este año tan anómalo.

¿Título?: El infinito en un junco. ¿Autora?: Irene Vallejo. Y ahora llega lo más difícil de estas líneas introductorias del paseo de hoy: ¿qué decir de un libro que ha recibido todo tipo de elogios; cuyas ediciones se suceden a ritmo de vértigo; acreedor de premios aquí y allá; del que ya se ha dicho y escrito casi todo…? Creo que me limitaré a una idea: si en muchas ocasiones, tras haber leído un libro, ha tenido uno la sensación de que le habría gustado escribirlo él, tras hacer lo propio con El infinito en un junco —y confiesa aquí que nada más terminarlo comenzó a releerlo, con la impresión de haberse dejado muchas cosas en el tintero— el paseante sintió que lo que en realidad le habría gustado era «ser» este libro y que alguien le hubiera escrito así.

Pasearemos hoy por cinco palabras espigadas en unas páginas que nos recuerdan que la historia de los libros, hasta haber podido llegar al tsundoku del que hablábamos al inicio, es la de una sucesión de acontecimientos casi milagrosos: la supervivencia de algunos de ellos —apenas un 1 % del total— desde el mundo clásico hasta nuestros días; la invención del alfabeto; la de soportes como el papiro… En definitiva, no se pierdan este apasionante viaje a través de los siglos: aventuras no van a faltar.

cálamo.- El diccionario académico refleja que esta voz designa a un tipo de flauta antigua; a la parte inferior hueca del eje de las plumas de las aves, que se inserta en la piel; a una caña, en tanto que tallo de las gramíneas; a una pluma de ave o de metal para escribir —estas dos últimas acepciones en sentido poético— y, en botánica, a un tallo herbáceo cilíndrico y liso, sin nudos ni hojas.

Procede del latín calămus y para seguir su génesis nos vamos a apoyar en el latinista Emilio del Río, quien explica que la palabra se aplicaba en un principio a la caña que crece junto a los ríos. Esta se secaba, se cortaba oblicuamente y se afilaba para poder escribir con ella. Es decir, primero significó caña y después el instrumento de escritura elaborado con ella. Más tarde, cuando comenzaron a emplearse plumas de ave para este cometido ambos se identificaron hasta el punto de que, como acabamos de ver, se llama cálamo a la sección de ellas pegada al animal. Y a partir de ahí se dice que la parte de un vegetal o de un animal que tiene forma de cañón de pluma de ave es calamiforme.

Pero para escribir hacía falta además tinta, que se obtenía de un cefalópodo y que se llamó tincta calamaris, es decir, ΄tinta para el cálamo΄, lo que andando el tiempo, como ya se habrá imaginado quien esté acompañándonos en este paseo, derivó en que el animal de marras fuera conocido como calamar.

La locución adverbial latina calamo currente, literalmente ΄corriendo la pluma΄, que también encontramos en el DLE, alude al hecho de escribir algo sin reflexión previa, de improviso y con presteza.

filípica.- Palabra cuyo protagonista a buen seguro habría preferido que no hubiera llegado a formar parte de nuestro idioma. Ni de otros como el inglés —philippic—, adonde llegó a mediados del siglo xvi desde el francés —philippique—, o el italiano —filìppica—.

Da nombre a una invectiva, a una censura áspera y desabrida, acre.

Proviene del latín Philippicae [orationes] ΄[discursos] sobre Filipo΄, traducción del griego Philippikoi [logoi], con el mismo significado, en referencia a los escritos y pronunciados por el político y orador ateniense Demóstenes (384 a. C.-322 a. C.) avisando del peligro que el poder creciente de Filipo II de Macedonia, el padre de Alejandro Magno, suponía para Atenas y el resto de ciudades griegas y exhortando a sus conciudadanos a hacer frente a la amenaza.

Años después Cicerón (106 a. C.-43 a. C.), gran admirador del ateniense, llamaría también filípicas a sus discursos contra Marco Antonio.

Entre ambos oradores se produce un curioso paralelismo en nuestro diccionario, pues, como ya vimos al pasear con Comunicación para ganar, este alberga también catilinaria, un escrito o discurso vehemente dirigido contra alguien, que encuentra su origen en los que el romano dedicó su rival Catilina.

Aindamáis, si Cicerón ha dado lugar —amén de a otros como cícero y cicerone—, al término cicerón,con el sentido de persona muy elocuente, el DLE otorga exactamente esta misma definición a demóstenes.

atlas.- Del griego Átlas, a través del latín Atlas, nombre de un gigante de la mitología grecolatina condenado por Zeus a soportar sobre sus hombros la bóveda celeste por toda la eternidad.

Se trata de una colección de mapas geográficos, históricos, etc., encuadernados en forma de libro. Recibió este nombre porque en esas compilaciones solía dibujársele en la portada. Corominas indica que la difusión del término en el léxico moderno se debió al célebre conjunto cartográfico de Mercator Atlas sive Cosmographicae meditationes de fabrica mundi et fabricati figura (1595), en el que figuraba al inicio, efectivamente, nuestro héroe.

Se llama también así a una colección de láminas descriptivas de una materia que suele aparecer encuadernada, en ocasiones separada del texto principal al que acompaña.

En el campo de la anatomía atlas da nombre a la primera vértebra de las cervicales, acepción que se explica por su función: servir de soporte de la cabeza.

Para finalizar esta entrada el Diccionario de la lengua española nos habla del atlas lingüístico, que consiste en una serie de mapas que muestran las zonas geográficas en las que se emplean determinados vocablos, fonemas, etc.

El Atlas Lingüístico de la Península Ibérica fue un ambicioso proyecto concebido en los primeros años del siglo xx por Menéndez Pidal, plan malogrado por la Guerra de España (1936-1939): habría que esperar a 1962 para que se editara el único volumen publicado hasta la fecha.

sainete.- Voz que reúne diversos significados.

En el mundo del teatro hace referencia tanto a una obra, frecuentemente cómica, de ambiente y personajes populares, como a una en un solo acto, de carácter burlesco, que se representaba en el intermedio o al final de una función.

