Pirateando por el diccionario

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Está claro que la literatura y el cine han contribuido decisivamente a plasmar en el imaginario colectivo una visión de la piratería en la que la rebeldía frente a la injusticia y las ansias de libertad de muchos de sus protagonistas logra enmascarar una realidad mucho menos ideal, en la que la violencia llevada a su grado máximo, la codicia o el desprecio por la vida ajena constituían rasgos distintivos.

Y, sin embargo, también en ese mundo sórdido podemos encontrar valores y principios que todos podríamos suscribir: la justicia a la hora de repartir el botín; la compensación por las mutilaciones sufridas; la forma democrática de tomar determinadas decisiones… Y, sobre todo, la lealtad a los compañeros, sabedores de que es la unión lo que hace la fuerza.

Esa misma solidaridad es la que ha sentido el paseante, en estos duros meses de pandemia, encarnada en el apoyo que le han prestado, al pairo y en la tormenta, en puerto y en la mar abierta, sus compeñeros de Piratas Unionistas, peña del club Unionistas de Salamanca.

En homenaje de gratitud a estos camaradas de tripulación navegaremos hoy bajo la Jolly Roger, el pabellón de la calavera y los huesos cruzados sobre fondo negro, por cinco palabras que encontramos en esa isla del tesoro que es para nosotros el diccionario y que son representativas de una Hermandad de la Costa que para el paseante ha quedado demostrado, gracias a ellos, que es algo más que un bonito nombre.

P. D. Compeñeros no es una errata: es la palabra que le gusta emplear al paseante para referirse a sus compañeros de peña.

pirata.- Persona que se dedica al abordaje de barcos en altamar con intención de robar. La violencia que ejercían con frecuencia en sus ataques motivó que también pasara a llamarse así a alguien cruel y despiadado.

Tiene su origen en el latín pirāta, y este en el griego peirats ΄pirata΄, ΄bandido΄, derivado de peirân ‘intentar, aventurarse’.

La evolución de los tiempos y de la sociedad, que encuentra su correspondiente reflejo en la lengua, hizo que en las últimas décadas se incorporaran al Diccionario de la lengua española primero, en los años 80 del siglo pasado, el pirata aéreo, secuestrador de aviones, y ya en 2014 el pirata informático, el que accede ilegalmente a sistemas informáticos ajenos para apropiárselos u obtener información secreta. También fueron incluidas en esta última edición las voces inglesas cracker y hacker ―así como su adaptación al español, jáquer―, con el mismo significado.

También se califica como pirata a quien copia o reproduce el trabajo ajeno, ya sean libros, discos, películas, programas informáticos, etc., sin autorización y sin respetar la propiedad intelectual, y, en general, a todo aquello que es ilegal, que carece de la debida licencia o que está falsificado. El DLE cita expresamente la edición pirata, que es aquella llevada a cabo por quien no tiene derecho a hacerla, y la radio pirata, una emisora que funciona sin licencia legal.

Además, en el lexicón académico encontramos también, circunscrito su uso a España, el pantalón pirata, que se caracteriza porque sus perneras llegan hasta la pantorrilla. Seco, Andrés y Ramos recoge asimismo la fórmula pantalón corsario.

filibustero.- Pirata de los grupos que en siglo xvii campaban por el mar de las Antillas. No se adentraban en mar abierto y atacaban barcos cerca de la costa o saqueaban poblaciones del litoral.

Del francés flibustier, y este del neerlandés vrijbuiter ‘corsario’, de vrij ‘libre’ y buiten ‘saquear’. La s se incorporó por una hipercorrección, en principio meramente gráfica, que terminó por pronunciarse a principios del siglo xviii. La l, por su parte, puede explicarse por influencia del neerlandés vlieboot —que en francés dio flibot y en castellano filibote—, ΄embarcación del Vlie΄, un tipo de carguero utilizado en la vía marítima holandesa del mismo nombre.

En el siglo xix se recuperó el término filibustero para aplicarlo a los aventureros que, sin patente ni comisión de ningún gobierno, invadían a mano armada territorios ajenos. Como el estadounidense William Walker, quien en 1856 llegó a ser investido como presidente de Nicaragua.

Más tarde fueron también tildados así quienes trabajaban por la emancipación de las entonces provincias españolas de ultramar.

Y por filibusterismo se entiende aún hoy, además de la actividad propia de los filibusteros, un tipo de obstruccionismo tendente a bloquear la actividad parlamentaria, generalmente mediante intervenciones interminables. Esta acepción fue acuñada en el Senado de los EE. UU. en el siglo xix, pero es práctica cuyo rastro puede seguirse hasta la antigua Roma, donde es tradición que Catón el Joven (95 a. C.-46 a. C.) era capaz de hablar días y días con el objetivo de frenar las leyes de Julio César.

corsario.- Aunque se emplea también como sinónimo de pirata, en puridad debería aplicarse al armador, capitán y tripulación, y por extensión a la propia nave, dedicados al corso, campaña de guerra marítima contra el comercio enemigo bajo las mismas normas que las fuerzas navales regulares, pero por su cuenta y riesgo, asumiendo los daños y perjuicios sufridos en su caso y sin recibir más recompensa que el botín obtenido al enemigo.

La autorización y comisión para dedicarse a ello era la denominada patente de corso. Al ser otorgada por un poder soberano, normalmente un Estado beligerante, implicaba su autorización, control y responsabilidad, condición que diferencia jurídicamente al corso de la piratería, aunque, evidentemente, no a ojos de sus víctimas.

En castellano recibe también el nombre de carta de marca, que dio lugar a la carta ―o patente de contramarca, dada por un soberano para que sus súbditos pudieran corsear y apresar las naves y efectos de los de otra potencia que hubiese dado cartas de marca.

Con el tiempo patente de corso pasó a significar también el derecho que alguien se arroga para decir o hacer lo que le venga en gana.

El DLE afirma que corso, voz de la que deriva corsario, procede del latín cursus ‘carrera’. Corominas aventura que quizá llegara nuesra lengua a través del catalán cors, donde ya se halla en el siglo xiii (Consulado de Mar).

Tienen también el aval académico, con la marca de desusadas, otras dos formas de nuestra palabra: cosario y cursario.

bucanero.- El DLE lo define como un pirata que en los siglos xvii y xviii se dedicaba a saquear las posesiones españolas de ultramar. Lo que no explica es que no fue así desde un principio y que en el propio nombre encontramos la explicación.

Proviene del francés boucanier, que a su vez lo hace de boucan, y este del tupí mokaém ΄parrilla de madera΄.

¿Piratas parrilleros, entonces? ¿Cómo se come eso? Echemos un vistazo a la historia. Tras la conquista de México y Perú muchos de los habitantes de la entonces conocida como La Española la abandonaron atraídos por las riquezas del continente. Dejaron allí gran número de ganado vacuno y piaras de cerdos que con el tiempo se fueron multiplicando a la vez que se asilvestraban.

Como los españoles no se establecieron nunca en la ribera noroeste de la isla no es descabellado pensar que fondearan allí buques contrabandistas en busca de víveres. La dilatada porción de costas desiertas, el buen anclaje y la abundancia de provisiones no dejarían de inducir en algunos las ganas de establecerse.

Se ganaban la vida cazando el ganado selvático para comerciar después con los barcos de paso. Curaban la carne por medio de un método aprendido de los indios caribes: cortada en largas tiras, la colocaban en una parrilla hecha de varas verdes donde se secaba a un fuego lento de leña. Los indios llamaban boucan al sitio donde ahumaban la carne. Se aplicó ese mismo nombre al aparejo que servía para secarla y el de bucanero a los propios cazadores.

Cuando por circunstancias ulteriores estos comenzaron a simultanear el comercio de carne y cueros con la piratería —buscando una vida más lucrativa que la precaria existencia que llevaban—el nombre fue perdiendo gradualmente su significación primitiva y adquirió la actual.

pechelingue.- O pichelingue, que ambas formas aparecen en el DLE.

Su escueta definición nos dice que es un pirata de mar.

A pesar de aparecer recurrentemente en documentos españoles de los siglos xvi, xvii y xviii, y de ser empleada por literatos como Tirso de Molina o Vélez de Guevara, no llegó a arraigar en castellano.

Su origen, sobre el que no se pronuncia el diccionario académico, atrajo la curiosidad de buen número de estudiosos, lo que propició la formulación de diferentes hipótesis al respecto:

Hartzenbusch, para quien el término era despectivo y aplicable solo a extranjeros, aventuró que tal vez procediera de las palabras speech english.

El jurista y filólogo Adolfo Bonilla San Martín proponía, en 1910, el mejicano pichilinga ‘chiquita’, desde el náhuatl picilihui ‘hacerse menudo lo que era grueso΄.

Charles Edward Chapman, en su Historia de California. El periodo español (1923) ofrece una explicación pintoresca: las palabras españolas pecho y lengua, como referencia despectiva al sonido gutural del neerlandés. Algo así como que los holandeses hablaban desde el pecho y no desde la boca y la lengua.

A su vez, el hispanista holandés J. G. Geers se inclinaba, en los años treinta del siglo pasado, por un origen gitano, a partir del caló petulingre ‘herrero’.

Será en 1944 cuando Engel Sluiter, profesor en la Universidad de California, Berkeley, establezca con propiedad que nuestra palabra es producto de una corrupción progresiva, a través del francés, del nombre de Vlissingen, ciudad portuaria en los Países Bajos cuya reputación internacional como nido de corsarios hizo que llegara a ser conocida como la ‘pequeña Argel’.  

La cita de hoy

«Piratería: El comercio sin añadidos, tal y como Dios lo hizo».   

Diccionario del diablo

Ambrose Bierce

El reto de la semana

¿Con qué bebida, cuyo nombre remite al de un famoso corsario, brindaremos al término de nuestro paseo de hoy?

(La respuesta, como siempre, en la página ΄Los retos΄)

Un paseo por El infinito en un junco

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Los japoneses denominan tsundoku a esa sensación que produce tener apilados en casa libros que no se han leído y que tal vez nunca lleguen a serlo. Aunque también hay muchos de ellos que solo esperan que el poseedor encuentre el momento oportuno para hacerlo.

Esto es lo que le ocurrió recientemente al paseante, cuando tuvo por fin tiempo y calma suficientes para abordar un ejemplar cuya lectura llevaba meses postergando por, como suele decirse, causas ajenas a su voluntad en este año tan anómalo.

¿Título?: El infinito en un junco. ¿Autora?: Irene Vallejo. Y ahora llega lo más difícil de estas líneas introductorias del paseo de hoy: ¿qué decir de un libro que ha recibido todo tipo de elogios; cuyas ediciones se suceden a ritmo de vértigo; acreedor de premios aquí y allá; del que ya se ha dicho y escrito casi todo…? Creo que me limitaré a una idea: si en muchas ocasiones, tras haber leído un libro, ha tenido uno la sensación de que le habría gustado escribirlo él, tras hacer lo propio con El infinito en un junco —y confiesa aquí que nada más terminarlo comenzó a releerlo, con la impresión de haberse dejado muchas cosas en el tintero— el paseante sintió que lo que en realidad le habría gustado era «ser» este libro y que alguien le hubiera escrito así.

Pasearemos hoy por cinco palabras espigadas en unas páginas que nos recuerdan que la historia de los libros, hasta haber podido llegar al tsundoku del que hablábamos al inicio, es la de una sucesión de acontecimientos casi milagrosos: la supervivencia de algunos de ellos —apenas un 1 % del total— desde el mundo clásico hasta nuestros días; la invención del alfabeto; la de soportes como el papiro… En definitiva, no se pierdan este apasionante viaje a través de los siglos: aventuras no van a faltar.

cálamo.- El diccionario académico refleja que esta voz designa a un tipo de flauta antigua; a la parte inferior hueca del eje de las plumas de las aves, que se inserta en la piel; a una caña, en tanto que tallo de las gramíneas; a una pluma de ave o de metal para escribir —estas dos últimas acepciones en sentido poético— y, en botánica, a un tallo herbáceo cilíndrico y liso, sin nudos ni hojas.

