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LEANDRO.- Gran ciudad ha de ser esta, Crispín; en todo se advierte su señorío y riqueza.

CRISPÍN.- Dos ciudades hay. ¡Quisiera el Cielo que en la mejor hayamos dado!

LEANDRO.- ¿Dos ciudades dices, Crispín? Ya entiendo, antigua y nueva, una de cada parte del río.

CRISPÍN.- ¿Qué importa el río ni la vejez ni la novedad? Digo dos ciudades como en toda ciudad del mundo: una para el que llega con dinero, y otra para el que llega como nosotros.

Los intereses creados

Jacinto Benavente

Recordaba el paseante esta primera escena de la obra cuando se iniciaba hace algunos días, apenas a quinientos metros de la plaza que lleva el nombre de su autor, el paseo nocturno por los antiguos bajos fondos de Madrid organizado por los responsables de La Felguera Editores con motivo de la publicación del segundo volumen de Fuera de la ley, en el que se hace un recorrido por ese submundo del hampa y la golfería entre 1924 y 1936. Y mientras callejeaba por la zona de Lavapiés y sus alrededores, fueron apareciéndose, como una fantasmagoría, mecheras y manolos; flamenco y cuplés; chicas-taxi y ‘automóviles fantasmas’; gomosos y randas; la bofia y los dinamiteros… Hasta Pío Baroja o Arturo Barea se dejaron caer por allí. Todo un desfile de viejas historias y personajes de otras épocas que lograron que quienes allí se habían concentrado pudieran asomarse, siquiera por unos instantes, al balcón de un abismo que no deja de ser también parte misma de nuestra Historia con mayúscula.

Encaminemos nuestros pasos hoy no hacia el Distrito quinto barcelonés, el madrileño barrio de las Injurias  o la calle de Gracia valenciana de principios del siglo XX, sino a las páginas de este libro singular con el fin de encontrar cinco palabras para nuestro paseo que se unirán a otras que aparecen también en sus páginas y que ya visitamos aquí en su momento, como suripanta, apache o sicalipsis.

vespasiana.- Comenzamos con una palabra que no está recogida en el DLE, aunque sí en el Diccionario de americanismos, que la considera un chilenismo en desuso. Se denominaba así a una pequeña construcción que albergaba un urinario público para hombres. Recibió este nombre por el emperador romano Vespasiano, quien creó un impuesto sobre la orina que recogían los artesanos para curtir pieles y blanquear telas. Se dice que cuando su hijo Tito le recriminó la idea el emperador le puso delante una de las monedas recaudadas por ese concepto y le preguntó si le olía mal. Al responder aquel que no, Vespasiano habría acuñado la frase pecunia non olet ‘el dinero no huele’ que se emplea aun en nuestros días. Cuando el conde de Rambuteau, prefecto del Departamento del Sena (1833-1848) comenzó a instalar este tipo de urinarios en París lanzó el nombre de ‘columnas vespasianas’ para evitar que se propagara el de ‘columnas Rambuteau’ con el que ya empezaban a ser conocidas.

petimetre.- Persona, generalmente joven, elegante en su apariencia y de maneras afectadas y pretenciosas. Se preocupa mucho de su adorno y de seguir las modas. Se utilizaba mayormente en masculino, aunque también existe la petimetra. Procede del francés petit-maître ‘señorito, pequeño señor’. El origen de esta palabra en el idioma del país vecino tal vez pueda encontrarse en la expresión apelativa mon petit maître, variante irónica, afectuosa o festiva de mon maître. El Diccionario de autoridades (1737) consideraba que era un vocablo introducido en nuestra lengua sin necesidad, mientras que Julián Marías, en su discurso de recepción en la RAE (1965) -al que ya hicimos mención al hablar del estraperlo, otro término también vinculado a los bajos fondos- consideraba ya en ese momento que esta era una de esas palabras que forman parte del idioma porque “están ahí”, porque han sido escritas por autores diversos, pero que “no se dicen, y por tanto no son uso”.

charlestón.- De Charleston, en Carolina del Sur, que recibió al ser fundada en 1670 el nombre de Charles Town, en honor del rey Carlos II de Inglaterra. En español ha prevalecido la acentuación aguda francesa. Considerado en ocasiones el más impetuoso de los bailes de inspiración jazzística -el periodista y letrista de cuplés, entre otros oficios, Álvaro Retana escribió que “rebasa todo límite de la prudencia coreográfica”-, se trata de una variante del foxtrot, más rápido y muy sincopado, que llegó a convertirse en símbolo de los llamados ‘felices años 20’ del siglo pasado, periodo en que alcanzó sus mayores cotas de popularidad. Con un compás de cuatro tiempos, alterna los movimientos enérgicos de brazos y piernas. Podía bailarse solo, en pareja o en grupo y permitía a quienes lo practicaban altas dosis de improvisación. Tiene su origen en la comunidad de origen africano de esa ciudad estadounidense y derivaría de otra danza, llamada juba, originaria de África y llevada allí por esclavos procedentes del Congo.

charranada.- Mala jugada, acción con la que una persona, en ocasiones faltando al compromiso adquirido, causa un perjuicio a otra por lo común para beneficiarse a sí misma o a un tercero. Tiene la misma significación que las más coloquiales guarrada o marranada. El DLE se limita a describirla como ‘acción típica de un charrán’ -un pícaro, un tunante, alguien que actúa sin honradez-, apuntando que el origen de este vocablo quizá se encuentre en el árabe andalusí *šarrál ‘vendedor de jureles’. En un principio se aplicó este apelativo inicialmente a los esportilleros que vendían pescado en Málaga. Sin embargo, en un artículo titulado precisamente El charrán y publicado en Los españoles pintados por sí mismos (1851), Ramón de Castañeyra asegura que su función consistía únicamente en labores de acarreo desde la zona del puerto y que “si es que llega a vender pescado, pierde su nombre y se confunde con las clases vulgares, sin que ningún signo característico le distinga de sus compañeros”.

concurdáneo.- Cerramos este paseo por los bajos fondos con otro término que no aparece en el Diccionario académico, aunque sí existen numerosas muestras de su empleo escrito, además de ser voz que encontramos en el lunfardo, la jerga originaria de la ciudad de Buenos Aires. Neologismo compuesto por el prefijo -con, que expresa ‘reunión’; el sustantivo curda ‘borrachera’ y el sufijo -áneo con el sentido de ‘relación’. Puede definirse entonces como aquella persona que bebe o se emborracha con otra u otras. Derivado, como vemos, de curda, que hace referencia coloquialmente tanto a la embriaguez -según acabamos de ver- como a la persona que se encuentra ebria. El DLE, que la incorporó en 1914, asegura que tiene su origen en el francés dialectal curda ‘calabaza’. Moliner, por su parte, la considera una alteración jocosa de turca, otra forma familiar de denominar a la ‘borrachera’. Otros derivados bendecidos por la Academia son curdela -con los dos mismos significados-, encurdarse y encurdelarse.

 

La cita de hoy

“El recuerdo poetiza personas y cosas, aun las de por sí nada poéticas”.

Roberto Castrovido

 

El reto de la semana

¿Con qué tipo de delincuente, cuyo nombre parece remitirnos a modernos ingenios voladores, podríamos habernos topado si hubiéramos prolongado nuestro paseo más allá de los límites de la ciudad?

 

(La respuesta, como siempre, en la página de ‘Los retos’)