Coloquialmente se predica asimismo de una situación o acontecimiento que resultan grotescos o ridículos y en ocasiones tragicómicos.

En cetrería se denominaba así al pedazo de gordura, de tuétano o de sesos con el que el halconero regalaba al ave cuando la cobraba.

Y en el ámbito culinario sirve tanto para hablar de un bocadito de cualquier cosa, agradable y gustoso al paladar, del sabor suave y delicado de un manjar o de una salsa o condimento que se añaden a algunas comidas para que resulten más apetitosas.

Enlazando con esta última idea de mejora encontramos que sainete es también una cosa que realza la gracia o el mérito de otra, de suyo agradable, o un adorno especial en vestidos u otras cosas.

Pero no termina aquí nuestro listado, pues si nos acercamos a América comprobamos que en Cuba es una recriminación violenta, mientras que en Argentina se trata de una variedad rioplatense de la obra de teatro española.   

Tiene origen en el diminutivo de saín, grosura, sustancia crasa o mantecosa de un animal, procedente del latín vulgar *sagīnum, y este del latín clásico sagīna ΄engorde de animales΄, ΄gordura, calidad de gordo΄.

utopía.- Representación imaginaria de una sociedad humana armónica y también algo deseable que parece de difícil realización.

Del latín moderno Utopia, isla imaginaria con un sistema político, social y legal perfecto, descrita por Tomás Moro (1478-1535) en la obra del mismo nombre (1516), a partir del griego ou ‘no’, tópos ‘lugar’ y el latín -ia ‘-ia’.

De ella derivan los adjetivos utópico y utopista, así como los sustantivos utopismo, tendencia a la utopía,y el reverso de la moneda: distopía, la representación figurada de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana. Del latín moderno dystopia, formado a partir del griego dys- ‘dis-‘, en el sentido de dificultad, anomalía, y utopia ‘utopía’.

La etiqueta socialismo utópico engloba aquellas corrientes del pensamiento socialista previas a la llegada del marxismo, algunas de las cuales han dejado huella en nuestro diccionario.

Así, sansimonismo hace referencia a la doctrina de Claude-Henry de Rouvroy, conde de Saint-Simon (1760-1825) y sansimoniano a lo relativo a ella o a un partidario suyo.

Por su parte, furierismo es el sistema de organización social propuesto por Charles Fourier (1772-1837), que excluía la propiedad privada y la familia, y que agrupaba a las personas en falansterios. Falansterio, que da nombre tanto a la comunidad autónoma de producción y consumo ideada por él como al edificio en que, según su sistema, habitaba cada una de las falanges en que dividía la sociedad. Él mismo acuñó esta palabra, phalanstère en francés, a partir de phalan[ge] ΄falan[ge]΄ y [mona]stère΄[mona]sterio΄. El partidario del furierismo o lo relativo a él es conocido como furierista.

La cita de hoy

«Creo que los libros describen a las personas que los tienen entre las manos».   

Irene Vallejo

El reto de la semana

¿Qué tipo de reunión, en la que brindaríamos incluso etimológicamente por él, podríamos organizar los muchos fanes de este libro para reflexionar sobre él?

(La respuesta, como siempre, en la página ΄Los retos΄).

Un paseo por Trabalengua

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Como  escuchó decir más de una vez por su tierra —al fin y al cabo las raíces charras acaban asomando siempre por alguna costura— el paseante disfrutó este fin de semana más que cochino en charca ajena. Porque tuvo ocasión de participar de nuevo en Trabalengua, esa fiesta de la lengua y del lenguaje; o de la lengua o lenguaje, o… vaya usted a saber, que para eso doctores tiene la Iglesia lingüística y él no es más que un aficionado fervoroso a estas cosas del idioma que ha encontrado en el simposio riojano un motivo de gozo como nunca podía haber sospechado.

Un encuentro en el que, a pesar de no poder juntarnos presencialmente, el espíritu de Vicente Espinel se hizo presente desde el primer momento para inspirarnos; descubrimos palabras nuevas, como «permutoedro», y recordamos otras desheredadas, como barquinazo; aprendimos un poco de «adolescentés» y escuchamos nuevos plurales casi imperceptibles; reflexionamos sobre las palabras que ha alumbrado o recuperado la pandemia y dimos vueltas en torno a las cosas del nombre; donde fuimos conscientes de cómo el lenguaje, siendo siempre iguales las palabras, se adapta de forma dúctil según esté destinado a ser escuchado, conversado, traducido, corregido…

Un congreso, en definitiva, que se ha convertido en una declaración de amor en toda regla a nuestra lengua, en el reconocimiento de que una herramienta de comunicación puede convertirse en una pasión.

Pasearemos hoy por cinco vocablos —y, como es ya costumbre, alguno de propina— inspirados por los nombres de varias de las personas que han hecho posible la celebración de unas jornadas en las que, paradójicamente, los asistentes nos hemos quedado más de una vez sin palabras. ¡Larga vida a Trabalengua!

espuela.-  Arco de metal con una espiga que lleva en su extremo una estrella con puntas o una ruedecilla con dientes. Se ajusta al talón del calzado, y se sujeta al pie con correas, para arrear a las cabalgaduras.

Por traslación se emplea también con el sentido de estímulo, acicate, y una tercera acepción la define como la última copa que toma un bebedor antes de separarse de sus compañeros, de sus concurdáneos.

Del antiguo espuera, y este del gótico *spaúra —pronúnciese spora—. La forma espuera se mantuvo en el lexicón académico hasta la edición de 1992 a pesar de que cuando se incorporó en 1791 ya estaba marcada como anticuada.

De espuela derivan palabras como espolear —picar con ella a la caballería para que ande—; espolada o espolazo —golpe dado con ella a la caballería—; espolique —mozo que camina junto a la caballería en que va su amo, llamado también espolista o mozo de espuela—; espoleta —horquilla formada por las clavículas del ave— o espolón en sus diversos significados.