Procede del latín calămus y para seguir su génesis nos vamos a apoyar en el latinista Emilio del Río, quien explica que la palabra se aplicaba en un principio a la caña que crece junto a los ríos. Esta se secaba, se cortaba oblicuamente y se afilaba para poder escribir con ella. Es decir, primero significó caña y después el instrumento de escritura elaborado con ella. Más tarde, cuando comenzaron a emplearse plumas de ave para este cometido ambos se identificaron hasta el punto de que, como acabamos de ver, se llama cálamo a la sección de ellas pegada al animal. Y a partir de ahí se dice que la parte de un vegetal o de un animal que tiene forma de cañón de pluma de ave es calamiforme.

Pero para escribir hacía falta además tinta, que se obtenía de un cefalópodo y que se llamó tincta calamaris, es decir, ΄tinta para el cálamo΄, lo que andando el tiempo, como ya se habrá imaginado quien esté acompañándonos en este paseo, derivó en que el animal de marras fuera conocido como calamar.

La locución adverbial latina calamo currente, literalmente ΄corriendo la pluma΄, que también encontramos en el DLE, alude al hecho de escribir algo sin reflexión previa, de improviso y con presteza.

filípica.- Palabra cuyo protagonista a buen seguro habría preferido que no hubiera llegado a formar parte de nuestro idioma. Ni de otros como el inglés —philippic—, adonde llegó a mediados del siglo xvi desde el francés —philippique—, o el italiano —filìppica—.

Da nombre a una invectiva, a una censura áspera y desabrida, acre.

Proviene del latín Philippicae [orationes] ΄[discursos] sobre Filipo΄, traducción del griego Philippikoi [logoi], con el mismo significado, en referencia a los escritos y pronunciados por el político y orador ateniense Demóstenes (384 a. C.-322 a. C.) avisando del peligro que el poder creciente de Filipo II de Macedonia, el padre de Alejandro Magno, suponía para Atenas y el resto de ciudades griegas y exhortando a sus conciudadanos a hacer frente a la amenaza.

Años después Cicerón (106 a. C.-43 a. C.), gran admirador del ateniense, llamaría también filípicas a sus discursos contra Marco Antonio.

Entre ambos oradores se produce un curioso paralelismo en nuestro diccionario, pues, como ya vimos al pasear con Comunicación para ganar, este alberga también catilinaria, un escrito o discurso vehemente dirigido contra alguien, que encuentra su origen en los que el romano dedicó su rival Catilina.

Aindamáis, si Cicerón ha dado lugar —amén de a otros como cícero y cicerone—, al término cicerón,con el sentido de persona muy elocuente, el DLE otorga exactamente esta misma definición a demóstenes.

atlas.- Del griego Átlas, a través del latín Atlas, nombre de un gigante de la mitología grecolatina condenado por Zeus a soportar sobre sus hombros la bóveda celeste por toda la eternidad.

Se trata de una colección de mapas geográficos, históricos, etc., encuadernados en forma de libro. Recibió este nombre porque en esas compilaciones solía dibujársele en la portada. Corominas indica que la difusión del término en el léxico moderno se debió al célebre conjunto cartográfico de Mercator Atlas sive Cosmographicae meditationes de fabrica mundi et fabricati figura (1595), en el que figuraba al inicio, efectivamente, nuestro héroe.

Se llama también así a una colección de láminas descriptivas de una materia que suele aparecer encuadernada, en ocasiones separada del texto principal al que acompaña.

En el campo de la anatomía atlas da nombre a la primera vértebra de las cervicales, acepción que se explica por su función: servir de soporte de la cabeza.

Para finalizar esta entrada el Diccionario de la lengua española nos habla del atlas lingüístico, que consiste en una serie de mapas que muestran las zonas geográficas en las que se emplean determinados vocablos, fonemas, etc.

El Atlas Lingüístico de la Península Ibérica fue un ambicioso proyecto concebido en los primeros años del siglo xx por Menéndez Pidal, plan malogrado por la Guerra de España (1936-1939): habría que esperar a 1962 para que se editara el único volumen publicado hasta la fecha.

sainete.- Voz que reúne diversos significados.

En el mundo del teatro hace referencia tanto a una obra, frecuentemente cómica, de ambiente y personajes populares, como a una en un solo acto, de carácter burlesco, que se representaba en el intermedio o al final de una función.

Coloquialmente se predica asimismo de una situación o acontecimiento que resultan grotescos o ridículos y en ocasiones tragicómicos.

En cetrería se denominaba así al pedazo de gordura, de tuétano o de sesos con el que el halconero regalaba al ave cuando la cobraba.

Y en el ámbito culinario sirve tanto para hablar de un bocadito de cualquier cosa, agradable y gustoso al paladar, del sabor suave y delicado de un manjar o de una salsa o condimento que se añaden a algunas comidas para que resulten más apetitosas.

Enlazando con esta última idea de mejora encontramos que sainete es también una cosa que realza la gracia o el mérito de otra, de suyo agradable, o un adorno especial en vestidos u otras cosas.

Pero no termina aquí nuestro listado, pues si nos acercamos a América comprobamos que en Cuba es una recriminación violenta, mientras que en Argentina se trata de una variedad rioplatense de la obra de teatro española.   

Tiene origen en el diminutivo de saín, grosura, sustancia crasa o mantecosa de un animal, procedente del latín vulgar *sagīnum, y este del latín clásico sagīna ΄engorde de animales΄, ΄gordura, calidad de gordo΄.

utopía.- Representación imaginaria de una sociedad humana armónica y también algo deseable que parece de difícil realización.

Del latín moderno Utopia, isla imaginaria con un sistema político, social y legal perfecto, descrita por Tomás Moro (1478-1535) en la obra del mismo nombre (1516), a partir del griego ou ‘no’, tópos ‘lugar’ y el latín -ia ‘-ia’.

De ella derivan los adjetivos utópico y utopista, así como los sustantivos utopismo, tendencia a la utopía,y el reverso de la moneda: distopía, la representación figurada de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana. Del latín moderno dystopia, formado a partir del griego dys- ‘dis-‘, en el sentido de dificultad, anomalía, y utopia ‘utopía’.

La etiqueta socialismo utópico engloba aquellas corrientes del pensamiento socialista previas a la llegada del marxismo, algunas de las cuales han dejado huella en nuestro diccionario.

Así, sansimonismo hace referencia a la doctrina de Claude-Henry de Rouvroy, conde de Saint-Simon (1760-1825) y sansimoniano a lo relativo a ella o a un partidario suyo.

Por su parte, furierismo es el sistema de organización social propuesto por Charles Fourier (1772-1837), que excluía la propiedad privada y la familia, y que agrupaba a las personas en falansterios. Falansterio, que da nombre tanto a la comunidad autónoma de producción y consumo ideada por él como al edificio en que, según su sistema, habitaba cada una de las falanges en que dividía la sociedad. Él mismo acuñó esta palabra, phalanstère en francés, a partir de phalan[ge] ΄falan[ge]΄ y [mona]stère΄[mona]sterio΄. El partidario del furierismo o lo relativo a él es conocido como furierista.

La cita de hoy

«Creo que los libros describen a las personas que los tienen entre las manos».   

Irene Vallejo

El reto de la semana

¿Qué tipo de reunión, en la que brindaríamos incluso etimológicamente por él, podríamos organizar los muchos fanes de este libro para reflexionar sobre él?

(La respuesta, como siempre, en la página ΄Los retos΄).

Un paseo por Trabalengua

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Como  escuchó decir más de una vez por su tierra —al fin y al cabo las raíces charras acaban asomando siempre por alguna costura— el paseante disfrutó este fin de semana más que cochino en charca ajena. Porque tuvo ocasión de participar de nuevo en Trabalengua, esa fiesta de la lengua y del lenguaje; o de la lengua o lenguaje, o… vaya usted a saber, que para eso doctores tiene la Iglesia lingüística y él no es más que un aficionado fervoroso a estas cosas del idioma que ha encontrado en el simposio riojano un motivo de gozo como nunca podía haber sospechado.

Un encuentro en el que, a pesar de no poder juntarnos presencialmente, el espíritu de Vicente Espinel se hizo presente desde el primer momento para inspirarnos; descubrimos palabras nuevas, como «permutoedro», y recordamos otras desheredadas, como barquinazo; aprendimos un poco de «adolescentés» y escuchamos nuevos plurales casi imperceptibles; reflexionamos sobre las palabras que ha alumbrado o recuperado la pandemia y dimos vueltas en torno a las cosas del nombre; donde fuimos conscientes de cómo el lenguaje, siendo siempre iguales las palabras, se adapta de forma dúctil según esté destinado a ser escuchado, conversado, traducido, corregido…

Un congreso, en definitiva, que se ha convertido en una declaración de amor en toda regla a nuestra lengua, en el reconocimiento de que una herramienta de comunicación puede convertirse en una pasión.

Pasearemos hoy por cinco vocablos —y, como es ya costumbre, alguno de propina— inspirados por los nombres de varias de las personas que han hecho posible la celebración de unas jornadas en las que, paradójicamente, los asistentes nos hemos quedado más de una vez sin palabras. ¡Larga vida a Trabalengua!

espuela.-  Arco de metal con una espiga que lleva en su extremo una estrella con puntas o una ruedecilla con dientes. Se ajusta al talón del calzado, y se sujeta al pie con correas, para arrear a las cabalgaduras.

Por traslación se emplea también con el sentido de estímulo, acicate, y una tercera acepción la define como la última copa que toma un bebedor antes de separarse de sus compañeros, de sus concurdáneos.

Del antiguo espuera, y este del gótico *spaúra —pronúnciese spora—. La forma espuera se mantuvo en el lexicón académico hasta la edición de 1992 a pesar de que cuando se incorporó en 1791 ya estaba marcada como anticuada.

De espuela derivan palabras como espolear —picar con ella a la caballería para que ande—; espolada o espolazo —golpe dado con ella a la caballería—; espolique —mozo que camina junto a la caballería en que va su amo, llamado también espolista o mozo de espuela—; espoleta —horquilla formada por las clavículas del ave— o espolón en sus diversos significados.

Orden de la Espuela de Oro o de la Milicia Áurea es el nombre de la que está considerada como segunda en importancia entre las órdenes ecuestres pontificias. Reservada a príncipes católicos y jefes de Estado que no lo sean, hoy se encuentra en desuso.

orden.- Ya que hablamos de orden, nos encaminaremos ahora hacia este término polisémico, descendiente semiculto del latín ordo, -ĭnis. Estas son las acepciones que recoge el Diccionario de la lengua española:

  1. Colocación de las cosas en el lugar que les corresponde.
  2. Concierto, buena disposición de las cosas entre sí.
  3. Regla o modo que se observa para hacer las cosas.
  4. Serie o sucesión de las cosas.
  5. Ámbito de materias o actividades en el que se enmarca alguien o algo.
  6. Nivel o categoría que se atribuye a alguien o algo.
  7. Relación o respecto de una cosa a otra.
  8. En determinadas épocas históricas, grupo o categoría social.
  9. En arquitectura, cierta disposición y proporción de los cuerpos principales que componen un edificio.
  10. En botánica y zoología, cada uno de los grupos taxonómicos en que se dividen las clases y que se subdividen en familias.
  11. En geometría, calificación que se da a una línea según el grado de la ecuación que la representa.
  12. En algunos análisis fonológicos, conjunto de fonemas de una lengua que poseen un rasgo fonético común.
  13. Cuerda de un instrumento musical, o grupo de dos o tres cuerdas, que representan una única nota y se tocan de una sola vez.
  14. Uno de los siete sacramentos de la Iglesia católica, que reciben los obispos, presbíteros y diáconos.
  15. Cierta categoría o coro de espíritus angélicos.
  16. Instituto religioso aprobado por el papa y cuyos individuos viven bajo las reglas establecidas por su fundador o por sus reformadores, y emiten votos solemnes.
  17. Mandato que se debe obedecer, observar y ejecutar.
  18. Cada uno de los institutos civiles o militares creados para premiar por medio de condecoraciones a las personas con méritos relevantes.
  19. En Cuba, México y la República Dominicana, relación de lo que se va a consumir en una cafetería o restaurante.
  20. Cada uno de los grados del sacramento del orden, que se van recibiendo sucesivamente y constituyen ministros de la Iglesia.
  21. Cada una de las filas de granos que forman la espiga.

ana.- Nos adentramos ahora en un tres en uno, que no han de faltarnos palabras homógrafas plantadas en el jardín del diccionario.

