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Cuando hace ya algo más de un año, a resultas de una exposición de Manolo Blahnik, hacíamos referencia por aquí  a la locución ponerse en los zapatos de alguien no podía el paseante imaginar siquiera que tardaría tanto en poder calzarse los suyos propios para retomar estos paseos, a los que en todos estos meses solo se pudo asomar en contadas ocasiones.

Libre al fin de muletas físicas, se ha echado de nuevo a los caminos para volver a conectarse a una realidad que mantuvo durante todo ese tiempo extramuros de la burbuja propiciada por la convalecencia. En ello estaba cuando se ha dado de bruces con el guirigay atronador, causado por la inminencia de las diversas citas electorales, producido por una avalancha de noticias falsas o falseadas –fake news, que diría algún papanatas- que no pretenden sino crear ilusiones y confundir los sentidos… Lo que le ha llevado a su vez a preguntarse por el motivo de que mentiras en muchas ocasiones palmarias alcancen cada vez más altos niveles de aceptación en nuestras sociedades supuestamente bien informadas.

Ha venido entonces a su memoria lo que leía hace un par de años en uno de los libros más singulares que ha tenido la fortuna de disfrutar en mucho tiempo: Fantasmagoría. Magia, terror, mito y ciencia, en el que el siempre sapiente Ramón Mayrata nos muestra cómo desde los tiempos más antiguos “una alucinación que se comparte con otro o con la colectividad se convierte en una realidad” y cómo, según aseguraba el filósofo francés Jacques Derrida, “lo relevante en la mentira no es nunca su contenido, sino la intencionalidad del que miente”.

Una vez recordado esto, decide entonces el paseante tomar esta senda, la del mundo de la creación de apariciones, mucho más gratificante que la de la «realidad», y volver no sobre sus pasos sino sobre las páginas de tan singular volumen -una historia de la humanidad contada desde la perspectiva de la ilusión y lo fantasmagórico; de lo mágico, en suma- para hacer aparecer, cual juglar cazurro transmutando estas líneas en linterna mágica, cinco palabras contenidas en él que pasan ya a convertirse en nuestro paseadero de hoy.

fantasmagoría.- Se llamó así al arte de representar figuras en la oscuridad por medio de proyecciones luminosas e ilusiones ópticas. Cuando este espectáculo de magia, pues de eso se trataba inicialmente, «nace» en la última década del siglo XVIII esas figuras estaban constituidas en gran medida por criaturas invisibles, espectros… De ahí su nombre, un neologismo acuñado en Prusia y pronto adoptado en Francia -desde cuya lengua llegó a la nuestra-  con la forma fantasmagorie, creada a partir de fantasme ‘fantasma’ y una terminación que algunos justifican por allegorie ‘alegoría’ -la ficción por la que algo representa o significa algo diferente- y otras opiniones atribuyen al griego agorá ‘ágora’ -lugar de reunión o asamblea allí celebrada-, según lo cual la fantasmagoría vendría a ser una «asamblea de fantasmas o apariciones». Este significado inicial daría paso con el tiempo a que hoy se denomine también así, por extensión, a una creación de la fantasía, ilusión de los sentidos o figuración irreal de la inteligencia, desprovista de todo fundamento.

jacobino.- Su significado primigenio, el de militante, en tiempos de la Revolución Francesa, de una facción republicana que se caracterizaba por sus procedimientos radicales y su rigorismo moral -fue el grupo responsable del periodo conocido como el Terror (1793-1794)-, se extendió posteriormente para ser aplicado también a quien es  defensor exaltado de ideas extremistas y revolucionarias o a quien se muestra partidario de un Estado fuerte y centralizado. Este vocablo, que llegó a nuestro idioma desde el francés, podría tener en realidad un origen hispánico, pues el partido político citado recibió el nombre de jacobin ‘dominico’ por celebrar sus encuentros en un antiguo convento de la orden fundada en el siglo XIII en Francia por el burgalés Domingo de Guzmán (1170-1221). La palabra deriva del latín Iacobus  ‘Jacobo’ o ‘Santiago’ -Jacques en francés-, y según el DLE se habría llamado así a estos religiosos por alusión al hospicio de peregrinos que estos religiosos regentaban en Santiago de Compostela, aunque otra teoría asegura que se debe a que el primer convento de la orden en París se encontraba en la «rue Saint-Jacques».