Orden de la Espuela de Oro o de la Milicia Áurea es el nombre de la que está considerada como segunda en importancia entre las órdenes ecuestres pontificias. Reservada a príncipes católicos y jefes de Estado que no lo sean, hoy se encuentra en desuso.

orden.- Ya que hablamos de orden, nos encaminaremos ahora hacia este término polisémico, descendiente semiculto del latín ordo, -ĭnis. Estas son las acepciones que recoge el Diccionario de la lengua española:

  1. Colocación de las cosas en el lugar que les corresponde.
  2. Concierto, buena disposición de las cosas entre sí.
  3. Regla o modo que se observa para hacer las cosas.
  4. Serie o sucesión de las cosas.
  5. Ámbito de materias o actividades en el que se enmarca alguien o algo.
  6. Nivel o categoría que se atribuye a alguien o algo.
  7. Relación o respecto de una cosa a otra.
  8. En determinadas épocas históricas, grupo o categoría social.
  9. En arquitectura, cierta disposición y proporción de los cuerpos principales que componen un edificio.
  10. En botánica y zoología, cada uno de los grupos taxonómicos en que se dividen las clases y que se subdividen en familias.
  11. En geometría, calificación que se da a una línea según el grado de la ecuación que la representa.
  12. En algunos análisis fonológicos, conjunto de fonemas de una lengua que poseen un rasgo fonético común.
  13. Cuerda de un instrumento musical, o grupo de dos o tres cuerdas, que representan una única nota y se tocan de una sola vez.
  14. Uno de los siete sacramentos de la Iglesia católica, que reciben los obispos, presbíteros y diáconos.
  15. Cierta categoría o coro de espíritus angélicos.
  16. Instituto religioso aprobado por el papa y cuyos individuos viven bajo las reglas establecidas por su fundador o por sus reformadores, y emiten votos solemnes.
  17. Mandato que se debe obedecer, observar y ejecutar.
  18. Cada uno de los institutos civiles o militares creados para premiar por medio de condecoraciones a las personas con méritos relevantes.
  19. En Cuba, México y la República Dominicana, relación de lo que se va a consumir en una cafetería o restaurante.
  20. Cada uno de los grados del sacramento del orden, que se van recibiendo sucesivamente y constituyen ministros de la Iglesia.
  21. Cada una de las filas de granos que forman la espiga.

ana.- Nos adentramos ahora en un tres en uno, que no han de faltarnos palabras homógrafas plantadas en el jardín del diccionario.

La primera es una antigua medida de longitud generalmente empleada para tejidos, aunque no exclusivamente. Equivalía aproximadamente a un metro. Covarrubias señalaba que era la medida que hay desde el codo a la mano.

Procede de alna, que lo hace del gótico alĭna ‘codo, medida lineal’.

De esta voz derivaban dos que ya no aparecen en el diccionario académico: anear, medir por anas, y aneaje, acción de anear.

La segunda, documentada por vez primera en 1615, es un adverbio que utilizaban los médicos en sus recetas para denotar que determinados ingredientes debían ponerse en cantidades iguales.

Del griego aná ΄cada΄, ΄cada uno, uno (o dos, o tres, etc., cada uno)΄, como nos recuerda Corominas.

La última en incorporarse al DLE —lo hizo en la edición de 1956— da nombre tanto a una antigua unidad monetaria empleada en Birmania, la India y Paquistán que equivalía a un dieciseisavo de rupia, como a la moneda que la representaba, que estaba hecha de níquel. Tiene su origen en el hindi y el urdu ānā.

cabezón.- Vamos con otra palabra con varios significados, que se forma a partir de cabeza —del latín capitia, la forma que sustituyó a caput, -ĭtis en el latín vulgar hispánico— y el sufijo –ón en su valor de aumentativo, lo que nos da como resultado una cabeza grande.

También se predica coloquialmente de quien la tiene así, del que es terco, obstinado, y de una bebida alcohólica que se sube a la cabeza.

Dos referencias ahora al mundo animal: se llama así igualmente al renacuajo, la larva de la rana, y a la cabezada, el correaje que ciñe y sujeta la cabeza de una caballería.

Si nos acercamos al ámbito de la vestimenta vemos que daba nombre —pues ahora este sentido está en desuso— a la abertura que tiene cualquier ropaje para poder sacar la cabeza y, en algunas prendas de vestir tradicionales, a la tira de tela que rodea el cuello —como la lechuguilla, uno muy grande y bien almidonado, y dispuesto por medio de moldes en forma de hojas de lechuga, usado durante los reinados de Felipe II y Felipe III, tal y como se refleja en numerosos retratos de la época—.

Por su parte, jurídicamente en el Antiguo Régimen cabezón era el padrón de contribuyentes y la escritura de obligación de la cantidad que se pagaba de contribuciones.

Fuera ya del entorno del reconocimiento de la RAE nos trasladamos hasta el norte de España para descubrir que en Cabezón de la Sal (Cantabria) se llamaba cabezón a una medida empleada en el comercio de la sal, cuyo origen —el de la medida— algunos pretenden remontar al Imperio romano.

pimienta.- Fruto, esférico y menudo, del pimentero, de sabor picante y muy aromático. Se emplea, entero o molido, como condimento.

El diccionario académico guarda silencio sobre el origen de esta palabra, por lo que recurrimos una vez más a Corominas para leer que se encuentra en el latín pĭgmĕnta, plural de pigmentum ΄colorante, color de pintura΄, que ya en esa lengua tenía además el sentido de ΄droga, ingrediente΄ y más tarde ΄condimento΄.

Fue muy apreciada en la antigüedad, cuando a sus usos culinarios se sumaba su empleo en aplicaciones medicinales. En el siglo xv hubo verdaderas batallas por dominar las rutas en las que se comercializaba esta especia que alcanzaba precios realmente muy elevados. Y es que, como nos recordaba Juan Ruiz, Arcipreste de Hita: «Es muy pequeño el grano de la buena pimienta, pero más que la nuez reconforta y calienta».

Encontramos esta voz en locuciones como comer pimienta, que es lo mismo que enojarse; ser como una pimienta, aplicada a alguien muy vivo y activo; tener mucha pimienta algo, es decir, estar muy alto su precio o la aragonesa hacer pimienta, que equivale a hacer novillos.