La primera es una antigua medida de longitud generalmente empleada para tejidos, aunque no exclusivamente. Equivalía aproximadamente a un metro. Covarrubias señalaba que era la medida que hay desde el codo a la mano.

Procede de alna, que lo hace del gótico alĭna ‘codo, medida lineal’.

De esta voz derivaban dos que ya no aparecen en el diccionario académico: anear, medir por anas, y aneaje, acción de anear.

La segunda, documentada por vez primera en 1615, es un adverbio que utilizaban los médicos en sus recetas para denotar que determinados ingredientes debían ponerse en cantidades iguales.

Del griego aná ΄cada΄, ΄cada uno, uno (o dos, o tres, etc., cada uno)΄, como nos recuerda Corominas.

La última en incorporarse al DLE —lo hizo en la edición de 1956— da nombre tanto a una antigua unidad monetaria empleada en Birmania, la India y Paquistán que equivalía a un dieciseisavo de rupia, como a la moneda que la representaba, que estaba hecha de níquel. Tiene su origen en el hindi y el urdu ānā.

cabezón.- Vamos con otra palabra con varios significados, que se forma a partir de cabeza —del latín capitia, la forma que sustituyó a caput, -ĭtis en el latín vulgar hispánico— y el sufijo –ón en su valor de aumentativo, lo que nos da como resultado una cabeza grande.

También se predica coloquialmente de quien la tiene así, del que es terco, obstinado, y de una bebida alcohólica que se sube a la cabeza.

Dos referencias ahora al mundo animal: se llama así igualmente al renacuajo, la larva de la rana, y a la cabezada, el correaje que ciñe y sujeta la cabeza de una caballería.

Si nos acercamos al ámbito de la vestimenta vemos que daba nombre —pues ahora este sentido está en desuso— a la abertura que tiene cualquier ropaje para poder sacar la cabeza y, en algunas prendas de vestir tradicionales, a la tira de tela que rodea el cuello —como la lechuguilla, uno muy grande y bien almidonado, y dispuesto por medio de moldes en forma de hojas de lechuga, usado durante los reinados de Felipe II y Felipe III, tal y como se refleja en numerosos retratos de la época—.

Por su parte, jurídicamente en el Antiguo Régimen cabezón era el padrón de contribuyentes y la escritura de obligación de la cantidad que se pagaba de contribuciones.

Fuera ya del entorno del reconocimiento de la RAE nos trasladamos hasta el norte de España para descubrir que en Cabezón de la Sal (Cantabria) se llamaba cabezón a una medida empleada en el comercio de la sal, cuyo origen —el de la medida— algunos pretenden remontar al Imperio romano.

pimienta.- Fruto, esférico y menudo, del pimentero, de sabor picante y muy aromático. Se emplea, entero o molido, como condimento.

El diccionario académico guarda silencio sobre el origen de esta palabra, por lo que recurrimos una vez más a Corominas para leer que se encuentra en el latín pĭgmĕnta, plural de pigmentum ΄colorante, color de pintura΄, que ya en esa lengua tenía además el sentido de ΄droga, ingrediente΄ y más tarde ΄condimento΄.

Fue muy apreciada en la antigüedad, cuando a sus usos culinarios se sumaba su empleo en aplicaciones medicinales. En el siglo xv hubo verdaderas batallas por dominar las rutas en las que se comercializaba esta especia que alcanzaba precios realmente muy elevados. Y es que, como nos recordaba Juan Ruiz, Arcipreste de Hita: «Es muy pequeño el grano de la buena pimienta, pero más que la nuez reconforta y calienta».

Encontramos esta voz en locuciones como comer pimienta, que es lo mismo que enojarse; ser como una pimienta, aplicada a alguien muy vivo y activo; tener mucha pimienta algo, es decir, estar muy alto su precio o la aragonesa hacer pimienta, que equivale a hacer novillos.

El Diccionario de americanismos (2010) nos dice que en Panamá se llama pimienta al pelo muy crespo, mientras que en Nicaragua decir de alguna persona que es pura pimienta es reconocerle como excelente en lo que hace.

 

La cita de hoy

«Nuestro lenguaje nos representa e identifica».          

Estrella Montolío

 

El reto de la semana

Esta vez no os vamos a pedir que averigüéis una palabra concreta. Lo que nos gustaría es que penséis en una que os atraiga de manera especial por el motivo que sea; que disfrutéis un buen rato de ella, analizándola, buscando su origen, estableciendo sus conexiones, acariciándola… Y si después os apetece compartirla a través de los comentarios a esta entrada, pues … miel sobre hojuelas lingüísticas. Gracias mil por pasear con nosotros.

Paseando por España con Jack el Destripador

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Llegó por fin a manos del paseante el nuevo número de Agente provocador, la revista editada por La Felguera, editorial cuyas obras han propiciado un buen número de estos paseos: con la Horda y con seres mitológicos del norte; de la mano de Pío Baroja y de Valle-Inclán; por los bajos fondos y el Madrid bohemio…  

Lo primero que le llama la atención —en una publicación que depara siempre motivos varios para ello— es el título: Jack el Destripador en España. Llamativo cuando menos y en verdad paradójico, pues ciertamente habría sido imposible verificar la presencia en algún momento en nuestro país de alguien cuya identidad sigue siendo desconocida más de un siglo después.

Sin embargo, no podemos olvidar que, como vimos al pasear por el libro Fantasmagoría del polímata Ramón Mayrata, una alucinación que se comparte con otro o con la colectividad se convierte en una realidad. Y eso es justamente lo que ocurrió a la supersticiosa y muy atrasada sociedad española de las postrimerías del siglo xix, en la que se instaló una ola de pánico que llevó a creer que el criminal inglés se movía por nuestras ciudades —de La Coruña a Huelva; de Madrid a Alcoy— tras haber escapado del cerco policial en Londres. Paranoia alimentada por las noticias que sobre sus crímenes publicaban a diario unos periódicos en los que incluso se le llegó a bautizar en alguna ocasión como Jaime el Gaitero, producto de confundir ripper ‘destripador΄con piper ΄gaitero΄.

Pero dejémonos de elucubraciones y emprendamos sin más dilación nuestro paseo por cinco palabras que hemos encontrado rastreando las huellas visibles que dejó un fantasma en un lugar en el que ¿nunca estuvo?

gaitero.- El DLE ofrece como primera acepción la de persona que toca la gaita, en particular si lo hace de manera profesional.

El Diccionario de autoridades (1734), siguiendo al lexicógrafo fray Pedro de Alcalá (c. 1455 – p.m. s. xvi), autor del primer diccionario castellano-árabe editado, otorgaba a esta palabra un origen árabe. Todavía encontramos esa atribución en la edición de del lexicón académico 1970, pero a partir de la de 1984 se indica que gaita quizá proceda del gótico gaits ‘cabra’.

Otros sentidos en los que se emplea este término, aunque se encuentran en desuso, hacen referencia a un vestido o adorno de colores demasiado llamativos —y de ahí gaitería, adorno o vestido, o modo de vestir y adornarse, de varios colores fuertes, alegres y contrapuestos— y a una alegría poco adecuada a la condición o situación de alguien o de algo.

A su vez, en Venezuela un gaitero es alguien que forma parte de un grupo que interpreta gaitas, un canto popular navideño de ritmo movido y alegre, típico del estado de Zulia.

Dos refranes para terminar:

En casa del gaitero todos son danzantes aludía a la influencia de la tradición familiar a la hora de elegir oficio.

A ruido de gaitero érame yo casamentero se empleaba para reprender a las mujeres que frecuentaban los bailes y fiestas públicas pues supuestamente daban a entender mucho deseo de casarse, pues en esas celebraciones solían surgir fácilmente los noviazgos.

tuberculosis.- Enfermedad infectocontagiosa de los humanos y algunas especies animales producida por el bacilo de Koch.

Deriva del latín científico tuberculosis, y este del latín tubercŭlum ‘tumor pequeño’, ‘pequeña protuberancia’ y el latín científico -osis ‘-osis’.

Nada dice el diccionario académico del porqué del nombre de la bacteria que causa la enfermedad, a pesar de contar esta con su propia entrada en él. Fue bautizado así en honor de Robert Koch (1843-1910), médico y microbiólogo alemán que lo descubrió en 1882 y que fue galardonado en 1905 con el Premio Nobel de Medicina.

Sí recoge expresamente la tuberculosis miliar —o granulia—, que es aquella que se caracteriza por la diseminación de pequeñas granulaciones tuberculosas en la masa del órgano afectado, especialmente el pulmón y la tisis, que define como tuberculosis pulmonar.

Tísico, hético o trefe son apelativos que se aplican a quien padece esta última. El enfermo de tuberculosis es un tuberculoso o fímico, también llamado baldado en Panamá o ticuriche en El Salvador.

De la palabra con la que estamos paseando deriva a su vez tuberculina, que da nombre a una preparación hecha con gérmenes tuberculosos, utilizada en el tratamiento y en el diagnóstico de las enfermedades tuberculosas.

Idealizada en su momento por el Romanticismo, esta afección está presente en obras literarias y musicales como La bohème (Puccini); La Traviata (Verdi); La dama de las camelias (Alejandro Dumas hijo); La montaña mágica (Thomas Mann); Pabellón de Reposo (Cela)…

murciélago.- Nombre común de varias especies de quirópteros, generalmente insectívoros. Únicos mamíferos que vuelan, son nocturnos y pasan el día colgados boca abajo en lugares oscuros.

Es una metátesis de murciégalo, voz formada a partir del latín mus, muris ‘ratón’ y caecŭlus, diminutivo de caecus ‘ciego’.

Además de con esta forma, que hoy la Academia marca como vulgar, también es conocido como morciguillo ―del diminutivo del dialectal morciego, con el mismo origen latino ya visto―; murceguillo ―del diminutivo del dialectal murciego―; panarra ―del latín *pennaria― o vespertilio ―del latín vespertilio, y este derivado de vesper ‘atardecer’― y en México como chinacate ―del nahua tzinacan―.

Dentro también del diccionario encontramos que herradura es un tipo de murciélago que tiene los orificios nasales rodeados por una membrana que tiene esa forma; orejudo, uno cuyas orejas son muy grandes en relación con su pequeño tamaño; panique, uno de Oceanía, del tamaño del conejo, con la cabeza parecida a la del perro, cola corta y pelo oscuro que tira a rojizo. Su carne se come, y su piel se utiliza en peletería, y vampiro, uno hematófago de América del Sur, de color castaño rojizo con el vientre gris.

Murciélago es asimismo el nombre que reciben sendos peces en Cuba y Puerto Rico, ambos con aletas pectorales muy desarrolladas que semejan dos alas.

Y si nos salimos del reino animal, en Chile se denomina en el fútbol con esta palabra pentavocálica a una táctica de juego muy defensiva de un equipo.

corte de los milagros.- El DLE lo define como el conjunto de mendigos y gentes de mal vivir que habitan en un determinado lugar, si bien se emplea igualmente para referirse a un lugar peligroso por la abundancia de delincuentes.

Es un calco del francés cour des miracles, que era como se conocían los barrios de París que servían de refugio a pordioseros, prostitutas, malhechores… ¿Por qué se llamó así a un lugar que albergaba tanta miseria? Pues porque cuando caía la noche y se retiraban a su territorio muchos de aquellos mendigos que simulaban enfermedades como la epilepsia, mutilaciones y taras diversas para infundir piedad y conseguir alguna limosna recuperaban «milagrosamente» la salud e incluso los miembros supuestamente amputados volvían a aparecer.

Contrariamente a lo que pudiera parecer sus habitantes estaban perfectamente organizados y jerarquizados: tenían sus propias leyes, una jerga particular e incluso un rey, con potestad sobre todos los mendigos de Francia, al que se conocía como Le Grand Cœsre.

De esta figura surgió una palabra de nuestro diccionario: tuna, en su sentido de vida libre y vagabunda, que llegó desde el francés tune ‘hospicio de mendigos’, ‘limosna’, y este, según la etimología tradicionalmente ofrecida en el país vecino, de [Roi de] Thunes ‘[Rey de] Túnez’, «título» dado al jefe de los vagabundos franceses siguiendo el ejemplo del jefe de los gitanos de París, que «ostentaba» el de duque del Bajo Egipto.