mamotreto.- Una de las palabras favoritas del paseante por su origen etimológico. Designa un objeto grande, un armatoste y, coloquialmente, a un libro muy abultado, especialmente cuando es deforme. En el Diccionario de autoridades (1734) aparecía como única acepción -que hoy se mantiene con la marca «desusada», es decir, documentada por última vez entre 1500 y 1900- la de un cuaderno o libro en el que se apuntan las cosas que no deben olvidarse, para poder ordenarlas más tarde. En algunos países americanos tiene también el significado de cosa vieja y fea. Desde su edición de 2001 el Diccionario de la RAE explica  que procede del latín tardío mammothreptus, y este del griego mammóthreptos, literalmente ‘criado por su abuela’, y de ahí ‘gordinflón, abultado’, por la creencia popular de que las abuelas crían niños gordos. Antiguamente se aventuraba que así se denominaba un voluminoso tratado -según unas versiones, de voces bíblicas; según otras, como podemos encontrar en Covarrubias (1611), de materias frívolas y, por lo tanto, de poco fruto- que habría recibido el nombre de su autor, incorporándose así posteriormente al léxico de nuestro idioma.

tálero.- Antigua moneda alemana que sirvió de inspiración a otras muchas en diversos países -valga como curiosidad el hecho de que Italia creó un tálero eritreo cuando se anexionó ese país en 1890-.  Del alemán Taler, el nombre procede del lugar en el que se encontraba la mina de la plata con la que comenzaron a acuñarse en torno a 1517: Sankt Joachimsthal ‘Valle de San Joaquín’ -denominación en alemán de la actual ciudad bohemia de Jáchymov-, motivo por el que fueron conocidas como thalers. Esta voz germánica se encuentra también en el origen etimológico de otras monedas, como el dólar estadounidense, el daler sueco o el tólar esloveno. Entre 1914 y 1956 el Diccionario académico -que recoge también la forma táller-, tras recordar que había tenido valor variable según los tiempos, indicaba que  «últimamente (sic) equivalía a cuatro pesetas», mientras que en 1970 encontramos que su valor había aumentado y se encontraba «a la par de cinco pesetas». La cotización pasó a omitirse en las ediciones posteriores.

catalineta.- Procedente del nombre propio Catalina, es una de esas voces que, en contra de lo que mantienen algunos, en el idioma no solo existe lo que está recogido en los diccionarios. El de la RAE solo muestra la acepción que la presenta como un cubanismo, aunque también es propia de Puerto rico, para nombrar un pez del mar de las Antillas, de unos 30 centímetros de longitud y color amarillo con franjas oscuras. Sin embargo, en Fantasmagoría la encontramos con su significado de artilugio óptico, una especie de caleidoscopio empleado por artistas callejeros, en ocasiones identificado con el mundonuevo -un cajón que contenía en su interior un cosmorama (dispositivo para ver objetos mediante una cámara oscura) portátil o una serie de figuras en movimiento. Además de estos dos sentidos encontramos que también se llamó así a un tipo de danza, como podemos leer en la obra de Lope de Vega titulada Baile de pásate acá, compadre, o su uso familiar, tal y como recoge el Diccionario histórico (1933-1936), para hacer referencia a una cosa despreciable, probable derivación de catalina ‘excremento humano’.

 

La cita de hoy

“El lenguaje de la ilusión es psicológico y el poder de fascinación que posee sobre el espectador no es consecuencia de la credulidad, sino del deseo de que se verifique”.

Ramón Mayrata

 

El reto de la semana

Teniendo en cuenta que en la fantasmagoría los límites entre lo real y lo imaginario se difuminan hasta confundirse, ¿qué ilusión óptica no habría resultado extraño que hubiéramos «visto» durante el paseo de hoy?

(La respuesta, como siempre, en la página ‘Los retos’)