El Diccionario de americanismos (2010) nos dice que en Panamá se llama pimienta al pelo muy crespo, mientras que en Nicaragua decir de alguna persona que es pura pimienta es reconocerle como excelente en lo que hace.

 

La cita de hoy

«Nuestro lenguaje nos representa e identifica».          

Estrella Montolío

 

El reto de la semana

Esta vez no os vamos a pedir que averigüéis una palabra concreta. Lo que nos gustaría es que penséis en una que os atraiga de manera especial por el motivo que sea; que disfrutéis un buen rato de ella, analizándola, buscando su origen, estableciendo sus conexiones, acariciándola… Y si después os apetece compartirla a través de los comentarios a esta entrada, pues … miel sobre hojuelas lingüísticas. Gracias mil por pasear con nosotros.

Paseando por España con Jack el Destripador

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Llegó por fin a manos del paseante el nuevo número de Agente provocador, la revista editada por La Felguera, editorial cuyas obras han propiciado un buen número de estos paseos: con la Horda y con seres mitológicos del norte; de la mano de Pío Baroja y de Valle-Inclán; por los bajos fondos y el Madrid bohemio…  

Lo primero que le llama la atención —en una publicación que depara siempre motivos varios para ello— es el título: Jack el Destripador en España. Llamativo cuando menos y en verdad paradójico, pues ciertamente habría sido imposible verificar la presencia en algún momento en nuestro país de alguien cuya identidad sigue siendo desconocida más de un siglo después.

Sin embargo, no podemos olvidar que, como vimos al pasear por el libro Fantasmagoría del polímata Ramón Mayrata, una alucinación que se comparte con otro o con la colectividad se convierte en una realidad. Y eso es justamente lo que ocurrió a la supersticiosa y muy atrasada sociedad española de las postrimerías del siglo xix, en la que se instaló una ola de pánico que llevó a creer que el criminal inglés se movía por nuestras ciudades —de La Coruña a Huelva; de Madrid a Alcoy— tras haber escapado del cerco policial en Londres. Paranoia alimentada por las noticias que sobre sus crímenes publicaban a diario unos periódicos en los que incluso se le llegó a bautizar en alguna ocasión como Jaime el Gaitero, producto de confundir ripper ‘destripador΄con piper ΄gaitero΄.

Pero dejémonos de elucubraciones y emprendamos sin más dilación nuestro paseo por cinco palabras que hemos encontrado rastreando las huellas visibles que dejó un fantasma en un lugar en el que ¿nunca estuvo?

gaitero.- El DLE ofrece como primera acepción la de persona que toca la gaita, en particular si lo hace de manera profesional.

El Diccionario de autoridades (1734), siguiendo al lexicógrafo fray Pedro de Alcalá (c. 1455 – p.m. s. xvi), autor del primer diccionario castellano-árabe editado, otorgaba a esta palabra un origen árabe. Todavía encontramos esa atribución en la edición de del lexicón académico 1970, pero a partir de la de 1984 se indica que gaita quizá proceda del gótico gaits ‘cabra’.

Otros sentidos en los que se emplea este término, aunque se encuentran en desuso, hacen referencia a un vestido o adorno de colores demasiado llamativos —y de ahí gaitería, adorno o vestido, o modo de vestir y adornarse, de varios colores fuertes, alegres y contrapuestos— y a una alegría poco adecuada a la condición o situación de alguien o de algo.

A su vez, en Venezuela un gaitero es alguien que forma parte de un grupo que interpreta gaitas, un canto popular navideño de ritmo movido y alegre, típico del estado de Zulia.

Dos refranes para terminar:

En casa del gaitero todos son danzantes aludía a la influencia de la tradición familiar a la hora de elegir oficio.

A ruido de gaitero érame yo casamentero se empleaba para reprender a las mujeres que frecuentaban los bailes y fiestas públicas pues supuestamente daban a entender mucho deseo de casarse, pues en esas celebraciones solían surgir fácilmente los noviazgos.

tuberculosis.- Enfermedad infectocontagiosa de los humanos y algunas especies animales producida por el bacilo de Koch.

Deriva del latín científico tuberculosis, y este del latín tubercŭlum ‘tumor pequeño’, ‘pequeña protuberancia’ y el latín científico -osis ‘-osis’.

Nada dice el diccionario académico del porqué del nombre de la bacteria que causa la enfermedad, a pesar de contar esta con su propia entrada en él. Fue bautizado así en honor de Robert Koch (1843-1910), médico y microbiólogo alemán que lo descubrió en 1882 y que fue galardonado en 1905 con el Premio Nobel de Medicina.

Sí recoge expresamente la tuberculosis miliar —o granulia—, que es aquella que se caracteriza por la diseminación de pequeñas granulaciones tuberculosas en la masa del órgano afectado, especialmente el pulmón y la tisis, que define como tuberculosis pulmonar.

Tísico, hético o trefe son apelativos que se aplican a quien padece esta última. El enfermo de tuberculosis es un tuberculoso o fímico, también llamado baldado en Panamá o ticuriche en El Salvador.

De la palabra con la que estamos paseando deriva a su vez tuberculina, que da nombre a una preparación hecha con gérmenes tuberculosos, utilizada en el tratamiento y en el diagnóstico de las enfermedades tuberculosas.

Idealizada en su momento por el Romanticismo, esta afección está presente en obras literarias y musicales como La bohème (Puccini); La Traviata (Verdi); La dama de las camelias (Alejandro Dumas hijo); La montaña mágica (Thomas Mann); Pabellón de Reposo (Cela)…

murciélago.- Nombre común de varias especies de quirópteros, generalmente insectívoros. Únicos mamíferos que vuelan, son nocturnos y pasan el día colgados boca abajo en lugares oscuros.

Es una metátesis de murciégalo, voz formada a partir del latín mus, muris ‘ratón’ y caecŭlus, diminutivo de caecus ‘ciego’.

Además de con esta forma, que hoy la Academia marca como vulgar, también es conocido como morciguillo ―del diminutivo del dialectal morciego, con el mismo origen latino ya visto―; murceguillo ―del diminutivo del dialectal murciego―; panarra ―del latín *pennaria― o vespertilio ―del latín vespertilio, y este derivado de vesper ‘atardecer’― y en México como chinacate ―del nahua tzinacan―.