La Corte de los Milagros (1927) es el título de una novela de Ramón Mª del Valle-Inclán. Comprendida en la serie El ruedo ibérico, recrea desde el esperpento la degradación de la corte de Isabel II, atestada de intrigas, camarillas y corrupción.

infierno.- Procedente del latín infernum, el lugar desde el que el protagonista de nuestro paseo decía escribir alguna de sus cartas a la policía tiene diversas acepciones con cabida en el diccionario:

En la doctrina tradicional cristiana, lugar donde los condenados sufren, después de la muerte, castigo eterno.

En diversas mitologías y religiones no cristianas, lugar que habitan los espíritus de los muertos.

En sentido más amplio, seno de Abraham ―o de Abrahán―, es decir, el limbo del catolicismo.

En algunas órdenes religiosas que deben por instituto comer de viernes, hospicio o refectorio donde se come carne.

Lugar o concavidad debajo de tierra, en que asienta la rueda y artificio con que se mueve la máquina de la tahona.

Pilón adonde van las aguas que se han empleado en escaldar la pasta de la aceituna para apurar todo el aceite que contiene, en el cual, reposadas aquellas, se recoge uno de inferior calidad.

En el juego de la rayuela ―también conocido como infernáculo―, uno de los espacios o divisiones que se trazan en el suelo.

Coloquialmente, lugar o situación que causa gran sufrimiento o malestar.

De manera también coloquial, sufrimiento o malestar grande.

En la religión cristiana, estado de privación definitiva de Dios.

Asimismo, el infierno protagoniza numerosos refranes y expresiones: cuando queremos rechazar a alguien le mandamos al infierno; un lugar muy lejano es el quinto infierno; de desagradecidos está el infierno lleno vitupera la ingratitud y muestra que es muy frecuente…

 

La cita de hoy

«Y nadie sabe nada de mi vida.

Puedo ir y venir como me plazca

Si quiero puedo quedarme

o si quiero puedo irme.

Nadie me conoce, nadie me conoce».

Jack el Destripador

Morrissey

 

El reto de la semana

¿Qué palabra encontramos en el diccionario con el mismo significado que destripador y que podríamos considerar coloquialmente como alternativa más castiza?

 

(La respuesta, como siempre, en la página ‘Los retos’)

Un paseo al rojo vivo

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Tras nuestro último recorrido le preguntaron al paseante por su color favorito. La respuesta es fácil: el rojo —o, si nos ponemos poéticos, el roso—, color que el Diccionario de la lengua española define como semejante al de la sangre o al del tomate maduro.

El nombre procede del latín russus, lengua adonde habría llegado desde el protoindoeuropeo reudh, según señala Ana Cermeño, y ha sido tradicionalmente asociado a la pasión y el sexo; a la fuerza; al izquierdismo en política; a la suerte y la felicidad en algunas culturas orientales, en las que las novias suelen casarse vestidas de este color; a lo bueno y lo bello en lugares fríos, como Rusia…

Quiso la sincronicidad —quienes siguen estos paseos saben que no creemos mucho en las casualidades— que unos días después se encontrara quien esto escribe con un artículo titulado Un mundo sin colores rojos, que versaba sobre el científico británico John Dalton (1766-1844) y la enfermedad de la vista a la que dio nombre: el daltonismo, un defecto que impide percibir determinados colores o lleva a confundir algunos de los que se perciben.

Esto le llevó a plantearse cómo sería un diccionario en el que los colores rojos no existieran. Mucho más limitado que el actual, sin duda alguna, pues se cuentan por decenas tanto las palabras que hacen referencia a diversas modalidades, tonos o intensidades de este color como al matiz que introduce en otros. Pasearemos hoy por ellas, modificando por vez primera después de tanto tiempo el esquema de estos paseos.

Acaramelado.- Dorado rojizo como el del caramelo, azúcar fundido y endurecido.

Achiote.- En Guatemala, Honduras y Nicaragua, color bermejo que tiene una pasta utilizada en cocina como colorante y obtenida del árbol del mismo nombre. Este es conocido también como bija, palabra procedente del caribe bija ΄encarnado, rojo΄.

Alazán.- Color más o menos rojo o muy parecido al de la canela.

Almagre.- Color semejante al del almagre, un óxido rojo de hierro. El nombre deriva de almagra, otra forma de llamarlo, voz que encuentra su origen en el árabe andalusí almáğra, y este en el árabe clásico mağ[a]rah ‘tierra roja’.

Amaranto.- Color semejante al de la flor carmesí del amaranto, planta de adorno cultivada en los jardines. Es también conocida como flor de amor.

Arrebol.- Poéticamente es el color rojo, especialmente el de las nubes iluminadas por los rayos del sol o el del rostro.

Azafrán.- Rojo anaranjado semejante al que se saca del estigma del azafrán, planta usada como condimento y en medicina. También se denomina azafranado.

Barroso.- Marrón rojizo o anaranjado, como el del barro.

Bermejo.- Rojo o rojizo. Del latín vermicŭlus ΄gusanillo΄, ΄quermes΄, por emplearse para producir este color. El color que tira a él se denomina bermejizo o bermejón.

Bermellón.- Color semejante al del bermellón, cinabrio reducido a polvo, que toma color rojo vivo.

Brasil.- Rojo semejante al del palo brasil, madera que sirve principalmente para teñir de encarnado. El nombre del brasil, el árbol del que se obtiene, procede de brasa, por el color rojo.

Burdeos.- Rojo oscuro semejante al del vino que se cría en la región de la ciudad francesa homónima.

Buriel.- Rojo, entre negro y leonado. Lo encontramos también con la forma desusada burriel. El color que tira a él recibe los nombres, también en desuso, de aburelado o burielado. De origen incierto, el DLE aventura que quizá proceda del latín vulgar *burius ΄rojizo΄.

Caoba.- Color rojizo como el de la madera de la caoba, caobana o caobo, árbol americano cuya madera es muy apreciada.

Carmesí.- Rojo grana. Del árabe andalusí qarmazí ΄del color del quermes΄, insecto cuya hembra forma las agallitas que dan el color de grana al ser exprimidas.

Carmín.- Rojo encendido. Tomado del francés carmin, probablemente con el mismo origen que carmesí. Según apunta una hipótesis habría llegado al antiguo francés primero como *carme, a través de carmez, palabra usada en León ya en el siglo x. El color que tira a él es el acarminado o carminoso.

Carrubio.- En Venezuela, rojo oscuro, cercano al violáceo. Aparece en el Diccionario de americanismos (2010) con la marca de poco usado.

Cereza.- Rojo oscuro como el de la cereza, el fruto jugoso, dulce y comestible del cerezo. La locución al rojo cereza remite a algo de color rojo oscuro por efecto de la alta temperatura.

Cinzolín.- Violeta rojizo. Del francés zinzolin, a su vez del italiano giuggiolenna ΄sésamo΄, del árabe ğulğulān, por el tinte violeta que se obtiene de esta planta.

Colorado.- Rojo. Derivado del latín colorātus, de colorāre ΄colorar΄, dar color a una cosa o teñirla.

Columbino.- Color semejante al rojo amoratado de algunos granates.

Coral.- Rojo intenso semejante al del coral, el celentéreo cuya masa de naturaleza calcárea se emplea en joyería después de pulimentada.

Corinto.- Rojo oscuro, cercano a violáceo, semejante al de las pasas procedentes de uvas propias de la región griega de Corinto.

Encarnado.- Rojo. Del participio de encarnar. El encarnadino es a su vez el color encarnado bajo, poco vivo.

Escarlata.- Rojo intenso. Del árabe andalusí iškarlát[a], este del griego bizantino sigillâtos ‘tejido de lana o lino adornado con marcas en forma de anillos o círculos’, y este del latín [textum] sigillātum ‘[paño] sellado o marcado’.

Fresa.- Rojo semejante al de la fresa, fruto de la planta del mismo nombre de la familia de las rosáceas.

Fucsia.- Rosa intenso, semejante al de la flor de la fucsia, planta de adorno procedente de América del Sur, así bautizada en honor del médico y botánico alemán Leonhard Fuchs (1501-1566).

Grana.- Rojo semejante al de la grana, la materia colorante que se forma al exprimir la excrecencia o agalla que forma el quermes (ver carmesí).

Granate.- Rojo oscuro semejante al de una de las variedades del granate, una piedra preciosa. Del occitano antiguo o del catalán granat.

Grancé.- Rojo como el que resulta de teñir los paños con la raíz de la planta conocida como rubia o granza. Dicha raíz, una vez seca y pulverizada, sirve para preparar una sustancia colorante muy empleada en tintorería.

Grosella.- Rojo semejante al de una de las variedades de la grosella, el fruto del grosellero, cuyo jugo es medicinal y se emplea en bebidas y en jalea.

Gules.- Color heráldico que en pintura se representa por el rojo vivo. También existe la forma goles.

Herrumbroso.- Amarillo rojizo como el de la herrumbre, óxido del hierro.

Lacre.- Rojo semejante al del lacre, pasta sólida que se emplea derretido para cerrar y sellar cartas y en otros usos análogos. Del portugués lacre, variante de laca, uno de sus componentes principales.

Leonado.- Amarillo rojizo, como el del pelo de un león. También con la forma aleonado.

Magenta.- Rojo oscuro tirando a morado. Llamado así en alusión a la sangre derramada en la batalla de Magenta, 4 de junio de 1859, en la que las tropas sardo-francesas derrotaron al ejército austriaco.

Nogal.- Pardo rojizo, semejante al de la madera del nogal, árbol muy apreciado en ebanistería. El cocimiento de sus hojas se emplea en medicina.

Paco.- En la Argentina, Bolivia y el Perú se denomina así a un color rojizo o bermejo. Una de las cinco palabras homógrafas que recoge el DLE, esta se formó a partir del quechua p΄aqo ΄rojizo΄.

Punzó- Rojo muy vivo. Del francés ponceau ΄amapola silvestre΄, derivado de paon ΄pavo real΄, por comparación de los colores brillantes de la flor con los del ave.

Púrpura.- Rojo oscuro que tira a violeta. Es también uno de los colores heráldicos (ver Un paseo muy colorido).

Rodeno.- Color que tira a rojo. Se usa más referido a la tierra o a las rocas. Encuentra su origen en el latín ravĭdus ‘grisáceo’.

Rojizo.- Color que tira a rojo.

Rosa.- Rojo muy pálido, como el de la rosa común. Al color que tira a él se le llama rosáceo o rosado.

Rosicler.- Poéticamente es un rosa claro y suave, semejante al de la aurora. Del francés rose ΄rosa΄ y clair ΄claro΄.

Rosmarino.- Rojo claro. De roso y marino. Es voz que se encuentra en desuso.

Rubor.- Color encarnado o rojo muy encendido. En el diccionario académico lleva la marca de poco usado.

Rubro.- Rojo. Derivado del latín rubrus, es también poco usado.

Rufo.- Rubio o rojo. No hay que olvidar que hasta 1984 el DLE definía rubio como «de color rojo claro parecido al del oro».

Salmón.- Rojizo o rosado semejante al de la carne del salmón, el pez que remonta los ríos para desovar y cuya carne es muy apreciada. El color que tira a este otro recibe el nombre de asalmonado.

Sepia.- Rojizo claro semejante al de la tinta de la sepia, molusco cefalópodo comestible. Del latín sepĭa, y este del griego sēpía.

Sobermejo.- Bermejo oscuro. Palabra en desuso.

Solferino.- Morado rojizo. Tomado de la sangrienta batalla disputada entre franceses y austriacos el 24 de junio de 1859.

Tinto.- Rojo oscuro. Del latín tinctus, participio de tingĕre ‘teñir’.

La cita de hoy

«Ante la duda, viste de rojo».

Bill Blass.

El reto de la semana

¿Con qué africanos habría sido natural encontrarnos durante nuestro paseo de hoy?

(La respuesta, como siempre, en la página ‘Los retos’)

Un paseo muy colorido

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El Diccionario de la lengua española ofrece como primera acepción de color la de «sensación producida por los rayos luminosos que impresionan los órganos visuales y que depende de la longitud de onda». Una definición que, a juicio del paseante, probablemente se le quedará coja a la mayoría de los usuarios de nuestro idioma.

Porque los colores son en realidad mucho más que eso. Como señala Ana Cermeño en el artículo Colores en las letras, publicado en el último número de Archiletras, revista que desde estos paseos recomendamos gustosa y encarecidamente, están presentes en nuestra vida desde que nacemos y ejercen su influencia sobre los estados de ánimo, los sentimientos e incluso en la manera de razonar y de interpretar el mundo que nos rodea. Y es que, como también recuerda, hasta hablamos con colores, presentes en muchas expresiones y refranes de uso cotidiano.

Pasearemos hoy por cinco de ellos que no son de los que primero se nos vienen a la mente si nos piden que nombremos alguno, en un recorrido que nos llevará a cruzarnos con animales, plantas, minerales… e incluso con una receta de cocina. Confiemos en que nuestra caminata resulte ser de color de rosa y no nos haga mudar de color.

púrpura.- Color rojo oscuro que tira a violeta. Es uno de los cinco colores utilizados en la heráldica, donde es denominado también mixtión y se representa en pintura por el violeta y en grabado por líneas diagonales que van del ángulo superior del dibujo hasta el inferior izquierdo —desde la perspectiva de quien lo mira—.Encuentra su origen en el latín purpŭra, y este en el griego porphýra.

En un principio designaba a un molusco que segrega, en muy pequeña cantidad, una tinta amarillenta que al contacto con el aire se vuelve verde y finalmente pasa a ser de color rojo, rojo violáceo o violado. Después pasó a llamarse así también al propio tinte realizado con ella o con las de otros moluscos parecidos, como el ostro, la cañadilla, el conchil o el múrice. El Diccionario de autoridades (1737) señalaba que el más estimado era el de Tiro por ser perfectamente rojo, mientras que el de otras partes tiraba a violado.

El nombre se extendió a la tela teñida con púrpura que formaba parte de la vestimenta de emperadores, reyes, sumos sacerdotes, cónsules y cardenales a, así como a las propias prendas elaboradas con ella, y, por metonimia, a las respectivas dignidades de quienes las vestían.

Además de estas acepciones se llama así poéticamente a la sangre humana y en medicina a un estado enfermo caracterizado por hemorragias, petequias o equimosis —relacionado, pues, con la sangre—.

Como púrpura de Casio se conoce al oro en polvo finísimo, de color rojo tirando a pardo, que se hace precipitar de las disoluciones de sus sales mediante ciertas sustancias reductoras. Debe su nombre a su descubridor, el médico y alquimista alemán Andreas Cassius hijo (1645-c.1700).

marengo.- O gris marengo. Gris oscuro, cercano al negro. También es una tela de lana tejida con hilos de distintos colores, lo que le da el aspecto de la mezclilla.

Palabra incorporada al diccionario académico a finales del siglo xx —lo hizo en la edición de 1984—, adonde llegó desde el francés marengo, tomado de Marengo, ciudad italiana.

Esta localidad piamontesa fue en 1800 escenario de una batalla en la que Napoleón derrotó a las tropas austriacas, lo que conllevó que estas abandonaran la mayor parte del territorio italiano. Si bien la contienda no dio directamente nombre al color —lo que sí ocurrió, por ejemplo, con las batallas de Magenta o de Solferino—, hay quien lo asocia al del sobretodo de color gris que Bonaparte usaba y puso de moda —como el que luce mientras pasa revista a la Guardia Imperial en el cuadro La batalla de Jena de Horace Vernet —.

Sí se encuentra directamente ligada al combate que tuvo lugar el 14 de junio de 1800 otra acepción de marengo en francés: a la marengo, un plato compuesto por carne (generalmente ternera o pollo) cortada en trozos que se doran en aceite a fuego alto para terminar de cocinar a fuego lento después de agregar cebollas, ajo, tomates champiñones y vino blanco. Receta que el cocinero del entonces Primer Cónsul habría preparado aquel día con pollo y los ingredientes que pudo encontrar en las granjas de los alrededores.

Recoge el DLE también otro marengo, palabra homógrafa proveniente de mar y utilizada en Granada y Málaga con el significado de pescador u hombre de mar.

tabaco.- Si un animal está en el germen del color púrpura, una planta se encuentra en el de este color.

Se trata de una solanácea originaria de América, de fuerte olor y narcótica. Sus hojas, una vez curadas, se fuman o bien, reducidas a polvo —rapé o tabaco rapé—, se aspiran por la nariz.

Da nombre a un marrón semejante al de sus hojas curadas. También se conoce como atabacado. Cuando es claro se denomina habano.

Es un color muy presente en la sastrería taurina, pues es uno de los que se emplean a la hora de confeccionar los trajes de luces. Se asegura que el terno de color tabaco y oro es utilizado por los toreros que han alcanzado la madurez, prácticamente la plenitud. Es vestido —pues también se denomina así— que refleja la entrega y el oficio alcanzados.

Covarrubias (1611) atribuía a esta planta una procedencia fantástica: la habría descubierto el mismo demonio para dársela a sus sacerdotes. Más terrenal, el Diccionario de autoridades (1739) consideraba que tomó su nombre de la provincia donde se criaba o de una isla así llamada de la América Meridional. La edición de 1884 del diccionario académico se limitaba a decir que se trataba de una voz americana; en la de 1899 pasaba a ser una voz caribe; en la de 1992 se dice que su etimología es discutida; la de 2001 sitúa su origen en el árabe clásico tub[b]āq y la de 2014 lo corrobora, añadiendo que, antes del descubrimiento de América, se aplicó a la olivarda —también llamada atabaca y atarraga—, el eupatorio y otras hierbas medicinales que mareaban o adormecían.

azabache.- Tras el animal y el vegetal, turno ahora en este paseo del tercer reino tradicional de la naturaleza: el mineral.

Conocido asimismo como ámbar negro —y antiguamente también como gagate o gagates —, es una variedad de color negro del lignito, el carbón fósil cuya textura es con frecuencia similar a la de la madera de la que procede. Fácil de labrar y de pulimentar, se ha considerado como una piedra semipreciosa y es empleado en joyería y en escultura. La persona que lo trabaja o lo vende es conocido como azabachero.

Es palabra proveniente del árabe andalusí azzabáğ, que a su vez lo hace del árabe clásico sabağ, idioma al que llegó desde el pelvi šabag.

Históricamente podemos encontrar este término también con diversas formas, de las que azabaja y azabaje están recogidas en el DLE.

Como color es un negro intenso y brillante. Se emplea literariamente de manera laudatoria como comparación de cosas muy negras: ojos —«con sus ojazos de azabache». Juan Ramón Jiménez—; pupilas —«la pupila de azabache». Ricardo Güiraldes—; cabello —«el pelo algo desordenado y de azabache». Benito Pérez Galdós—; barba—«la barba de azabache tusada en rizos». Salvador Gonzále,z Anaya—; pestañas —«cabello, pestañas y barbas de azabache rojizo». Miguel Ángel Asturias—; cejas —«por esas cejas de azabache». Juan Ignacio González del Castillo—…

En el Perú este color es también conocido como chivillo

En el mundo de la tauromaquia se denomina azabache al color del pelaje de un toro de lidia que es una variedad del negro con un aspecto aterciopelado y una brillantez especial que produce un reflejo azulado.

cárdeno.- Del latín tardío cardĭnus, derivado de cardus ‘cardo’, por el color de sus flores.

El Diccionario de autoridades (1729) hacía referencia, no etimológica, al lirio y entre 1869 y 1914 el diccionario de la RAE lo citaba en la definición del color. Todavía hoy lirio cárdeno es otra forma de llamar a esta planta herbácea.

Poéticamente es asimismo conocido como livor.

Nombre de un color que nos va a permitir encontrarnos con varios más según avanzamos por él y por las palabras surgidas de este vocablo.

Comencemos por las acepciones que recoge el DLE. La primera es la de sinónimo de amoratado. Si hablamos de un toro, es el de pelaje de tonalidad grisácea formada por la mezcla de pelos blancos y negros sin formar manchas de ninguno de los dos. Y si se hace referencia al agua, la que es de color opalino, es decir, entre blanco y azulado con reflejos irisados.

De cárdeno deriva cardenilla, una uva menuda de color amoratado, y también cardenillo, que en un giro cromático es un color verde claro semejante al del acetato de cobre y también una materia verdosa o azulada que se forma en los objetos de cobre o sus aleaciones.

Por su parte, un cardenal es una mancha amoratada —que también puede ser negruzca o amarillenta— de la piel a consecuencia de un golpe u otra causa. Acardenalarse es salir al cutis manchas de color cárdeno, semejantes a las ocasionadas por golpes.

Finalmente, aunque se encuentra en desuso, se llama cardeña a una piedra preciosa de color cárdeno.

 

La cita de hoy

«Y es que en el mundo traidor

nada es verdad ni mentira:

todo es según el color

del cristal con que se mira».

Ramón de Campoamor.

 

El reto de la semana

Las palabras de hoy nos anuncian un reto muy lúdico. Al fin y al cabo, a lo que venimos aquí es a disfrutar y a jugar con todas, las que están en el diccionario y en ocasiones también con las que no. Así que estoy seguro de no equivocarme si apuesto a que serás capaz, sin necesidad de aplicar un gran celo en ello o de utilizar un punzón para escarbar en estas líneas, de encontrar los cinco colores que se nos han colado aquí.

 

(La respuesta, como siempre, en la página ‘Los retos’)

Un paseo muy casquero

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Hace ya cinco años dedicábamos un paseo visceral a un restaurante abierto pocas semanas antes: La Tasquería, la apuesta profesional y casi nos atreveríamos a decir que vital de un joven cocinero, Javi Estévez, con un planteamiento arriesgado —como todos los que merecen la pena, por lo tanto—: servir únicamente, o casi, platos que tuvieran como principal ingrediente algún elemento de casquería. Un local que, además, contaba ya a priori con la complicidad del paseante debido al juego de palabras que refleja su nombre.

La idea, audaz, como decíamos, consistía en recuperar la tradición «casquera» —y lo escribimos entre comillas porque la RAE no recoge este adjetivo en relación a la casquería— de Madrid a la vez que se daba una vuelta de tuerca para ponerla al día aprovechando todas las posibilidades que ofrece, en técnicas y productos, la gastronomía de nuestros días.

Cinco años después aquel proyecto es una realidad consolidada que cuenta incluso con el reconocimiento de una estrella Michelin. Y tras su reapertura tras el obligado cierre debido a la pandemia que nos afecta, los que nos enamoramos de este concepto y de sus creaciones desde que lo conocimos hemos tenido la suerte de poder disfrutar además del libro Casquería, editado hace apenas unos días por la editorial Montagud, en el que el chef nos muestra su filosofía, su cariño y su incesante búsqueda de renovación y de ir siempre un paso más allá en la búsqueda de nuevas formas de disfrute de unos productos que, a pesar de su tradicional consideración como humildes, cuentan con numerosos partidarios.

Pasearemos hoy, por lo tanto, por cinco palabras —con origen cuando menos interesante, como enseguida veremos— encontradas en las entrañas, nunca mejor dicho, de un libro que, ya ha quedado dicho, no se trata de un mero recetario y que demuestra que en ocasiones los sueños se cumplen. Con el deseo de que no sea el último de su autor y de que sigamos muchos años disfrutando con nuevas elaboraciones de estos productos que van encontrando cada vez más un reconocimiento que merecen por derecho propio.

chanfaina.- Palabra con una etimología que puede resultar curiosa a primera vista, pues consiste en una alteración del antiguo sanfoina, este del latín symphonĭa ‘concierto’, ‘música armónica’, ‘acompañamiento musical’, y este a su vez derivado del griego symphōnía.

Como ocurre a menudo en el mundo gastronómico se aplica este nombre a una serie de platos, similares en ocasiones pero no siempre coincidentes, según el ámbito geográfico del que se trate.

El DLE recoge tres: un guiso hecho de bofes o livianos —otros nombres que reciben los pulmones de la res—; en Málaga, uno compuesto de carne, morcilla o asadura de cerdo, en una salsa espesa hecha con aceite, vinagre, miga de pan, almendras, ajo, pimentón, orégano y tomillo; y, en Colombia, otro que se hace con carne de oveja en cordero.