Dentro también del diccionario encontramos que herradura es un tipo de murciélago que tiene los orificios nasales rodeados por una membrana que tiene esa forma; orejudo, uno cuyas orejas son muy grandes en relación con su pequeño tamaño; panique, uno de Oceanía, del tamaño del conejo, con la cabeza parecida a la del perro, cola corta y pelo oscuro que tira a rojizo. Su carne se come, y su piel se utiliza en peletería, y vampiro, uno hematófago de América del Sur, de color castaño rojizo con el vientre gris.

Murciélago es asimismo el nombre que reciben sendos peces en Cuba y Puerto Rico, ambos con aletas pectorales muy desarrolladas que semejan dos alas.

Y si nos salimos del reino animal, en Chile se denomina en el fútbol con esta palabra pentavocálica a una táctica de juego muy defensiva de un equipo.

corte de los milagros.- El DLE lo define como el conjunto de mendigos y gentes de mal vivir que habitan en un determinado lugar, si bien se emplea igualmente para referirse a un lugar peligroso por la abundancia de delincuentes.

Es un calco del francés cour des miracles, que era como se conocían los barrios de París que servían de refugio a pordioseros, prostitutas, malhechores… ¿Por qué se llamó así a un lugar que albergaba tanta miseria? Pues porque cuando caía la noche y se retiraban a su territorio muchos de aquellos mendigos que simulaban enfermedades como la epilepsia, mutilaciones y taras diversas para infundir piedad y conseguir alguna limosna recuperaban «milagrosamente» la salud e incluso los miembros supuestamente amputados volvían a aparecer.

Contrariamente a lo que pudiera parecer sus habitantes estaban perfectamente organizados y jerarquizados: tenían sus propias leyes, una jerga particular e incluso un rey, con potestad sobre todos los mendigos de Francia, al que se conocía como Le Grand Cœsre.

De esta figura surgió una palabra de nuestro diccionario: tuna, en su sentido de vida libre y vagabunda, que llegó desde el francés tune ‘hospicio de mendigos’, ‘limosna’, y este, según la etimología tradicionalmente ofrecida en el país vecino, de [Roi de] Thunes ‘[Rey de] Túnez’, «título» dado al jefe de los vagabundos franceses siguiendo el ejemplo del jefe de los gitanos de París, que «ostentaba» el de duque del Bajo Egipto.

La Corte de los Milagros (1927) es el título de una novela de Ramón Mª del Valle-Inclán. Comprendida en la serie El ruedo ibérico, recrea desde el esperpento la degradación de la corte de Isabel II, atestada de intrigas, camarillas y corrupción.

infierno.- Procedente del latín infernum, el lugar desde el que el protagonista de nuestro paseo decía escribir alguna de sus cartas a la policía tiene diversas acepciones con cabida en el diccionario:

En la doctrina tradicional cristiana, lugar donde los condenados sufren, después de la muerte, castigo eterno.

En diversas mitologías y religiones no cristianas, lugar que habitan los espíritus de los muertos.

En sentido más amplio, seno de Abraham ―o de Abrahán―, es decir, el limbo del catolicismo.

En algunas órdenes religiosas que deben por instituto comer de viernes, hospicio o refectorio donde se come carne.

Lugar o concavidad debajo de tierra, en que asienta la rueda y artificio con que se mueve la máquina de la tahona.

Pilón adonde van las aguas que se han empleado en escaldar la pasta de la aceituna para apurar todo el aceite que contiene, en el cual, reposadas aquellas, se recoge uno de inferior calidad.

En el juego de la rayuela ―también conocido como infernáculo―, uno de los espacios o divisiones que se trazan en el suelo.

Coloquialmente, lugar o situación que causa gran sufrimiento o malestar.

De manera también coloquial, sufrimiento o malestar grande.

En la religión cristiana, estado de privación definitiva de Dios.

Asimismo, el infierno protagoniza numerosos refranes y expresiones: cuando queremos rechazar a alguien le mandamos al infierno; un lugar muy lejano es el quinto infierno; de desagradecidos está el infierno lleno vitupera la ingratitud y muestra que es muy frecuente…

 

La cita de hoy

«Y nadie sabe nada de mi vida.

Puedo ir y venir como me plazca

Si quiero puedo quedarme

o si quiero puedo irme.

Nadie me conoce, nadie me conoce».

Jack el Destripador

Morrissey

 

El reto de la semana

¿Qué palabra encontramos en el diccionario con el mismo significado que destripador y que podríamos considerar coloquialmente como alternativa más castiza?

 

(La respuesta, como siempre, en la página ‘Los retos’)

Un paseo al rojo vivo

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Tras nuestro último recorrido le preguntaron al paseante por su color favorito. La respuesta es fácil: el rojo —o, si nos ponemos poéticos, el roso—, color que el Diccionario de la lengua española define como semejante al de la sangre o al del tomate maduro.

El nombre procede del latín russus, lengua adonde habría llegado desde el protoindoeuropeo reudh, según señala Ana Cermeño, y ha sido tradicionalmente asociado a la pasión y el sexo; a la fuerza; al izquierdismo en política; a la suerte y la felicidad en algunas culturas orientales, en las que las novias suelen casarse vestidas de este color; a lo bueno y lo bello en lugares fríos, como Rusia…

Quiso la sincronicidad —quienes siguen estos paseos saben que no creemos mucho en las casualidades— que unos días después se encontrara quien esto escribe con un artículo titulado Un mundo sin colores rojos, que versaba sobre el científico británico John Dalton (1766-1844) y la enfermedad de la vista a la que dio nombre: el daltonismo, un defecto que impide percibir determinados colores o lleva a confundir algunos de los que se perciben.

Esto le llevó a plantearse cómo sería un diccionario en el que los colores rojos no existieran. Mucho más limitado que el actual, sin duda alguna, pues se cuentan por decenas tanto las palabras que hacen referencia a diversas modalidades, tonos o intensidades de este color como al matiz que introduce en otros. Pasearemos hoy por ellas, modificando por vez primera después de tanto tiempo el esquema de estos paseos.

Acaramelado.- Dorado rojizo como el del caramelo, azúcar fundido y endurecido.

Achiote.- En Guatemala, Honduras y Nicaragua, color bermejo que tiene una pasta utilizada en cocina como colorante y obtenida del árbol del mismo nombre. Este es conocido también como bija, palabra procedente del caribe bija ΄encarnado, rojo΄.

Alazán.- Color más o menos rojo o muy parecido al de la canela.

Almagre.- Color semejante al del almagre, un óxido rojo de hierro. El nombre deriva de almagra, otra forma de llamarlo, voz que encuentra su origen en el árabe andalusí almáğra, y este en el árabe clásico mağ[a]rah ‘tierra roja’.

Amaranto.- Color semejante al de la flor carmesí del amaranto, planta de adorno cultivada en los jardines. Es también conocida como flor de amor.

Arrebol.- Poéticamente es el color rojo, especialmente el de las nubes iluminadas por los rayos del sol o el del rostro.

Azafrán.- Rojo anaranjado semejante al que se saca del estigma del azafrán, planta usada como condimento y en medicina. También se denomina azafranado.

Barroso.- Marrón rojizo o anaranjado, como el del barro.

Bermejo.- Rojo o rojizo. Del latín vermicŭlus ΄gusanillo΄, ΄quermes΄, por emplearse para producir este color. El color que tira a él se denomina bermejizo o bermejón.

Bermellón.- Color semejante al del bermellón, cinabrio reducido a polvo, que toma color rojo vivo.

Brasil.- Rojo semejante al del palo brasil, madera que sirve principalmente para teñir de encarnado. El nombre del brasil, el árbol del que se obtiene, procede de brasa, por el color rojo.

Burdeos.- Rojo oscuro semejante al del vino que se cría en la región de la ciudad francesa homónima.

Buriel.- Rojo, entre negro y leonado. Lo encontramos también con la forma desusada burriel. El color que tira a él recibe los nombres, también en desuso, de aburelado o burielado. De origen incierto, el DLE aventura que quizá proceda del latín vulgar *burius ΄rojizo΄.

Caoba.- Color rojizo como el de la madera de la caoba, caobana o caobo, árbol americano cuya madera es muy apreciada.

Carmesí.- Rojo grana. Del árabe andalusí qarmazí ΄del color del quermes΄, insecto cuya hembra forma las agallitas que dan el color de grana al ser exprimidas.

Carmín.- Rojo encendido. Tomado del francés carmin, probablemente con el mismo origen que carmesí. Según apunta una hipótesis habría llegado al antiguo francés primero como *carme, a través de carmez, palabra usada en León ya en el siglo x. El color que tira a él es el acarminado o carminoso.

Carrubio.- En Venezuela, rojo oscuro, cercano al violáceo. Aparece en el Diccionario de americanismos (2010) con la marca de poco usado.

Cereza.- Rojo oscuro como el de la cereza, el fruto jugoso, dulce y comestible del cerezo. La locución al rojo cereza remite a algo de color rojo oscuro por efecto de la alta temperatura.

Cinzolín.- Violeta rojizo. Del francés zinzolin, a su vez del italiano giuggiolenna ΄sésamo΄, del árabe ğulğulān, por el tinte violeta que se obtiene de esta planta.

Colorado.- Rojo. Derivado del latín colorātus, de colorāre ΄colorar΄, dar color a una cosa o teñirla.

Columbino.- Color semejante al rojo amoratado de algunos granates.

Coral.- Rojo intenso semejante al del coral, el celentéreo cuya masa de naturaleza calcárea se emplea en joyería después de pulimentada.

Corinto.- Rojo oscuro, cercano a violáceo, semejante al de las pasas procedentes de uvas propias de la región griega de Corinto.

Encarnado.- Rojo. Del participio de encarnar. El encarnadino es a su vez el color encarnado bajo, poco vivo.

Escarlata.- Rojo intenso. Del árabe andalusí iškarlát[a], este del griego bizantino sigillâtos ‘tejido de lana o lino adornado con marcas en forma de anillos o círculos’, y este del latín [textum] sigillātum ‘[paño] sellado o marcado’.

Fresa.- Rojo semejante al de la fresa, fruto de la planta del mismo nombre de la familia de las rosáceas.

Fucsia.- Rosa intenso, semejante al de la flor de la fucsia, planta de adorno procedente de América del Sur, así bautizada en honor del médico y botánico alemán Leonhard Fuchs (1501-1566).

Grana.- Rojo semejante al de la grana, la materia colorante que se forma al exprimir la excrecencia o agalla que forma el quermes (ver carmesí).

Granate.- Rojo oscuro semejante al de una de las variedades del granate, una piedra preciosa. Del occitano antiguo o del catalán granat.

Grancé.- Rojo como el que resulta de teñir los paños con la raíz de la planta conocida como rubia o granza. Dicha raíz, una vez seca y pulverizada, sirve para preparar una sustancia colorante muy empleada en tintorería.

Grosella.- Rojo semejante al de una de las variedades de la grosella, el fruto del grosellero, cuyo jugo es medicinal y se emplea en bebidas y en jalea.

Gules.- Color heráldico que en pintura se representa por el rojo vivo. También existe la forma goles.

Herrumbroso.- Amarillo rojizo como el de la herrumbre, óxido del hierro.

Lacre.- Rojo semejante al del lacre, pasta sólida que se emplea derretido para cerrar y sellar cartas y en otros usos análogos. Del portugués lacre, variante de laca, uno de sus componentes principales.

Leonado.- Amarillo rojizo, como el del pelo de un león. También con la forma aleonado.

Magenta.- Rojo oscuro tirando a morado. Llamado así en alusión a la sangre derramada en la batalla de Magenta, 4 de junio de 1859, en la que las tropas sardo-francesas derrotaron al ejército austriaco.

Nogal.- Pardo rojizo, semejante al de la madera del nogal, árbol muy apreciado en ebanistería. El cocimiento de sus hojas se emplea en medicina.