Es precisamente en el español de América donde se dispara la variedad gastronómica con este nombre, además de la ya citada del país caribeño. Allí, según el Diccionario de americanismos (2010), encontramos:

En México, el pulmón, hígado y corazón guisados de cerdo y otro guiso elaborado con arroz y picadillo de menudencias de res.

En Bolivia, Chile y Argentina una comida que se prepara friendo sangre de animal con los menudos bien picados, y con cebolla, ají, pimienta, vinagre y limón o vino.

En Honduras, Nicaragua y Panamá otra hecha de mezclar o revolver varios alimentos, sobre todo vísceras de cerdo que, generalmente, se comen por separado.

Solo en Nicaragua también una con cabeza de cerdo

En Ecuador, un plato elaborado con vísceras y carne de cerdo, verduras y papas.

En El Salvador, un guisado de carne de cerdo o de res con vegetales bien picados.

Finalmente, en Guatemala se llama así tanto a una fritura de panza y menudos de res como a una salsa espesa hecha de vísceras trituradas con miltomate y chile verde, sazonada con comino, ajo, orégano y achiote.

morcilla.- Seguimos con otra palabra de etimología peculiar, en este caso más bien hipotética, pues el DLE aventura que «quizá» provenga de la raíz de morcón —la tripa gruesa de algunos animales que se utiliza para hacer embutidos—, voz que «quizá» sea prerromana.

En cuanto a su definición, dice que es un trozo de tripa de cerdo, carnero o vaca, o materia análoga, rellena de sangre cocida, que se condimenta con especias y, frecuentemente, cebolla, y a la que suelen añadírsele otros ingredientes como arroz, piñones, miga de pan, etc.

Como ocurre con la chanfaina son numerosas las versiones de este embutido. En su Diccionario de gastronomía (1985) Carlos Delgado incluye hasta diecinueve modalidades que incluyen ingredientes tan variados como arroz; papada de cerdo; canela; frutos secos; calabaza; pella —manteca de cerdo—; higos; azúcar; boniato; anís; pasas; patata…

Antiguamente se llamaba asimismo morcilla a un trozo de carne envenenada utilizado para matar perros. De ahí la locución dar morcilla, con los sentidos de matar con ella y de, más suavemente, dar la lata, resultar molesto.

Por su parte, decirle a alguien que le den morcilla es una muestra de rechazo y desprecio, mientras que repetirse más que —o como la morcilla hace referencia al hecho de insistir en algo, de hacer o decir lo mismo de manera reiterada.

Finalmente, también se denomina morcilla, de manera coloquial, a la palabra o frase improvisadas fuera del guion que añade un actor a su papel al representarse un espectáculo.

gallinejas.-  Vocablo que perfectamente podía haber encontrado acomodo en el paseo que titulamos De Madrid… al diccionario, pues es tenido como el único plato que solo se vende y se consume en la Villa.

Siguiendo el discurrir de orígenes curiosos que nos marca el sendero de las palabras de nuestro paseo de hoy, encontramos que el de esta poco, o nada, tiene que ver con su realidad actual.

El diccionario de la RAE la define como tripas fritas de cordero o de cabrito, y que antes procedían de otros animales, que constituyen un plato popular de Madrid.

Pero esto no fue así hasta la última edición, la llamada del Tricentenario. Cuando la Academia recogió esta voz, en la edición de 1914, la definió como «tripas fritas de gallina y otras aves que se venden en los barrios extremos de Madrid». Esta redacción se mantuvo hasta la de 1984, en la que se sustituyó por «tripas fritas de gallinas y otras aves, y a veces de otros animales, que se venden en las calles o en establecimientos populares». Una de cal y otra de arena: se reconoce que pueden proceder de otros animales —lo que era una realidad, el cordero, desde hacía al menos más de un siglo—, pero se elimina la referencia a Madrid.

Finalmente, en 2014 se recoge ya la definición susomentada, mucho más correcta que las anteriores y por la que, según recordaba el entonces director de la RAE, Víctor García de la Concha, en la nota necrológica que escribió para el boletín de la institución, tanto batalló al final de sus días Camilo José Cela, en cuyos escritos, libros y artículos periodísticos, pueden rastrearse varias referencias a las gallinejas, si bien, eso sí, cayendo hasta 1997 en el mismo error de atribución de su origen en el que había incurrido la Academia durante décadas.

tuétano.- Posiblemente el producto de casquería que más se haya revalorizado —«puesto de moda», asegura Javi Estévez— en los últimos tiempos.

Se trata de la médula, la sustancia blanca del interior del hueso.

También se llama así a la parte interior de una raíz o tallo de una planta.

En un principio el DLE decía que derivaba del latín tūtus ΄defendido΄, ΄resguardado΄. Posteriormente, y así lo mantiene, estableció que procede de tútano, otra forma de llamarlo, hoy en desuso, que a su vez tendría su origen en la onomatopeya tut.

Ahora bien, si, tal y como dice el propio diccionario, una onomatopeya es la formación de una palabra por imitación del sonido de aquello que designa, cabe preguntarse si esa sustancia suave, tierna y mantecosa —como la definía el Diccionario de autoridades (1739)— realmente suena y si lo hace así.

La respuesta nos la ofrece Corominas. Asegura que tut es la imitación del sonido de un instrumento de viento. De ΄corneta΄ se pasó a ΄tubo΄, luego ΄agujero interior del hueso y, finalmente, el contenido de este. ΄

Las locuciones hasta el tuétano o hasta los tuétanos, que se suelen aplicar a sentimientos o actitudes, tienen el sentido de profundidad, de intensidad, de completitud.

Por su parte, sacarle los tuétanos a alguien significa sacarle el alma, aprovecharse económicamente de una persona haciéndole gastar cuanto tiene.

hígado.- Víscera voluminosa, propia de los animales vertebrados, que en los mamíferos tiene forma irregular y color rojo oscuro, está situada en la parte anterior y derecha del abdomen y desempeña varias funciones importantes, entre ellas la secreción de la bilis.

Junto con el corazón, los pulmones y la tráquea conforman la pieza de casquería conocida como asadura.

También se llama así a una glándula de diversos invertebrados que cumple funciones similares.

El de los animales pequeños, particularmente de las aves, recibe el nombre de higadillo.

Voz documentada en nuestra lengua por vez primera en 1335, si bien desde mediados del siglo xiii se empleaba la forma antigua fégado, hoy desaparecida.

Del latín vulgar ficătum, y este del latín [iecur] ficātum ‘[hígado] alimentado con higos’, alterado, como indica Corominas, por influjo de la denominación griega correspondiente sykōtón —derivada de sŷkon ‘higo’— imitado en latín vulgar con una pronunciación sýcotum.

Esta denominación se explica por la costumbre de los antiguos de alimentar con higos a los animales cuyo hígado comían.

Se usa también, generalmente en plural, con el significado de ánimo, valentía.

En algunos países americanos se denomina hígado coloquialmente y de manera despectiva a una persona desagradable, molesta, mientras que en Cuba se dice que la persona que está malhumorada tiene el hígado a la italiana o a la vinagreta y caer como un hígado a alguien es darle cien patadas, disgustarle mucho.

 

La cita de hoy

«Nada es lo mismo, nada permanece. Salvo la historia y la morcilla de mi tierra: se hacen las dos con sangre, se repiten».

Ángel González.

 

El reto de la semana

¿Qué sustancia que, jugando con las palabras, podríamos decir que tiene nombre de letra que nos cuenta su origen, seguro que nos encontramos en un paseo por productos de casquería?

(La respuesta, como siempre, en la página ‘Los retos’)

Paseando con el Bestiario del norte

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Llegaba esta semana la noche de san Juan, la noche más mágica del año, cargada una vez más de tradiciones, rituales y costumbres que enlazan nuestra cultura actual con las celebraciones ancestrales en las que se conmemoraba el solsticio de verano.

Una noche apropiada para pasear por ella con los seres fantásticos que nos presenta el Bestiario del norte, la última criatura por ahora de nuestra imprescindible editorial La Felguera. Un recorrido por Galicia, Asturias, Cantabria y el País Vasco siguiendo las huellas que a lo largo de los siglos han ido dejando en su imaginario colectivo los personajes que se nos aparecen en estas páginas.

Protagonistas de sendas mitologías en las que tanto el clima como el propio paisaje resultaron determinantes en su creación, en la consolidación a través del tiempo de un mundo oculto a los ojos pero no por ello menos real que sirvió durante generaciones como instrumento para interpretar la realidad. Y como quiera que las palabras no le hacen ascos a lo que no es visible y que, como nos recuerda Héctor Urién, no hay nadie que no tenga interés en las historias, ese universo escondido en las mentes se transmitió de manera oral a través de leyendas que vienen a confirmar lo que ya aseveraba el antiguo proverbio vasco: Izena dunen guztia omen da ΄Todo lo que tiene nombre existe΄.

Retomando la senda de los paseos con seres imaginarios que ya recorrimos en un par de ocasiones en su momento, caminaremos hoy por palabras relacionadas con estos entes norteños, reflejo de una realidad cultural a la que el racionalismo hace ya mucho que desterró a las recónditas cuevas subterráneas que sirven de morada a muchos de ellos.

cuélebre.- Ser propio de la mitología asturiana cuyo rastro podemos encontrar también en la región del Bierzo. Se trata de una gran serpiente alada que tiene como misión la protección de tesoros y de personajes que han sufrido algún tipo de encantamiento. Su piel es de una tremenda dureza, lo que le convierte prácticamente en invulnerable —solo se le puede matar hiriéndolo en la garganta o dándole de comer algo que no pueda digerir—. Con el tiempo le crecen alas semejantes a las del murciélago, lo que le confiere el aspecto de dragón con el que le define el Diccionario de la lengua española.

Recibe también los nombres de cúlebre, culebre, culiebre, culiebra o culebra.

El nombre procede del latín colŭber, -bri ΄culebra΄.

Animal este, por cierto, que encuentra acomodo también entre las páginas del DLE en otra representación mitológica: la chichintora, a la que el imaginario popular en El Salvador atribuye la capacidad de volar. Curiosamente esta acepción como animal fantástico, presente en el texto académico desde la edición de 2001, no figura en el Diccionario de americanismos (2010), que solo recoge esta palabra con el sentido metafórico, empleado también en El Salvador, de persona enfadada o colérica y como variante léxica, en Honduras, de chichintor, un tipo de serpiente.

El cantante español Víctor Manuel, oriundo de Asturias, le dedicó en 1978 al cuélebre una conocida canción.

meiga.- El único personaje del libro —salvo, acaso, el hombre pez de Liérganes— que no es un ser fantástico.

Según el DLE se trata de una persona que, siguiendo la opinión vulgar, tiene pacto con el diablo y, por ello, poderes extraordinarios.

Sin embargo, a pesar de haber sido retratadas tradicionalmente como seres malévolos, las meigas solían ser curanderas o sanadoras, demonizadas y perseguidas por vivir al margen de la ortodoxia. De hecho, como dejó dicho el entonces presidente de la Real Academia Gallega, Domingo García Sabell, la Inquisición no realizó procesos de brujería en Galicia, pues allí no había brujas: había meigas.

Es personaje notorio de la mitología de esta región, a pesar de lo cual hasta 2001 el diccionario académico circunscribía la figura a León. Ese año incluyó a la ya mencionada Galicia y a Asturias.

Cuando la RAE incorporó este término en 1925 señalaba que tenía el mismo origen que médico, es decir, el latín medĭcus, pero actualmente considera que procede del también latín magĭcus ΄mágico΄.

Su nombre ha dado lugar a una expresión proverbial: «Haberlas, haylas», en ocasionas precedida por «no creo en ellas, pero…». Se utiliza cuando no se desea comprometer la propia opinión en algo que, en el fondo, se tiene por seguro o bien cuando algo que en principio resulta ilógico parece mostrar visos de realidad.

carbonero.-  Del latín carbonarius, en última instancia de carbón, del también latín carbo, ōnis.

Palabra documentada en nuestra lengua ya a fines del siglo xv, hace referencia a la persona que hace o vende carbón. Ha dado lugar a diferentes personajes mitológicos en una tradición que se extiende a muchos pueblos, como Baviera o el Tirol, por ejemplo, en los que el bosque, donde se producía el carbón vegetal, desempeña un papel importante.