Paco.- En la Argentina, Bolivia y el Perú se denomina así a un color rojizo o bermejo. Una de las cinco palabras homógrafas que recoge el DLE, esta se formó a partir del quechua p΄aqo ΄rojizo΄.

Punzó- Rojo muy vivo. Del francés ponceau ΄amapola silvestre΄, derivado de paon ΄pavo real΄, por comparación de los colores brillantes de la flor con los del ave.

Púrpura.- Rojo oscuro que tira a violeta. Es también uno de los colores heráldicos (ver Un paseo muy colorido).

Rodeno.- Color que tira a rojo. Se usa más referido a la tierra o a las rocas. Encuentra su origen en el latín ravĭdus ‘grisáceo’.

Rojizo.- Color que tira a rojo.

Rosa.- Rojo muy pálido, como el de la rosa común. Al color que tira a él se le llama rosáceo o rosado.

Rosicler.- Poéticamente es un rosa claro y suave, semejante al de la aurora. Del francés rose ΄rosa΄ y clair ΄claro΄.

Rosmarino.- Rojo claro. De roso y marino. Es voz que se encuentra en desuso.

Rubor.- Color encarnado o rojo muy encendido. En el diccionario académico lleva la marca de poco usado.

Rubro.- Rojo. Derivado del latín rubrus, es también poco usado.

Rufo.- Rubio o rojo. No hay que olvidar que hasta 1984 el DLE definía rubio como «de color rojo claro parecido al del oro».

Salmón.- Rojizo o rosado semejante al de la carne del salmón, el pez que remonta los ríos para desovar y cuya carne es muy apreciada. El color que tira a este otro recibe el nombre de asalmonado.

Sepia.- Rojizo claro semejante al de la tinta de la sepia, molusco cefalópodo comestible. Del latín sepĭa, y este del griego sēpía.

Sobermejo.- Bermejo oscuro. Palabra en desuso.

Solferino.- Morado rojizo. Tomado de la sangrienta batalla disputada entre franceses y austriacos el 24 de junio de 1859.

Tinto.- Rojo oscuro. Del latín tinctus, participio de tingĕre ‘teñir’.

La cita de hoy

«Ante la duda, viste de rojo».

Bill Blass.

El reto de la semana

¿Con qué africanos habría sido natural encontrarnos durante nuestro paseo de hoy?

(La respuesta, como siempre, en la página ‘Los retos’)

Un paseo muy colorido

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El Diccionario de la lengua española ofrece como primera acepción de color la de «sensación producida por los rayos luminosos que impresionan los órganos visuales y que depende de la longitud de onda». Una definición que, a juicio del paseante, probablemente se le quedará coja a la mayoría de los usuarios de nuestro idioma.

Porque los colores son en realidad mucho más que eso. Como señala Ana Cermeño en el artículo Colores en las letras, publicado en el último número de Archiletras, revista que desde estos paseos recomendamos gustosa y encarecidamente, están presentes en nuestra vida desde que nacemos y ejercen su influencia sobre los estados de ánimo, los sentimientos e incluso en la manera de razonar y de interpretar el mundo que nos rodea. Y es que, como también recuerda, hasta hablamos con colores, presentes en muchas expresiones y refranes de uso cotidiano.

Pasearemos hoy por cinco de ellos que no son de los que primero se nos vienen a la mente si nos piden que nombremos alguno, en un recorrido que nos llevará a cruzarnos con animales, plantas, minerales… e incluso con una receta de cocina. Confiemos en que nuestra caminata resulte ser de color de rosa y no nos haga mudar de color.

púrpura.- Color rojo oscuro que tira a violeta. Es uno de los cinco colores utilizados en la heráldica, donde es denominado también mixtión y se representa en pintura por el violeta y en grabado por líneas diagonales que van del ángulo superior del dibujo hasta el inferior izquierdo —desde la perspectiva de quien lo mira—.Encuentra su origen en el latín purpŭra, y este en el griego porphýra.

En un principio designaba a un molusco que segrega, en muy pequeña cantidad, una tinta amarillenta que al contacto con el aire se vuelve verde y finalmente pasa a ser de color rojo, rojo violáceo o violado. Después pasó a llamarse así también al propio tinte realizado con ella o con las de otros moluscos parecidos, como el ostro, la cañadilla, el conchil o el múrice. El Diccionario de autoridades (1737) señalaba que el más estimado era el de Tiro por ser perfectamente rojo, mientras que el de otras partes tiraba a violado.

El nombre se extendió a la tela teñida con púrpura que formaba parte de la vestimenta de emperadores, reyes, sumos sacerdotes, cónsules y cardenales a, así como a las propias prendas elaboradas con ella, y, por metonimia, a las respectivas dignidades de quienes las vestían.

Además de estas acepciones se llama así poéticamente a la sangre humana y en medicina a un estado enfermo caracterizado por hemorragias, petequias o equimosis —relacionado, pues, con la sangre—.

Como púrpura de Casio se conoce al oro en polvo finísimo, de color rojo tirando a pardo, que se hace precipitar de las disoluciones de sus sales mediante ciertas sustancias reductoras. Debe su nombre a su descubridor, el médico y alquimista alemán Andreas Cassius hijo (1645-c.1700).

marengo.- O gris marengo. Gris oscuro, cercano al negro. También es una tela de lana tejida con hilos de distintos colores, lo que le da el aspecto de la mezclilla.

Palabra incorporada al diccionario académico a finales del siglo xx —lo hizo en la edición de 1984—, adonde llegó desde el francés marengo, tomado de Marengo, ciudad italiana.

Esta localidad piamontesa fue en 1800 escenario de una batalla en la que Napoleón derrotó a las tropas austriacas, lo que conllevó que estas abandonaran la mayor parte del territorio italiano. Si bien la contienda no dio directamente nombre al color —lo que sí ocurrió, por ejemplo, con las batallas de Magenta o de Solferino—, hay quien lo asocia al del sobretodo de color gris que Bonaparte usaba y puso de moda —como el que luce mientras pasa revista a la Guardia Imperial en el cuadro La batalla de Jena de Horace Vernet —.

Sí se encuentra directamente ligada al combate que tuvo lugar el 14 de junio de 1800 otra acepción de marengo en francés: a la marengo, un plato compuesto por carne (generalmente ternera o pollo) cortada en trozos que se doran en aceite a fuego alto para terminar de cocinar a fuego lento después de agregar cebollas, ajo, tomates champiñones y vino blanco. Receta que el cocinero del entonces Primer Cónsul habría preparado aquel día con pollo y los ingredientes que pudo encontrar en las granjas de los alrededores.

Recoge el DLE también otro marengo, palabra homógrafa proveniente de mar y utilizada en Granada y Málaga con el significado de pescador u hombre de mar.

tabaco.- Si un animal está en el germen del color púrpura, una planta se encuentra en el de este color.

Se trata de una solanácea originaria de América, de fuerte olor y narcótica. Sus hojas, una vez curadas, se fuman o bien, reducidas a polvo —rapé o tabaco rapé—, se aspiran por la nariz.

Da nombre a un marrón semejante al de sus hojas curadas. También se conoce como atabacado. Cuando es claro se denomina habano.

Es un color muy presente en la sastrería taurina, pues es uno de los que se emplean a la hora de confeccionar los trajes de luces. Se asegura que el terno de color tabaco y oro es utilizado por los toreros que han alcanzado la madurez, prácticamente la plenitud. Es vestido —pues también se denomina así— que refleja la entrega y el oficio alcanzados.

Covarrubias (1611) atribuía a esta planta una procedencia fantástica: la habría descubierto el mismo demonio para dársela a sus sacerdotes. Más terrenal, el Diccionario de autoridades (1739) consideraba que tomó su nombre de la provincia donde se criaba o de una isla así llamada de la América Meridional. La edición de 1884 del diccionario académico se limitaba a decir que se trataba de una voz americana; en la de 1899 pasaba a ser una voz caribe; en la de 1992 se dice que su etimología es discutida; la de 2001 sitúa su origen en el árabe clásico tub[b]āq y la de 2014 lo corrobora, añadiendo que, antes del descubrimiento de América, se aplicó a la olivarda —también llamada atabaca y atarraga—, el eupatorio y otras hierbas medicinales que mareaban o adormecían.

azabache.- Tras el animal y el vegetal, turno ahora en este paseo del tercer reino tradicional de la naturaleza: el mineral.

Conocido asimismo como ámbar negro —y antiguamente también como gagate o gagates —, es una variedad de color negro del lignito, el carbón fósil cuya textura es con frecuencia similar a la de la madera de la que procede. Fácil de labrar y de pulimentar, se ha considerado como una piedra semipreciosa y es empleado en joyería y en escultura. La persona que lo trabaja o lo vende es conocido como azabachero.

Es palabra proveniente del árabe andalusí azzabáğ, que a su vez lo hace del árabe clásico sabağ, idioma al que llegó desde el pelvi šabag.

Históricamente podemos encontrar este término también con diversas formas, de las que azabaja y azabaje están recogidas en el DLE.

Como color es un negro intenso y brillante. Se emplea literariamente de manera laudatoria como comparación de cosas muy negras: ojos —«con sus ojazos de azabache». Juan Ramón Jiménez—; pupilas —«la pupila de azabache». Ricardo Güiraldes—; cabello —«el pelo algo desordenado y de azabache». Benito Pérez Galdós—; barba—«la barba de azabache tusada en rizos». Salvador Gonzále,z Anaya—; pestañas —«cabello, pestañas y barbas de azabache rojizo». Miguel Ángel Asturias—; cejas —«por esas cejas de azabache». Juan Ignacio González del Castillo—…

En el Perú este color es también conocido como chivillo

En el mundo de la tauromaquia se denomina azabache al color del pelaje de un toro de lidia que es una variedad del negro con un aspecto aterciopelado y una brillantez especial que produce un reflejo azulado.

cárdeno.- Del latín tardío cardĭnus, derivado de cardus ‘cardo’, por el color de sus flores.

El Diccionario de autoridades (1729) hacía referencia, no etimológica, al lirio y entre 1869 y 1914 el diccionario de la RAE lo citaba en la definición del color. Todavía hoy lirio cárdeno es otra forma de llamar a esta planta herbácea.

Poéticamente es asimismo conocido como livor.

Nombre de un color que nos va a permitir encontrarnos con varios más según avanzamos por él y por las palabras surgidas de este vocablo.

Comencemos por las acepciones que recoge el DLE. La primera es la de sinónimo de amoratado. Si hablamos de un toro, es el de pelaje de tonalidad grisácea formada por la mezcla de pelos blancos y negros sin formar manchas de ninguno de los dos. Y si se hace referencia al agua, la que es de color opalino, es decir, entre blanco y azulado con reflejos irisados.

De cárdeno deriva cardenilla, una uva menuda de color amoratado, y también cardenillo, que en un giro cromático es un color verde claro semejante al del acetato de cobre y también una materia verdosa o azulada que se forma en los objetos de cobre o sus aleaciones.

Por su parte, un cardenal es una mancha amoratada —que también puede ser negruzca o amarillenta— de la piel a consecuencia de un golpe u otra causa. Acardenalarse es salir al cutis manchas de color cárdeno, semejantes a las ocasionadas por golpes.

Finalmente, aunque se encuentra en desuso, se llama cardeña a una piedra preciosa de color cárdeno.

 

La cita de hoy

«Y es que en el mundo traidor

nada es verdad ni mentira:

todo es según el color

del cristal con que se mira».

Ramón de Campoamor.

 

El reto de la semana

Las palabras de hoy nos anuncian un reto muy lúdico. Al fin y al cabo, a lo que venimos aquí es a disfrutar y a jugar con todas, las que están en el diccionario y en ocasiones también con las que no. Así que estoy seguro de no equivocarme si apuesto a que serás capaz, sin necesidad de aplicar un gran celo en ello o de utilizar un punzón para escarbar en estas líneas, de encontrar los cinco colores que se nos han colado aquí.

 

(La respuesta, como siempre, en la página ‘Los retos’)