En el norte de España encontramos en el ámbito vasco-navarro al olentzero, nombre que según una hipótesis muy extendida significaría tiempo de lo bueno, a partir de las palabras vascas onen ΄bueno΄ y zaro ΄época΄.

Gigante mítico de las montañas, a lo largo de su secular historia ha adoptado numerosas formas. Asociado en un principio a los festejos del solsticio de invierno, la cristianización de su entorno terminó por convertirlo en una especie de Santa Claus que en la nochebuena reparte regalos a los niños que se han portado bien y carbón a los que han sido malos.

A su vez, en Galicia el apalpador, también llamado Pandingueiro, es también un carbonero, un gigante pelirrojo, que baja de la montaña la noche del 24 o del 31 de diciembre para tocar —palpar—, la barriga de los niños para comprobar si han comido bien durante el año. A los que se hayan alimentado correctamente les deja un montoncito de castañas y algún regalo; a los que no lo hayan hecho, el consabido carbón.

libélula.- Insecto del orden de los odonatos, de cuerpo esbelto, largo y con llamativos colores. Tiene dos pares de alas, que mantiene en posición horizontal cuando se posa, Vive en cursos de agua.

Deriva del latín científico libellula, diminutivo de libella ΄balanza΄—que a su vez lo es de libra— porque se mantiene en equilibrio en el aire.

En nuestro idioma recibe también los nombres de aguacil y alguacil en la Argentina y el Uruguay; caballito de san Vicente en Cuba y Honduras; chapul en Colombia; gallego y gallito en Costa Rica; matapiojos en Chile y Colombia; pipilacha en el entorno rural nicaragüense y robapelo, coloquialmente, en Ecuador.

Muchos hablantes la llaman también caballito del diablo —fenómeno que, curiosamente, se da también en catalán con la libèl·lula y el cavallet del diable—, aunque se trata en realidad de otro insecto, del que se distingue porque este es algo más pequeño y además pliega sus alas cuando se posa.

Viene esto a colación porque en tierras cántabras se aparecen, precisamente solo en la noche de san Juan, los caballucos del diablo. Son siete espíritus con aspecto de grandes libélulas, que provienen del infierno. Viven en cuevas recónditas y en su salida anual durante el solsticio de verano se dedican a quemar y pisotear los sembrados de los labradores. Lo que les está vedado es acercarse a las hogueras que se encienden esa noche, pues se trata de un fuego sagrado y purificador.

lamia.- Volvemos al País Vasco para  cerrar nuestro paseo con un ser híbrido al que allí atribuyen forma de hermosa mujer en su parte superior y de gallina, cabra o pato, según los lugares, en la inferior.

Del latín lamia, con el mismo sentido, el DLE la define escuetamente como una figura terrorífica de la mitología, con rostro de mujer hermosa y cuerpo de dragón.

Como ya nos ha ocurrido en otras ocasiones a lo largo de estos paseos en el Diccionario de autoridades (1734) encontramos una definición mucho más literaria que, una vez más, el paseante no se resiste a transcribir en su redacción original:

«Voz que entre los Antiguos tuvo varias significaciones. Unos juzgaron que era demónio en figura de muger, que con halagos atrahía a los hombres para devorarlos. Otros que era una especie de fiera en el África, con el medio cuerpo superior de muger hermosa, y el inferior de dragón, que tambien atrahía y devoraba los hombres: y otros que era una muger hechicera que se comía o chupaba los niños, lo que corresponde oy a nuestras bruxas».

No debe confundirse con la palabra homónima, derivada en este caso del latín amia, que da nombre a una especie de tiburón presente en los mares españoles.

Tampoco con la que figuraba en las ediciones del lexicón académico correspondientes al siglo xviii con el significado de mujer pública o ramera.

 

La cita de hoy

«Los mitos no son símbolos, ni pinturas estilizadas, ni puras creaciones poéticas o literarias; los seres míticos son una parte de la realidad circundante, como el árbol, el monte, el arroyo o la muchacha que va a la fuente».

Julio Caro Baroja

 

El reto de la semana

Dado que el paseo transcurre en una noche mágica poblada por seres fantásticos ¿qué planta, sobre la que corrían en la Antigüedad numerosas fábulas —y en la que muchos quieren ver forma humana— no habría sido extraño encontrarnos hoy?

 

(La respuesta, como siempre, en la página ‘Los retos’)

Un paseo al compás de las Grandes Horas de Rohan

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Arte y religión han caminado de la mano desde sus mismos inicios; desde que las más esquemáticas y primitivas manifestaciones de aquel trataban de plasmar lo que entonces estaba en íntima conexión con la magia. No tanto porque tuvieran indefectiblemente que ver entre sí como por el hecho de cada uno acabaría por resultar determinante en la evolución del otro. En la tradición europea, pródiga en ejemplos de esto que decimos, sin duda el más hermoso de los concernientes a nuestro mundo de las palabras lo constituyen los libros de horas.

También llamados horarium en latín, los libros de horas eran devocionarios que organizaban los rezos de determinadas oraciones a lo largo del día siguiendo el orden de las horas canónicas. Se realizaban, generalmente por encargo, exclusivamente para un destinatario, por lo que no existen dos que sean iguales. Manuscritos iluminados, en ellos jugaban un papel destacado las ilustraciones, que contribuían a hacer comprender el significado de unas oraciones cuyo texto en latín no siempre era perfectamente entendido.

Recordaba todo esto el paseante mientras recorría las páginas de uno de los mejores regalos que ha recibido en los últimos tiempos: el facsímil de Las Grandes Horas de Rohan, ejemplar del siglo xv cuyo conjunto ilustrativo, que incluye el empleo de la escritura como elemento ornamental tanto en filacterias como en las vestiduras de Dios presentes en muchas de las imágenes –como la que encabeza este paseo, que muestra ambas posibilidades−, lo convierte en un verdadero hito artístico dentro de este tipo de libros.

Pasearemos hoy por cinco palabras encontradas en los estudios publicados con ocasión de la citada edición facsimilar de una pieza magnífica que aún en nuestros días permanece envuelta por las brumas del misterio en lo referente a cuestiones como su comitente, el destinatario original, la fecha exacta de su creación, la identidad del Maestro de Rohan y de quienes colaboraron con él…

intemerata.- Del latín intemerāta ‘no manchada, no contaminada’.

El DLE nos dice que se utiliza coloquialmente para indicar que algo ha llegado a lo sumo. Así, se predica de lo que es lo mejor en su línea, pero también, y más frecuentemente, se dice que dura la intemerata aquello que se prolonga demasiado en el tiempo, que parece que no va a terminar. Incluso algo que siendo agradable termina por cansar o desagradar debido a su excesiva duración.

Este sentido tiene que ver con las llamadas letanías lauretanas, que se recitan al finalizar el rezo del rosario y en las que Mater intemerata es una de las invocaciones que se hacen a la Virgen, y con el hecho de que letanía tenga también como significados coloquiales el de lista o enumeración continuada de muchos nombres o locuciones y el de insistencia larga y reiterada.

El Diccionario manual de la RAE definía en 1927 intemerata como un barbarismo empleado en el Perú con el significado de temeridad, en lo que parece un ejemplo de homonimia parasitaria, que se da cuando una palabra se emplea con el significado de otra con la que no comparte más que una cierta estructura fonética.

O intemerata ‘Oh inmaculada’ era una oración que se dirigía a la Virgen pidiendo su intercesión para conseguir el perdón de los pecados. Era frecuente su presencia en los libros de horas –algunos de los cuales atribuían su autoría al papa Juan XXII−, habitualmente ilustrada con el tema de la Piedad.

rosario.- Rezo de la Iglesia católica dedicado a la Virgen. Consta de quince partes iguales, compuesta cada una por un padre nuestro, diez avemarías y un gloriapatri, que conmemoran los misterios principales de su vida y de la de Jesucristo. A ellas se añaden las antes citadas letanías.

También se denomina así a una sarta de cuentas, unida por sus dos extremos a una cruz, que se utiliza para rezarlo ordenadamente, entero o parte de él. Por extensión también adquiere el sentido de serie, relación de cosas relacionadas entre sí.

La RAE establece que procede del latín medieval rosarium, y este del latín rosarium ‘rosaleda’. Más poética resulta la etimología propuesta por Moliner: de ‘rosa’, bien por las veces que en las letanías se aplica este nombre a la Virgen, bien porque metafóricamente se considera todo el rezo como un ramo de estas flores dedicado a ella.

El DLE recoge también otras dos acepciones de esta palabra que no tienen carácter religioso y que aparecían ya en el Diccionario de autoridades (1737): una forma coloquial de referirse al espinazo de los vertebrados y una máquina elevadora compuesta de tacos o de cubos que dan vuelta sobre una rueda como las vasijas de una noria.

El refrán el rosario al cuello, y el diablo en el cuerpo hace referencia a la hipocresía, previniendo contra la falsa virtud que esconde una intención peligrosa, mientras que la locución acabar como el rosario de la aurora significa terminarse algo de manera violenta o tumultuosa.

querubín.- En la tradición católica, en la que se enmarcan los libros de horas, cada uno de los seres que ocupan el segundo de los nueve niveles o coros de la jerarquía angelical.

También es sinónimo de serafín, en su acepción de persona de singular hermosura. Moliner señala que particularmente un niño. De ahí que se suela asociar a los querubines con los amorcillos, representaciones artísticas de niños desnudos y alados, generalmente portadores de un emblema del amor, que en realidad no tienen connotación religiosa.

Del latín tardío Cherŭbim o Cherŭbin, y este del hebreo kĕrūb[īm] ‘próximo[s]’.

También existen en nuestra lengua las formas querub y querube, a las que el DLE marca como poéticas, y antiguamente se empleó asimismo cherubin o chérubinquerubín no se consideró palabra aguda hasta la edición de 1884 del lexicón académico−, en la que el propio Diccionario de autoridades (1729) indicaba que la ch debía pronunciarse como k.

No son los querubines del cristianismo, sin embargo, los únicos que podemos encontrar en la historia de las religiones. El Diccionario de los símbolos (1997), de Juan Eduardo Cirlot, nos recuerda que los Cherub o Kirubi que se levantan a la puerta de palacios y templos asirios no eran sino gigantescos pantáculos que los sacerdotes ponían como «guardianes del umbral». A su vez, el Cherub egipcio era una figura con muchas alas y recubierta de ojos, emblema de la religión, del cielo nocturno y de la vigilancia.

antífona.- Del latín tardío antiphōna ‘canto alternativo’, y este del griego antiphnē ‘que suena en contestación (a algo)’, a su vez de phōn ‘voz’.

Hasta la edición de 1791 el diccionario académico recogía también la forma antíphona.

Pasaje breve, por lo general versículos de la Biblia, que se reza o canta en la misa o antes y después de los salmos y de los cánticos en las horas canónicas, las diferentes partes del oficio divino, la oración estructurada que en la iglesia católica se reza a lo largo del día. Las antífonas tienen relación con el oficio propio del día.

El DLE hace mención expresa de dos de ellas: asperges, del latín asperges ‘rociarás’, primera palabra de la que recita el sacerdote al rociar con agua bendita el altar y a la congregación de fieles, y ofertorio, del bajo latín offertorium, dicha por el sacerdote antes de ofrecer la hostia y el cáliz.

La persona encargada en el coro para entonarlas es denominada antifonero.

De esta voz derivan también antifonal y antifonario, nombres que recibe el libro de coro en que se contienen las antífonas de todo el año.

Tanto antífona como antifonario comparten una segunda acepción coloquial: nalgas. Con este sentido aparece ya en la Crónica burlesca (1529) en la que Francés o Francesillo de Zúñiga (h. 1480-1532), escritor y bufón de Carlos v, reflejó el ambiente cortesano desde una visión satírica y grotesca sin parar mientes ante la alcurnia de ninguno de los protagonistas. Este atrevimiento le costó perder el favor real. Algún tiempo después moriría violentamente en su Béjar natal en circunstancias todavía hoy no esclarecidas.

filacteria.- Cada una de las dos pequeñas cajas o envolturas de cuero que contienen tiras de pergamino con ciertos textos del Pentateuco, y que los judíos llevan sujetas con tiras de cuero, una al brazo izquierdo, a la altura del corazón y otra a la frente durante las oraciones matutinas de los días hábiles, aunque muchos ortodoxos las emplean a lo largo de todo el día.

Esta práctica está relacionada con cuatro pasajes de la Torá, el libro judío de la ley, que se corresponde con los cinco que forman el Pentateuco en el Antiguo Testamento: Éxodo 13, 1-10 y 11-16 y Deuteronomio 6, 4 y 11, 13-21.

Filacteria tiene también los significados de amuleto o talismán que empleaban los antiguos y de cinta con una inscripción, leyenda o lema, superpuesta, incrustada o pintada en escudos, sellos, epitafios, pinturas, tapices, esculturas, etc.

Procede del latín phylacterĭa, plural de phylacterĭum, tomado del griego phylaktrion, derivado de phylássein ‘preservar, proteger’.

De esta voz surge, a través del antiguo filateria, filatería. Se llama así tanto a la palabrería que utilizan los embaucadores para engañar o persuadir de lo que quieren como a un exceso de palabras empleadas para intentar dar a entender un concepto. Además, en Ecuador hace referencia a la abundancia de palabras rebuscadas.

Como filatero se conoce a la persona que tiene por costumbre usar de filatería. Antiguamente también recibía este nombre en germanía, la jerga delincuencial, el ladrón que hurtaba cortando alguna cosa.

 

La cita de hoy

«El Maestro de Rohan es uno de los protagonistas absolutos del final del arte medieval. Por su capacidad de conectar con las angustias de la humanidad en un momento crítico es, además, el artista medieval más moderno, el miniaturista más cercano a la sensibilidad del hombre contemporáneo».

Javier Docampo Capilla

 

El reto de la semana

¿Con qué planta, que tiene dos nombres que corresponden a sendos animales: uno mitológico y el otro una cría, nos hemos topado en nuestro paseo de hoy por el jardín del diccionario? Pista: uno de esos animales nos lo hemos encontrado en el mismo momento en que hemos tenido Las Grandes Horas en nuestras manos, mientras que el otro nos esperaba, a punto de morir, en la ilustración dedicada a uno de los santos.

(La respuesta, como siempre, en la página ‘Los retos’)

Un paseo paleográfico

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Salía el otro día a colación, en una de esas conversaciones telemáticas a que nos obliga el recogimiento forzado por la pandemia, el celebérrimo discurso de Steve Jobs en la Universidad de Stanford. Y el paseante recordó especialmente la parte que habla de unir los distintos puntos y cómo el curso de caligrafía al que asistió cuando decidió abandonar los estudios universitarios –sin albergar la menor esperanza de que aquello le fuera a resultar de aplicación práctica en la vida− se convirtió en la base de que hoy los ordenadores tengan distintos tipos de tipografías.

Y como es cierto que la vida debe vivirse hacia delante, pero solo puede ser comprendida mirando hacia atrás, según aseguraba Kierkegaard, el paseante se acordó también al hilo de ello de unas lecciones de introducción a la paleografía a las que asistió en su momento por mero gusto, sin buscar otra utilidad que aprender un poco sobre ella. Una disciplina para la que no resulta suficiente la definición que encontramos de ella en el diccionario atendiendo a su propia etimología: «ciencia de la escritura y de los signos y documentos antiguos». Porque hoy la paleografía ha evolucionado desde un concepto de «paleografía de lectura» de textos antiguos –ampliándose además hasta el mismo siglo xix la extensión de este sentido, que anteriormente llegaba solo hasta la Edad Media− al de «paleografía de análisis», por lo que podemos definirla más exactamente como la ciencia que estudia la historia social de la historia escrita.

Ni que decir tiene que todo campo al que se asoma el paseante inspira en él un interés por sus palabras propias, por lo que en esa ocasión no tardó en tener en su estantería el libro Vocabulario científico-técnico de paleografía, diplomática y ciencias afines, obra del padre Ángel Riesco terrero, uno de los mayores exponentes en España del tema que hoy inspira nuestro paseo.

Pasearemos hoy por cinco términos encontrados entre las páginas de este diccionario que en su propio título deja ya clara la estrecha relación que la paleografía mantiene con otras disciplinas como, además de la susomentada diplomática, la historia, la archivística, la codicología, la sigilografía, la heráldica…, mientras echamos nuestro particular cuarto a espadas por una ciencia de la que apenas quedan en España unas decenas de profesores y sin la cual resultaría imposible esa comprensión de la vida a la que se refería el filósofo danés.

viril.- No se trata aquí del término que hace referencia a lo relativo o perteneciente al varón, sino de otro, homógrafo, que da nombre a la caja de cristal con cerquillo de oro, plata, platino u otro metal precioso, o simplemente dorado, destinada a albergar la hostia consagrada para su adoración y que se coloca en la custodia para la exposición del Santísimo. También puede contener reliquias, en cuyo caso se coloca en un relicario.

Se llama también así a un vidrio muy claro y transparente que se pone delante de algunas cosas para preservarlas, permitiendo que puedan ser vistas.

Por extensión se denominó de esta manera a una vidriera colocada en las ventanas o luces de un edificio.

Asimismo, se utilizó metafóricamente para referirse a los ojos, como podemos leer en autores del Siglo de Oro, Góngora y Calderón de la Barca entre ellos.

Según Corominas deriva del antiguo beril ‘berilo’ –forma con la que el nombre de este mineral figuró en el diccionario académico hasta 1922−, por comparación con lo translúcido de esta piedra preciosa. El DLE atribuye actualmente su origen al bajo latín virile, del griego bizantino bryllos ‘berilo’.

Relacionadas con ella encontramos las palabras lúnula –del latín lunŭla, diminutivo de luna ‘Luna’−, en su acepción de soporte para el viril de la custodia, y ostensorio –del también latín ostensus, participio pasado de ostendĕre ‘mostrar’− en su significado de parte superior de la custodia, donde se coloca el viril.

ulfilana.- Adjetivo que se aplica a una letra, un alfabeto –en masculino entonces− o una escritura del antiguo gótico, la lengua germánica oriental que hablaban los godos.

Su creación, desarrollo y divulgación se atribuye al padre espiritual de este pueblo, el obispo arriano Ulfilas (c. 311-383) o Wulfilas –de ahí que también se encuentre en ocasiones la forma wulfilana, no recogida en el diccionario académico−, de quien tomó el nombre.

Hombre culto y de buena formación, además de su lengua nativa dominaba el latín y el griego, lo que se refleja en este tipo de escritura híbrida, integrada principalmente por caracteres y signos numéricos, tanto de una como de otra lengua, y alguno rúnico.

En España la mayoría de los libros manuscritos en letra ulfilana desaparecieron –muchos fueron quemados− durante la dominación visigoda en tiempos de Recaredo y solo quedan muestras de ella en inscripciones lapidarias, documentarias o en algunas monedas.

Como ya ha quedado dicho, el también llamado apóstol de los godos era arriano, es decir, partidario del arrianismo –voz que cuenta con su propia entrada en el DLE desde la edición de 1817−, doctrina que rechazaba que Cristo participara de la misma naturaleza que Dios, por lo que negaba su divinidad. El nombre deriva de Arrio, sacerdote heresiarca norteafricano que vivió a caballo entre los siglos iii y iv, quien fue el principal propagador de esta concepción.

poridad.- Si nos paseamos por la última edición del Diccionario de la lengua española veremos que esta voz remite a puridad, sin especificar que no se refiere a la primera acepción de esta –la cualidad de lo puro−, sino a las dos siguientes, hoy en desuso: «cosa que se tiene reservada u oculta» o «reserva, sigilo».

Ambos términos comparten su origen: el latín purĭtas, -ātis.

Más claro quedaba su significado ya en el Diccionario de autoridades (1737): «lo mismo que secreto», sentido que expone también el Diccionario del español jurídico (2016), que señala además su carácter de desusado en nuestros días.

En lo que a la paleografía se refiere –el hilo conductor de nuestro paseo de hoy, al fin y al cabo− en esta última obra encontramos la Cancillería de la Poridad, un órgano, en la Corona de Castilla, de expedición y guarda de documentos que por su materia o personas implicadas requerían de un especial sigilo en su expedición, sello y custodia. Documentos públicos pero reservados o secretos en cuanto a la naturaleza o contenido que, a juicio del monarca, debían tramitarse y resolverse sin necesidad de recurrir a la cancillería general.

A su frente se encontraba el canciller del sello de la poridad −«de la puridad» dice el DLE−. Persona allegada al rey en cuanto a su fidelidad y confianza, este puesto fue suprimido en 1496, pasando el sello a las secretarías de los consejos y posteriormente al ministerio correspondiente que lleva los asuntos de gracia y justicia.

alcabala.- Tributo que se pagaba al fisco consistente en un porcentaje del precio de las cosas objeto de compraventa, contrato en el que era satisfecho por el vendedor, o permuta, en cuyo caso era abonado por ambos contratantes.

Del árabe andalusí alqabála, según la Academia. Corominas propone qâbala ‘adjudicación de una tierra mediante pago de un tributo’, ‘contribución’, de la raíz q-b-l ‘recibir’, ‘alquilar una tierra’. De ahí surge también el italiano gabella, de donde el castellano gabela ‘tributo, impuesto, contribución que se paga al Estado’.

El diccionario académico recoge además la alcabala del viento –o ramo de viento− un tributo que pagaba el forastero por los géneros que vendía, pero no la alcabala del mar, que era un impuesto indirecto sobre transacciones comerciales que se pagaba en las aduanas y afectaba a las transacciones de artículos extranjeros; la alcabala del diezmo, impuesto indirecto que gravaba el diezmo eclesiástico. Su porcentaje varió según la época, oscilando entre el 5 y el 10 %; ni, en fin, la alcabala de Indias, impuesto indirecto sobre las transacciones que se fue imponiendo progresivamente en los territorios americanos, generalizándose desde la segunda mitad del siglo xvi.

De esta voz deriva alcabalatorio, adjetivo que podía aplicarse a un libro que recopilaba las leyes y ordenanzas concernientes al modo de repartir y cobrar las alcabalas; a una lista o un padrón que servía para el repartimiento de las alcabalas; o al territorio que dependía de un alcabalero, que era a su vez el administrador o cobrador de estas.

 lábaro.- Comenzó siendo un estandarte que usaban emperadores romanos cuando salían de campaña. Lujosamente ornamentado –llevaba incluso piedras preciosas−, precedía al emperador y consistía en una lanza con un palo atravesado en lo alto de ella, del que pendía un trozo de rica tela de púrpura, bordada de oro y guarnecida por una franja, con un águila pintada o también bordada de oro en su centro, el nombre del emperador y el de alguna empresa suya.

Más tarde el emperador Constantino ordenó sustituir el epígrafe, poniendo en medio de él una cruz con el alfa y la omega de los griegos y por timbre, en lo alto del asta, el nombre de Cristo cifrado en las dos letras dos primeras letras de su nombre en ese idioma: ji y ro. De ahí que hoy conozcamos como lábaro el monograma formado por la cruz y esas letras.Posteriormente, por extensión, también se llamó así a la cruz sin el monograma.

Voz documentada por vez primera en nuestra lengua hacia 1600, procede del latín tardío labărum.

Una leyenda, que cabe calificar cuando menos de pintoresca y a la que no resultó ajeno el jesuita Manuel de Larramendi (1690-1766), impulsor de la lengua y la cultura vascas durante la época de la Ilustración, propugna que Constantino, la víspera de la trascendental batalla de Puente Milvio, reconoció en el lauburu del estandarte de una cohorte vascona el signo que se le había aparecido poco antes en el cielo con la leyenda in hoc signo vinces ‘con este signo vencerás’. Así, habría ordenado elaborar estandartes con esa figura para todas sus cohortes y desde entonces estandarte se habría dicho en latín labarum.

 

El dicho de hoy

«Verba volant, scripta manent».

«Las palabras vuelan, los escritos permanecen».

 

El reto de la semana

¿Qué adjetivo, que hace referencia en realidad a un autor que escribe juicios sobre el comportamiento humano, podría hacernos pensar, al verlo escrito, en el Moncayo de Bécquer o en un reloj de sol?

(La respuesta, como siempre, en la página ‘Los retos’)